Llama Violeta

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POR QUÉ A MI, POR QUÉ ESTO, POR QUÉ AHORA

Capitulo 2

¿Qué trata de decirme mi cuerpo?

ROBIN NORWOOD

 

Capitulo 2

¿Qué trata de decirme mi cuerpo?

            Gary era otro de los pacientes de la quiropráctica: un ávido físico culturista, cuya amistosa sonrisa de cachorro desmentía la agresión insinuada en tanto músculos abultados. Había venido al consultorio por un misterioso dolor recurrente en una de las rodillas, que le impedía practicar el levantamiento de pesas y los otros deportes de que disfrutaba. Aunque llevaba más de una semana dejando descansar esa rodilla, informó con impaciencia que el dolor no cedía.

 
   

            -Quiero que me la curen- estableció inexorablemente, al tenderse en la camilla. Mientras conversábamos, me dediqué a aliviar algunos espasmos musculares que tenía en los hombros y en el cuello, antes de que la doctora entrara para examinarlo. Había aprendido a preguntar siempre a los pacientes qué hubieran estado haciendo a no ser por el dolor, pues con mucha frecuencia en esas respuestas estaban las claves del colapso o la rebeldía del cuerpo.

Para Gary, la jornada típica incluía varias clases de administración hotelera en la universidad local, dos horas de ejercitación en el gimnasio y, por la noche, un largo turno como barman en un popular restaurante de la playa. Durante el fin de semana, después de ponerse al día con sus lecciones, efectuaba trabajos de mantenimiento en el edificio donde vivía, como pago parcial de su alquiler, luego se iba a patinar o hacía ejercicio en el gimnasio antes de ir al trabajo. Al margen de toda esta actividad, mantenía relaciones estables con una muchacha.  

            Yo quería saber algo más sobre esa increíble ronda de actividad constante, pero mi primera pregunta fue:

            -¿Te gusta tu trabajo?

Tras años de experiencia en el terreno de las adicciones, no dejaba de preguntarme qué papel desempeñaba el alcohol en la vida de una persona.

            -¿Atender el bar? Oh, no está mal. Como algún día quiero tener un restaurante propio, es una buena experiencia – respondió-. Lo malo es ver tanta gente que bebe y fuma en exceso. Aunque se dañan el cuerpo, siguen andando. Yo cuido bien del mío y ¡mire lo que me pasa!

            -No sé, Gary –respondí-. Con el ritmo de trabajo que llevas, es como si usaras el auto para recorrer todos los días mil kilómetros.

            -es que me gusta mantenerme ocupado. –se había puesto un poco a la defensiva.- Y no bebo ni fumo, como casi todo el mundo. Me esfuerzo mucho para conservar mi salud. –Hizo un gesto furioso señalando su rodilla. –No debería ocurrirme algo así.

            -El resto de tu familia, ¿se cuida tanto como tú? – pregunté.

            -Yo no diría eso, exactamente. –La voz de Gary sonaba densa de ironía. –Mi papá bebía tanto que el alcohol acabó por matarlo. Y mi hermano está haciendo lo posible por seguirle los pasos.

            -¿Y tu madre?

            -Oh, mi mamá es estupenda. Ahora está en Colorado, estudiando quiropraxia. –Sonrió de oreja a oreja. –fue ella quien me recomendó venir aquí.

            Parecía sentir la necesidad de explicarse mejor.

            -Verá usted: mamá vivió muchos años en un infierno. Mi papá, al morir, dejó un poco de dinero y ella lo usó para irse. Me parece muy bien. A veces me gustaría hacer lo mismo, pero me siento obligado a vigilar un poco a mi hermano. Somos gemelos. No idénticos, pero aun así…  -Hubo un momento de silencio, mientras su sentido de la responsabilidad luchaba con sus ansias de libertad.

            Después de un rato dije:

            -Tu madre soportó muchas cosas, pero ¿qué me dices de ti? Eso te afectaba a ti también, ¿sabes?

