
LECCIÓN 10
Todos tenemos un yo-sombra que es parte
de nuestra realidad total.
El yo-sombra no está aquí para lastimarnos
sino para señalar nuestros vados.
Cuando acogemos a la sombra, ésta sana.
Cuando sana, se convierte en amor
Cuando aprendamos a vivir con todas nuestras
cualidades opuestas, viviremos nuestro yo total,
al igual que el mago.
“Parece que nunca te sintieras solo”, le dijo Arturo a Merlín. Había
un tono de nostalgia en su voz. El mago lo
miró atentamente.
“No, es imposible sentirse solo”.
“Tal vez para ti, pero...” El muchacho calló, mordiéndose los
labios, pero no pudo reprimir sus sentimientos y
estalló: “Es bastante posible sentirse solo. No hay nadie más en
este bosque apane de nosotros dos, y aunque
te amo como a un padre, hay momentos en que...” Sin saber qué más
decir, Arturo calló.
“Es imposible sentirse solo”, repitió Merlín con más firmeza. La
curiosidad pudo más que la congoja y Arturo
dijo: “No veo por qué”.
“Bueno, solamente hay dos tipos de seres que nos deben preocupar a
ti y a mí en lo que se refiere a este
asunto”, comenzó Merlín, “los magos y los mortales. Ustedes los
mortales no pueden sentirse solos porqu
tienen un gran número de personalidades en lucha dentro de ustedes
mismos. A los magos les es imposible
sentirse solos porque no tienen personalidad alguna dentro de
ellos”.
“No comprendo. ¿Quién más hay dentro de mí salvo yo mismo?”
“Primero debes preguntar qué es esa cosa a la que llamas tú mismo. A
pesar de la sensación de ser una sola
persona, en realidad eres una combinación de muchas personas, y tus
múltiples personalidades muchas veces
no se llevan bien —todo lo contrario. Estás dividido en decenas de
facciones, cada una de ellas en lucha por
ocupar tu cuerpo.
“¿Eso le sucede a todo el mundo?”, preguntó el niño.
“Ah, sí. Hasta que encuentres tu camino hacia la libertad, serás
rehén del conflicto entre tus personalidades
internas. Mi experiencia me dice que los mortales siempre están
peleando guerras internas entre todos los
bandos posibles”.
“Pero yo siento que soy una sola persona”, protestó Arturo. “No
puedo hacer nada al respecto”, replicó
Merlín. “La sensación de ser una sola persona es producto de la
costumbre. Bien podrías verte fácilmente de la
forma como acabo de describiste. Mi versión es más cierta porque
explica la razón por la cual los magos
vemos a los mortales tan fragmentados y llenos de conflictos. Es tan
grande el aturdimiento que me produce un
encuentro con un mortal, que muchas veces siento que estoy hablando
con toda una aldea condensada en un
solo paquete de carne y hueso”.
El muchacho se quedó pensativo. “¿Entonces a qué se debe que me
sienta tan solo? Porque, para serte
sincero, así me siento”.
Merlín lanzó a su discípulo una mirada penetrante. “Realmente es
extraño que puedas sentirte solo,
considerando a todas esas personas que pugnan por ocupar tu cuerpo.
Pero he llegado a la conclusión de que
la soledad existe en la medida en que existan otras personas.
Mientras haya un ‘yo’ y un ‘tú’, existirá una
sensación de separación, y donde hay separación debe haber
aislamiento. ¿Qué es la soledad sino otro
nombre para describir el aislamiento?”
“Pero siempre habrá otras personas en el mundo”, protestó Arturo.
“¿Estás seguro de eso?”, replicó Merlín. “Siempre habrá personas,
eso es innegable, pero, ¿serán siempre
otras personas? Espera hasta que llegues al final del sendero del
mago para decirme cómo te sientes”.
Para Comprender la Lección
Cuando escudriñamos nuestro interior, descubrimos las muchas
personalidades que compiten por utilizar
nuestro cuerpo. El conflicto entre el bien y el mal, por ejemplo, da
lugar a dos personalidades llamadas santo y
pecador. estas jamás dejan de discutir, la primera con la esperanza
permanente de ser lo suficientemente
buena para satisfacer a Dios, y la otra sintiendo constantemente los
“malos” impulsos que no siempre puede reprimir.
Después están los papeles con los cuales nos identificamos: hijo,
padre o madre, hermano, hermana,
hombre, mujer, para no mencionar el oficio que desempeñamos: médico,
abogado, sacerdote, etc. Cada uno
de ellos ha reclamado lo suyo dentro de nosotros, gritando por
encima de los demás a fin de plantear su
estrecho punto de vista. Y aún no me he referido a nuestro sentido
de nacionalidad o a nuestra identidad
religiosa, motivos, de por sí, de conflictos interminables.
