-
¿Cómo le ocurrió
esto? – pregunté.
Ella
giro la cabeza y dejó escapar un suspiro exasperado.
-
¡Oh, fue algo tan
estúpido! No hice más que cruzar la cocina con calzado de tenis; el
pie se me quedó pegado al suelo mientras el resto de mi cuerpo
seguía caminando. Y aquí estoy, con muletas por ocho semanas más. –
Se le quebró la voz al agregar: -No puedo hacer nada.
-
Cuesta aceptar que
la vida nos detenga así –comenté, recordando lo mucho que mi rodilla
me había enseñado sobre no poder actuar.
Bajo
mis dedos, los pulsos de Joanna aún se negaban a coordinarse.
-
¿Qué estaría usted
haciendo, en estos momentos, si no le hubiera ocurrido esto?
–pregunté.
-
Normalmente, nada de
importancia. Pero me ocurre en tal mal momento… - Otra vez se le
quebró la voz.
-
¿Es muy inoportuno?
Una
pausa. Una mano se levantó para enjugar algunas lágrimas.
-
Sí. Peor momento es
imposible.
Esperé. Después de darle un pañuelo de papel, pues se había echado a
llorar sin disimulo, reanudé mi trabajo. Al cabo de un momento ella
continuó:
-
Mi madre se está
muriendo de cáncer. Y está en casa, porque es lo que prefiere.
Pensábamos, ella y yo, que podríamos arreglarnos, con la ayuda de
las enfermeras a domicilio. Pero así…
Pasé
las manos a otro par de marcas y pregunté:
-
¿No hay otra persona
que pueda ayudar?
-
Bueno, está mi
padre, por supuesto, pero ellos nunca se han llevado bien.
-
¿Discuten?
–pregunté, sin rodeos.
Joanna vaciló sólo un momento.
-
En realidad, no. Más
bien es uno de esos matrimonios anticuados, en los que el marido
sale a trabajar y la esposa se dedica a brindarle un hogar cómodo,
sin que él se lo agradezca. Creo que mi madre acabó por cansarse de
que no la apreciara y se aisló de él. Es como si vivieran en cajas
separadas, sin tocarse, ni física ni emocionalmente.
Volví
a mover las manos.
-
¿Y qué hace él,
ahora que ella está tan enferma?
Una
larga pausa. Luego, casi a disgusto:
-
El ayuda. Es decir:
la atiende y la cuida. Constantemente le pregunta qué necesita y
trata de que esté cómoda.
-
¿Y cómo reacciona su
madre?
-
Durante muchísimo
tiempo se negó a pedirle nada. Son una de esas parejas que nunca se
dirigen la palabra, ¿comprende usted? Hablan con cualquiera, pero
nunca entre sí. De esos que le dicen a una “Dile tal cosa a tu
madre” o “Dile a tu padre que…” cuando el otro está allí mismo.
Horrible.
Joanna parecía más recuperada al relatar las décadas de guerra fría
entre sus padres.
-
Cuando mi madre descubrió que tenía cáncer, entonces volvió a
dirigirle la palabra. Yo estaba allí, en el hospital. Ella lo miró a
la cara y le dijo: “Me muero, Ray.” El le dijo, llorando: “Deja que
te ayude.” Y ella respondió: “No. Me cuidará Joanna/” Y yo lo hice.
Yo la atendía, pero… -Llorando otra vez, señaló el tobillo con un
gesto.- …ahora no puedo.
- No
–reconocí-. Pero su padre sí puede, Joanna. Tal vez de eso se trate.
Vea usted. –Toqué el móvil que giraba sobre su cabeza. –Imagine que
este móvil representa a su familia. Cada miembro de la familia
mantiene una posición fija, un papel que crea un delicado
equilibrio. La enfermedad de su madre es como una brisa fuerte, que
lo sacudió todo.
-
Soplé con fuerza contra el móvil, que respondió con un tintineo.
