Llama Violeta

Llama Violeta


 

 
 
 
 
 

POR QUÉ A MI, POR QUÉ ESTO, POR QUÉ AHORA

Capitulo 3

¿Existe un cuadro mas amplio que no llego a ver?

ROBIN NORWOOD

 

Capitulo 3

¿EXISTE UN CUADRO MÁS AMPLIO QUE NO LLEGO A VER?

            ¿Alguna vez, cuando niño, trabajaste con una de esas ilustraciones para colorear siguiendo los números? ¿Recuerdas que cada pedacito se pintaba con el color designado por el número que marcaba ese espacio?  Por ejemplo: todos los espacios marcados con un tres debían ser anaranjados. Si observabas la ilustración del modelo, para ver cómo era ese sector, quizá se trataba de la sombra de un árbol. Entonces pensabas: “No, no puede ser. Las sombras son grises o negras; ¡hasta pueden ser azul oscuro o púrpura, pero nunca anaranjadas!” 

 
   

 Sin embargo, el espacio estaba marcado con un tres y el tres significaba anaranjado, así que lo coloreabas, aun seguro de que se trataba de un error. Aunque trabajabas a conciencia, después de haber llenado muchos espacios no lograbas aún discernir un cuadro; eran sólo manchas de color al azar. Pero al continuar pintando, esas diminutas manchas se ordenaban mágicamente, para convertirse en brillos y matices. Por fin emergían las imágenes y formaban un cuadro con significado, con puntos de luz en zonas de sombra y rastros de oscuridad en las zonas de luz. Ya no se veían los espacios por separado, porque el efecto general borraba los detalles.

Cada vida individual se parece mucho a eso: un montaje de hechos, emociones y pensamientos que se van desplegando, cada uno con su propia cualidad o color. Tomados en conjunto, esos fragmentos forman el diseño representativo de la vida que vivimos. Sin embargo, ese diseño no es visible mientras estamos atareados en vivirla. En cierta ocasión, una paciente inquirió: “¿Cómo se puede ver la propia vida mientras se está en ella?”  Adoptó la pose de una figura inmovilizada en un cuadro y luego estiró el cuello para ver en un plano la composición de la que formaba parte. Ver todo el cuadro era imposible, por supuesto.  

            Esta falta de perspectiva, de distancia con respecto a los hechos de nuestra vida, nos obliga a conjeturar sobre la marcha, el valor y el significado que puedan tener. Por lo general basamos nuestra evaluación de lo que ocurre en lo que sentimos mientras sucede, según estemos cómodos o a disgusto, contentos o insatisfechos, felices o deprimidos. Cuando la vida que llevamos se despliega tal como esperábamos, suponemos que estamos haciendo bien las cosas. Si se presentan acontecimientos perturbadores o sensaciones que no esperábamos, pensamos: “No, esto no marcha bien. Se supone que no debo vivir así. Tiene que haber un error”. A veces, cuando reflexionamos sobre problemas pasados, logramos entender de qué modo nos ayudaron a desarrollar nuestro actual plano de entendimiento y autoconciencia. Puede que su significado aún permanezca oculto a nuestra vista, en un conjunto más grande que hasta puede abarcar otras existencias

UN CASO DE ADICCIÓN SEXUAL

            Jerry, que tenía treinta y dos años y ya se había divorciado dos veces, estaba en el apartamento donde vivía solo, batallando con una gripe virulenta. Mientras tanto, la compañía para la cual trabajaba estaba en proceso de absorción por parte de una gran empresa. Cuando la fiebre no lo abrumaba, Jerry se preguntaba si no lo dejarían a un lado durante la reorganización que se producía en su ausencia. Día y noche  mantenía el televisor encendido, para que lo distrajera de sus preocupaciones por el trabajo y las mujeres.

            Su nuevo romance había terminado en un desastre: la última de una larga serie de amantes, ninguna de las cuales llegaba a los veinte años, se negaba a verlo porque él había fallado varias veces al hacer el amor. Aunque no era, por cierto, la primera vez que le sucedía algo así, nunca le había ocurrido tan al comienzo de una relación. Jerry empezaba a asustarse. Hasta entonces siempre había podido culpar del fracaso a su compañera. Lo achacaba a algo que ella hubiera dicho o hecho, a que la chica no lo atraía, a fin de cuentas. Pero esas racionalizaciones ya no daban resultado. Descubrió que sólo podía hacer el amor a fuerza de fantasías. No toleraba que su compañera hablase ni que lo distrajera de ningún modo durante el acto sexual. Las muchachas que imaginaba en sus fantasías no tenían rostro y eran cada vez más jóvenes.

            A promediar la tarde, un locutor de la televisión anunció un programa sobare hombres víctimas de incesto. Fastidiado, Jerry buscó el control remoto para cambiar de canal, olvidando que lo había olvidado en la cocina por descuido. Se estremeció por un ataque de escalofríos, abandonó la búsqueda y se enterró entre las mantas, mientras un psicoterapeuta, en el televisor, describía la frecuencia con que los niños varones sufren abusos sexuales por parte de sus propios familiares. El terapeuta relacionaba estas experiencias con posteriores problemas para establecer relaciones íntimas y sexuales. Jerry, demasiado débil para levantarse, se irritaba cada vez más con el programa.