            -No pienso en eso – respondió secamente-. Me mantengo ocupado y no pienso en eso.

            -¿Y si tu cuerpo te estuviera pidiendo que pienses, Gary?  ¿Y si tu rodilla no quiere que acumules más fuerza por afuera mientras ignoras lo que ocurre adentro?

            Hubo un silencio incómodo y sentí cómo los músculos de su cuello se tensaban un poco más bajo mis manos. De pronto cedió su resistencia y todo su cuerpo se ablandó. Estuvo a punto de suspirar.

            -Lo mismo dice mi novia. Y mi mamá. Es extraño. En la universidad veo siempre unos letreros que anuncian una serie de conferencias sobe hijos adultos de alcohólicos, con una lista de características que uno desarrolla al criarse junto a alguien que bebe. Muchas se ajustan a mí, como el exagerado sentido de la responsabilidad y ocuparse primero de los demás, o lo de sentirse culpable por arreglárselas solo, o no saber lo que se siente ni cómo expresarlo. Me habría gustado ir a una reunión, pero creo que tenía demasiado miedo. –Soltó una risita. –Usted cree que mi rodilla hizo esto a propósito, ¿eh? Porque esas conferencias se dan justamente a la hora en que voy al gimnasio…

CÓMO SIRVE EL CUERPO A LA CONCIENCIA

            ¿Es posible que la rodilla de Gary conspirara con su Yo superior para ponerlo en contacto con esos planos más sutiles de su interior que necesitaban atención?  Una y otra vez, trabajando con los pacientes de la quiropráctica, vi operar el principio de la sincronicidad. Carl Jung presentó este concepto para explicar las causas ocultas tras la coincidencia, el motivo de sucesos que, por lo general, atribuimos al azar, pero que parecen predestinados por su importancia. Con frecuencia experimentamos esos sucesos como hallazgos fortuitos: un acontecimiento casual que nos pone en contacto con oscuras fuentes de una información que necesitábamos mucho, por ejemplo, o el encontrar a un viejo amigo después de años de separación.

            Uno de estos notables episodios se produjo en cierta ocasión, mientras yo intentaba comunicarme con una amiga. Una joven atendió la llamada; cuando pregunté por Margaret vaciló.

-          ¿Se refiere usted a Peggy?

Pensando que tal vez ella conocía a Margaret por ese apócope, aclaré:

-          Bueno, habla Robin Norwood. Quiero hablar con Margaret.

Entonces la voz exclamó:

-          ¡Robin! ¡Habla Susan!

Entonces reconocí su voz: me había comunicado con mi mejor amiga de toda la escuela primaria, tras habernos perdido de vista por mucho tiempo. Estaba de visita en casa de Peggy, su hermana.

            Todo esto resultaba tanto más asombroso porque, la noche anterior, yo había tenido un vívido sueño en el que veía a Susan que partía hacia Hawai. Cuando se lo dije, se echó a reír.

-          ¡Es cierto! ¡Viajo la semana que viene!

Comenté que en mi sueño ella iba en avión hasta las islas, pero regresaba en barco, y ella respondió que eso era lo que tenía planeado. Eran demasiadas coincidencias para cualquier explicación que no fuera la del principio de la sincronicidad.

Si la sincronicidad explica los sucesos demasiado significativos para ser coincidencia, bien se la puede aplicar para comprender que la rodilla de Gary o el tobillo de Joanna fallaran cuando lo hicieron. Ambas lesiones proporcionaban una oportunidad casi mágica para que se produjera el cambio y la curación interior.

Esotéricamente se enseña que toda enfermedad, toda herida, toda experiencia de sufrimiento sirve, en último término, para limpiar y purificar. Aunque no siempre entendamos con exactitud cómo se produce esto, si recordamos siempre esta enseñanza podremos comenzar a discernir algunos de los valiosos servicios que nos prestan nuestras dificultades.