Todas estas personalidades suelen estar en pugna. Lo que llamamos
felicidad es un estado en el cual ha
menguado buena parte de ese conflicto. Cuando nacimos, esa guerra no
existía porque los bebés no tienen
conflictos con sus deseos. Por ejemplo, no hay voces del bien y del
mal sino hasta cuando el bebé es lo
suficientemente grande para aprender de sus padres esos conceptos.
“Sólo podrás convertirte en mago cuando pienses nuevamente como un
bebé”, dijo Merlín.
“¿Cómo piensa un bebé?”, preguntó Arturo.
“Principalmente sintiendo. El bebé siente cuándo tiene hambre o
sueño. Cuando se le presentan
sensaciones, puede sentir si le traen placer o dolor, y responde de
conformidad. El bebé no tiene la inhibición
de desear el placer y evitar el dolor”.
“No veo nada especial en eso”, dijo Arturo. “Los bebés se limitan a
llorar y sonreír, comer y dormir”. “Muchos
mortales serían afortunados de poder hacer esas cosas cuando
crecen”, murmuró Merlín. “Estar aquí en este
mundo en un estado de plena satisfacción es una verdadera hazaña”.
El instinto inocente del bebé acerca de lo que se siente bien o mal
se pierde rápidamente. Poco a poco
comienzan a oírse las voces interiores, primero la de la madre que
dice “si”, “no”, “eres un niño muy juicioso,
“eres un niño muy tonto”. Cuando el sí, no, bueno o malo concuerdan
con lo que el bebé desea, no hay
problema. Pero es inevitable que surja un conflicto entre las
necesidades del bebé y lo que sus padres
esperan. Los dos mundos, el interior y el exterior, comienzan a
chocar. Las semillas de la culpabilidad y la
vergüenza no tardan en sembrarse; el temperamento temerario del
recién nacido se mancilla con el temor. El
bebé aprende a dudar de sus propios instintos. El impulso interior
de “Esto es lo que deseo” se conviene en
interrogante: “¿Está bien que desee esto?”
Nos pasamos la vida esforzándonos por volver al estado de
autoaceptación con el cual nacimos. Durante
años se multiplican los interrogantes y arrojamos a las cavernas
secretas y a las bodegas oscuras de la psique
tanta cantidad de duda, vergüenza, culpabilidad y temor como
podemos. Sin embargo, todos esos sentimientos
permanecen vivos, por hondo que los enterremos. Todos los conflictos
interiores con los cuales no logramos
reconciliarnos conducen a un yo-sombra.
“Es interesante observar esta corte”, anotó una vez Merlín cuando
Arturo ya era rey “No me había dado
cuenta de que todos ustedes los mortales realizan el mismo oficio”.
“¿Lo hacemos?”, preguntó Arturo. “¿Y cuál podría ser ese oficio?”
“El de carceleros”, replicó Merlín, rehusando decir una palabra más
sobre el asunto.
A los ojos del mago, todos somos carceleros de nuestro yo-sombra. La
mente inconsciente es la prisión
donde encerramos todas las energías indeseadas, no porque así deba
ser, sino debido a la marca indeleble
que nos han dejado los años de si, no, bueno y malo. Después de
reflexionar acerca de lo dicho por Merlín
sobre el carcelero, Arturo lo buscó y le dijo: “No deseo ser así.
¿Qué puedo hacer para cambiar?”
“Nada es más fácil”, replicó Merlín. “Sencillamente toma nota de que
estás representando los dos papeles,
carcelero y prisionero. Si eres ambos lados de la moneda, entonces
ninguno de los dos puede ser tú, puesto
que se anulan entre si. Reconoce eso y serás libre”.
“Pero no sé cómo hacerlo”, protestó Arturo. “¿Cómo puedo encontrar a
ese yo-sombra del que hablas?”
“Sólo escucha. Como todos los prisioneros, él envía mensajes a
través de los muros de su celda”.
El yo-sombra es sólo otro papel o identidad que arrastramos por la
vida, pero sin mostrarlo en público. La
mayoría de las veces, el yo-sombra se siente demasiado avergonzado o
temeroso para presentarse a la luz del
día. Pero no hay duda de que existe, porque cada uno de nosotros ha
inventado su propia sombra, un
personaje cuya tarea es cargar todas las energías que no hemos
podido descargar. El recién nacido no tiene el
problema de aferrarse a los sentimientos “malos” o nocivos. Tan
pronto como arrojamos algo negativo dentro
del entorno de un bebé, éste llora o se apana.
