Llama Violeta

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LA TIENDA DE LA VERDAD

Recuentos para Demián

Jorge Bucay

 
 

LA TIENDA DE LA VERDAD

— Dime, Jorge, existe en casi toda la gente la idea de que todo el mundo necesita terapia, yo sé que tú no estás de acuerdo, y creo que ni siquiera consideras necesaria la terapia indiscriminada. Pero ahora me pregunto: ¿Cualquiera se puede beneficiar de transitar un proceso terapéutico?

—Sí.

—¿Cualquiera?

—Digámoslo así: a cualquiera que quiera beneficiarse, podría serle útil.

—Pero, ¿por qué alguien podría no querer beneficiarse?

—Anthony de Mello cuenta un cuentito maravilloso que me parece que podría ayudarnos en esta búsqueda:

El hombre caminaba paseando por aquellas pequeñas callecitas de la ciudad provinciana. Tenía tiempo y entonces se detenía algunos instantes en cada vidriera, en cada negocio, en cada plaza. Al dar vuelta una esquina se encontró de pronto frente a un modesto local cuya marquesina estaba en blanco, intrigado se acercó a la vidriera y arrimó la cara al cristal para poder mirar dentro del oscuro escaparate... en el interior, solamente se veía un atril que sostenía un cartelito escrito a mano que anunciaba:

Tienda de la verdad

El hombre estaba sorprendido. Pensó que era un nombre de fantasía, pero no pudo imaginar qué vendían.

Entró.

Se acercó a la señorita que estaba en el primer mostrador y preguntó:

—Perdón, ¿esta es la tienda de la verdad?.

—Sí, señor, ¿qué tipo de verdad anda buscando: verdad parcial, verdad relativa, verdad estadística, verdad completa?

Así que aquí vendían verdad. Nunca se había imaginado que esto era posible, llegar a un lugar y llevarse la verdad, era maravilloso.

—Verdad completa –contestó el hombre sin dudarlo.

“Estoy tan cansado de mentiras y de falsificaciones”, pensó, “no quiero más generalizaciones ni justificaciones, engaños ni defraudaciones”.

—¡Verdad plena! –ratificó.

—Bien, señor, sígame.

La señorita acompañó al cliente a otro sector y señalando a un vendedor de rostro adusto, le dijo:

—El señor lo va a atender.

El vendedor se acercó y esperó que el hombre hablara.

—Vengo a comprar la verdad completa.

—Ahá, perdón, ¿el señor sabe el precio?

—No, ¿cuál es? –contestó rutinariamente. En realidad, él sabía que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por toda la verdad.

—Si usted se la lleva –dijo el vendedor— el precio es que nunca más podrá estar en paz.

Un frío corrió por la espalda del hombre, nunca se había imaginado que el precio fuera tan grande.

—Gra... gracias, disculpe... –balbuceó.

Se dio vuelta y salió del negocio mirando el piso.

Se sintió un poco triste al darse cuenta de que todavía no estaba preparado para la verdad absoluta, de que todavía necesitaba algunas mentiras donde encontrar descanso, algunos mitos e idealizaciones en los cuales refugiarse, algunas justificaciones para no tener que enfrentarse consigo mismo.

“Quizás más adelante”, pensó...

—Demián, no necesariamente lo que para mí es beneficioso, lo es también para otro. Puede suceder y es justo que así sea que alguien crea que el precio de cierto beneficio sea demasiado costoso. Es válido que cada uno decida qué precio quiere pagar a cambio de lo que recibe, y es lógico que cada uno elija el momento para recibir lo que el mundo le ofrece, sea la verdad o cualquier otro “beneficio”.

Yo no encontraba nada para decir.

Y Jorge agregó:

—Hay un viejo proverbio árabe que dice:

“PARA PODER DESCARGAR UN CARGAMENTO DE HALVÁ LO MÁS IMPORTANTE ES TENER RECIPIENTES DONDE GUARDAR EL HALVÁ”. con la sabiduría y con la verdad pasa lo mismo que con el Halvá...

PREGUNTAS

La sesión había empezado en esa onda insoportable, que se daba cada vez que yo llegaba al consultorio y no sabía de qué quería hablar y no hablaba. O sabía de qué quería hablar y no lo hacía. O me daba cuenta de que hubiera sido mejor no ir, pero ya estaba. O el gordo tampoco tenía ganas de hablar y no ayudaba, o sí tenía ganas de ayudar y se callaba...

Esas eran sesiones silenciosas.

Sesiones densas.

Sesiones pesadas.

—Ayer escribí algo –le dije al gordo, por fin.

—¿Sí?...

Breve respuesta, pensé.

—Sí –contesté, más breve aún.

—¿Y?... –preguntó.

Otra vez me cagó, pensé.

—Se llama PREGUNTAS, pero no son preguntas.

—¿Y qué quieres hacer con tus preguntas que no son preguntas?

—Me gustaría leerlas aquí, contigo. No las releí desde que las escribí, anoche. Yo sé que no estoy buscando las respuestas, así que no quiero que contestes. Quiero que escuches. Quiero decir: son planteos, no son preguntas.

—Entiendo... –dijo el gordo y se dispuso a escuchar.

Difícil, ¿no?

¿Casi imposible?

¿O quizás... francamente imposible?...

¿Cómo se vive siendo diferente?

¿Qué sentido tiene vivir atormentado?

¿Se puede vivir de otra manera siendo lúcido o al menos esclarecido?

¿Si así no fuera, para qué trabajo conmigo mismo?.¿Para qué terapia?

¿Cuál es la función de un terapeuta: desadaptar a la gente que supuestamente lo va a ver porque sufre?

¿Y yo qué hago en esta búsqueda?

¿Entonces lo que hago es un canje de un sufrimiento por otro, que ni siquiera tiene el consuelo de ser compartido por casi todos?

¿Qué es la psicoterapia? ¿una enorme fábrica de frustraciones “para exquisitos”?

¿Algo así como una secta de sádicos, inventores de sofisticados métodos de tortura refinados y exclusivos?

¿Será cierto que es mejor sufrir mucho una realidad que disfrutar la ignorancia del universo fabulado?

¿Para qué se puede utilizar la conciencia plena de la soledad y el compromiso existencial con uno mismo?

¿Qué ventaja, por favor, qué ventaja es habituarse a no esperar nada de nadie?

¿Si el mundo tangible es basura, si las personas reales son caca, si las auténticas situaciones de nuestras vida son un sorete, será sanarse embadurnarse de excrementos y nadar entre los desperdicios de la humanidad?

¿No tendrán razón las religiones que consuelan allá lo que no se obtiene acá?

¿No tendrán también razón cuando depositan todo el laburo en un Dios todopoderoso, que ya se va a ocupar de nosotros si nos portamos bien?

¿No es mucho más fácil portarme bien que ser yo mismo?

¿No es acaso mucho más útil y sencillo aceptar el concepto sobre el bien y el mal, que todos aceptan como cierto?

¿O por lo menos, no será mejor hacer como todos que funcionan como si acordaran con él a pie juntillas?

¿No tendrán razón los brujos, magos, manosantas y hechiceros cuando quieren sanarnos con la magia de nuestra fe?

¿No estarán en lo cierto quienes apuestan a la capacidad ilimitada de ejercer control con nuestra mente sobre todo hecho o situación en el afuera?.¿No será cierto que en realidad nada existe fuera de mí, y mi vida es sólo una pequeña pesadilla de cosas, personas y hechos inventados por mi creativa imaginación?

¿Quién puede creer que esto que sucede es la única posibilidad?

¿Y si es así, cuál es la ventaja de saber más sobre esta posibilidad?

¿Qué obligación tiene el otro de entenderme?

¿Qué obligación de aceptarme?

¿Qué obligación de escucharme?

¿Qué obligación de aprobarme?

¿Qué obligación de no mentirme?

¿Qué obligación tiene de tenerme en cuenta?

¿Qué obligación tiene de quererme como yo lo quiero?

¿Qué obligación tiene de quererme cuanto yo lo quiero?

¿Qué obligación tiene algún otro de quererme?

¿Qué obligación tiene de respetarme?

¿Qué obligación tiene el otro de enterarse de que yo existo?

¿Y sin ningún otro se entera de que yo existo, yo aquí para qué existo?

¿Y si mi existencia no tiene sentido sin otro, cómo no sacrificar cualquier cosa, sí, CUALQUIER COSA para que el sentido permanezca a mi alcance?

¿...Y si el camino desde el parto hasta el ataúd es solitario, para qué engañarnos haciendo de cuenta que podemos encontrar compañía?

El gordo carraspeó...

—Qué nochecita la de anoche..., ¿eh?

—Sí... –dije— negra. Muy negra...

Mi terapeuta alargó los brazos y me hizo señas para que me sentar en su falda.

Cuando lo hice, Jorge me abrazó, como yo sospecho que se abraza a un niño...

Yo sentí el calorcito y el amor del gordo y allí me quedé todo lo que restaba de la sesión, en silencio... pensando.

 

 
 
 
 
 
 
 

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