Llama Violeta

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POR QUÉ A MI, POR QUÉ ESTO, POR QUÉ AHORA

Capitulo 1

¿POR QUÉ ME OCURRE ESTO?

ROBIN NORWOOD

 

Capitulo1

¿POR QUÉ ME OCURRE ESTO?

            Joanna, tensa y callada en la camilla de quiropraxia, mantenía la vista fija en el móvil que se bamboleaba encima de ella y giraba empujado por la suave brisa que entraba por la ventana abierta. Yo había descubierto ya algunas cosas sobre esa joven, que entró en el consultorio cojeando con sus muletas, preocupada por un tobillo distendido cuya hinchazón “estaba durando demasiado”. Ahora me encontraba sentada a sus pies, con los dedos medios suavemente apoyados en los lados opuestos de su tobillo amoratado y azul.

 
   

            Esta tarea formaba parte de las que realizaba como asistente de una quiropráctica, a cambio de que ella me atendiera una rodilla que no había respondido al tratamiento médico tradicional. La doctora, reconocida en la zona por sus raras dotes curativas, tenía una clientela variada y empleaba diversos enfoques para aumentar su habilidad de quiropráctica: trabajo de energía, cristales y visualizaciones. Trabajar con ella me brindaba la oportunidad de aprender algo más sobre la medicina no tradicional; era bajo su dirección que ahora estaba aplicando a Joanna un “trabajo de energía”.

Moví despacio los dedos por una serie de puntos que la doctora había marcado con lápiz de fibra a cada lado del tobillo y el pie. Mi tarea consistía en buscar los dos pulsos: uno bajo el dedo medio de cada mano, y mantener el contacto hasta que ambos se sincronizaran en ritmo y potencia. Era la técnica que utilizábamos para calmar los espasmos musculares, pero también servía para aliviar zonas de congestión e inflamación causadas por lesiones. A veces los pulsos del paciente se alineaban rápidamente. En otras oportunidades se mostraban reacios. La facilidad con que se afectara la sincronización dependía con frecuencia del estado psicológico del paciente; como los pulsos de Joanna tardaban en responder, abordé el tema de su lesión.  

-          ¿Cómo le ocurrió esto? – pregunté.

Ella giro la cabeza y dejó escapar un suspiro exasperado.

-          ¡Oh, fue algo tan estúpido! No hice más que cruzar la cocina con calzado de tenis; el pie se me quedó pegado al suelo mientras el resto de mi cuerpo seguía caminando. Y aquí estoy, con muletas por ocho semanas más. – Se le quebró la voz al agregar: -No puedo hacer nada.

-          Cuesta aceptar que la vida nos detenga así –comenté, recordando lo mucho que mi rodilla me había enseñado sobre no poder actuar.

Bajo mis dedos, los pulsos de Joanna aún se negaban a coordinarse.

-          ¿Qué estaría usted haciendo, en estos momentos, si no le hubiera ocurrido esto? –pregunté.

-          Normalmente, nada de importancia. Pero me ocurre en tal mal momento… - Otra vez se le quebró la voz.

-          ¿Es muy inoportuno?

Una pausa. Una mano se levantó para enjugar algunas lágrimas.

-          Sí. Peor momento es imposible.

Esperé. Después de darle un pañuelo de papel, pues se había echado a llorar sin disimulo, reanudé mi trabajo. Al cabo de un momento ella continuó:

-          Mi madre se está muriendo de cáncer. Y está en casa, porque es lo que prefiere. Pensábamos, ella y yo, que podríamos arreglarnos, con la ayuda de las enfermeras a domicilio. Pero así…

Pasé las manos a otro par de marcas y pregunté:

-          ¿No hay otra persona que pueda ayudar?

-          Bueno, está mi padre, por supuesto, pero ellos nunca se han llevado bien.

-          ¿Discuten? –pregunté, sin rodeos.

Joanna vaciló sólo un momento.

-          En realidad, no. Más bien es uno de esos matrimonios anticuados, en los que el marido sale a trabajar y la esposa se dedica a brindarle un hogar cómodo, sin que él se lo agradezca. Creo que mi madre acabó por cansarse de que no la apreciara y se aisló de él. Es como si vivieran en cajas separadas, sin tocarse, ni física ni emocionalmente.