–Aun así, el equilibrio esencial se hubiera mantenido, pero…
-Entonces levanté la mano para desenganchar una de las figuras
colgantes del móvil. Al hacerlo, toda la estructura se inclinó para
compensar. –Esto es lo que ocurrió con su familia. Esta lesión,
Joanna, la apartó de su posición habitual entre sus padres y empujó
a esos dos tercos, obligándolos a tratarse. Creo que puede ser una
bendición.
El móvil se estabilizó en un ángulo audaz, mientras Joanna suspiraba
profundamente.
-
Durante todos estos
años creí que la culpa era de papá. Siempre me puse de parte de
ella. Pero ahora he visto cómo lo castigaba cuando él trataba de
ayudarle, tanto en el hospital como en casa. Nada de lo que él hacía
le parecía bien. Y él no cejaba. Eso me asombró. Y por fin ella se
ablandó un poco. Ahora, cuando voy a visitarla, papá nos atiende a
las dos, nos hace bromas y hasta lograr hacerla reír. Y cuando
estamos solos me dice: “Amo a tu madre, ¿sabes? Siempre la he
amado.” Y yo le respondo: “¡Díselo a ella!” Y él: “Eso trato, eso
trato/
Mientras conversábamos, los pulsos habían comenzado a sincronizarse
bajo la punta de mis dedos. Cuando terminé mi trabajo, la hinchazón
había disminuido visiblemente. Tanto la energía como la circulación
se movían con más eficiencia. Pero Joanna parecía no notarlo.
-
¿Así que no tengo
que sentirme mal por no estar con ella en realidad, yo sabía que
era preferible mantenerme a un lado y dejar que papá lo hiciera
todo. Pero me sentía tan culpable…
-
Usted tenía un papel
familiar que representar y no hacerlo le costaba mucho. Hasta la
palabra “familiar” proviene de “familia” , de aquello a lo que
estamos habituados. Quizás hacía falta algo tan incapacitante como
esta lesión para mantenerla a usted fuera de la escena. –Le entregué
sus muletas. Las dos sonreíamos.
Si
Joanna no hubiera tomado conciencia de su viejo papel que interfería
entre sus padres, probablemente la habrían consumido los
remordimientos por no poder cumplir con la promesa hecha a su madre.
Su curación se produjo al lograr una visión más equilibrada de la
relación entre sus padres y comprendió que su papel dentro de la
familia, como apoyo y consuelo de su madre, en realidad permitía que
la pareja continuara con sus viejas rencillas. La reconciliación de
ambos la libró de una responsabilidad excesiva por la felicidad de
su madre, responsabilidad que, de otro modo, podría haber cargado
hasta mucho después de muerta ella.
También su padre experimentó una curación. Mi conjetura es que,
antes de la crisis provocada por la enfermedad, la madre castigaba a
diario a su esposo por alguna vieja indiscreción. La interacción de
ambos se había cristalizado de tal modo que los esposos quedaron
aprisionados por muchos años en conductas estereotipadas. Cuando se
produjo la doble crisis provocada por el cáncer de la madre y la
lesión de Joanna, el hecho de que ese hombre perseverara en sus
esfuerzos por liberarse de su papel de indiferente, ofreciendo una y
otra vez amor a su esposa, hasta que ella pudo aceptarlo, constituyó
su propia curación y, por fin, la posibilidad d que la relación
entre ambos se resolviera de una manera positiva.
Dos
meses después, cuando Joanna volvió al consultorio para un último
examen, me llevó aparte por un momento para decirme que, pocas
semanas antes, su madre había fallecido en la casa.
-
Fue realmente bello.
Estábamos todos allí. Mi esposo, mis hijos. Pero en el último
instante ella quiso que la dejáramos sola con papá. ¡Quién iba a
imaginarlo! ¡Después de haber pasado tantos años sin hablarle!
Esperamos en la sala hasta que papá salió y nos dijo: “Ya se ha
ido. Pero está bien. Sabía que yo la amaba.” Joanna se puso a
llorar, incapaz de decir más, me estrechó la mano y, girando en
redondo, salió apresuradamente de la oficina.