Esta reacción es extremadamente sana porque, al expresarse tan
libremente, el bebé descarga las energías
que, de lo contrario, se adherirían a él. Sin embargo, a medida que
crecemos, aprendemos que no siempre es
apropiado dejarnos llevar por las manifestaciones espontáneas. En
aras de la buena educación y el tacto o de
conocer nuestro lugar, o de hacer lo que dicen nuestros padres,
todos aprendemos a guardar las energías
negativas. Nos convertimos en baterías con una capacidad de carga
cada vez mayor, y como adultos
retenemos la ira, el resentimiento, la frustración y el temor de
muchos años. Además, lo más grave es que
hemos olvidado el instinto que nos permitía descargar las baterías.
“Será muy interesante para ti ver algún día hasta qué punto te
pareces a una bomba”, le dijo Merlín al joven Arturo.
“¿Qué es una bomba?”
“Si vivieras hacia atrás en el tiempo, que es la única forma sensata
de vivir, lo sabrías”. Merlín reflexionó
durante un segundo. “Imagina que inflas una vejiga de cerdo hasta
que
revienta. La bomba funciona sobre ese mismo principio, salvo que
estalla con tanta fuerza que mata a las personas
“Por Dios, ¿no hay forma de prevenir eso en el futuro?”~ preguntó
Arturo, alarmado.
“No, no entiendes. Las bombas estallan precisamente porque matan a
la gente. Esa es la idea. Lo menciono
sólo porque las bombas se parecen mucho a los mortales, quienes van
por ahí listos a estallar a toda hora. La
explosión de la metralla —así se llamarán las municiones con que se
cargarán las bombas — no es otra cosa
que la explosión de la ira hecha manifiesta. En efecto, si los
humanos pudieran explotar y matar a sus vecinos
sin temor a las represalias, la mayoría lo haría”.

Para Vivir la Lección
Poner fin a la guerra interior implica acabar con el conflicto entre
todas nuestras personalidades. Podemos
aliviar la carga de energías del pasado que pesa sobre los hombros del
yo-sombra, y así crear una condición
propicia para la paz interior, puesto que es el temor de salir lastimado
el que hace que las voces interiores
desconfíen las unas de las otras. Pero no es posible comenzar a resolver
estas tensiones interiores mientras
no sepamos de qué están hechas nuestras personalidades internas.
Todas las personalidades están hechas de lo mismo — alguna vieja energía
adherida a un recuerdo.
Digamos, por ejemplo, que recordamos haber sido castigados cuando niños
por alguna cosa que no hicimos.
La energía del resentimiento o la injusticia se adherirá a ese recuerdo
y comenzaremos a construir un
fragmento de personalidad — un niño resentido —el cual vivirá desde su
estrecho punto de vista hasta que
pueda liberar esa energía. El niño interior resentido es sólo un
recuerdo que espera poder descargar su
energía retenida y no podrá moverse mientras no lo haga.
Puesto que tenemos recuerdos asociados con alegría y también con dolor,
las personalidades interiores
vienen en versiones placenteras y dolorosas. Es agradable recordar un
premio recibido por un buen trabajo; es
desagradable recordar haber sido criticados. Pero estos recuerdos
contrarios no se anulan entre si; retienen su
integridad y entran en conflicto con sus opuestos. Cuando juzgamos, por
naturaleza decimos “Yo tengo la
razón”, aunque la siguiente experiencia sea totalmente contradictoria.
La crítica o el castigo injusto irán con
nosotros a todas panes, repitiendo sus escenarios una y otra vez,
mientras que en el compartimiento de al
lado, otra energía estará expresando su punto de vista de haber sido
tratados con justicia y haber sido premiados.
No es difícil entrar en contacto con estas energías retenidas. Siéntese
a solas en un sitio silencioso. Respire
naturalmente. Ahora, sin cambiar el ritmo de la respiración, fije su
atención en la facilidad con la cual inhala y
exhala. No haga nada más hasta que su respiración sea tranquila y
rítmica. Cuando llegue a ese punto, trate
de recordar un incidente muy desagradable de su pasado durante el cual
se hayan manifestado muchas
emociones negativas, como una humillación o un momento de vergüenza o de
culpa. Digamos que fue
atrapado haciendo trampa en un examen o robando. No importa si el
incidente fue serio o intrascendente se
trata de identificar la emoción persistente: Traiga a la mente una
imagen nítida de ese incidente y experimente
los sentimientos de ese momento. Ahora lleve su atención a la
respiración — ésta ya no será tranquila.