Volví a mover las manos.

-          ¿Y qué hace él, ahora que ella está tan enferma?

Una larga pausa. Luego, casi a disgusto:

-          El ayuda. Es decir: la atiende y la cuida. Constantemente le pregunta qué necesita y trata de que esté cómoda.

-          ¿Y cómo reacciona su madre?

-          Durante muchísimo tiempo se negó a pedirle nada. Son una de esas parejas que nunca se dirigen la palabra, ¿comprende usted? Hablan con cualquiera, pero nunca entre sí. De esos que le dicen a una “Dile tal cosa a tu madre” o “Dile a tu padre que…” cuando el otro está allí mismo. Horrible.

Joanna parecía más recuperada al relatar las décadas de guerra fría entre sus padres.

- Cuando mi madre descubrió que tenía cáncer, entonces volvió a dirigirle la palabra. Yo estaba allí, en el hospital. Ella lo miró a la cara y le dijo: “Me muero, Ray.” El le dijo, llorando: “Deja que te ayude.”  Y ella respondió: “No. Me cuidará Joanna/” Y yo lo hice. Yo la atendía, pero…  -Llorando otra vez, señaló el tobillo con un gesto.-   …ahora no puedo.

- No –reconocí-. Pero su padre sí puede, Joanna. Tal vez de eso se trate. Vea usted. –Toqué el móvil que giraba sobre su cabeza. –Imagine que este móvil representa a su familia. Cada miembro de la familia mantiene una posición fija, un papel que crea un delicado equilibrio. La enfermedad de su madre es como una brisa fuerte, que lo sacudió todo.

- Soplé con fuerza contra el móvil, que respondió con un tintineo. –Aun así, el equilibrio esencial se hubiera mantenido, pero…  -Entonces levanté la mano para desenganchar una de las figuras colgantes del móvil. Al hacerlo, toda la estructura se inclinó para compensar. –Esto es lo que ocurrió con su familia. Esta lesión, Joanna, la apartó de su posición habitual entre sus padres y empujó a esos dos tercos, obligándolos a tratarse. Creo que puede ser una bendición.

      El móvil se estabilizó en un ángulo audaz, mientras Joanna suspiraba profundamente.

-          Durante todos estos años creí que la culpa era de papá. Siempre me puse de parte de ella. Pero ahora he visto cómo lo castigaba cuando él trataba de ayudarle, tanto en el hospital como en casa. Nada de lo que él hacía le parecía bien. Y él no cejaba. Eso me asombró. Y por fin ella se ablandó un poco. Ahora, cuando voy a visitarla, papá nos atiende a las dos, nos hace bromas y hasta lograr hacerla reír. Y cuando estamos solos me dice: “Amo a tu madre, ¿sabes?  Siempre la he amado.” Y yo le respondo: “¡Díselo a ella!”  Y él: “Eso trato, eso trato/

Mientras conversábamos, los pulsos habían comenzado a sincronizarse bajo la punta de mis dedos. Cuando terminé mi trabajo, la hinchazón había disminuido visiblemente. Tanto la energía como la circulación se movían con más eficiencia. Pero Joanna parecía no notarlo.

-          ¿Así que no tengo que sentirme mal por no estar con ella  en realidad, yo sabía que era preferible mantenerme a un lado y dejar que papá lo hiciera todo. Pero me sentía tan culpable…

-          Usted tenía un papel familiar que representar y no hacerlo le costaba mucho. Hasta la palabra “familiar” proviene de “familia” , de aquello a lo que estamos habituados. Quizás hacía falta algo tan incapacitante como esta lesión para mantenerla a usted fuera de la escena. –Le entregué sus muletas. Las dos sonreíamos.

Si Joanna no hubiera tomado conciencia de su viejo papel que interfería entre sus padres, probablemente la habrían consumido los remordimientos por no poder cumplir con la promesa hecha a su madre. Su curación se produjo al lograr una visión más equilibrada de la relación entre sus padres y comprendió que su papel dentro de la familia, como apoyo y consuelo de su madre, en realidad permitía que la pareja continuara con sus viejas rencillas. La reconciliación de ambos la libró de una responsabilidad excesiva por la felicidad de su madre, responsabilidad que, de otro modo, podría haber cargado hasta mucho después de muerta ella.

