Yo quería saber algo más sobre esa increíble ronda de
actividad constante, pero mi primera pregunta fue:
-¿Te gusta tu trabajo?
Tras
años de experiencia en el terreno de las adicciones, no dejaba de
preguntarme qué papel desempeñaba el alcohol en la vida de una
persona.
-¿Atender el bar? Oh, no está mal. Como algún día quiero
tener un restaurante propio, es una buena experiencia – respondió-.
Lo malo es ver tanta gente que bebe y fuma en exceso. Aunque se
dañan el cuerpo, siguen andando. Yo cuido bien del mío y ¡mire lo
que me pasa!
-No sé, Gary –respondí-. Con el ritmo de trabajo que
llevas, es como si usaras el auto para recorrer todos los días mil
kilómetros.
-es que me gusta mantenerme ocupado. –se había puesto un
poco a la defensiva.- Y no bebo ni fumo, como casi todo el mundo. Me
esfuerzo mucho para conservar mi salud. –Hizo un gesto furioso
señalando su rodilla. –No debería ocurrirme algo así.
-El resto de tu familia, ¿se cuida tanto como tú? –
pregunté.
-Yo no diría eso, exactamente. –La voz de Gary sonaba
densa de ironía. –Mi papá bebía tanto que el alcohol acabó por
matarlo. Y mi hermano está haciendo lo posible por seguirle los
pasos.
-¿Y tu madre?
-Oh, mi mamá es estupenda. Ahora está en Colorado,
estudiando quiropraxia. –Sonrió de oreja a oreja. –fue ella quien me
recomendó venir aquí.
Parecía sentir la necesidad de explicarse mejor.
-Verá usted: mamá vivió muchos años en un infierno. Mi
papá, al morir, dejó un poco de dinero y ella lo usó para irse. Me
parece muy bien. A veces me gustaría hacer lo mismo, pero me siento
obligado a vigilar un poco a mi hermano. Somos gemelos. No
idénticos, pero aun así… -Hubo un momento de silencio, mientras su
sentido de la responsabilidad luchaba con sus ansias de libertad.
Después de un rato dije:
-Tu madre soportó muchas cosas, pero ¿qué me dices de
ti? Eso te afectaba a ti también, ¿sabes?
-No pienso en eso – respondió secamente-. Me mantengo
ocupado y no pienso en eso.
-¿Y si tu cuerpo te estuviera pidiendo que pienses, Gary?
¿Y si tu rodilla no quiere que acumules más fuerza por afuera
mientras ignoras lo que ocurre adentro?
Hubo un silencio incómodo y sentí cómo los músculos de
su cuello se tensaban un poco más bajo mis manos. De pronto cedió su
resistencia y todo su cuerpo se ablandó. Estuvo a punto de suspirar.
-Lo mismo dice mi novia. Y mi mamá. Es extraño. En la
universidad veo siempre unos letreros que anuncian una serie de
conferencias sobe hijos adultos de alcohólicos, con una lista de
características que uno desarrolla al criarse junto a alguien que
bebe. Muchas se ajustan a mí, como el exagerado sentido de la
responsabilidad y ocuparse primero de los demás, o lo de sentirse
culpable por arreglárselas solo, o no saber lo que se siente ni cómo
expresarlo. Me habría gustado ir a una reunión, pero creo que tenía
demasiado miedo. –Soltó una risita. –Usted cree que mi rodilla hizo
esto a propósito, ¿eh? Porque esas conferencias se dan justamente a
la hora en que voy al gimnasio…
CÓMO SIRVE EL CUERPO A LA
CONCIENCIA
¿Es posible que la rodilla de Gary conspirara con su Yo
superior para ponerlo en contacto con esos planos más sutiles de su
interior que necesitaban atención? Una y otra vez, trabajando con
los pacientes de la quiropráctica, vi operar el principio de la
sincronicidad. Carl Jung presentó este concepto para explicar
las causas ocultas tras la coincidencia, el motivo de sucesos que,
por lo general, atribuimos al azar, pero que parecen predestinados
por su importancia. Con frecuencia experimentamos esos sucesos como
hallazgos fortuitos: un acontecimiento casual que nos pone en
contacto con oscuras fuentes de una información que necesitábamos
mucho, por ejemplo, o el encontrar a un viejo amigo después de años
de separación.
Uno de estos notables episodios se produjo en cierta
ocasión, mientras yo intentaba comunicarme con una amiga. Una joven
atendió la llamada; cuando pregunté por Margaret vaciló.