CURACIÓN MÁS ALLÁ DE LO
FÍSICO
¿Qué
es la curación? La persona que está físicamente enferma, ¿se cura
sólo cuando esa enfermedad se alivia o desaparece? ¿O acaso es
posible que no sólo Joanna y su padre experimentaran una curación,
sino también su madre? ¿Acaso la mujer, al perdonar a su esposo y
abrir su corazón al amor, sanó a pesar de perder su cuerpo físico en
la muerte?
En
este libro llegaremos a entender que todo nuestro ser, en lo físico
y en lo no físico, sufre la influencia de cualquier cambio positivo
de conciencia. Tal es la visión esotérica de la evolución aplicada a
la especie humana. Si miramos desde esta perspectiva el caso de la
madre de Joanna, se torna posible una comprensión muy ampliada de su
muerte, una visión que la hija pareció captar intuitivamente. La
curación de su madre hacia un amor más grande tenía una importancia
más profunda que su muerte física, por dolorosa que fuera esa
pérdida. La transformación de la moribunda permitió una expansión de
conciencia también en su esposo y en su hija
Muchas de las dificultades de la vida, vistas desde una perspectiva
esotérica, revelan las oportunidades que brindan para el tipo de
curación profunda como en el caso anteriormente mencionado. Quizá
resulte útil, a esta altura, ofrecer una nueva definición algo
radical de la curación, reconociendo la existencia de planos más
sutiles, profundos e importantes que el físico, en los cuales
podemos curarnos. Esta nueva definición consiste en seis premisas
básicas:
1.
La curación profunda
incluye siempre un cambio de actitud y, por lo tanto, una expansión
de la conciencia.
2.
La cura de un estado
o enfermedad físicos no implica necesariamente que se haya producido
una curación significativa.
3.
La continuación de
un estado o enfermedad físicos, aun si se produjera la muerte, no
implica necesariamente que NO se haya producido una curación
significativa.
4.
En el terreno
emocional, cuanto más grande es el trauma mayor es la posibilidad
de una curación significativa.
5.
En el plano del
pensamiento, cuando mayor es la distorsión del sistema de creencias,
mayor es la curación, siempre que se corrija la distorsión.
6.
La curación del
individuo afecta la curación de toda la humanidad; la curación de la
humanidad como un todo afecta la curación de todo el planeta.
Podemos aceptar estos seis puntos de la nueva definición de curación
si visualizamos nuestras supuestas tragedias personales en un campo
más amplio, que incluya pasado, presente y futuro, familiares y
amigos, la sociedad en un todo y, en último término, toda la especie
humana. Esta perspectiva requiere también reconocer que nuestras
partes no físicas, nuestros aspectos emotivos y mentales, pueden
estar aun más necesitados de curación que la parte física.
UNA VISIÓN ESOTÉRICA DE
LA EXISTENCIA HUMANA
El siguiente análisis de los cuerpos sutiles, la muerte
y el alma, es amplio y complejo; tratarlo en forma concisa puede
llevar a malentendidos y confusiones. Sin embargo, para comprender
la adversidad y la curación, temas de este libro, es importante
ofrecer una introducción a estos otros planos de materia y el modo
en que afectan y son afectados por la existencia en el plano físico.
Al leer las páginas siguientes, no te preocupes si los conceptos
analizados te parecen extraños y elusivos. Este telón de fondo te
ayudará, de un modo u otro, a comprender nuestro sitio en el
universo y nuestra relación con el alma.
Debemos comenzar por reconocer que no somos sólo un
cuerpo físico. El aura humana o “paquete de energía” , en el que
habitamos nuestra vida en la Tierra, incluye varias dimensiones de
realidad más allá de las que percibimos con nuestros cinco sentidos.