            Mientras tanto, en la pantalla apareció la silueta de un hombre que describió su propia violación, a la edad de diez años, por parte de un hermano mayor alcoholizado; luego comentó que, a lo largo de toda su vida, había sido incapaz de asociar el acto sexual con sentimientos de amor. Habló de su adicción a la pornografía y sus varios fracasos matrimoniales. Por fin Jerry se arrastró por la habitación, pasando junto a la cómoda llena de revistas con desnudos y videos sobre sexo, para apagar manualmente el televisor. Volvió a la cama; el cuarto estaba silencioso por primera vez en todos los días que llevaba enfermo. Cuando por fin se quedó dormido, soñó con un niño vejado tal y como el hombre lo había descrito; pero el niño era Jerry en su infancia y el violador, el hombre presentado a contraluz.

            Al terminar la semana Jerry volvió al trabajo; aunque todavía no estaba plenamente recuperado, temía perder el empleo si prolongaba su ausencia. Aún tenía el estómago tan revuelto que no se atrevió a entrar en un bar a la salida del trabajo, como solía hacerlo. Los efectos entumecedores del alcohol le hacían más falta que nunca, porque el sueño del niño y el hombre a contraluz lo acosaba, surgiendo en su conciencia varias veces al día. En cada oportunidad volvía a provocarle escalofríos y náuseas.

            El sábado, en el lavadero de autos, conoció a una muchacha y la convenció de que lo siguiera con su coche hasta el apartamento. Cuando trató de hacerle el amor, la visión apareció súbitamente de nuevo y lo echó todo a perder. La jovencita se vistió en silencio, pero al salir del apartamento comentó, no sin amabilidad, que quizá le conviniera buscar ayuda profesional. Lo que hizo Jerry, que aún no podía beber, fue calmar su malestar con una visita a una librería pornográfica, en las afueras de la ciudad.

            Esa noche Jerry volvió a tener el mismo sueño; de pronto, sin que la cara del niño dejara de ser la suya a esa edad, el rostro del violador se convirtió también en el suyo, en versión adulta. Despertó y se sirvió una copa, a pesar de las náuseas. Mientras tanto, la visión persistía, acompañada por fuertes sensaciones sexuales. Se descubrió fantaseando que copulaba con una criatura, una criatura silenciosa y dócil, que no podía saber si él era impotente o no. Por fin, cuando todas las sensaciones sexuales se agotaron, Jerry se encontró en el baño, vomitando una y otra vez.

            Después de eso no se atrevió a dormir, temeroso del rumbo que podían tomar sus sueños. Lo aterrorizaba no poder calmarse con sexo ni alcohol. Cuando por fin amaneció, largas y penosas horas después, Jerry estaba dispuesto a buscar ayuda. Después del último divorcio, un compañero de trabajo comprensivo le había recomendado un terapeuta; Jerry lo llamó por teléfono, casi deseando que, por ser domingo, no hubiera nadie para atenderlo. Cuando el servicio de contestador le dio una cita para la tarde siguiente, se consoló al pensar que, si la terapia no le servía, siempre podía matarse. La idea no era nueva, por cierto.

            Durante la primera entrevista el terapeuta averiguó, mediante un cuidadoso interrogatorio, que Jerry tenía dificultades con el alcohol y le impuso la abstinencia como condición para la terapia. Jerry accedió, sorprendido por su propia reacción de alivio.

            En la segunda sesión, como ya confiaba en el terapeuta, pudo describirle la visión que lo acosaba. En poco tiempo admitió su obsesión con las fantasías sexuales y su necesidad de compañeras cada vez más jóvenes y más anónimas. Por sugerencia del terapeuta, inició un programa grupal de doce pasos para adictos al sexo. Allí encontró la ayuda necesaria para no ceder a su adicción sexual.

            En la terapia, mientras tanto, iba reconstruyendo su propia historia de abuso sexual, suprimida y negada. Había ocurrido a lo largo de un período de muchos meses, a manos de un tío paterno que, tras volver de Vietnam, vivía en la casa familiar. Ese tío, que jamás se recobró emocionalmente después de participar en la guerra, se mudó más adelante a una casa de pensión, donde pocos meses después se mató de un disparo. Una parte significativa del trauma de Jerry se vinculaba con la muerte violenta de su tío, muerte que, en su infancia, estaba seguro de haber provocado por desearla con tanto ardor.

            Recordar y revivir las experiencias de ese dificilísimo período requirió todo el coraje y la perseverancia de Jerry. Por fin sacaba del exilio las partes eslabonadas de sus cuerpos físico, emocional y mental, destrozadas tantos años antes por los ataques del tío, enérgicamente congeladas y anestesiadas desde entonces. Jerry necesitaba “remembrar” y “reincorporar” estas partes congeladas y rechazadas de sí mismo y de su experiencia.

            Es interesante apuntar que las raíces de “remembrar” y “reincorporar” se refieren a los miembros y al cuerpo mismo. “Re-membrar” es poner nuevamente una parte del cuerpo perdida o separada; “re-incorporar”, reponer en el cuerpo una parte que ha sido dejada afuera o rechazada. El uso común de estas palabras indica que el proceso de olvidar o negar nos afecta de una manera física. Se pierde o distorsiona algo vital para el funcionamiento del cuerpo físico. Yo sugeriría que este efecto se precipita por el daño producido en los cuerpos mental y emocional, más sutiles, donde se presentan los bloqueos y las disonancias de energía. Es preciso atender las lesiones de estos cuerpos sutiles a fin de restaurar el funcionamiento físico saludable. Cuando Jerry pudo permitir que estas partes negadas de sí mismo –sus experiencias, las emociones y pensamientos relacionados- volvieran a la conciencia, estas empezaron a perder su capacidad de inutilizar y corromper.

