
LECCIÓN 12
La sabiduría vive y, por lo tanto, siempre es imprevisible.
El orden es otra cara del caos, el caos es otra cara del orden.
La incertidumbre interior es la puerta hacia la sabiduría.
El aventurero siempre irá acompañado
de la inseguridad, pero aunque tropieza, nunca cae.
El orden humano está hecho de reglas. El orden
del mago no tiene reglas, fluye con la naturaleza de la vida.
Merlín solía tomar nota de los detalles más pequeños de la
naturaleza, y en todos ellos veía lecciones. Un
día, mientras caminaba por el bosque con Arturo, oyeron la perorata
que un grajo les lanzaba desde un pino cercano.
“Detente y mira”, le susurró Merlín.
El grajo era un pájaro nervioso, caprichoso. Tras hacerse oír de los
dos intrusos, voló hasta otra rama con
mejor vista, pero a los pocos segundos no le bastó y voló hasta una
tercera. Después aparentemente olvidó
que ellos estaban allí y bajó al suelo para inspeccionar un cono de
pino. En cuestión de segundos, pasó de
chapotear en un charco a espantar un reyezuelo verde y a picotear un
trozo de corteza podrida.
“¿Qué piensas de eso como forma de vida?”, preguntó Merlín.
“No mucho”, replicó Arturo. “Actúa como una bola de plumas sin
cerebro, sin idea alguna de lo que desea hacer”.
“Así parecen ser las cosas cuando una criatura vive confiando
únicamente en Dios”, dijo Merlín. “Se pasa el
día persiguiendo despreocupadamente un impulso tras otro sin pensar
en el futuro y, no obstante, debes
admitir que la pasa bastante bien”.
Para Comprender la Lección.
La naturaleza de la vida es contener a la vez el caos y el orden.
Del desorden surgen patrones que más
adelante se disuelven nuevamente en él. El cuerpo es totalmente
caótico en ciertos niveles — con cada
inhalación entran en el torrente sanguíneo remolinos de átomos de
oxigeno, cada célula rebosa enzimas y
proteínas, y hasta los disparos de las neuronas en el cerebro son
una tormenta eléctrica incesante. No
obstante, este caos es sólo una cara del orden, porque no hay duda
que nuestras células son obras maestras
de una función organizada y que la actividad del cerebro produce
pensamientos coherentes.
En efecto, el caos y el orden coexisten tan estrechamente que no
pueden separarse. “Antes de ser una
estrella reluciente es preciso ser caos”, decía Merlín. Y eso es
literalmente cierto, porque los remolinos de
gases primordiales que formaron el universo tuvieron que existir
antes de que nacieran las galaxias. Al
principio, esos gases no mostraban ningún patrón, sólo una ligera
atracción entre sí. Sin embargo, a partir de
esa leve insinuación de atracción gravitacional se desencadenaron
una serie de sucesos que culminaron en el
principio del ADN humano, una molécula tan compleja que la
alteración de una de su tres mil millones de
unidades genéticas pudo haber sido la diferencia entre la vida y la
muerte.
A nivel personal, cada cual lucha entre el orden y el desorden. Las
cosas tienden a desbaratarse; aquello que
fue fresco y maduro acaba por dañarse; lo que era joven envejece y
muere. “La muerte es una ilusión”, decía
Merlín, “y, no obstante, la lucha de los mortales contra la muerte
es muy real. Ningún mortal sabe exactamente
lo que es la muerte, pero le teme tanto a ese suceso inminente que
batalla contra él con todas sus fuerzas, sin
darse cuenta del enorme desorden y caos que genera.
El mago sabe que la vida siempre se ha organizado desde adentro.
Esos mismos tirones de gravedad que
dieron nacimiento a las estrellas a partir del caos existen en todos
los niveles de la naturaleza. Una rosa puede
estar totalmente segura de convertirse en rosa, aunque cuando es una
plántula no es muy distinta de un frijol o
de una violeta, y cuando es semilla su exclusividad quizás radique
únicamente en los minúsculos giros de su
par de cadenas de ADN. Sin embargo, nosotros los humanos nos
preocupamos mucho por la perfección, de
manera que desperdiciamos horas de lucha y esfuerzo tratando de
afirmar nuestra individualidad.
“¿Qué importa que las aves vivan sin pensar, o que una rosa sea
siempre una rosa?”, preguntó Arturo. “No
tienen mente y, por lo tanto, no tienen otra alternativa que ser lo
que son.
“Es cierto que ustedes los mortales tienen libre albedrío, pero le
dan demasiada importancia”, replicó Merlín.
Yo vivo sin tener que elegir entre diferentes opciones, y mi vida es
mucho más feliz”.
“¿Sin tener que elegir entre diferentes opciones? Pero si tomas las
mismas decisiones que yo”, protestó Arturo.
Merlín se encogió de hombros. “Te dejas engañar por las apariencias.
Mira tu mano. No hay duda de que te
pertenece pero, no obstante, no decides cómo crecen sus células; no
tienes la minina idea de qué es lo que
hace que tus nervios y músculos se muevan; no haces crecer tus uñas
conscientemente y tampoco haces que
una herida cicatrice cuando te lastimas, o sí?”
“Es cierto, no tengo que hacer ninguna de esas cosas”.
“En otras palabras, ésas no son opciones que tú debas elegir”,
continuó Merlín. “Estas funciones le han sido
entregadas a un lado involuntario de tu cerebro, el cual se ocupa de
ellas automáticamente. Asimismo, yo he
entregado al lado automático de mi cerebro todas aquellas cosas a
las cuales tú dedicas tanto tiempo —
pensar, decidir, sentir, elegir, juzgar. Lo que es otra forma de
decir que las he dejado en manos de Dios”.
“Entonces, ¿para qué utilizas tu mente consciente?”, preguntó
Arturo.
“Para apreciar este mundo y el milagro de la vida. Soy testigo de
todo lo que es y, como espectáculo, no hay
nada más asombroso, bello o gratificante”.

Para Vivir la Lección
La vida moderna está tan llena de presiones provenientes de todos lados
que la mayoría de nosotros
reaccionamos tratando de imponer el orden. Por lo tanto, nuestra
sociedad de fuerzas caóticas es una
sociedad con infinidad de leyes y normas. Esto no debe sorprendernos,
puesto que los humanos amamos el
orden y tememos al desorden. Por ser imprevisible y estar más allá de
nuestro control, el desorden nos
produce tensión. Recuerde un momento en que su vida haya sido invadida
súbitamente por el desorden y el
azar: el día en que perdió un vuelo, en que su automóvil se descompuso
en la mitad de la nada, en que supo
que un ser querido perdió el empleo.
Casi siempre estos sucesos se resuelven por sí solos, sin que lleguen a
lesionar realmente la existencia; sólo
producen ligeros inconvenientes. Sin embargo, lo más probable es que su
sistema nervioso haya reaccionado
fuertemente, manifestando temor y malestar cuando los planes no salieron
como usted esperaba. La respuesta
del ego ante el caos es luchar contra él y tratar de imponer control. La
siguiente vez que usted tomó un avión,
seguramente reconfirmó la hora de salida y partió temprano para el
aeropuerto. Y cuando viajó nuevamente por
tierra, tomó precauciones para que no le volviera a suceder lo mismo que
la vez anterior.
El problema es que toda esa lucha, preocupación, planeación y control va
en contra de la esencia de la vida.
La vida está compuesta de caos y orden al mismo tiempo. No es posible
que el uno exista sin el otro. Si
deseamos ir con la comente de la vida, no podemos luchar contra ella al
mismo tiempo. Por lo tanto, quien
busca la perfección debe aceptar el hecho de que siempre habrá
incertidumbre, que siempre se sentirá en
desequilibrio. “El papel del discípulo”, dijo Merlín, “es tropezar
siempre pero sin caer jamás”.
Pese a que el ego detesta la incertidumbre, la verdad es que todos nos
hemos beneficiado de ella una y otra
vez. Piense por un momento en las oportunidades inesperadas que se le
han cruzado en el camino,
ofrecimientos de ayuda que nunca imaginó recibir, ideas e inspiraciones
súbitas, decisiones impulsivas de
moverse o hablar con un desconocido que le abrió nuevos horizontes. Esa
es la forma natural de vivir. «Tu vida
ya está organizada en sí misma”, dijo Merlín. «La vida emana de la vida,
el botón se abre en flor, el niño
madura en adulto. Confía en cada etapa, regocíjate en ella y permite que
la siguiente llegue a ti sin esfuerzo
alguno”.
Hay un ejercicio simple que le mostrará a usted cuán maravilloso es
vivir una vida imprevisible. Siéntese
unos momentos e imagine que puede ver su vida como una película que pasa
por su mente. Empiece a ver la
película con los sucesos de hoy y déjela correr hacia adelante
visualizando la forma como desea que sea
mañana, luego el día siguiente y así sucesivamente. Imagínese que pasan
los años y usted envejece: visualice
el futuro que desearía si pudiera lograr que todos sus deseos se
cumplieran. Deje volar la imaginación y
termine con el día de su muerte. Haga que sea una muerte deseable, sin
dolor y tranquila.
Cuando termine, vuelva atrás y proyecte una película completamente
diferente. Comience con los sucesos
de hoy, pero visualice un desenlace diferente. Es sólo cuestión de
imaginación, de manera que puede
visualizar una vida caótica, catastrófica o dramática o, por el
contrario, llena de virtud. Lleve la película hasta la
escena de su muerte. Ahora vuelva atrás y comience de nuevo. El punto
del ejercicio es que todo lo que usted
ha visualizado es cierto — su futuro no consta de una sola situación
sino de muchas situaciones posibles. estas
se ramifican a partir del momento presente, como hilos invisibles de
potencial. La vida de todo el mundo es así;
sólo nuestro falso sentido del control nos hace creer que podemos
imponer orden sobre lo que en realidad es
totalmente imprevisible.
El ego debe examinar sus temores y dejar de tratar de controlar. Ésa es
una parte enorme de la aventura en
la que nos hemos embarcado. Si logramos aceptar el flujo de la vida y
ceder ante él, habremos aceptado la
realidad. Sólo cuando aceptemos la realidad podremos vivir con ella en
paz y alegría.
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La alternativa es una lucha interminable porque significa
combatir contra lo irreal, contra un espejismo de la vida en
lugar de la vida misma.

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