-
¿Se refiere usted a
Peggy?
Pensando que tal vez ella conocía a Margaret por ese apócope,
aclaré:
-
Bueno, habla Robin
Norwood. Quiero hablar con Margaret.
Entonces la voz exclamó:
-
¡Robin! ¡Habla Susan!
Entonces reconocí su voz: me había comunicado con mi mejor amiga de
toda la escuela primaria, tras habernos perdido de vista por mucho
tiempo. Estaba de visita en casa de Peggy, su hermana.
Todo esto resultaba tanto más asombroso porque, la noche
anterior, yo había tenido un vívido sueño en el que veía a Susan que
partía hacia Hawai. Cuando se lo dije, se echó a reír.
-
¡Es cierto! ¡Viajo
la semana que viene!
Comenté que en mi sueño ella iba en avión hasta las islas, pero
regresaba en barco, y ella respondió que eso era lo que tenía
planeado. Eran demasiadas coincidencias para cualquier explicación
que no fuera la del principio de la sincronicidad.
Si la
sincronicidad explica los sucesos demasiado significativos para ser
coincidencia, bien se la puede aplicar para comprender que la
rodilla de Gary o el tobillo de Joanna fallaran cuando lo hicieron.
Ambas lesiones proporcionaban una oportunidad casi mágica para que
se produjera el cambio y la curación interior.
Esotéricamente se enseña que toda enfermedad, toda herida, toda
experiencia de sufrimiento sirve, en último término, para limpiar y
purificar. Aunque no siempre entendamos con exactitud cómo se
produce esto, si recordamos siempre esta enseñanza podremos comenzar
a discernir algunos de los valiosos servicios que nos prestan
nuestras dificultades.
Por
ejemplo: una enfermedad o una lesión pueden proporcionar una puerta
a la transformación, como ocurrió con Joanna y su familia debido a
su esguince de tobillo. Esa lesión anuló su papel habitual en la
relación de sus padres; junto con la presión aportada por la
enfermedad mortal de la madre, creó una oportunidad para que esa
relación curara. El dolor de rodilla brindó a Gary tiempo y
oportunidad para explorar un doloroso aspecto de su vida, como
primer paso para comenzar a curarla. Darren, el enfermo de SIDA,
cambió sus valores y su estilo de vida como resultado de ese
diagnóstico. También su abuela cambió y pasó a un estado de amor y
compasión.
En segundo término, el alma puede elegir una enfermedad
o una lesión, no sólo para curar algunos aspectos de la conciencia
individual, sino para curar también un aspecto de la conciencia
grupal más amplia. Cuando ocurre esto, lo que opera es lo que se
conoce esotéricamente como ley del sacrificio. La enfermedad de
Darren es, por cierto, una demostración de cómo opera esta ley. Creo
que toda víctima del SIDA se puede ver desde esta perspectiva, como
parte de un gran grupo de almas dedicadas, en esta encarnación, a
expresar la ley del sacrificio, sufriendo a fin de que avance la
conciencia de la humanidad.
Un
tercer modo por el que podemos beneficiarnos con una enfermedad, una
lesión o un malestar físico se presenta cuando, faltos de sinceridad
con nosotros mismos, tratamos de ignorar una circunstancia penosa en
nuestra existencia. Los problemas del cuerpo pueden actuar como
indicadores de nuestras evasiones psicológicas. Toda situación
difícil es una prueba; a medida que evolucionamos, lo mismo ocurre
con nuestras pruebas: de situaciones que desafían nuestro valor
físico pasamos a aquellas que someten a examen el valor moral, la
integridad personal y la sinceridad con uno mismo. Ninguna de estas
pruebas es fácil. Como preferiríamos ignorarlas o evitarlas, el
malestar físico cumple dos propósitos: nos advierte que hay un
problema sin resolver y hace que, si intentamos desoír la
advertencia, las consecuencias sean lo bastante dolorosas como para
contemporizar. Mediante los mismo síntomas que manifiesta, el cuerpo
puede señalar lo que estamos tratando de negar.
EL CUERPO Y LA
PERSONALIDAD EN CONFLICTO
El cuerpo es un objeto maravilloso: nuestra parte
animal, con cerebro, instintos y emociones animales propios. Como
cualquier otro animal, el cuerpo humano no sabe mentir. Este simple
hecho nos causa, a los seres humanos, problemas sin fin. En
realidad, los problemas no se deben tanto a que el cuerpo no sepa
mentir como a que la personalidad ha desarrollado muy bien su
capacidad de hacerlo. Cohibidos y dados a autoevaluarnos, tratamos
de convencernos de que somos tal como creemos que deberíamos ser.