Dependiendo del tipo de emoción traída a la memoria, su respiración se
tornará irregular o superficial; podría
incluso retener el aliento o sentir que le falta el aire. Estos cambios
reflejan el hecho de que la respiración es el
espejo fiel del proceso de pensamiento y, en particular, del recuerdo de
una emoción. Lo que está
experimentando son los tres componentes de los cuales hemos venido
hablando: memoria, energía y apego.
Cuando los tres se reúnen, forman el comienzo de una subpersonalidad.
Todas las subpersonalidades desean lo mismo: expresarse a través de
nosotros. El lactante que llora, el niño
solo, el adolescente frustrado, el amante esperanzado, el trabajador
ambicioso — todos desean vivir la vida a
través de nosotros. Y lo hacen, a su manera. Ninguna de las
personalidades logra realizarse plenamente; por lo
tanto, todas deben gritar para tener su momento en el Sol — o en la
sombra.
El conflicto resultante es el que hace que la vida sea tan ambigua, tan
llena de luz y sombra a la vez. Sin
embargo, el mago vive solamente en la luz. Al igual que un bebé, el mago
no retiene la energía. Habiendo
liberado todos los apegos recordados que le sirven de combustible a
nuestra lucha interior, el mago ha logrado
ir más allá de la personalidad para vivir en la consciencia pura. La
forma de pasar del estado mortal al estado
del mago podría parecer misteriosa, pero en realidad es completamente
natural. Lo único que se necesita es
equilibrio, que el flujo de la vida se encargará de preservar.
Hay muchas formas de liberar las viejas energías. Una de las más
poderosas es el simple hecho de
reconocer que están ahí. En lugar de negar, por ejemplo, que siente
vergüenza o culpa, mírese y diga: “Así es
como me siento”. Muchas veces, ese momento de consciencia es suficiente
porque, al fin de cuentas, es a
través de la negación que todas las energías retenidas quedan atrapadas.
Habrá ganado la mitad de la batalla
cuando supere la negación. El reconocimiento es una forma de
autoaceptación. No necesita decir: “Está bien
sentir vergüenza y culpa”, porque en realidad ésas son energías que
usted desea liberar, no perpetuar. Pero
ciertamente está bien decir: “Tengo estos sentimientos. Ellos son
reales”.
Una de las técnicas más eficaces para superar la negación es por medio
de la respiración. Acuéstese en un
sitio tranquillo y relájese. Ahora inhale de la manera que desee,
profunda o superficialmente, rápida o
lentamente, y luego exhale naturalmente. No se imponga ningún ritmo ni
realice ningún esfuerzo, sencillamente
deje fluir la respiración. Es probable que suspire o jadee un poco, pero
no importa.
Ahora inhale nuevamente y luego exhale sin esforzarse ni tratar de
retener el aire. Siga respirando de esa
forma y permita que todas las imágenes o emociones disponibles salgan a
flote para ser liberadas. Puede
ayudarse concentrándose en el corazón, o en cualquier parte del cuerpo
donde sienta sensaciones — algunos
puntos físicos están estrechamente asociados con las emociones.
A medida que continúa el ejercicio, las energías retenidas comenzarán a
salir. Entre los síntomas de esta
descarga pueden estar recuerdos borrosos, sombras de sentimiento o,
incluso, expresiones poderosas de la
emoción, como los sollozos. (Si los sentimientos son demasiado intensos,
suspenda el ejercicio y descanse
con los ojos cerrados durante cinco minutos.) La mayoría de la gente
tiene tanta energía almacenada que se
queda dormida rápidamente haciendo este tipo de respiración — eso es
señal de la liberación de una fatiga
profundamente reprimida.
Si al hacer este ejercicio siente que no libera energía, es posible que
esté usando la mente para aferrarse. La
manera de dejar a la mente de lado es alterando ligeramente la
respiración: trate de jadear superficial y
rápidamente. Esta respiración rítmica, rápida y superficial hará que su
mente consciente se distraiga y permitirá
que las energías se cuelen por un lado. Continúe jadeando durante uno o
dos minutos, pero no más, puesto
que la liberación puede tornarse demasiado intensa.
La repetición de este ejercicio puede servir para liberar más energías
retenidas, y también es muy útil para
aprender a descargar todas las emociones o sentimientos nuevos que
desean salir a flote.
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Al igual que cualquier otro aspecto de su personalidad, la
sombra desea expresarse y ser libre, y el primer paso es
encontrar una forma natural y cómoda de liberar las energías
negativas en lugar de guardarlas en los calabozos ocultos de
la mente.

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