Por debajo del cuerpo físico, y entremezclándose con él,
existen cuerpos cada vez más sutiles, compuestos de grados de
materia cada vez más sutiles. Son: el cuerpo etérico, que impregna
el cuerpo físico como si fuera su diseño energético, compuesto de
vibrantes líneas de luz; el cuerpo astral (o emocional), compuesto
de materia proveniente del plano astral del campo energético
universal, lleno de suaves colores y destellos de luz, según su
volátil sustancia responde a nuestras emociones cambiantes y las
refleja; por fin, el cuerpo mental, compuesto de dos planos de
materia: la materia mental inferior, vivificada por el conocimiento
que vamos obteniendo, pero teñida por la emoción, y la materia
mental superior, que es el reino del pensamiento puro, la sabiduría
y el entendimiento, el plano en que mora el alma. El alma está
sentada dentro del aura humana, en la zona del manubrio o glándula
timo, pero existe en la materia sumamente refinada del nivel mental
superior del campo energético humano. Sirve como puente de
conciencia entre nuestra existencia en el plano físico y el Espíritu
o Fuerza detrás de la Creación.
Al evolucionar debemos primero dominar el cuerpo físico.
Luego corresponde poner bridas a nuestras emociones mediante la
disciplina. Por fin, nos desprendemos en forma gradual de la materia
del cuerpo mental inferior, condicionada por las emociones, y nos
centramos más en el nivel mental superior. Así como nuestro cuerpo
mental superior se desarrolla mediante esa concentración, lo mismo
ocurre con nuestra capacidad de experimentar el contacto consciente
con el alma y con el Plan de nuestra vida.
Cuando ocurre lo que llamamos muerte, se quiebra el hilo
energético que conecta el alma con el cuerpo físico. Cuando el alma
abandona su vínculo con el cuerpo físico que le ha servido como sede
en este plano, retira la fuerza unificadora que hasta entonces
impedía la disolución del cuerpo físico y el desprendimiento de los
cuerpos sutiles. La porción etérica del cuerpo físico empieza a
separarse del vehículo más denso y la materia etérica, más fina, se
eleva poco a poco. Con frecuencia los presentes notan una visible
diafanidad en la cara del que acaba de fallecer, una luz que rodea
el cuerpo y una sensación de paz en la habitación; todo se debe a
esa energía refinada que impregna el aire al liberarse del denso
cuerpo físico. Este componente etérico suele disolverse entre uno y
tres días después de que se rompe el hilo energético, también
llamado cordón de plata.
Así como, en el curso natural de las cosas, la materia
física que compone el cuerpo físico será gradualmente reabsorbida
por el plano físico, así la materia astral y la de las mentes
inferior y superior, que componen los cuerpos sutiles del individuo
durante la vida, serán reabsorbidas, después de la muerte, por los
niveles energéticos adecuados del campo de energía universal. Todo
lo que se haya reunido mediante la experiencia, durante la vida que
se acaba de completar, es absorbido por los planos sutiles
apropiados. La materia de carácter emocional es absorbida por el
plano astral, mientras que los planos mentales superior e inferior
reciben el conocimiento y la sabiduría ganados. Como al final de
cada vida el alma cosecha así todo lo que hemos obtenido, el
desarrollo, refinamiento y purificación de estos cuerpos sutiles es
una finalidad importante de la efímera existencia humana en el plano
terrestre. Es nuestra contribución a la evolución del universo.
Los clarividentes, que pueden percibir los estados de
materia más refinados, nos dicen que, según alcanzamos un mayor
entendimiento, perdón y libertad con respecto a las ilusiones
deseos egoístas, nuestros cuerpos energéticos se clarifican,
intensifican y expanden. Casi todas esas expansiones se producen
gracias a nuestras luchas con las limitaciones que enfrentamos al
morar en el denso cuerpo físico, sobre el plano terrestre.
En este libro se describirán algunas de estas luchas y
sus efectos sobre los cuerpos sutiles y, por ende, sobre nuestro Yo
superior. Veremos algunas maneras específicas por las que las
difíciles condiciones que encaramos nos permiten alcanzar un
entendimiento más completo con la fuente de la que emanamos, el
alma, y de qué modo esto, a su vez, posibilita el retorno final del
alma, enriquecida por el mismo proceso de expresión, experiencia y
expansión, a su propia fuente: el Espíritu.