También su padre experimentó una curación. Mi conjetura es que, antes de la crisis provocada por la enfermedad, la madre castigaba a diario a su esposo por alguna vieja indiscreción. La interacción de ambos se había cristalizado de tal modo que los esposos quedaron aprisionados por muchos años en conductas estereotipadas. Cuando se produjo la doble crisis provocada por el cáncer de la madre y la lesión de Joanna, el hecho de que ese hombre perseverara en sus esfuerzos por liberarse de su papel de indiferente, ofreciendo una y otra vez amor a su esposa, hasta que ella pudo aceptarlo, constituyó su propia curación y, por fin, la posibilidad d que la relación entre ambos se resolviera de una manera positiva.

Dos meses después, cuando Joanna volvió al consultorio para un último examen, me llevó aparte por un momento para decirme que, pocas semanas antes, su madre había fallecido en la casa.

-          Fue realmente bello. Estábamos todos allí. Mi esposo, mis hijos. Pero en el último instante ella quiso que la dejáramos sola con papá.  ¡Quién iba a imaginarlo!  ¡Después de haber pasado tantos años sin hablarle!  Esperamos en la sala hasta que papá salió y nos dijo:  “Ya se ha ido. Pero está bien. Sabía que yo la amaba.” Joanna se puso a llorar, incapaz de decir más, me estrechó la mano y, girando en redondo, salió apresuradamente de la oficina.

CURACIÓN MÁS ALLÁ DE LO FÍSICO

¿Qué es la curación?  La persona que está físicamente enferma, ¿se cura sólo cuando esa enfermedad se alivia o desaparece?  ¿O acaso es posible que no sólo Joanna y su padre experimentaran una curación, sino también su madre? ¿Acaso la mujer, al perdonar a su esposo y abrir su corazón al amor, sanó a pesar de perder su cuerpo físico en la muerte?

En este libro llegaremos a entender que todo nuestro ser, en lo físico y en lo no físico, sufre la influencia de cualquier cambio positivo de conciencia. Tal es la visión esotérica de la evolución aplicada a la especie humana. Si miramos desde esta perspectiva el caso de la madre de Joanna, se torna posible una comprensión muy ampliada de su muerte, una visión que la hija pareció captar intuitivamente. La curación de su madre hacia un amor más grande tenía una importancia más profunda que su muerte física, por dolorosa que fuera esa pérdida. La transformación de la moribunda permitió una expansión de conciencia también en su esposo y en su hija

Muchas de las dificultades de la vida, vistas desde una perspectiva esotérica, revelan las oportunidades que brindan para el tipo de curación profunda como en el caso anteriormente mencionado. Quizá resulte útil, a esta altura, ofrecer una nueva definición algo radical de la curación, reconociendo la existencia de planos más sutiles, profundos e importantes que el físico, en los cuales podemos curarnos. Esta nueva definición consiste en seis premisas básicas:

1.                  La curación profunda incluye siempre un cambio de actitud y, por lo tanto, una expansión de la conciencia.

2.                  La cura de un estado o enfermedad físicos no implica necesariamente que se haya producido una curación significativa.

3.                  La continuación de un estado o enfermedad físicos, aun si se produjera la muerte, no implica necesariamente que NO se haya producido una curación significativa.

4.                  En el terreno emocional, cuanto más grande es el trauma mayor es la posibilidad de  una curación significativa.

5.                  En el plano del pensamiento, cuando mayor es la distorsión del sistema de creencias, mayor es la curación, siempre que se corrija la distorsión.

6.                  La curación del individuo afecta la curación de toda la humanidad; la curación de la humanidad como un todo afecta la curación de todo el planeta.

Podemos aceptar estos seis puntos de la nueva definición de curación si visualizamos nuestras supuestas tragedias personales en un campo más amplio, que incluya pasado, presente y futuro, familiares y amigos, la sociedad en un todo y, en último término, toda la especie humana. Esta perspectiva requiere también reconocer que nuestras partes no físicas, nuestros aspectos emotivos y mentales, pueden estar aun más necesitados de curación que la parte física.