Por ejemplo: una enfermedad o una lesión pueden proporcionar una puerta a la transformación, como ocurrió con Joanna y su familia debido a su esguince de tobillo. Esa lesión anuló su papel habitual en la relación de sus padres; junto con la presión aportada por la enfermedad mortal de la madre, creó una oportunidad para que esa relación curara. El dolor de rodilla brindó a Gary tiempo y oportunidad para explorar un doloroso aspecto de su vida, como primer paso para comenzar a curarla. Darren, el enfermo de SIDA, cambió sus valores y su estilo de vida como resultado de ese diagnóstico. También su abuela cambió y pasó a un estado de amor y compasión.

            En segundo término, el alma puede elegir una enfermedad o una lesión, no sólo para curar algunos aspectos de la conciencia individual, sino para curar también un aspecto de la conciencia grupal más amplia. Cuando ocurre esto, lo que opera es lo que se conoce esotéricamente como ley del sacrificio. La enfermedad de Darren es, por cierto, una demostración de cómo opera esta ley. Creo que toda víctima del SIDA se puede ver desde esta perspectiva, como parte de un gran grupo de almas dedicadas, en esta encarnación, a expresar la ley del sacrificio, sufriendo a fin de que avance la conciencia de la humanidad.

Un tercer modo por el que podemos beneficiarnos con una enfermedad, una lesión o un malestar físico se presenta cuando, faltos de sinceridad con nosotros mismos, tratamos de ignorar una circunstancia penosa en nuestra existencia. Los problemas del cuerpo pueden actuar como indicadores de nuestras evasiones psicológicas. Toda situación difícil es una prueba; a medida que evolucionamos, lo mismo ocurre con nuestras pruebas: de situaciones que desafían nuestro valor físico pasamos a aquellas que someten a examen el valor moral, la integridad personal y la sinceridad con uno mismo. Ninguna de estas pruebas es fácil. Como preferiríamos ignorarlas o evitarlas, el malestar físico cumple dos propósitos: nos advierte que hay un problema sin resolver y hace que, si intentamos desoír la advertencia, las consecuencias sean lo bastante dolorosas como para contemporizar. Mediante los mismo síntomas que manifiesta, el cuerpo puede señalar lo que estamos tratando de negar.

EL CUERPO Y LA PERSONALIDAD EN CONFLICTO

            El cuerpo es un objeto maravilloso: nuestra parte animal, con cerebro, instintos y emociones animales propios. Como cualquier otro animal, el cuerpo humano no sabe mentir. Este simple hecho nos causa, a los seres humanos, problemas sin fin. En realidad, los problemas no se deben tanto a que el cuerpo no sepa mentir como a que la personalidad ha desarrollado muy bien su capacidad de hacerlo. Cohibidos y dados a autoevaluarnos, tratamos de convencernos de que somos tal como creemos que deberíamos ser. Mientras tanto, el cuerpo físico insiste en reaccionar sin ningún tipo de censura, puro instinto y emoción, y nos abochorna a fondo en el proceso. Se ruboriza, palidece, dilata las pupilas, castañetean los dientes, tensa las mandíbulas o humedece las palmas de sudor. Nos humilla con una erección inoportuna o nos defrauda con temblores o desmayos, y expone implacablemente ante el mundo entero nuestra excitación sexual, la incomodidad, el enojo o cualquier otra reacción que nuestra parte pensante y humana trata de disimular.

¿Qué ocurre cuando el cuerpo físico experimenta y expresa un estado del ser mientras el yo humano, por su deseo de lograr la aprobación propia y ajena, se inclina por expresar otro?

El cuerpo físico existe en la dimensión física y se nutre con materia (aire, agua, alimentos) del plano físico. Los cuerpos astral y mental existen en el plano astral o mental y se alimentan, a través de los chakras, de materia astral o mental de sus respectivos planos.

Cuando cada uno de estos cuerpos, físicos y sutiles, está límpido y libre de distorsiones, la vibración de todo el campo energético humano o aura será también límpido y uniforme. Los problemas físicos crean distorsiones en el aura; lo mismo hacen los problemas en los cuerpos sutiles. Cuando hay una distorsión presente en los cuerpos sutiles, se puede bloquear el flujo de energía a estos cuerpos a través de los chakras. Quienes pueden observar, mediante una clarividencia muy desarrollada, el funcionamiento del cuerpo en estos niveles energéticos sutiles, aseguran que la causa de toda enfermedad está en una distorsión o disonancia prolongada. Un episodio de disonancia breve, si es serio, puede contribuir a la aparición de enfermedades pasajeras tales como indigestiones, dolores de cabeza, resfríos y gripe. Las distorsiones más prolongadas y habituales del campo pueden predisponer el cuerpo a enfermedades mucho más graves, como el cáncer.

FALTA DE SINCERIDAD Y DISONANCIA

            He aquí unos pocos ejemplos de las señales que puede enviar el cuerpo para indicarnos que estamos pasando por alto una fuente de malestar emocional o mental.

            Una joven llegó al consultorio de la quiropráctica casi imposibilitada de levantar la cabeza, por un dolor agudo que irradiaba por la parte posterior del cuello y ambos hombros. Acababa de hacer una visita a su madre, durante la cual esta debió ser hospitalizada por una afección cardíaca. Este problema se presentó porque, durante la visita de su hija, la mujer olvidó tomar su medicación diaria. La hija describió la situación de este modo.

-          A veces tengo la sensación de estar cargando a mi madre desde siempre. Es su vida, pero ella no acepta la responsabilidad. Siempre fue así. ¿Y ahora qué debo hacer? ¿Instalarme con ella para cuidar de que tome sus píldoras todos los días?

Esta joven había comenzado recientemente a trabajar en algo que le gustaba mucho, además de iniciar un romance promisorio. La perspectiva de tener que cuidar a su madre le resultaba insoportable, tanto como la idea de que la mujer muriera si ella no lo hacía. Tanto la quiropráctica como yo reconocimos que el pesado yugo de dolor en los hombros y el cuello se correspondía perfectamente con su carga emocional. Cuando la ayudamos a reconocer su profundo resentimiento por la indefensión manipulativa de su madre y a aceptar que necesitaba librarla a su propia suerte, el dolor empezó a ceder.

Con frecuencia, como en el caso citado, vi que quiropráctica trabajaba para aliviar un estado creado por el cuerpo a fin de alertar al paciente sobre lo intolerable de una situación, ya fuera en el hogar o en el trabajo.

Una mujer que padecía últimamente dolores de cabeza y problemas digestivos charlaba en forma despreocupada sobre la siguiente situación: había alquilado un cuarto de su casa a un hombre con el que había mantenido una breve relación amorosa, con la esperanza de mantener el vínculo. Sin embargo, en cuanto él se instaló en la casa no hubo más insinuaciones amorosas. Por el contrario, muy pronto entabló relaciones con otra mujer, con la que sostenía largas conversaciones por teléfono, utilizando el que compartía con su casera, nuestra paciente. Ella calificaba esas llamadas de “groseras” Y “desconsideradas”, pero cuando le preguntamos si estaba enojada y deseaba pedirle que se fuera, nos contestó: “Oh, no, jamás se me ocurriría. Somos personas adultas. ¡Cómo voy a ponerme celosa!”.

Recuerdo haber pensado que no me convencía; al parecer, tampoco a su cuerpo, puesto que la aparición de los síntomas coincidía con la nueva relación amorosa del inquilino; además, ella sufría más que nunca durante las primeras horas de la noche, cuando él mantenía sus largos coloquios telefónicos. Sus esfuerzos por no pensar en lo que sucedía ante sus mismas narices, bien podían provocar los dolores de cabeza; por otra parte, históricamente se asocia la vesícula biliar y su secreción de bilis con la envidia y los celos, cosa que podría explicar sus problemas digestivos. A menos que ella prestara atención a las advertencias de su cuerpo y cambiara la situación en que vivía, lo más problema era que sus síntomas se mantuvieran.

Es cierto que no toda dolencia física tiene una causa psicológica. Pero muchas sí. Y cuando eso ocurre solemos querer que nos sanen, como Gary y esta mujer: que nos alivien el dolor mediante recursos médicos como las drogas, la cirugía, hipnosis, acupuntura o cualquier otro enfoque, porque no deseamos reconocer que debemos atender la fuente del dolor, profunda y no física. Ignorar o negar esa fuente no física puede equivaler, en último término, a fomentar la aparición de problemas físicos aun más graves.

Tal fue el caso de Karen, una mujer que asistía a un taller sobre curación por el campo de energía. Una de las tareas que debimos realizar los participantes era descubrir de qué modo estábamos ignorando señales del cuerpo indicadoras de aspectos faltos de sinceridad de nuestra vida.

Otra tarea fue despertar poderes de percepción más elevados, para lograr, en cierto modo, percibir la configuración energética de estas distorsiones. En mis años de estudio yo había tomado conciencia de que percibía dimensiones más sutiles de la realidad. Había aprendido a prestar atención cuando recibía fuertes “golpes” emocionales de un lugar, una persona o un nombre. A veces captaba las energías de los objetos y podía narrar algo relacionado con ellos; la foto de una persona solía abrirme una ventana a su ser interior. De tanto en tanto veía, en el campo energético de una persona, configuraciones y  colores indicativos de creencias, sentimientos o conflictos fuertemente arraigados.

Al concluir el tiempo compartido, debimos describir lo que habíamos obtenido de esa experiencia. Karen, que tenía algo más de treinta años, estaba por entonces en remisión de un cáncer de garganta. Había pasado años luchando por destacarse como actriz. Durante un período muy inactivo de su carrera, contrajo matrimonio y más adelante, satisfizo al esposo en su deseo de tener hijos. Desde entonces se esforzaba por cumplir con sus trabajos actorales sin desatender a la familia; muchas veces sufría por no poder optar entre su devoción hacia el esposo y los hijos y su gran amor al teatro. En esa oportunidad, en un arrebato de virtud optimista, nos dijo que iba a dejar de actuar para dedicarse al hogar, al esposo y a los hijos, a la felicidad de su familia. Horrorizada, vi la respuesta de su campo energético a lo que estaba diciendo. Mientras hablaba la envolvió un manto verde gris sombrío, denso y pesado. Comprendí con espanto que estaba pronunciando, posiblemente, su sentencia de muerte. Por muy digna de elogio que sonara su decisión de ser una buena madre y esposa, no era la orientación sincera que debía tomar y su cuerpo emotivo lo sabía. Como la energía sigue al pensamiento, ese manto de materia astral se creaba en correspondencia con la restricción que ese plan representaba para ella. Quizá creía no tener alternativa, atrapada como estaba entre la necesidad de llevar una vida respetable y los deseos más profundos de su corazón: actuar en el escenario. Su decisión de anteponer a su familia no era incorrecta, quizá, dado su sistema de valores. Simplemente, no era la más sincera; su campo de energía me mostró lo que en verdad sentía.

¿Qué habría mostrado su campo energético si ella hubiera anunciado, por el contrario, la decisión de seguir a su corazón, fuera adonde fuese? Su aura habría presentado una carga más potente, de colores más intensos. Si bien los conflictos que experimentaba con respecto a su familia no hubieran podido faltar en el aura, Karen habría tenido más energía para enfrentarlos. En cambio se envolvía en el manto de “buena esposa y madre” que, para ella, entrañaba un peligro sofocante.

No pretendo saber cuál era la solución para Karen, pero sí sé que la decisión tomada serviría para deprimir su campo energético general y, por lo tanto, su sistema inmunológico, algo que ningún enfermo de cáncer puede permitirse. Aunque pueda parecer que el cuerpo la traicionaba con ese cáncer, ¿no es posible que ella, al ignorar sus verdaderas inclinaciones, estuviera traicionando a su cuerpo?

CÓMO EL CUERPO SIRVE AL ALMA

            ¿Qué es mejor? ¿Qué Karen se entregue por entero a la actuación? ¿O que renuncie para dedicarse a su familia, aunque su cuerpo corra peligro de no sobrevivir a la decisión? Eso es lo que nos hace la vida, nuestra vida, la que elegimos y diseñamos desde la perspectiva y la sabiduría del alma. Nos planta en un rincón y fija apuestas muy, pero muy altas: vida y muerte, amor y respeto, nuestros amados hijos o la profunda vocación; luego nos obliga a elegir. ¿Y con qué contamos para que nos guíe en nuestra elección?  Por una parte está la presión de las normas sociales y las propias, conformadas por la necesidad y los tiempos en que vivimos. Por la otra, nuestro corazón nos exhorta: “Esto por sobre todas las cosas: sé leal a ti mismo”.

            Esta prueba es la esencia misma de la existencia en el plano terrestre. Estos aprietos y dilemas, que los esoteristas llaman “fuego por fricción”, crean presiones con las cuales pulen nuestros puntos toscos para dejarnos, por fin, puros y brillantes, aunque no necesariamente en el curso de una sola vida. Se trata de un proceso largo, muy largo, y mientras nos encontramos inmersos, rara vez apreciamos sus efectos refinantes. Sólo sabemos que estamos sufriendo y envidiamos a los que no padecen así, pensando que, de algún modo, deben de llevar una vida más correcta y, por lo tanto, reciben más bendiciones. Tanto en lo individual como en lo social, ¿no tendemos acaso a reconocer más crédito espiritual a quienes viven en forma pulcra y ordenada, y los creemos menores que nosotros que luchamos con nuestras diversas aflicciones?

            Nos acercaríamos más a la verdad de la situación si recordáramos que la vida, en este plano terrestre, es un aula; a medida que uno avanza en la escuela, las tareas se tornan más complicadas. Todos los grados son necesarios para nuestro desarrollo último. Cada uno es un desafío cuando estamos en ese nivel, pero en cuanto lo dominamos debemos pasar al siguiente. Ninguno de nosotros querría permanecer en segundo grado, una vez aprendido todo lo que tenía para enseñar. Por el contrario, abrazamos de buena gana el curso siguiente. Más tarde, en medio de cada nuevo desafío, olvidamos que nosotros mismos lo elegimos así.

            Tal vez el cuerpo está más en sintonía que nosotros mismos con nuestras elecciones. Se rebela cuando nos alejamos demasiado de lo que nos conviene. Y paga el precio por las tensiones que nuestras elecciones engendran. Al hacer lo que le exigimos y, paradójicamente, aun en sus rebeldías, el cuerpo es el sirviente del alma.

            Cuando no pude recuperar la movilidad, después de mi operación de rodilla, aprendí una nueva manera de relacionarme con mi cuerpo. Como los ejercicios recomendados no me servían de nada, decidí en cambio tratar mi cuerpo como a un caballo querido: con suavidad, amabilidad y reconfortándolo. Interrumpí todos los tratamientos que me resultaban dolorosos, me liberé del enojo y la impaciencia por el hecho de que mi cuerpo no respondía como yo deseaba y lo toqué sólo con amor. Todo esto requería una disciplina constante, pues yo siempre había contado con él sin darle importancia; muchas veces lo obligaba a hacer mi voluntad, aunque respondiera con dolor. Según adquiría un nuevo respeto y apreciación, tanto por mi cuerpo como por lo que me enseñaba esa lesión, la rodilla comenzó a curar lentamente.

En San Francisco, el libro de Kazantzakis, el santo considera el cuerpo físico como un animal de carga que, no obstante, tiene necesidades propias. Cuando leo, su compañero, se avergüenza de admitir que tiene hambre, Francisco lo insta gentilmente a comer: “Alimenta a tu borrico”.

            Alimenta a tu borrico con la comida adecuada y buen descanso. Trátalo con respeto. Ofrécele amor y gratitud por todos los servicios que te presta. Y no olvides escuchar su sabiduría.