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adelante emprendió su labor como acompañante a enfermos
terminales, tanto personas mayores como niños pequeños.
Siguiendo el mismo proceso, de escuchar y estar abierta
a todo lo que estas personas querían comunicarle, empezó
a elaborar un esquema de las fases por las que pasa una
persona que se enfrenta a la muerte, o a la pérdida de
un ser querido. Dolor, rechazo a la situación,
enfado, negociación, aceptación, reconciliación con el
proceso... Estos trabajos le valieron el
reconocimiento internacional en el incipiente campo de
estudio de la tanatología: el proceso de morir.
A
entrar en contacto con miembros de la recientemente
inaugurada psicología transpersonal, Kübler-Ross
pudo vivir una serie de experiencias extracorporales y
transcendentes que le validaron y confirmaron que lo que
le habían dicho muchos de sus pacientes, acerca de seres
y visiones que acontecían justo antes del momento de la
muerte, eran algo verídico y que cabía tener en
consideración, como uno de las etapas de mayor
importancia en este proceso.
A partir de allí sus conferencias se abrieron al
objetivo de exponer que, además de la inexcusable
importancia del acompañar al enfermo terminal, la
posibilidad de la supervivencia de la consciencia
después de la muerte era un ámbito de estudio que
requería la atención de todos -sobretodo de los
anonadados miembros de esta sociedad mecanicista
occidental en la que vivimos. El deceso no sólo era un
hecho que requería aceptación, sino que además era un
proceso que había de ser afrontado sin miedo.
Después de años de un relativo rechazo por parte de
la comunidad científica -quizás por ser una 'vocera' del
movimiento 'espiritual'-, el reconocimiento llegó en
forma de numerosas entregas de títulos honoris causa,
concedidos por diversas universidades de todo el globo.