LO QUE NOS ENSEÑA EL SIDA
A esta altura, el tormento de la epidemia del SIDA nos
afecta a todos, en un grado u otro. Sin embargo, tal como lo señala
Darren, en todas sus trágicas dimensiones también nos está curando.
A lo largo de la historia, ninguna epidemia ha combinado los
factores que presenta el SIDA: la larga duración de la enfermedad;
el hecho de que la mayoría de sus víctimas sean jóvenes y
socialmente activas, su asociación, en la mente del público, con la
población homosexual masculina, y el hecho de que su transmisión más
común sea por vía sexual. Estos factores operan juntos para
provocar una revolución en las actitudes, las conductas y los
valores, en lo personal y en lo social. En último término, la
humanidad como un todo está cambiando en diversos sentidos.
Como ocurre con la creación del diamante a partir del
carbón, la transformación del ser humano suele requerir bastante
tiempo y presión. Esta enfermedad proporciona ambas cosas a muchos
de los que la contraen, lo suficiente para provocar la nueva
orientación de los valores personales experimentada por Darren. Su
existencia esencialmente egocéntrica, dedicada a la búsqueda de
sensaciones, evolucionó mediante la presión de la enfermedad y la
influencia de Roger, convirtiéndose en una vida orientada hacia el
servicio al prójimo. Así la vida de Darren, como la de Roger, se
transformó en un ejemplo de cierto principio superior en operación.
¿Quién puede decir dónde termina la onda expansiva?
Después de todo, no se trata de una enfermedad que se presente en el
aislamiento. Casi todos los afectados están en la flor de la edad;
aún tienen los padres vivos y un amplio círculo de amigos y
compañeros. El estado de cada paciente, la transformación de
cualquier paciente, afecta a muchos otros. Muchos de los que conocen
a un enfermo de SIDA y se preocupan por él se enfrentan al mismo
desafío que encaraba la abuela de Darren, debido al estigma
combinado de la homosexualidad y su dolencia. Con frecuencia
constituye una prueba para sus valores, prioridades y coraje para
enfrentarse a los prejuicios públicos. El hecho de que esta
imperiosa viuda decidiera amar y ayudar a su nieto y a otros como
él, en vez de abandonarlo por orgullo y miedo a la censura, supone
un cambio tan maravilloso como el del mismo Darren.
Más aún: el hecho de que la gente suela asociar el SIDA
con los homosexuales masculinos, grupo ampliamente denigrado, está
provocando una situación patética. Pensemos en el grado de amor y
atención que la comunidad “gay” ha ofrecido a sus miembros enfermos
y moribundos. Estos cuidados y esta compasión se extienden a los
enfermos heterosexuales y a sus familiares. Frente a presiones
abrumadoras, la comunidad gay de Estados Unidos ha asumido el
compromiso de prestar toda la ayuda posible, para que nadie muera
solo. Sus grupos de apoyo y sus redes de servicios para los
pacientes y sus seres amados; la dignidad y el coraje demostrados
frente a tanta enfermedad, tanta muerte; la asombrosa capacidad de
mantenerse abiertos y afectuosos, todo eso se ha convertido en
ejemplo e inspiración para la comunidad médica, los familiares y
amigos y la sociedad en general.