LAS RAÍCES DE LA VICTIMACIÓN EN EL PASADO

            Pensemos por un momento en Jerry, el adulto que, antes de someterse a terapia, dependía cada vez más de experiencias sexuales impersonales, necesitaba el estímulo de la fantasía o revistas y videos explícitos, requería de compañeras cada vez más jóvenes para encuentros cada vez más anónimos y estaba cayendo en un patrón de compulsiones y perversiones.

            Pensemos ahora en el pequeño Jerry, sexualmente sometido a los cuatro años por un tío profundamente perturbado.

            Puede parecer que estamos hablando de dos personas por completo distintas: un niño inocente que despierta nuestra simpatía y un adulto responsable por el cual sentimos aversión. Y Jerry, en vías de recuperación, es una tercera persona que lucha valerosamente para aceptar su explotación sexual cuando niño y admitir su conducta sexual explotadora cuando adulto.

            Ya podemos ver que han existido varios Jerry en una misma vida, cada uno de los cuales contribuyó al desarrollo del siguiente. Reconocido esto, ¿podemos imaginar la existencia de Jerry en otros períodos históricos y oros cuerpos físicos? Pongamos el ser esencial que conforma el Jerry actual en un continuo que abarque numerosas vidas, como hombre y como mujer, y que incluya, entre muchos otros, los papeles de víctima y victimario, así como el de quien aprende mediante la incorporación de ambas experiencias: la de víctima y la de victimario, así como el de quien aprende mediante la incorporación de ambas experiencias: la de víctima y la de victimario. Al hacer esto, las emociones que nos inspiran los diversos Jerry se van neutralizando en forma gradual. La reacción crítica contra el adulto y la actitud compasiva hacia el niño ceden paso a una apreciación del cuadro más amplio. Desde esta perspectiva aparada es posible comenzar a entender por qué Jerry, niño inocente, tuvo que sufrir ese trauma sexual.

LA EVOLUCIÓN DE LA CONCIENCIA HUMANA

            Encarnamos en el plano terrestre a fin de expandir nuestra conciencia. Esto se produce mediante muchas experiencias a lo largo de muchas vidas. Lo cierto es que todos sufrimos maltrato, sexual y de cualquier otra clase, en algún punto de nuestro propio desarrollo evolutivo… y cada uno, a su vez, inflige esos mismos maltratos. En último término, para cada uno es necesario, en el desarrollo de su propia conciencia, experimentarlo todo. Nuestra larga serie de encarnaciones físicas no se inicia con una conciencia desarrollada, dedicada a los principios humanos más elevados. Debemos forjarnos el camino a lo largo de muchas encarnaciones, antes de que el cuerpo y la personalidad se conviertan, por fin, en las herramientas disciplinadas y bien dispuestas de la mente superior o alma, antes de que podamos emplearlos a conciencia para ayudar al prójimo.

            El viaje es largo. Al principio, los instintos animales, los impulsos y apetitos gobiernan nuestra existencia. Aunque en esta primera etapa podemos infligir un gran daño, aún no somos realmente capaces de malignidad, no más que el león cuando acecha a su presa. Como el león, nos limitamos a seguir nuestra naturaleza animal. Pero al reunir una experiencia mayor aprendemos, crecemos, se desarrolla nuestra conciencia y lo mismo ocurre con nuestra posibilidad de elegir.

            En un sentido espiritual, la principal diferencia entre el reino animal y el nuestro es nuestra capacidad, mucho mayor y en constante desarrollo, de elegir en forma consciente. Sin embargo, esta capacidad no evoluciona ni se desarrolla por igual entre todos los miembros de la especie humana al mismo tiempo. Iniciamos nuestro ciclo evolutivo en diferentes tiempos y progresamos a diferente velocidad. Pero mientras cada uno de nosotros no esté lo suficientemente avanzado, los instintos y los impulsos de nuestro cuerpo, actuando como los de cualquier animal, efectuarán muchas de estas elecciones en nuestro nombre.

            Cierta vez tuve un paciente cuya conducta impulsiva y agresiva le había causado problemas con la policía. Ahora le esperaba la cárcel: mientras bebía en un bar empujó a un hombre que, al caer, se golpeó la cabeza y murió. Mi joven paciente tenía mucha más fuerza bruta que la que podían manejar sin peligro sus emociones primitivas y su poco desarrollado intelecto. Libre de malicia, pero completamente sometido al vaivén de los apetitos físicos y los impulsos emocionales, era obviamente lo que se denomina “alma joven”, y luchaba por aprender los principios más básicos del autodominio. Aun cuando sus actos provocaran la muerte de una persona, como el Jenny de Steinbeck en Of Mice and Men, no irradiaba maldad, sino una especie de desventurada inocencia infantil.

            Todos nos iniciamos como “almas jóvenes”; al frente se extiende el largo viaje hacia una plena conciencia humana. Esotéricamente se nos conoce, en esta temprana etapa, como “humanidad infantil”. Al igual que los niños, estamos en las primeras etapas del desarrollo físico, emocional y mental. También como ellos, nuestras primeras exploraciones del mundo físico se ven limitadas, en gran medida, por el grado de dolor que podamos tolerar en nuestro propio cuerpo. Nuestra capacidad de empatía se va desarrollando, a lo largo de milenios de sufrir e infligir sufrimiento, por turnos. Hasta que se desarrolla esa capacidad, lo único que nos impide hacer daño a otros es la posibilidad del castigo. Como los niños que van madurando, debemos evolucionar en conciencia hasta que las restricciones de nuestra conducta sean más internas que externas.

            Los niños suelen ser crueles entre sí y para con animales e insectos, a menos que sean sometidos a restricciones o reciban una cuidadosa enseñanza; pero el motivo real es que están progresando por una temprana etapa de desarrollo en su propia evolución de conciencia. Lo que parece expresión de crueldad a la conciencia madura de un adulto es, en muchos niños, simple curiosidad no entibiada por la compasión. Es interesante apuntar que John Muir y Joseph Word Krutch, dos grandes naturalistas, citan en sus autobiografías que en su niñez solían tratar con crueldad a los animales.

            Hacia los veintiún años, en general, somos lo bastante maduros como para expresar el nivel de conciencia que nos han impartido las experiencias de vidas previas, cualquiera sea. Este nivel de conciencia varía mucho entre un individuo y oro, según lo que haya sido alcanzado durante las encarnaciones previas. Por ejemplo: la consideración de un individuo por la soberanía física, emocional y mental de otro ser humano no se puede inculcar, simplemente, mediante una educación que ponga énfasis en los conceptos humanitarios. La misma palabra “educación”deriva de educere, traer a la superficie algo que ya está allí. A menos que la persona haya alcanzado ya esa capacidad de respeto, a través de las experiencias de otras vidas, la educación no puede despertarla.

CÓMO DISEÑAMOS UNA ENCARNACIÓN

            Toda encarnación tiene raíces en lo que ha sucedido en el pasado, pero sobre todo en el episodio inmediatamente anterior en la vida terrestre. A través de nuestras incontables encarnaciones tempranas, el principal propósito de nuestra existencia aquí es acumular experiencia del plano físico. Más adelante asumimos encarnaciones a fin de comprender y, en caso necesario, curar lo que se ha experimentado,

            Cada vez que, al morir, abandonamos el cuerpo físico, se produce una revisión de la vida recién terminada. Aquellos que han sufrido experiencias de muerte momentánea describen esta revisión de la vida como un repaso objetivo, libre de los dictados de la personalidad. De esta manera, podemos identificar con la ayuda de nuestros Guías, que generalmente son nuestras propias encarnaciones terminadas actuando bajo la dirección de nuestra alma, aquello q lo que más deberemos dedicarnos a continuación. Se nos ayuda a aislar los tres factores condicionantes principales que definirán la esencia de nuestra encarnación siguiente. Establecemos las circunstancias necesarias para la próxima misión y concebimos el diseño del vehículo físico, astral y mental con el cual la ejecutaremos. Esto es como decidir, al terminar un año lectivo, qué cursos elegiremos cuando volvamos a los estudios y a asegurarnos de disponer el equipo necesario.

            El primero de estos factores condicionantes es la naturaleza del ambiente físico en el cual encarnaremos a continuación. Todos reconoce os que la cultura general, el medio social y la posición, las aficiones y las actividades de la familia en la que nacemos ejercen una poderosa influencia sobre nuestro desarrollo. También, si entendemos que este campo de experiencia se eligen antes de la encarnación, porque proporciona el fundamente requerido para las tareas que nos hemos fijado, comprenderemos que no hemos sido víctimas ni favoritos del Destino. Por lo contrario, estamos en el medio requerido para dirigirnos hacia las metas de esta encarnación.

            El segundo factor determinante es el grado de refinamiento y los puntos fuertes y débiles del cuerpo físico. Esotéricamente se enseña que el factor más kármico de toda encarnación es el cuerpo físico y la parte más kármica del cuerpo físico, su sistema nervioso. Elegimos el cuerpo que se adecue mejor al trabajo de cada vida. El sistema nervioso de cada uno, que nos hace interpretar el mundo de un modo propio y característico, estructura profundamente cada una de nuestras experiencias y, por lo tanto, nuestra visión general de la vida. Las habilidades naturales determinan nuestra línea de menor resistencia, llevándonos a acentuar las actividades y aficiones que nos resultan fáciles, mientras que nuestros puntos débiles impiden otras empresas.

            El tercer factor es la composición del cuerpo astral o emocional, que determina qué y quién va a atraernos y, al mismo tiempo, a qué y a quién atraeremos. Este cuerpo emocional se vincula con nuestras percepciones del mundo que nos rodea mediante el sistema nervioso. Los sentidos físicos del tacto, el gusto, el olfato, el oído y la vista interpretan el medio de un modo condicionado y teñido por el cuerpo emocional.

            De la misma manera que el cuerpo emocional afecta, por vía del sistema nervioso, el modo en que experimentamos cada dimensión del medio, a su vez el medio se ve afectado por cada dimensión de nuestro ser en su totalidad. Aunque no tengamos conciencia del hecho, los seres humanos nos percibimos mutuamente como paquetes completos de energía. Cada plano de nuestra aura, cada uno de nuestros cuerpos sutiles, responde a la correspondiente dimensión energética de otra persona. Y estas respuestas son emocionales. Mediante las atracciones gobernadas por el cuerpo emocional buscamos y somos buscados por aquellos con quienes tenemos asuntos pendientes de determinada existencia o, tal vez, de vida en vida: son quienes forman nuestro grupo kármico. Este grupo puede incluir o no a nuestra familia de origen, pero siempre incluye a las personas con quienes tenemos vínculos importantes, capaces de cambiarnos la vida.

EL EJERCICIO DEL LIBRE ALBEDRÍO

            Así llegamos a la existencia en el plano físico con algo similar a una agenda, para la cual nos hemos preparado mediante experiencias anteriores en existencias previas. Esta agenda está expresada en nuestro medio y nuestro equipamiento físico, emocional y mental. En realidad, es durante el período entre dos encarnaciones cuando más ejercemos nuestro libre albedrío, pues entonces es cuando determinamos, con ayuda de nuestros Guías, las condiciones y las zonas de acentuación para nuestra próxima estancia en la Tierra. A lo largo de una existencia dada, cada una de nuestras elecciones disponibles existe dentro de estos parámetros previamente determinados, que resultan, a su vez, de la historia de nuestras encarnaciones pasadas. Debemos trabajar siempre con lo que hemos sido, según evolucionamos hacia lo que ansiamos ser.

RESONANCIA MORFOGENÉTICA Y CICLOS CURATIVOS

            Cuando llega el momento de regresar al plano terrestre, el alma compone los cuerpos mental y emocional para la próxima encarnación, a partir de una materia que exprese las gradaciones vibratorias presentes en esos cuerpos al final de la última encarnación. Como es muy raro que no aprendamos algo de cada estancia aquí y como siempre llevamos con nosotros todo lo logrado, es seguro que evolucionaremos en vez de involucionar. Lo que ha mejorado tiene sus componentes energéticos en esos cuerpos emocional y mental, así como todo lo que permanecía bloqueado o distorsionado en el momento de la muerte. Una vez más, la situación se parece a una escuela. Todo lo que ya hemos aprendido forma automáticamente parte de nosotros y debemos concentrarnos en lo que debemos aprender a continuación. Literalmente, corporizamos nuestras lecciones siguientes, pues todo lo que debe curar en lo pasado tiene su equivalente energético en uno u otro de nuestros cuerpos presentes. Más aun: todo lo que siga distorsionado en nosotros atraerá más de lo mismo. Esto ocurre porque los campos de energía similares se atraen entre sí, mediante un principio que Rupert Sheldrake llamó “resonancia morfogenética”.

            Para expresar esto de otro modo: atraemos a nuestro karma y nuestro karma nos atrae. Automáticamente las personas, los hechos y las circunstancias que se adecuen o reflejen nuestras distorsiones, se ven atraídas hacia nuestro campo energético y, de ese modo, dan forma a nuestra experiencia de vida. Mediante esas transacciones, llamadas “ciclos de curación”, se nos brinda la oportunidad de mejorar o, si resistimos, de empeorar.

CÓMO FUNCIONAN LOS CICLOS DE CURACIÓN

            Ya mejoremos, ya empeoremos, cada una de esas transacciones constituye un ciclo de curación, pues nos impulsa a través de nuestra distorsión. Y el entrar más profundamente en la distorsión aumenta la posibilidad de que terminemos por rendirnos y emerger.

            En el caso de Jerry, cada nuevo intento de entablar una relación física daba origen a otro ciclo de curación, porque cada fracaso hacía más probable que, tarde o temprano, tuviera que rendirse e iniciar el proceso de curación En realidad, Jerry no podía escoger entre curarse o no; sólo podía escoger cuándo hacerlo.

            Esto vale para todos nosotros. Durante una encarnación, la vida es como un tren sobre sus vías. Podemos decidir cuándo detenernos, dónde y por cuánto tiempo. Hasta podemos optar por retroceder. Pero el rumbo que tomará nuestro viaje está fijado. La única cuestión verdadera es con qué celeridad llegaremos a destino.

            Resistirnos a la curación es una de las pocas opciones importantes de libre albedrío que tenemos en una encarnación. Mientras resistamos, la distorsión o el bloqueo seguirán creciendo, pues acumula más y más energía ligada con más y más experiencia. Con el correr del tiempo (esto requiere a veces vidas enteras, pero el alma cuenta con toda la eternidad) el mismo peso o masa de la distorsión llega a aplicar presión suficiente para obligar a un cambio. Por fin quedamos exhaustos y nos derrota nuestra obsesión por el dinero, los bienes materiales, el poder, la fama, el orgullo, la vanidad, la pacatería, la victimación o lo que sea. Como Jerry, al derrumbarnos bajo el peso de la obsesión o el engaño nos vemos paradójicamente devueltos a la integridad, una vez que nos reconocemos derrotados.

FALSOS DIOSES Y CICLOS DE CURACIÓN

            La exhortación bíblica “No adorarás a otros dioses más que a mí”, se refiere a nuestra relación con nuestra propia alma. Todo lo que se interpone en la marcha de esa relación, todo lo que adoremos en su lugar, es un falso dios, una imagen que generalmente arrastramos de vida en vida y que nos ha apartado de nuestra naturaleza más elevada; por lo tanto, tarde o temprano debe ser destruida.

Paul tenía un viñedo, una magnífica parcela de tierra soleada y protegida, que estaba frente a una apacible ensenada y se elevaba sobre las suaves colinas erguidas frente al mar. Había allí una elegante casa de campo, en la que él había pasado los días más felices de su niñez. Solo allí con su madre y el personal doméstico. Paul se alegraba de que su padre permaneciera en la ciudad y sólo fuera a la casa algunos fines de semana, durante esos largos y dulces veranos.

No había playa como esa bienamada playa, no había tierra como la que alimentaba sus vides ni panorama como el que se veía desde las colinas; no había en el mundo entero una casa tan agradable, luminosa y aireada, tan llena de dulces recuerdos como aquella, que mucho tiempo antes había convertido en su domicilio permanente.

Y ahora iba a perderlo todo. Por naturaleza, se parecía mucho más a su made, soñadora y tierna, que al exigente y despótico padre; tampoco tenía cabeza para los negocios. Era más impulsivo que astuto; tras la muerte de su padre, la considerable fortuna que había heredado disminuyó hasta desaparecer. Hipotecó el viñedo para compensar las pérdidas, pero luego descubrió que debía hipotecarlo aun más, arriesgando lo único que no soportaba perder. Desde hacía un año la hipoteca estaba vencida; sólo gracias al dinero prestado vivía aún en el sitio que más amaba en el mundo.

De sus tres matrimonios sólo tenía un hijo: Phillip, quien toda su vida había oído decir que algún día el viñedo sería suyo. Paul no parecía darse cuenta de que Phillip no compartía su interés por la casa ni por la tierra; las grandes ciudades, atestadas de gente que hablaba y se movía de prisa, lo atraían mucho más que ese desierto sector de playa o los surcos de disciplinadas vides, cargadas de uvas magenta. Era un hábil comerciante, como su abuelo, y había amasado una considerable fortuna propia. Paul quedó atónito al enterarse de que su hijo no estaba dispuesto a rescatar la propiedad.

Aunque no podía aceptar este hecho no era el amor por su hijo lo que provocaba sus ansias de legarle el viñedo. Por el contrario, su amor por el viñedo redoblaba la importancia de contar con un heredero en Phillip. Y ahora Paul soportaba, desde hacía años, la amenaza de perder su bienamada tierra, debido a la indiferencia de su hijo por la propiedad y, al parecer, también por su padre. Por falta de dinero para el mantenimiento, la casa iba perdiendo su encanto y el viñedo se había convertido en una triste maraña de hierbas. Una semana antes de desocupar el lugar para cederlo a sus nuevos propietarios, Paul sufrió un ataque cardíaco casi fatal.

Cuando Phillip fue al hospital para verlo, Paul expresó poco interés por vivir, puesto que había perdido cuanto le importaba. Culpó amargamente de esa pérdida al egoísta de su hijo, a lo cual Phillip respondió fríamente: “Amabas demasiado esas tierras, papá; más que a nada o a nadie”.

Paul sobrevivió a una indispensable operación quirúrgica, se recuperó lentamente y, con el correr del tiempo, se casó por cuarta vez. Rally era una mujer enérgica y alegre; a diferencia de las esposas anteriores, no tenía que competir con el viñedo por el amor y la atención de su marido. Se adecuó sin dificultad al carácter poco práctico de Paul; lo ayudó a ordenar los bienes restantes, lo instó a ser más emprendedor en sus asuntos financieros y le aconsejó suavemente que se reconciliara con Phillip.

Paul tardó muchos años en superar la amargura contra su hijo. Por fin, ya cerca de los ochenta años, se reunió con él para reconocer la verdad de aquella acusación.

-Tenías razón –admitió-. Yo amaba demasiado aquella tierra. Sabe dios que era hermosa, pero yo siempre la antepuse a todo. Habría sacrificado cualquier cosa, a cualquiera, con tal de retenerla. En realidad, creo que eso fue exactamente lo que hice… y lo siento.

No es sorprendente que los dos hijos de Phillip, ya adultos, desconcierten al padre con una total indiferencia por el mundo de los negocios y las finanzas. Ambos están dedicados a una empresa de cultivos orgánicos que, con sus escasos ingresos, apenas les permiten subsistir. Phillip les da verdaderas conferencias sobre las utilidades que obtendrían con tantas horas de trabajo en otros tipos de actividades, pero ellos no le prestan atención. Por algún motivo, sus visitas a la granja resultan más fáciles cuando va acompañado por Paul y Sally…

            En la ascendencia masculina de Paul, el apego al dinero alternaba con el apego a los bienes en la preeminencia por sobre las relaciones humanas. Es interesante notar los cambios incrementales de esta actitud, en el sucederse de las generaciones, así como la manera en que cada generación se contraponía a la precedente y a la que le seguiría. Obviamente, la historia de Paul es un ejemplo del fuerte factor que representa nuestro campo de experiencia en cuanto a proporcionarnos la oportunidad de enfrentarnos a nuestras lecciones.

            Muchas veces esas lecciones provienen del trabajo que efectúa nuestro cuerpo emocional para atraer hacia nosotros, de entre un vasto mar de desconocidos, a las personas y las situaciones más adecuadas para ayudarnos a avanzar a través de nuestras distorsiones.

CÓMO ATRAEMOS LAS LECCIONES DEL AMBIENTE

            La historia de Ardath ilustra el principio de atracción entre las distorsiones similares y muestra el funcionamiento de los ciclos de curación. Al igual que Jerry, era una víctima de incesto, pues había sufrido los abusos de su padrastro a lo largo de diez años. Pero ella no pudo reprimir el recuero de esos abusos; a diferencia de Jerry, vivió diariamente con él hasta los treinta y cinco años, momento en el que decidió someterse a terapia. Eligió a un sacerdote que se especializaba en tratar a adultos con “problemas de confianza”.

            Este sacerdote-terapeuta solía requerir a sus pacientes que, mientras relataban incidentes traumáticos de la infancia, permanecieran tendidos en el suelo con los ojos vendados y se dejaran tocar y abrazar por él. Aunque esto era, supuestamente, un ejercicio para fortalecer la confianza, en el caso de Ardath no hizo más que fortalecer su sensación de intranquilidad. El sacerdote le aseguraba constantemente que, aunque tomaría tiempo, si perseveraba habría un avance. El avance se produjo un día en que Ardath, en ascuas por su desasosiego, se quitó súbitamente la venda y vio al ministro de pie ante ella, masturbándose. Su espanto y su repugnancia fueron intensos. Entre las excusas y explicaciones que el sacerdote balbuceaba, ella huyó del consultorio en medio de una tormenta emocional. En el curso de pocos días la abrumó una profunda depresión, acompañada por un irracional sentimiento de culpa por haber aceptado participar en el ejercicio de ojos vendados, con lo cual había provocado, quizá, la conducta del hombre.

            Aun más desconfiada que antes, pero casi incapacitada por la depresión, acabó por buscar nuevamente ayuda; en esa ocasión recurrió a una terapeuta. Esta profesional, que reconoció la ira oculta bajo la depresión de Ardath, la instó a presentar una demanda legal. Con el apoyo de la nueva terapeuta, Ardath pasó dos años aplicando una presión incesante al fiscal de distrito que estaba a cargo del caso. Aunque varias mujeres más se habían presentado con relatos similares, ella era la única testigo dispuesta a prestar declaración, y el fiscal se mostraba renuente a iniciar la querella. Pero Ardath no cedió ni permitió que la cuestión se acallara.

            Por fin el caso llegó a los tribunales y el sacerdote se declaró inmediatamente culpable. Así acabó todo. Ella había ganado la batalla librada a favor de la niñita que fuera, a quien nadie quiso escuchar, a la que nadie creía y que no tuvo defensor en todos esos años de maltrato. Ya adulta se convirtió en su propia defensora y, por lo tanto, efectuó su curación.

            Una nota final para esta historia: algunos meses antes del horrible descubrimiento de Ardath, ya oí la voz de ese hombre en un contestador telefónico, al responder a una llamada suya por cuestiones comerciales. Aún no he podido olvidar su voz, siniestra y seductora al mismo tiempo. No obstante Ardath y otras mujeres confiaron en él al punto de hacer lo que indicaba, incluso tenderse en el suelo a sus pies, con los ojos vendados. ¿Por qué? ¿Cómo no percibieron que era tan obviamente indigno de confianza? Porque estaban iniciando otro ciclo de curación. Es preciso recordar que empeoramos antes de mejorar, que nos hundimos más y más en el problema a fin de rendirnos por fin a la curación, cualquiera sea.

            La rendición hizo que Jerry aceptara revelar su secreto y consultara con un terapeuta; esto, a su vez, lo llevó a reconocer su historia de abusos y a iniciar una recuperación de doce pasos. Paul tuvo que perder lo que más amaba (su finca)  para poder reconocer  lo que su obsesión le había costado en términos de relaciones humanas. Y cuando Ardath renunció finalmente a desempeñar su pasivo papel de víctima, el ciclo de curación la llevó al indispensable paso siguiente: defender su propia causa y convertirse en abogada de la niña que fuera. En cada caso, podemos suponer sin miedo a equivocarnos que los temas tocados por esos ciclos de curación se prolongaban muy hacia atrás, envidas pasadas.

            Los ciclos de curación reintroducen temas no resueltos en vidas anteriores, una y otra vez, hasta que se produce el descubrimiento. Cuando la conciencia es completa ya no resulta necesario continuar con los ciclos de curación en una dirección dada. (Nuestros Guías son, con frecuencia, las personas que fuimos en una vida en la cual se logró un ciclo de curación de especial importancia.)

            Otra experiencia inolvidable que tuve algunos años atrás me aclaró para siempre, en parte, el misterio de cómo preparamos o iniciamos estos necesarios ciclos de curación.

            Cierto día me reuní con dos mujeres, con las que debía arreglar algunos negocios, para almorzar en un elegante hotel de la costa marítima. Entramos juntas en el comedor y nos dirigimos a nuestra mesa, desde la cual se veía el puerto.

            Mientras leíamos el menú una de ellas, Darla, se inclinó hacia nosotras para susurrar:

-          ¡Muchachas!  Si queréis saber cuál es el tipo de hombre que me atrae de verdad, es ese.

E inclinó la cabeza hacia el camarero que acababa de servirnos el agua. Hasta entonces yo no había reparado en él, pero en ese momento sufrí una desagradable sorpresa. La inmediata impresión que me causó su porte de buldog, los ojos juntos, el mentón saliente y la curva de los labios era la de un hombre con tendencias violentas, que muy posiblemente gustaba de humillar a las mujeres. Sólo puede comentar:

- ¿De veras?  ¿Ese?  A mí me parece peligroso.

Darla se limitó a sonreír.

-          Bueno – dijo Lonnie, en tono confidencia -, ya que tocamos el tema, os voy a decir por qué me he sentado aquí, de espaldas al panorama. ¿Veis a ese hombre, el de allí? –Lo señaló con una mirada rápida por sobre el hombro, que se cruzó por un instante con la de él. –No ha dejado de mirarme desde que entramos.

Y era cierto. Ese hombre maduro y grueso, de traje muy fijo, reclinado en la silla, miraba a Lonnie como quien observa a una potranca purasangre en subasta antes de hacer una oferta. Al igual que el camarero de Darla, me resultó por completo invisible hasta que ella lo señaló. Había un decidido contacto energético que zumbaba entre ese hombre, obviamente poderoso y acaudalado, y Lonnie, tanto más joven, que ahora le sostenía abiertamente la mirada. Mientras tanto el camarero volvió a llenarnos los vasos de agua; era palpable la textura del intercambio entre él y Darla, callado, pero lleno de cara sexual.

                        Durante el almuerzo descubrí unas cuantas cosas sobre esas mujeres. Ambas se habían criado junto a padres alcohólicos que abusaron sexualmente de ellas. El de Lonnie heredó una considerable fortuna, que con el correr del tiempo fue reduciendo a la nada por su afición a la bebida y al juego. El padre de Darla, que ejercía violencia física y abusaba sexualmente, era un carcelero abandonado por su esposa cuando Darla era aún bebé. Volvió a casarse dos veces, ambas con mujeres muy seductoras en su conducta y en su modo de vestir, como Darla. Ella, morena y voluptuosa, tenía una larga historia de amoríos breves, generalmente con hombres mucho más jóvenes que ella y que solían ser violentos, adictos al sexo o ambas cosas a la vez. Nunca se casó, Lonnie se había casado dos veces, ambas con hombres bastante pasivos, adictos a la pornografía y con dinero heredado.

                        Durante el almuerzo con estas dos mujeres, mi experiencia fue una de las más iluminadoras en una vida dedicada a entender los principios de la atracción. Estaba presenciando cómo actúa la resonancia morfogenética (el principio según el cual las energías o vibraciones similares se atraen). Cada una de esas mujeres resonaba con cierta vibración: una, con codicia; la otra, con violencia; ambas con adicción sexual. Ellas me demostraron de qué modo cada uno de nosotros abraza inconscientemente su karma y elige las experiencias de su vida, mediante lo que invoca en su medio y lo que, a su vez, es evocado en sí mismo. De algún modo Lonnie comunicaba al magnate del comedor que, en verdad, estaba en venta al mejor postor, aunque él fuera algo demasiado agresivo para sus preferencias. Y Darla anunciaba al camarero que era tan sexualmente agresiva como él.

                        Resultaba fácil comprender que Lonnie y Darla repetirían sus patrones con los hombres, hundiéndose en problemas cada vez perores hasta que los temas subyacentes surgieran con fuerza a la conciencia. Pero al hundirse cada vez más, ellas mismas tendrían mucho de que acusarse. En otras palabras, en el proceso generarían mucho karma. Ese karma, activado por la resonancia morfogenética, continuaría produciendo ciclos de curación cada vez más drásticos. Mediante este principio de la atracción entre similares en el plano energético, tenemos una exposición básica del karma personal, familiar y grupal en acción

EL KARMA EQUILIBRA

            El concepto del karma fue ampliamente introducido en el pensamiento occidental con el surgimiento de interés por las religiones orientales que se produjo en la década de 1960. La palabra sugiera el funcionamiento de un destino para equilibrar la balanza por actos pasados, incluidos los de otras vidas. Podemos referirnos al concepto del karma cuando nos enfrentamos a un hecho por lo demás inexplicable, para dar a entender que, si se supiera todo, se está cumpliendo una justicia sutil. Con frecuencia se destaca el aspecto temible y retributivo del karma; en realidad, es la única definición que muchos conocen. Sin embargo, no es esa la esencia. El karma no es un principio punitivo ni vengativo, sino equilibrante.

            Al pasar por el necesario asunto de la encarnación, que consiste en expandirnos a través de diversas dimensiones de experiencia, creamos todo tipo de efectos, reacciones y repercusiones. La ley del Karma asegura el equilibrio a lo largo de toda esta actividad y expansión. Por lo tanto, en su sentido más amplio es una ley para curar los extremos y restaurar el equilibrio. Pero desde nuestra perspectiva, necesariamente limitada, su implacable trabajo puede parecernos muy duro. Y si no hubiera una clave por la cual se pudiera revertir el infinito proceso por el que se genera más y más karma, nuestra situación no sería de evolución, sino de involución. Llegaríamos a empantanarnos tanto en las reacciones en cadena que no habría esperanza de alivio. Por suerte, la clave existe. Es el perdón.

EL PERDÓN CURA

            Perdonar de verdad requiere comprender de verdad. Debemos ser capaces de mirar con claridad toda la escena, no retroceder ante ninguna parte, no negar nada, aceptarlo todo. En cierto sentido, esto significa que debemos convertirnos en expertos con respecto a lo que es preciso perdonar, para ver todos los aspectos, no sólo el propio.

            Un ejemplo. Hace muchos años, durante un taller de trabajo sobre el tratamiento del incesto, uno de los participantes se identificó como agresor y reconoció que había abusado sexualmente de su hija. Por un largo instante reinó un silencio de estupefacción. Luego él pasó a describir su encarcelamiento, la terapia que él y su familia habían recibido y su recuperación, que duraba desde hacía muchos años. Ahora se dedicaba a asesorar a los hombres encarcelados por el mismo delito. Junto con su esposa y su hija, participaba de discusiones grupales con las familias de estos hombres. Su franqueza creó un ambiente que permitió a otros participantes del taller conversar sobre sus propias experiencias de abuso sexual. Como él era un modelo de valor, dignidad y humildad, así como de franqueza, hizo posible que algunos de los terapeutas presentes, a su vez víctimas de incesto, adquirieran una mayor comprensión de la persona que los había violado. Dejamos de interactuar como profesionales y nos convertimos, en cambio, en expertos; recurrimos a nuestra experiencia en la lucha para comprender este problema humano. Esa comprensión, cuando se logra, lleva con el tiempo al perdón. Y el perdón es el paso final de nuestra curación. