
LECCIÓN 9
El mago vive en estado de conocimiento.
Este conocimiento dirige su propia satisfacción.
El campo de la consciencia se organiza alrededor
de nuestras intenciones.
El conocimiento y la intención son fuerzas. Aquello
que tenemos intención de hacer modifica el campo
a nuestro favor.
Las intenciones comprimidas en palabras encierran
un poder mágico.
El mago no trata de resolver el misterio de la vida.
Está aquí para vivirla.
El joven Arturo tardó mucho tiempo en reconocer plenamente que había
sido educado por un mago. Merlín lo
había llevado al bosque a las pocas horas de nacido y sólo muchos
años después, al regresar al mundo,
comprendió la curiosidad que generaba su asociación con un mago.
“Si realmente conociste a Merlín”, le decía la gente (aquellos que
se tomaban la molestia de pensar que el
muchacho no estaba simplemente loco), “¿qué hechizos te enseñó?”
“¿Hechizos?”, preguntaba Arturo.
“Encantamientos, conjuros, las palabras mágicas de las que Merlín
obtiene su poder”, decían, pensando que
Arturo debía ser muy tonto o estar en algún estado de delirio.
“Merlín si me hablaba acerca de las palabras”, decía Arturo
lentamente, reflexionando sobre la pregunta. “Me
decía que las palabras tienen poder, que cubren los secretos de la
misma manera que las trampas cubren los
pasadizos subterráneos.
Tal explicación sonaba muy bien, pero no bastaba para aplacar la
curiosidad de la gente. Todos querían
saber cómo funcionaban en realidad los hechizos de Merlín.
“Bueno”, contestaba Arturo, “cuando yo era un bebé, recuerdo que
Merlín me dijo ‘Come’. Cuando fui un
poco mayor, me dijo ‘Camina’, y si me quedaba despierto hasta muy
tarde, me decía ‘Duerme’. Hasta donde
sé, he venido comiendo, caminando y durmiendo desde entonces, de
manera que esas palabras debieron ser
conjuros muy poderosos, ¿no están de acuerdo?”
Nadie lo estaba. Todos se iban cavilando si ese muchacho estúpido
adoptado por Sir Ector llegaría a ser
alguien algún día.
Para Comprender la Lección
El poder de las palabras no radica en su significado superficial
sino en sus cualidades ocultas. Toda palabra,
por ejemplo, encierra a la vez conocimiento e intención. Estas dos
cualidades son mágicas. La magia del
conocimiento es que en unas pocas sílabas es posible reunir muchas
capas de experiencia — de hecho, toda
una historia. “Pon a tu reino el nombre de Camelot”, le aconsejó
Merlín al muchacho antes de que se pusiera
en marcha hacia el mundo.
“¿Por qué?”, preguntó Arturo.
“Es una palabra nueva que no necesita cargar con el peso de la
historia como debe hacerlo Inglaterra”,
contestó Merlín.
“La gente te identificará con ella y todos te rodearán. Servirá de
piedra de toque. En el instante mismo en que
una persona la pronuncie, tu reino y todas tus hazañas se abrirán
para ella, como si tocaran una palanca y se
abriera la puerta de un gabinete lleno de tesoros”. Lo cual demostró
ser cierto.
Todas las palabras más ricas del idioma abren pasadizos secretos de
significado y conocimiento. Pero la
segunda cualidad de las palabras, la intención, es todavía más
poderosa. Merlín expresaba intención cuando,
como cualquier otro padre, le decía a su niño que comiera, caminara
y durmiera. Ha sido a través de estas
palabras como todos hemos aprendido funciones importantes, pero
ahora que las conocemos, ya no
necesitamos de ellas. Ya no nos decimos a nosotros mismos que
debemos comer, caminar o dormir. La
intención de la palabra ha sido interiorizada y lo único que
necesitamos es algo que nos la recuerde (“Creo que
me iré a dormir”), para que se produzca el resultado esperado.
¿Realmente es acertado decir que esto es un conjuro, como lo hizo
Arturo? Sí, porque una vez que se
absorbe la intención de una palabra, se crea un conjuro en forma de
huella mental. La palabra escuela
inmediatamente desencadena en toda persona la experiencia de los
años escolares. El buen estudiante
evocará las asociaciones de éxito y alabanza, mientras que el mal
estudiante verá imágenes de fracaso y
crítica. Toda nuestra vida está metida dentro de nosotros en forma
de huellas que son activadas por las
palabras. “Los mortales están envueltos en palabras, de la misma
manera en que las moscas quedan
atrapadas en la tela de la araña”, afirmaba Merlín. “Sólo que en su
caso son a la vez araña y mosca, porque se
aprisionan dentro de su propia tela”.
No cabe duda de que todos utilizamos nuestras propias palabras para
establecer los hábitos que permiten
que la vida continúe inconscientemente. Ya hemos mencionado el
asunto de identificamos con los nombres y
los rótulos; éstos, naturalmente, son palabras. Pero ¿cuáles
palabras nos permitirán romper los viejos hábitos y
liberamos de las identificaciones restringidas? Si toda palabra
imprime una huella en la mente, ¿acaso son
limitantes todas y cada una de las palabras?
“La paradoja de las palabras”, dijo Merlín, “es que se deben
utilizar para crear disciplina y entrenamiento.
Caminar, hablar, leer, todas éstas son funciones de las cuales
carece un bebé. La madre y el padre deben
encargarse de educar al niño acerca de las cosas del mundo, lo cual
hacen por medio de palabras.
“El problema es que las palabras también tienen significados
psicológicos. A través de las palabras los
padres hacen que los niños se sientan bien o mal, buenos o malos.
Las expresiones más poderosas que
cualquier persona puede utilizar son el sí y el no. El efecto de
estas dos sílabas puede levantar fronteras o
eliminarías. Todo aquello que crees que puedes hacer lleva un sí
encerrado en alguna parte, generalmente
pronunciado por un progenitor o un maestro en el pasado lejano. Todo
aquello que crees que no puedes hacer
lleva un no escondido, proveniente de las mismas fuentes”.
“¿Eso por qué es una paradoja?”, preguntó Arturo.
“Porque aunque las palabras nos dicen quiénes somos, de todas
maneras somos más de lo que ellas pueden
expresar. Independientemente de cuán poderoso sea el conjuro de las
palabras, las personas pueden cambiar.
El poder de las palabras puede crear algo nuevo, no sólo un límite”.
El mago utiliza las palabras para decir sí a las cosas a las cuales
nos han enseñado a decir no. En un nivel,
eso es lo que hace este libro: tejer un mundo de significados
completamente nuevos, para reemplazar los
viejos con los que todos hemos crecido. Pero aquí hay un misterio
más profundo. Las palabras encierran a la
vez conocimiento e intención; por lo tanto, enmarcar una intención
en palabras es el primer paso para
cerciorarse de que se haga realidad. Dos buenos ejemplos de esto son
la oración y la afirmación. Afirmar cosas
como “Soy bueno”, o rezar a Dios diciendo “Permite que me cure”, son
actos que van mucho más allá de la
simple expresión verbal de un pensamiento.
Siempre que una palabra está respaldada por una intención, entra en
el campo de la consciencia en forma de
mensaje o petición. El universo está siendo notificado de que
tenemos un determinado deseo. No se necesita
más que eso para que los deseos se hagan realidad, porque la
capacidad de ejecución de la consciencia
universal es infinita. Todos los mensajes son escuchados y
obedecidos.
“Los mortales y los magos no son tan distintos como piensas”, dijo
Merlín. “Ambos envían sus deseos al
campo esperando una respuesta, pero en el caso de los mortales, los
mensajes son confusos y enredados; en
el caso de los magos, son transparentes como el cristal. Aunque
jamás se hace caso omiso de una intención,
puede haber obstáculos para su realización considerando la cantidad
de conflictos que se encierran en ella,
todos los conflictos presentes en el corazón humano”.

Para Vivir la Lección
Vivir esta lección implica reconocer que todas las intenciones producen
un resultado. Un mago es alguien
que sabe con exactitud cómo inyectar las intenciones en el campo y
esperar a que se tornen realidad. El resto
de nosotros no tenemos ese grado de consciencia. También enviamos
constantemente nuestras intenciones al
campo, pero de manera inconsciente. Nuestros deseos son aleatorios o
repetitivos u obsesivos, todo lo cual no
es más que desperdicio de energía.
“Ustedes los mortales suponen que tienen que trabajar para hacer
realidad sus sueños”, decía Merlín,
“cuando la verdad es que la mayor parte del trabajo que se ufanan de
realizar les impide realizar sus sueños”.
Desde el punto de vista del mago, cuanto menor el esfuerzo, mejor. En
sus enseñanzas, los magos les
muestran a sus pupilos cómo pensar de una manera más ordenada,
consciente y eficaz. Para hacerlo, es
necesario eliminar primero los hábitos de pensamiento que obstaculizan
la capacidad del universo para hacer
realidad los deseos.
Imaginemos que la mente es un transmisor de radio con el cual
bombardeamos el campo con mensajes. Si
nos sentamos en silencio a observar la mente, nos daremos cuenta que
está llena de señales contradictorias.
Dudamos acerca de las cosas que deseamos; tampoco estamos totalmente
seguros acerca del tipo de persona
en que deseamos convertimos.
De la misma manera, la mente está llena de repeticiones inútiles. Se
calcula que el 90% de los pensamientos
que tiene una persona en un día son los mismos del día anterior. Esto se
debe a que somos criaturas de
costumbre, preocupación y obsesión. Por último, la mente está llena de
estática inconsciente, la cual se
remonta hasta las profundidades mismas de la memoria infantil. Es
probable que prestemos atención
únicamente a nuestros pensamientos conscientes, deseados, pero en el
fondo la mente inconsciente vive
martillando sus esperanzas frustradas, sus viejos temores y deseos — en
otras palabras, todas aquellas cosas
que aparentemente no se hicieron realidad en el pasado.
Las intenciones son simples deseos y los deseos van ligados a las
necesidades. Por lo tanto, toda esa
actividad de la mente que no se satisface se compone de viejas
necesidades insatisfechas. Miles de veces
hemos pensado “Quiero” o “Deseo” o “Espero” sin que pase nada, y si
pasa, ocurren cosas menos deseables.
“Me gustaría barrer tu cerebro”, refunfuñó Merlín una vez en que Arturo
se comportaba de manera bastante
confusa. “Tu pensamiento debería ser una corriente transparente, pero es
como una guerra”.
“¿Por qué no puedes barrer mi cerebro?”, preguntó Arturo cándidamente.
“Porque todas las personas y todo lo que hay en él eres tú”. Merlín
suspiró. “Te has convertido en todos esos
conflictos rancios, repetitivos, y ellos no desaparecerán sino cuando
cambies”.
El primer paso hacia el cambio es el reconocimiento. Reconocer que al
menos unas cuantas esperanzas y
unos cuantos deseos sí se han hecho realidad en nuestra vida. Una
persona nos ha llamado justo cuando
necesitábamos hablar con ella; nos ha llegado ayuda de donde menos la
esperábamos; nuestras oraciones
han sido escuchadas. Todo eso sucede en el campo. Cuando tenemos una
intención y la enviamos al campo
de la consciencia universal, en realidad estamos hablando con nosotros
mismos en otra forma. Como
remitentes del mensaje somos individuos que vivimos aquí, en el tiempo y
el espacio. Pero también somos los
destinatarios del mensaje en nuestra calidad del yo superior que domina
sobre nuestra identidad espacial y
temporal. Y, más aún, somos también el medio del mensaje, la consciencia
pura misma.
Con el fin de vemos verdaderamente, debemos reconocer que poseemos estos
tres aspectos: remitentes,
destinatarios y medios. Hay muchas variaciones de este tema: somos el
deseo, quien desea, y quien concede
el deseo. Somos el observador, el observado y el proceso de observar.
Este triple estado se conoce como
unidad. Así, enviar una intención al campo y recibir una respuesta no es
algo que exija esfuerzo. En nuestra
naturaleza unificada, lo único que hacemos es cumplir nuestras
intenciones; ése es nuestro oficio de tiempo
completo. No existe un solo pensamiento que no produzca un resultado.
El problema es que todos pasamos por alto los resultados demasiado
sutiles, que no se acomodan a
nuestras metas inmediatas o no coinciden con aquello que, según nuestro
ego, debería suceder. “Ustedes los
mortales viven en el mundo del debería y el qué tal si”, decía Merlín.
“Yo vivo en el mundo de lo que es”.
Cuando aprendemos a acallar la mente y a desintoxicaría de todos sus
conflictos de vieja data, se revela
ante nosotros la realidad simple del funcionamiento del universo — lo
que es. Hablaremos más de eso en la
tercera parte de este libro. Por ahora, dedique un poco de tiempo todos
los días a tomar nota del contenido de
su mente. Este acto de tomar nota, aunque muy simple, es uno de los
pasos más poderosos para efectuar el
cambio. No podemos cambiar lo que no vemos.
Es probable que a su ego no le agrade admitir que está lleno de
negación, conflicto, intenciones
contradictorias, vergüenza, culpa y todas las demás confusiones que
obnubilan a la mente y le impiden ver la
realidad de lo que es. En efecto, el ego se enorgullece de su capacidad
para ocultarle a usted esas cosas, so
pretexto de evitarle el sufrimiento que experimentaría al ver sus
errores, faltas y pecados.
El segundo paso es aprender a hacer realidad sus intenciones. Los pasos
son completamente naturales,
pero es preciso aprenderlos. Haga que el ego se aparte y se lleve
consigo todas sus expectativas y
esperanzas. En lugar de sentir que necesita controlar el resultado de su
intención, sienta la seguridad de que el
campo hará el trabajo por usted. Libere su intención dentro del campo de
lo eterno; cuanto más amplia sea su
consciencia, más clara será la señal transmitida.
Por último, tómese todo el proceso con tranquilidad y naturalidad.
Cuando todos estos pasos converjan, su
intención entrará en el campo de la consciencia, el cual es como una
especie de matriz donde se conecta el
pensamiento individual con todo lo que es. Las angustias y los apegos
del temeroso ego no obstaculizarán el
suave avance hacia el resultado.
Lo cierto es que ninguna de las oscuridades de la mente es pecado.
“Recuerda siempre”, le advirtió Merlín al
joven Arturo, “que Dios no juzga, sólo la mente lo hace”. Lo que Dios
desea es que se cumplan todos los
mayores ahelos de cada persona; ése es nuestro estado natural como
creadores de nuestra propia realidad.
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Lo
que Dios desea es que se cumplan todos los mayores
ahelos de cada persona; ése es nuestro estado natural como
creadores de nuestra propia realidad.

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