Aunque no conozcamos personalmente a alguien afectado
por esta enfermedad, el SIDA nos afecta a todos, en el campo de
nuestras actitudes sexuales y, con frecuencia, también en nuestra
actividad sexual. Los que vivimos las décadas de 1950, ’60 y ’70,
apreciamos lo drástico del cambio que han sufrido la conducto y las
costumbres sexuales en este país, en el breve curso de una
generación. Al coincidir una revolución social generalizada con la
aparición de métodos anticonceptivos que no afectaban el acto
sexual, se abandonó abruptamente el ideal de la pareja único para
toda la vida en pos de una experiencia sexual más amplia. De buenas
a primeras, las relaciones sexuales espontáneas entre dos personas
sin compromiso afectivo parecían una opción virtualmente libre de
consecuencias. El supuesto “amor libre” se convirtió en algo más que
una opción: era un modo de demostrar que no éramos puritanos
sexualmente paralizados. Dos perfectos desconocidos unían sus
cuerpos, aunque no pudieran mirarse cómodamente a los ojos salvo con
intenciones seductoras. Muchas veces, esas relaciones requerían
grandes cantidades de alcohol y otras drogas para acallar escrúpulos
e inhibiciones.
Hemos hecho lo posible, pero para algunos de nosotros,
tanto hombres como mujeres, el sexo despreocupado nunca estuvo muy
libre de preocupaciones. Tal vez mediante el SIDA reconocemos que,
en verdad, no debería existir.
Cuando dos personas participan de un acto sexual
consentido, funden la totalidad de sus cuerpos. Los cuerpos físico y
etérico, los cuerpos emocionales o astrales y los cuerpos mentales,
todos se entremezclan. La forma del corazón, tradicionalmente
asociada con el amor, representa en verdad la superposición y la
fusión de las auras, campos energéticos en forma de huevo, de dos
personas enamoradas. Durante el acto sexual esa fusión de campos
energéticos se produce, aunque ambas no estén ligadas por el amor.
En realidad, la enseñanza esotérica es que, durante la cópula, uno
abre a su pareja el alma: la parte más elevada de sí mismo, la parte
vinculada con dios. De ahí el riesgo de daño psíquico, a menos que
cada uno mantenga una actitud de afecto e interés por el bienestar
del otro. Si uno de los dos tiene una actitud negativa, hostil o
indiferente, o si desea aprovecharse de su pareja, se produce una
herida en el plano energético.
Debo subrayar aquí que, a pesar de que son bien
reconocidas las frecuentes actitudes aprovechadas de los hombres y
el daño que esto provoca en la autoestima de las mujeres, no es tan
común admitir que las mujeres pueden mostrarse igualmente
aprovechadoras con respecto a los hombres. Algunos de los impulsos
negativos que pueden motivar a una mujer antes del acto sexual o
durante él son: las aspiraciones económicas, el deseo de
experimentar el poder mediante la capacidad de atraer a un hombre y
la necesidad de sujetar a un hombre a sus caprichos. Cuando existe
cualquiera de estas actitudes, los hombres sufren una herida
psíquica. Estos temas también pueden presentarse en las relaciones
entre dos personas del mismo sexo, por supuesto. Con frecuencia, si
no hay afecto verdadero entre dos personas sexualmente involucradas,
ambas operan por algún grado de motivación negativa y, por lo tanto,
las dos se perjudican.
En la actualidad, el miedo de contraer el SIDA presenta
un potente freno al sexo despreocupado e inhibe la posibilidad de
mantener relaciones con más de una persona a la vez. El espectro del
SIDA hace que los posibles amantes se pregunten, cada vez con más
asiduidad: “¿Hasta qué punto conozco a esta persona? ¿Cuánta
confianza le tengo?” Y el uso del preservativo, tan necesario ahora
para la protección de ambos participantes, crea un hiato muy
incómodo en el primer acto amoroso de dos personas, proporcionando
en el proceso del apasionamiento un pequeño instante de verdad, en
el cual los sentimientos más profundos pueden imponerse alas
sensaciones físicas.
De este modo, la crisis del SIDA sirve para hacernos más
conscientes de lo que hacemos y por qué lo hacemos; en último
término, la meta es siempre una conciencia mayor. Hoy en día, cada
uno está en libertad de buscar su propio camino, mientras el SIDA
nos disciplina y nos enseña a comportarnos con responsabilidad para
con nosotros mismos y aquellos con quienes nos involucramos.
La historia de Joanna y sus padres ilustra bien las tres
primeras premisas de la radical nueva definición de la cura que aquí
presentamos:
1.
La curación profunda
involucra siempre un cambio de actitud y, por lo tanto, una
expansión de la conciencia.
2.
La cura de un estado
físico o enfermedad no implica necesariamente que se haya producido
una curación significativa.
3.
La continuación de
un estado físico o enfermedad, aun si se produjera la muerte, no
implica necesariamente que NO se haya producido una curación
significativa
La
historia de Darren y el análisis general del SIDA ayudan a aclarar
las premisas cuarta y quinta:
4.
en el plano
emocional, cuanto mayor es el trauma mayor es la posibilidad de una
curación significativa.
5.
En el plano del
pensamiento, cuanto más grande es la distorsión en el sistema de
creencias, mayor será la curación, siempre que se corrija esa
distorsión.
Analicemos ahora la sexta premisa:
6.
La curación del
individuo afecta la curación de todo el cuerpo de la humanidad; la
curación de todo el cuerpo de la humanidad afecta la curación de
todo el planeta
Reflexiona sobre esto mientras lees lo que sigue.
EL SIDA DESDE UNA
PERSPECTIVA PLANETARIA
Cuando todo el planeta se ve afectado por una enfermedad tal como el
SIDA, una forma de entender el proceso es analizar las fuerzas
astrológicas que operan, sobre todo las de los planetas exteriores,
cuyos ciclos son lentos y afectan la conciencia de masas.
Astrológicamente Plutón, el más lento de los planetas conocidos de
nuestro sistema solar, entró en Escorpio, el signo del que es
regente, a fines de 1983. Por entonces el mundo entero empezaba a
reconocer las dimensiones epidémicas del SIDA. Para la mayoría de
quienes estudian la astrología resultó evidente que esa enfermedad
era una manifestación muy de “Plutón en Escorpio”, una fuerza
implacable para la transformación. Plutón, así llamado por el dios
de los mundos inferiores, se asocia con todo lo oculto o secreto,
con los genitales, con las enfermedades sexuales, la eliminación y
la muerte. Es el planeta relacionado con la psicoterapia, con los
finales y los nuevos comienzos, con la muerte y el renacer. El poder
de Plutón, según la astrología, trabaja inexorablemente para exhumar
lo que está sepultado en la psiquis individual o en la cultura en
general, sacándolo a la luz. Trabaja para curar el alma individual y
transformar la conciencia cultural. Sin embargo, el proceso por el
que logra sus fines puede ser atroz.
Escorpio es el signo relacionado con el deseo de todo
tipo, pero sobre todo con el sexual y con el deseo de reformar el Yo
y al prójimo. Obviamente, pues, la energía concentrada de Plutón en
Escorpio crea una fuerza a tener en cuenta.
Deseo, sexo, muerte y secretos. Exhumación, eliminación,
transformación, regeneración. Son fuerzas poderosas que perturban
nuestra paz, desordenan la vida, desmantelan nuestras defensas. Se
ha dicho que todo nuestro planeta tiene SIDA, y esto no se refiere
sólo a la presencia mundial de la epidemia. Es una expresión
penetrante del hecho de que todos estamos involucrados y afectados;
cada uno de nosotros está enfermo y todos necesitamos cura; no
sabemos vivir, no sabemos amar y no sabemos morir. Pero estamos
aprendiendo… y el SIDA nos enseña mediante su poder.