UNA VISIÓN ESOTÉRICA DE LA EXISTENCIA HUMANA

            El siguiente análisis de los cuerpos sutiles, la muerte y el alma, es amplio y complejo; tratarlo en forma concisa puede llevar a malentendidos y confusiones. Sin embargo, para comprender la adversidad y la curación, temas de este libro, es importante ofrecer una introducción a estos otros planos de materia y el modo en que afectan y son afectados por la existencia en el plano físico. Al leer las páginas siguientes, no te preocupes si los conceptos analizados te parecen extraños y elusivos. Este telón de fondo te ayudará, de un modo u otro, a comprender nuestro sitio en el universo y nuestra relación con el alma.

            Debemos comenzar por reconocer que no somos sólo un cuerpo físico. El aura humana o “paquete de energía” , en el que habitamos nuestra vida en la Tierra, incluye varias dimensiones de realidad más allá de las que percibimos con nuestros cinco sentidos.

            Por debajo del cuerpo físico, y entremezclándose con él, existen cuerpos cada vez más sutiles, compuestos de grados de materia cada vez más sutiles. Son: el cuerpo etérico, que impregna el cuerpo físico como si fuera su diseño energético, compuesto de vibrantes líneas de luz; el cuerpo astral (o emocional), compuesto de materia proveniente del plano astral del campo energético universal, lleno de suaves colores y destellos de luz, según su volátil sustancia responde a nuestras emociones cambiantes y las refleja; por fin, el cuerpo mental, compuesto de dos planos de materia: la materia mental inferior, vivificada por el conocimiento que vamos obteniendo, pero teñida por la emoción, y la materia mental superior, que es el reino del pensamiento puro, la sabiduría y el entendimiento, el plano en que mora el alma. El alma está sentada dentro del aura humana, en la zona del manubrio o glándula timo, pero existe en la materia sumamente refinada del nivel mental superior del campo energético humano. Sirve como puente de conciencia entre nuestra existencia en el plano físico y el Espíritu o Fuerza detrás de la Creación.

            Al evolucionar debemos primero dominar el cuerpo físico. Luego corresponde poner bridas a nuestras emociones mediante la disciplina. Por fin, nos desprendemos en forma gradual de la materia del cuerpo mental inferior, condicionada por las emociones, y nos centramos más en el nivel mental superior. Así como nuestro cuerpo mental superior se desarrolla mediante esa concentración, lo mismo ocurre con nuestra capacidad de experimentar el contacto consciente con el alma y con el Plan de nuestra vida.

            Cuando ocurre lo que llamamos muerte, se quiebra el hilo energético que conecta el alma con el cuerpo físico. Cuando el alma abandona su vínculo con el cuerpo físico que le ha servido como sede en este plano, retira la fuerza unificadora que hasta entonces impedía la disolución del cuerpo físico y el desprendimiento de los cuerpos sutiles. La porción etérica del cuerpo físico empieza a separarse del vehículo más denso y la materia etérica, más fina, se eleva poco a poco. Con frecuencia los presentes notan una visible diafanidad en la cara del que acaba de fallecer, una luz que rodea el cuerpo y una sensación de paz en la habitación; todo se debe a esa energía refinada que impregna el aire al liberarse del denso cuerpo físico. Este componente etérico suele disolverse entre uno y tres días después de que se rompe el hilo energético, también llamado cordón de plata.

            Así como, en el curso natural de las cosas, la materia física que compone el cuerpo físico será gradualmente reabsorbida por el plano físico, así la materia astral y la de las mentes inferior y superior, que componen los cuerpos sutiles del individuo durante la vida, serán reabsorbidas, después de la muerte, por los niveles energéticos adecuados del campo de energía universal. Todo lo que se haya reunido mediante la experiencia, durante la vida que se acaba de completar, es absorbido por los planos sutiles apropiados. La materia de carácter emocional es absorbida por el plano astral, mientras que los planos mentales superior e inferior reciben el conocimiento y la sabiduría ganados. Como al final de cada vida el alma cosecha así todo lo que hemos obtenido, el desarrollo, refinamiento y purificación de estos cuerpos sutiles es una finalidad importante de la efímera existencia humana en el plano terrestre. Es nuestra contribución a la evolución del universo.

            Los clarividentes, que pueden percibir los estados de materia más refinados, nos dicen que, según alcanzamos un mayor entendimiento, perdón y libertad con respecto a las ilusiones  deseos egoístas, nuestros cuerpos energéticos se clarifican, intensifican y expanden. Casi todas esas expansiones se producen gracias a nuestras luchas con las limitaciones que enfrentamos al morar en el denso cuerpo físico, sobre el plano terrestre.

            En este libro se describirán algunas de estas luchas y sus efectos sobre los cuerpos sutiles y, por ende, sobre nuestro Yo superior. Veremos algunas maneras específicas por las que las difíciles condiciones que encaramos nos permiten alcanzar un entendimiento más completo con la fuente de la que emanamos, el alma, y de qué modo esto, a su vez, posibilita el retorno final del alma, enriquecida por el mismo proceso de expresión, experiencia y expansión, a su propia fuente: el Espíritu.

LO QUE NOS ENSEÑA EL SIDA

            A esta altura, el tormento de la epidemia del SIDA nos afecta a todos, en un grado u otro. Sin embargo, tal como lo señala Darren, en todas sus trágicas dimensiones también nos está curando. A lo largo de la historia, ninguna epidemia ha combinado los factores que presenta el SIDA: la larga duración de la enfermedad; el hecho de que la mayoría de sus víctimas sean jóvenes y socialmente activas, su asociación, en la mente del público, con la población homosexual masculina, y el hecho de que su transmisión más común sea por vía sexual. Estos factores operan juntos para  provocar una revolución en las actitudes, las conductas y los valores, en lo personal y en lo social. En último término, la humanidad como un todo está cambiando en diversos sentidos.

            Como ocurre con la creación del diamante a partir del carbón, la transformación del ser humano suele requerir bastante tiempo y presión. Esta enfermedad proporciona ambas cosas a muchos de los que la contraen, lo suficiente para provocar la nueva orientación de los valores personales experimentada por Darren. Su existencia esencialmente egocéntrica, dedicada a la búsqueda de sensaciones, evolucionó mediante la presión de la enfermedad y la influencia de Roger, convirtiéndose en una vida orientada hacia el servicio al prójimo. Así la vida de Darren, como la de Roger, se transformó en un ejemplo de cierto principio superior en operación.

            ¿Quién puede decir dónde termina la onda expansiva? Después de todo, no se trata de una enfermedad que se presente en el aislamiento. Casi todos los afectados están en la flor de la edad; aún tienen los padres vivos y un amplio círculo de amigos y compañeros. El estado de cada paciente, la transformación de cualquier paciente, afecta a muchos otros. Muchos de los que conocen a un enfermo de SIDA y se preocupan por él se enfrentan al mismo desafío que encaraba la abuela de Darren, debido al estigma combinado de la homosexualidad y su dolencia. Con frecuencia constituye una prueba para sus valores, prioridades y coraje para enfrentarse a los prejuicios públicos. El hecho de que esta imperiosa viuda decidiera amar y ayudar a su nieto y a otros como él, en vez de abandonarlo por orgullo y miedo a la censura, supone un cambio tan maravilloso como el del mismo Darren.

            Más aún: el hecho de que la gente suela asociar el SIDA con los homosexuales masculinos, grupo ampliamente denigrado, está provocando una situación patética. Pensemos en el grado de amor y atención que la comunidad “gay” ha ofrecido a sus miembros enfermos y moribundos. Estos cuidados y esta compasión se extienden a los enfermos heterosexuales y a sus familiares. Frente a presiones abrumadoras, la comunidad gay de Estados Unidos ha asumido el compromiso de prestar toda la ayuda posible, para que nadie muera solo. Sus grupos de apoyo y sus redes de servicios para los pacientes y sus seres amados; la dignidad y el coraje demostrados frente a tanta enfermedad, tanta muerte; la asombrosa capacidad de mantenerse abiertos y afectuosos, todo eso se ha convertido en ejemplo e inspiración para la comunidad médica, los familiares y amigos y la sociedad en general.

            Aunque no conozcamos personalmente a alguien afectado por esta enfermedad, el SIDA nos afecta a todos, en el campo de nuestras actitudes sexuales y, con frecuencia, también en nuestra actividad sexual. Los que vivimos las décadas de 1950, ’60 y ’70, apreciamos lo drástico del cambio que han sufrido la conducto y las costumbres sexuales en este país, en el breve curso de una generación. Al coincidir una revolución social generalizada con la aparición de métodos anticonceptivos que no afectaban el acto sexual, se abandonó abruptamente el ideal de la pareja único para toda la vida en pos de una experiencia sexual más amplia. De buenas a primeras, las relaciones sexuales espontáneas entre dos personas sin compromiso afectivo parecían una opción virtualmente libre de consecuencias. El supuesto “amor libre” se convirtió en algo más que una opción: era un modo de demostrar que no éramos puritanos sexualmente paralizados. Dos perfectos desconocidos unían sus cuerpos, aunque no pudieran mirarse cómodamente a los ojos salvo con intenciones seductoras. Muchas veces, esas relaciones requerían grandes cantidades de alcohol y otras drogas para acallar escrúpulos e inhibiciones.

            Hemos hecho lo posible, pero para algunos de nosotros, tanto hombres como mujeres, el sexo despreocupado nunca estuvo muy libre de preocupaciones. Tal vez mediante el SIDA reconocemos que, en verdad, no debería existir.

            Cuando dos personas participan de un acto sexual consentido, funden la totalidad de sus cuerpos. Los cuerpos físico y etérico, los cuerpos emocionales o astrales y los cuerpos mentales, todos se entremezclan. La forma del corazón, tradicionalmente asociada con el amor, representa en verdad la superposición y la fusión de las auras, campos energéticos en forma de huevo, de dos personas enamoradas. Durante el acto sexual esa fusión de campos energéticos se produce, aunque ambas no estén ligadas por el amor. En realidad, la enseñanza esotérica es que, durante la cópula, uno abre a su pareja el alma: la parte más elevada de sí mismo, la parte vinculada con dios. De ahí el riesgo de daño psíquico, a menos que cada uno mantenga una actitud de afecto e interés por el bienestar del otro. Si uno de los dos tiene una actitud negativa, hostil o indiferente, o si desea aprovecharse de su pareja, se produce una herida en el plano energético.

            Debo subrayar aquí que, a pesar de que son bien reconocidas las frecuentes actitudes aprovechadas de los hombres y el daño que esto provoca en la autoestima de las mujeres, no es tan común admitir que las mujeres pueden mostrarse igualmente aprovechadoras con respecto a los hombres. Algunos de los impulsos negativos que pueden  motivar a una mujer antes del acto sexual o durante él son: las aspiraciones económicas, el deseo de experimentar el poder mediante la capacidad de atraer a un hombre y la necesidad de sujetar a un  hombre a sus caprichos. Cuando existe cualquiera de estas actitudes, los hombres sufren una herida psíquica. Estos temas también pueden presentarse en las relaciones entre dos personas del mismo sexo, por supuesto. Con frecuencia, si no hay afecto verdadero entre dos personas sexualmente involucradas, ambas operan por algún grado de motivación negativa y, por lo tanto, las dos se perjudican.

            En la actualidad, el miedo de contraer el SIDA presenta un potente freno al sexo despreocupado e inhibe la posibilidad de mantener relaciones con más de una persona a la vez. El espectro del SIDA hace que los posibles amantes se pregunten, cada vez con más asiduidad: “¿Hasta qué punto conozco a esta persona?  ¿Cuánta confianza le tengo?” Y el uso del preservativo, tan necesario ahora para la protección de ambos participantes, crea un hiato muy incómodo en el primer acto amoroso de dos personas, proporcionando en el proceso del apasionamiento un pequeño instante de verdad, en el cual los sentimientos más profundos pueden imponerse alas sensaciones físicas.

            De este modo, la crisis del SIDA sirve para hacernos más conscientes de lo que hacemos y por qué lo hacemos; en último término, la meta es siempre una conciencia mayor. Hoy en día, cada uno está en libertad de buscar su propio camino, mientras el SIDA nos disciplina y nos enseña a comportarnos con responsabilidad para con nosotros mismos y aquellos con quienes nos involucramos.

            La historia de Joanna y sus padres ilustra bien las tres primeras premisas de la radical nueva definición de la cura que aquí presentamos:

1.      La curación profunda involucra siempre un cambio de actitud y, por lo tanto, una expansión de la conciencia.

2.      La cura de un estado físico o enfermedad no implica necesariamente que se haya producido una curación significativa.

3.      La continuación de un estado físico o enfermedad, aun si se produjera la muerte, no implica necesariamente que NO se haya producido una curación significativa

La historia de Darren y el análisis general del SIDA ayudan a aclarar las premisas cuarta y quinta:

4.      en el plano emocional, cuanto mayor es el trauma mayor es la posibilidad de una curación significativa.

5.      En el plano del pensamiento, cuanto más grande es la distorsión en el sistema de creencias, mayor será la curación, siempre que se corrija esa distorsión.

Analicemos ahora la sexta premisa:

6.      La curación del individuo afecta la curación de todo el cuerpo de la humanidad; la curación de todo el cuerpo de la humanidad afecta la curación de todo el planeta

Reflexiona sobre esto mientras lees lo que sigue.

EL SIDA DESDE UNA PERSPECTIVA PLANETARIA

Cuando todo el planeta se ve afectado por una enfermedad tal como el SIDA, una forma de entender el proceso es analizar las fuerzas astrológicas que operan, sobre todo las de los planetas exteriores, cuyos ciclos son lentos y afectan la conciencia de masas. Astrológicamente Plutón, el más lento de los planetas conocidos de nuestro sistema solar, entró en Escorpio, el signo del que es regente, a fines de 1983. Por entonces el mundo entero empezaba a reconocer las dimensiones epidémicas del SIDA. Para la mayoría de quienes estudian la astrología resultó evidente que esa enfermedad era una manifestación muy de “Plutón en Escorpio”, una fuerza implacable para la transformación. Plutón, así llamado por el dios de los mundos inferiores, se asocia con todo lo oculto o secreto, con los genitales, con las enfermedades sexuales, la eliminación y la muerte. Es el planeta relacionado con la psicoterapia, con los finales y los nuevos comienzos, con la muerte y el renacer. El poder de Plutón, según la astrología, trabaja inexorablemente para exhumar lo que está sepultado en la psiquis individual o en la cultura en general, sacándolo a la luz. Trabaja para curar el alma individual y transformar la conciencia cultural. Sin embargo, el proceso por el que logra sus fines puede ser atroz.

            Escorpio es el signo relacionado con el deseo de todo tipo, pero sobre todo con el sexual y con el deseo de reformar el Yo y al prójimo. Obviamente, pues, la energía concentrada de Plutón en Escorpio crea una fuerza a tener en cuenta.

            Deseo, sexo, muerte y secretos. Exhumación, eliminación, transformación, regeneración. Son fuerzas poderosas que perturban nuestra paz, desordenan la vida, desmantelan nuestras defensas. Se ha dicho que todo nuestro planeta tiene SIDA, y esto no se refiere sólo a la presencia mundial de la epidemia. Es una expresión penetrante del hecho de que todos estamos involucrados y afectados; cada uno de nosotros está enfermo y todos necesitamos cura; no sabemos vivir, no sabemos amar y no sabemos morir. Pero estamos aprendiendo… y el SIDA nos enseña mediante su poder.

            El SIDA nos está obligando a todos a tomar más conciencia de la muerte y del proceso de morir. En medio de la vida se nos pide que enfrentemos la muerte de un amigo, un familiar, una celebridad admirada, que nos abramos a la transición de otro y participemos con el corazón.  Cuando ayudamos a un enfermo de SIDA, también nosotros recibimos ayuda para descubrir lo que intuitivamente sabemos: cómo consolar y atender. Muchos me han comentado que, al atender a un ser amado enfermo de SIDA, aprendieron a guiarse por la intuición; hacia el final se limitaban a acostarse junto al enfermo, lo abrazaban y lo sosegaban, ya con palabras, ya cantando o tarareando. Al acercarse el fin, algunas de estas personas pudieron instar al paciente a dejarse ir o seguir la luz. Estas técnicas facilitaron, con frecuencia, una transición muy apacible para el moribundo, además de ser profundamente consoladoras para quienes participaban en el momento de la muerte. Una joven enferma de SIDA agonizante recibía todas las noches la visita de amigos que se habían volcado sobre ella durante su enfermedad. El marido le frotaba con suavidad los pies, mientras la esposa le leía poemas o le cantaba. Una noche, cuando ella ya estaba en coma, su madre se acercó a la cama, la abrazó y le dijo que era hora de partir, que estaba lista y todos la ayudarían con el pensamiento a desprenderse del cuerpo. Luego vino su padre y le dijo que la amaba. Falleció quince minutos después. Asistí a sus funerales, que fueron muy bellos; era obvio que su desaparición había iluminado la existencia de todos los que estaban en contacto con ella. Cada uno, mediante la íntima participación en su muerte, había sido llevado a revaluar la muerte como hecho. Como resultado había menos miedo, más aceptación y paz, y hasta una sensación de encantamiento.

            El cuerpo entero de la humanidad, el planeta todo, están sometidos a una iniciación en el sexo, la muerte y la regeneración, y esta ceremonia requiere que revisemos nuestras actitudes y conductos con respecto a cada uno de estos temas cruciales.

LA ADVERSIDAD SEGÚN LA VISIÓN DEL ALMA

            Darren, transformado por una enfermedad que obra para la transformación de todos nosotros, ¿debe recibir compasión o aplausos?  Tal vez tendamos a concentrarnos en los aspectos trágicos de su estado. Pero el alma cuyo propósito es ocasionar una mayor comprensión, perdón y amor, reconoce el triunfo de Darren además de su sacrificio.

            Y Joanna, obligada a desaparecer de la escena mientras sus irreconciliables padres se enfrentaban juntos a la enfermedad mortal de la esposa, ¿fue ese tobillo distendido una cruel jugarreta del destino o un don de su alma, para que la madre moribunda pudiera abrirse al amor?

            Dondequiera vemos adversidad, el alma ve la oportunidad de cura, expansión y esclarecimiento. Llegué a comprender esto cuando una amiga mía, tendida en la camilla durante una sesión curativa conmigo, experimentó conscientemente un reino que no era el físico. Ante sí, tenía sentado a un ser de túnica blanca, que ella reconoció de inmediato como un guía. La saludó con calidez y la invitó a hacer preguntas. Ella, que sufría de mala salud y tenía a una hermana mortalmente enferma, le preguntó si en su vida habría mucho más sufrimiento. La suave respuesta del Guía fue: “Por supuesto, querida mía. Es necesario. Eso te forja”.

            Después de la sesión curativa, mientras analizábamos lo ocurrido, a ambas nos llamó la atención lo potente de esa respuesta “Eso te forja”. Pensé en un trozo de carne, golpeada hasta que se pone tierna y dulce; en el metal, que se hace más duro cada vez que es sometido al fuego y golpeado en el yunque. ¿Acaso los golpes nos ablandan y endurecen al mismo tiempo? ¿Y qué dicen de nosotros, como individuos, los modos por los que se nos somete a prueba?

            Carl Jung hizo una observación penetrante: “La vida de una persona es característica de esa persona”. Nuestros dilemas, nuestras dificultades y aprietos, junto con nuestro modo de enfrentarlos y resolverlos, definen quiénes somos, por qué estamos aquí y qué tratamos de alcanzar mediante la existencia en el plano terrestre. Con demasiada frecuencia, la personalidad juzga el valor individual por la posición social, la seguridad y las señales exteriores de triunfo material; el alma, en cambio, brinda pistas al temple del individuo, a través de las tareas y los desafíos que le asigna.

Creemos erróneamente que la meta está constituida por felicidad, comodidades, seguridad y posición social, pero el alma tiene planes muy distintos. A ella no le importa el sufrimiento de la personalidad, pero sí que haya refinación, fortalecimiento y purificación, para que la personalidad sea digna de cumplir los propósitos del alma. Cada vez que nos preguntamos: ¿Por qué me ocurre esto?”, debemos recordar que la felicidad, las comodidades, la seguridad y la posición social no purifican, no fortalecen ni refinan.

       Pero ser templado en el fuego a golpes de martillo, eso sí.