
LA ENTRADA AL MUNDO DEL MAGO
La gente se pregunta por qué, habiendo nacido en la India, me
siento tan atraído por los magos. Mi
respuesta es la siguiente: en la India todavía creemos que los magos
existen. ¿Qué es un mago? No es
sencillamente alguien que puede hacer magia, sino alguien capaz de
transformar.
Un mago puede convertir el temor en alegría, la frustración
en realización.
Un mago puede convertir lo temporal en eterno.
Un mago puede llevarnos más allá de nuestras limitaciones
hacia lo ilimitado.
Cuando era niño y vivía en la India, sabía que todo eso era cierto.
A veces llegaban a nuestra casa ancianos
de túnicas blancas y sandalias, y hasta para un muchacho asombrado
por la vida, parecían criaturas muy
especiales. Estaban completamente en paz; de ellos emanaban la
alegría y el amor; parecían no inmutarse
ante los altos y bajos de la vida cotidiana. Los llamábamos gurús o
consejeros espirituales. Pero tardé mucho
tiempo en darme cuenta de que gurú y mago es lo mismo. Todas las
sociedades tienen sus maestros,
clarividentes y sanadores; gurú era sólo nuestro vocablo para
designar a los poseedores de la sabiduría
espiritual.
En Occidente, se considera que los magos son principalmente
hechiceros que practican la alquimia para
convertir un metal inferior en oro. En la India también existe la
alquimia (de hecho fue allí donde se inventó),
pero la palabra alquimia es en realidad una clave. Significa
convertir a los seres humanos en oro, convertir
nuestras cualidades inferiores de temor, ignorancia, odio y
vergüenza en lo más precioso: el amor y la
realización. Por tanto, un maestro que nos pueda enseñar a
convertimos en seres libres llenos de amor es, por
definición, un alquimista — y siempre lo ha sido.

Cuando ingresé a la escuela secundaria en Nueva Delhi, ya sabía mucho
acerca de Merlín, el famoso mago
de la leyenda inglesa del rey Arturo. Como a todo el mundo, también a mi
me hechizó desde el primer
momento. No tardé mucho en descubrir todo su mundo. En mi cabeza
resuenan todavía decenas de versos del
poema épico de Tennyson, Idilios del rey, los cuales tuvimos que
memorizar durante aquellos largos y
calurosos días escolares. En aquella época devoré toda la literatura que
logré encontrar sobre el rey Arturo. No
me parecía raro saberlo todo acerca de Camelot, ese sitio de campos
verdes y temperaturas clementes,
aunque yo viviera bajo el sol ardiente del trópico; o que deseara
cabalgar como Lancelot, aunque me hubiese
sofocado bajo la armadura; o que la cueva de cristal de Merlín existiera
en realidad, a pesar de que todos los
autores que leía me aseguraran que los magos no existían. Yo sabía que
no era así, porque era un muchacho
hindú y había conocido personalmente a los magos.
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Yo sabía que no era así, porque era un muchacho hindú
y había conocido personalmente a los magos.

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