Mientras tanto, el cuerpo físico insiste en reaccionar sin ningún
tipo de censura, puro instinto y emoción, y nos abochorna a fondo en
el proceso. Se ruboriza, palidece, dilata las pupilas, castañetean
los dientes, tensa las mandíbulas o humedece las palmas de sudor.
Nos humilla con una erección inoportuna o nos defrauda con temblores
o desmayos, y expone implacablemente ante el mundo entero nuestra
excitación sexual, la incomodidad, el enojo o cualquier otra
reacción que nuestra parte pensante y humana trata de disimular.
¿Qué
ocurre cuando el cuerpo físico experimenta y expresa un estado del
ser mientras el yo humano, por su deseo de lograr la aprobación
propia y ajena, se inclina por expresar otro?
El
cuerpo físico existe en la dimensión física y se nutre con materia
(aire, agua, alimentos) del plano físico. Los cuerpos astral y
mental existen en el plano astral o mental y se alimentan, a través
de los chakras, de materia astral o mental de sus respectivos
planos.
Cuando cada uno de estos cuerpos, físicos y sutiles, está límpido y
libre de distorsiones, la vibración de todo el campo energético
humano o aura será también límpido y uniforme. Los problemas físicos
crean distorsiones en el aura; lo mismo hacen los problemas en los
cuerpos sutiles. Cuando hay una distorsión presente en los cuerpos
sutiles, se puede bloquear el flujo de energía a estos cuerpos a
través de los chakras. Quienes pueden observar, mediante una
clarividencia muy desarrollada, el funcionamiento del cuerpo en
estos niveles energéticos sutiles, aseguran que la causa de toda
enfermedad está en una distorsión o disonancia prolongada. Un
episodio de disonancia breve, si es serio, puede contribuir a la
aparición de enfermedades pasajeras tales como indigestiones,
dolores de cabeza, resfríos y gripe. Las distorsiones más
prolongadas y habituales del campo pueden predisponer el cuerpo a
enfermedades mucho más graves, como el cáncer.
FALTA DE SINCERIDAD Y
DISONANCIA
He aquí unos pocos ejemplos de las señales que puede
enviar el cuerpo para indicarnos que estamos pasando por alto una
fuente de malestar emocional o mental.
Una joven llegó al consultorio de la quiropráctica casi
imposibilitada de levantar la cabeza, por un dolor agudo que
irradiaba por la parte posterior del cuello y ambos hombros. Acababa
de hacer una visita a su madre, durante la cual esta debió ser
hospitalizada por una afección cardíaca. Este problema se presentó
porque, durante la visita de su hija, la mujer olvidó tomar su
medicación diaria. La hija describió la situación de este modo.
-
A veces tengo la
sensación de estar cargando a mi madre desde siempre. Es su vida,
pero ella no acepta la responsabilidad. Siempre fue así. ¿Y ahora
qué debo hacer? ¿Instalarme con ella para cuidar de que tome sus
píldoras todos los días?
Esta
joven había comenzado recientemente a trabajar en algo que le
gustaba mucho, además de iniciar un romance promisorio. La
perspectiva de tener que cuidar a su madre le resultaba
insoportable, tanto como la idea de que la mujer muriera si ella no
lo hacía. Tanto la quiropráctica como yo reconocimos que el pesado
yugo de dolor en los hombros y el cuello se correspondía
perfectamente con su carga emocional. Cuando la ayudamos a reconocer
su profundo resentimiento por la indefensión manipulativa de su
madre y a aceptar que necesitaba librarla a su propia suerte, el
dolor empezó a ceder.
Con
frecuencia, como en el caso citado, vi que quiropráctica trabajaba
para aliviar un estado creado por el cuerpo a fin de alertar al
paciente sobre lo intolerable de una situación, ya fuera en el hogar
o en el trabajo.
Una
mujer que padecía últimamente dolores de cabeza y problemas
digestivos charlaba en forma despreocupada sobre la siguiente
situación: había alquilado un cuarto de su casa a un hombre con el
que había mantenido una breve relación amorosa, con la esperanza de
mantener el vínculo. Sin embargo, en cuanto él se instaló en la casa
no hubo más insinuaciones amorosas. Por el contrario, muy pronto
entabló relaciones con otra mujer, con la que sostenía largas
conversaciones por teléfono, utilizando el que compartía con su
casera, nuestra paciente. Ella calificaba esas llamadas de
“groseras” Y “desconsideradas”, pero cuando le preguntamos si estaba
enojada y deseaba pedirle que se fuera, nos contestó: “Oh, no, jamás
se me ocurriría. Somos personas adultas. ¡Cómo voy a ponerme
celosa!”.
Recuerdo haber pensado que no me convencía; al parecer, tampoco a su
cuerpo, puesto que la aparición de los síntomas coincidía con la
nueva relación amorosa del inquilino; además, ella sufría más que
nunca durante las primeras horas de la noche, cuando él mantenía sus
largos coloquios telefónicos. Sus esfuerzos por no pensar en lo que
sucedía ante sus mismas narices, bien podían provocar los dolores de
cabeza; por otra parte, históricamente se asocia la vesícula biliar
y su secreción de bilis con la envidia y los celos, cosa que podría
explicar sus problemas digestivos. A menos que ella prestara
atención a las advertencias de su cuerpo y cambiara la situación en
que vivía, lo más problema era que sus síntomas se mantuvieran.
Es
cierto que no toda dolencia física tiene una causa psicológica. Pero
muchas sí. Y cuando eso ocurre solemos querer que nos sanen, como
Gary y esta mujer: que nos alivien el dolor mediante recursos
médicos como las drogas, la cirugía, hipnosis, acupuntura o
cualquier otro enfoque, porque no deseamos reconocer que debemos
atender la fuente del dolor, profunda y no física. Ignorar o negar
esa fuente no física puede equivaler, en último término, a fomentar
la aparición de problemas físicos aun más graves.
Tal
fue el caso de Karen, una mujer que asistía a un taller sobre
curación por el campo de energía. Una de las tareas que debimos
realizar los participantes era descubrir de qué modo estábamos
ignorando señales del cuerpo indicadoras de aspectos faltos de
sinceridad de nuestra vida.
Otra
tarea fue despertar poderes de percepción más elevados, para lograr,
en cierto modo, percibir la configuración energética de estas
distorsiones. En mis años de estudio yo había tomado conciencia de
que percibía dimensiones más sutiles de la realidad. Había aprendido
a prestar atención cuando recibía fuertes “golpes” emocionales de un
lugar, una persona o un nombre. A veces captaba las energías de los
objetos y podía narrar algo relacionado con ellos; la foto de una
persona solía abrirme una ventana a su ser interior. De tanto en
tanto veía, en el campo energético de una persona, configuraciones
y colores indicativos de creencias, sentimientos o conflictos
fuertemente arraigados.
Al
concluir el tiempo compartido, debimos describir lo que habíamos
obtenido de esa experiencia. Karen, que tenía algo más de treinta
años, estaba por entonces en remisión de un cáncer de garganta.
Había pasado años luchando por destacarse como actriz. Durante un
período muy inactivo de su carrera, contrajo matrimonio y más
adelante, satisfizo al esposo en su deseo de tener hijos. Desde
entonces se esforzaba por cumplir con sus trabajos actorales sin
desatender a la familia; muchas veces sufría por no poder optar
entre su devoción hacia el esposo y los hijos y su gran amor al
teatro. En esa oportunidad, en un arrebato de virtud optimista, nos
dijo que iba a dejar de actuar para dedicarse al hogar, al esposo y
a los hijos, a la felicidad de su familia. Horrorizada, vi la
respuesta de su campo energético a lo que estaba diciendo. Mientras
hablaba la envolvió un manto verde gris sombrío, denso y pesado.
Comprendí con espanto que estaba pronunciando, posiblemente, su
sentencia de muerte. Por muy digna de elogio que sonara su decisión
de ser una buena madre y esposa, no era la orientación sincera que
debía tomar y su cuerpo emotivo lo sabía. Como la energía sigue al
pensamiento, ese manto de materia astral se creaba en
correspondencia con la restricción que ese plan representaba para
ella. Quizá creía no tener alternativa, atrapada como estaba entre
la necesidad de llevar una vida respetable y los deseos más
profundos de su corazón: actuar en el escenario. Su decisión de
anteponer a su familia no era incorrecta, quizá, dado su sistema de
valores. Simplemente, no era la más sincera; su campo de energía me
mostró lo que en verdad sentía.
¿Qué
habría mostrado su campo energético si ella hubiera anunciado, por
el contrario, la decisión de seguir a su corazón, fuera adonde
fuese? Su aura habría presentado una carga más potente, de colores
más intensos. Si bien los conflictos que experimentaba con respecto
a su familia no hubieran podido faltar en el aura, Karen habría
tenido más energía para enfrentarlos. En cambio se envolvía en el
manto de “buena esposa y madre” que, para ella, entrañaba un peligro
sofocante.
No
pretendo saber cuál era la solución para Karen, pero sí sé que la
decisión tomada serviría para deprimir su campo energético general
y, por lo tanto, su sistema inmunológico, algo que ningún enfermo de
cáncer puede permitirse. Aunque pueda parecer que el cuerpo la
traicionaba con ese cáncer, ¿no es posible que ella, al ignorar sus
verdaderas inclinaciones, estuviera traicionando a su cuerpo?
CÓMO EL CUERPO SIRVE AL
ALMA
¿Qué es mejor? ¿Qué Karen se entregue por entero a la
actuación? ¿O que renuncie para dedicarse a su familia, aunque su
cuerpo corra peligro de no sobrevivir a la decisión? Eso es lo que
nos hace la vida, nuestra vida, la que elegimos y diseñamos desde la
perspectiva y la sabiduría del alma. Nos planta en un rincón y fija
apuestas muy, pero muy altas: vida y muerte, amor y respeto,
nuestros amados hijos o la profunda vocación; luego nos obliga a
elegir. ¿Y con qué contamos para que nos guíe en nuestra elección?
Por una parte está la presión de las normas sociales y las propias,
conformadas por la necesidad y los tiempos en que vivimos. Por la
otra, nuestro corazón nos exhorta: “Esto por sobre todas las cosas:
sé leal a ti mismo”.
Esta prueba es la esencia misma de la existencia en el
plano terrestre. Estos aprietos y dilemas, que los esoteristas
llaman “fuego por fricción”, crean presiones con las cuales pulen
nuestros puntos toscos para dejarnos, por fin, puros y brillantes,
aunque no necesariamente en el curso de una sola vida. Se trata de
un proceso largo, muy largo, y mientras nos encontramos inmersos,
rara vez apreciamos sus efectos refinantes. Sólo sabemos que estamos
sufriendo y envidiamos a los que no padecen así, pensando que, de
algún modo, deben de llevar una vida más correcta y, por lo tanto,
reciben más bendiciones. Tanto en lo individual como en lo social,
¿no tendemos acaso a reconocer más crédito espiritual a quienes
viven en forma pulcra y ordenada, y los creemos menores que nosotros
que luchamos con nuestras diversas aflicciones?
Nos acercaríamos más a la verdad de la situación si
recordáramos que la vida, en este plano terrestre, es un aula; a
medida que uno avanza en la escuela, las tareas se tornan más
complicadas. Todos los grados son necesarios para nuestro desarrollo
último. Cada uno es un desafío cuando estamos en ese nivel, pero en
cuanto lo dominamos debemos pasar al siguiente. Ninguno de nosotros
querría permanecer en segundo grado, una vez aprendido todo lo que
tenía para enseñar. Por el contrario, abrazamos de buena gana el
curso siguiente. Más tarde, en medio de cada nuevo desafío,
olvidamos que nosotros mismos lo elegimos así.
Tal vez el cuerpo está más en sintonía que nosotros
mismos con nuestras elecciones. Se rebela cuando nos alejamos
demasiado de lo que nos conviene. Y paga el precio por las tensiones
que nuestras elecciones engendran. Al hacer lo que le exigimos y,
paradójicamente, aun en sus rebeldías, el cuerpo es el sirviente del
alma.
Cuando no pude recuperar la movilidad, después de mi
operación de rodilla, aprendí una nueva manera de relacionarme con
mi cuerpo. Como los ejercicios recomendados no me servían de nada,
decidí en cambio tratar mi cuerpo como a un caballo querido: con
suavidad, amabilidad y reconfortándolo. Interrumpí todos los
tratamientos que me resultaban dolorosos, me liberé del enojo y la
impaciencia por el hecho de que mi cuerpo no respondía como yo
deseaba y lo toqué sólo con amor. Todo esto requería una disciplina
constante, pues yo siempre había contado con él sin darle
importancia; muchas veces lo obligaba a hacer mi voluntad, aunque
respondiera con dolor. Según adquiría un nuevo respeto y
apreciación, tanto por mi cuerpo como por lo que me enseñaba esa
lesión, la rodilla comenzó a curar lentamente.