El SIDA nos está obligando a todos a tomar más
conciencia de la muerte y del proceso de morir. En medio de la vida
se nos pide que enfrentemos la muerte de un amigo, un familiar, una
celebridad admirada, que nos abramos a la transición de otro y
participemos con el corazón. Cuando ayudamos a un enfermo de SIDA,
también nosotros recibimos ayuda para descubrir lo que
intuitivamente sabemos: cómo consolar y atender. Muchos me han
comentado que, al atender a un ser amado enfermo de SIDA,
aprendieron a guiarse por la intuición; hacia el final se limitaban
a acostarse junto al enfermo, lo abrazaban y lo sosegaban, ya con
palabras, ya cantando o tarareando. Al acercarse el fin, algunas de
estas personas pudieron instar al paciente a dejarse ir o seguir la
luz. Estas técnicas facilitaron, con frecuencia, una transición muy
apacible para el moribundo, además de ser profundamente consoladoras
para quienes participaban en el momento de la muerte. Una joven
enferma de SIDA agonizante recibía todas las noches la visita de
amigos que se habían volcado sobre ella durante su enfermedad. El
marido le frotaba con suavidad los pies, mientras la esposa le leía
poemas o le cantaba. Una noche, cuando ella ya estaba en coma, su
madre se acercó a la cama, la abrazó y le dijo que era hora de
partir, que estaba lista y todos la ayudarían con el pensamiento a
desprenderse del cuerpo. Luego vino su padre y le dijo que la amaba.
Falleció quince minutos después. Asistí a sus funerales, que fueron
muy bellos; era obvio que su desaparición había iluminado la
existencia de todos los que estaban en contacto con ella. Cada uno,
mediante la íntima participación en su muerte, había sido llevado a
revaluar la muerte como hecho. Como resultado había menos miedo, más
aceptación y paz, y hasta una sensación de encantamiento.
El cuerpo entero de la humanidad, el planeta todo, están
sometidos a una iniciación en el sexo, la muerte y la regeneración,
y esta ceremonia requiere que revisemos nuestras actitudes y
conductos con respecto a cada uno de estos temas cruciales.
LA ADVERSIDAD SEGÚN LA
VISIÓN DEL ALMA
Darren, transformado por una enfermedad que obra para la
transformación de todos nosotros, ¿debe recibir compasión o
aplausos? Tal vez tendamos a concentrarnos en los aspectos trágicos
de su estado. Pero el alma cuyo propósito es ocasionar una mayor
comprensión, perdón y amor, reconoce el triunfo de Darren además de
su sacrificio.
Y Joanna, obligada a desaparecer de la escena mientras
sus irreconciliables padres se enfrentaban juntos a la enfermedad
mortal de la esposa, ¿fue ese tobillo distendido una cruel jugarreta
del destino o un don de su alma, para que la madre moribunda pudiera
abrirse al amor?
Dondequiera vemos adversidad, el alma ve la oportunidad
de cura, expansión y esclarecimiento. Llegué a comprender esto
cuando una amiga mía, tendida en la camilla durante una sesión
curativa conmigo, experimentó conscientemente un reino que no era el
físico. Ante sí, tenía sentado a un ser de túnica blanca, que ella
reconoció de inmediato como un guía. La saludó con calidez y la
invitó a hacer preguntas. Ella, que sufría de mala salud y tenía a
una hermana mortalmente enferma, le preguntó si en su vida habría
mucho más sufrimiento. La suave respuesta del Guía fue: “Por
supuesto, querida mía. Es necesario. Eso te forja”.
Después de la sesión curativa, mientras analizábamos lo
ocurrido, a ambas nos llamó la atención lo potente de esa respuesta
“Eso te forja”. Pensé en un trozo de carne, golpeada hasta que se
pone tierna y dulce; en el metal, que se hace más duro cada vez que
es sometido al fuego y golpeado en el yunque. ¿Acaso los golpes nos
ablandan y endurecen al mismo tiempo? ¿Y qué dicen de nosotros, como
individuos, los modos por los que se nos somete a prueba?
Carl Jung hizo una observación penetrante: “La vida de
una persona es característica de esa persona”. Nuestros dilemas,
nuestras dificultades y aprietos, junto con nuestro modo de
enfrentarlos y resolverlos, definen quiénes somos, por qué estamos
aquí y qué tratamos de alcanzar mediante la existencia en el plano
terrestre. Con demasiada frecuencia, la personalidad juzga el valor
individual por la posición social, la seguridad y las señales
exteriores de triunfo material; el alma, en cambio, brinda pistas al
temple del individuo, a través de las tareas y los desafíos que le
asigna.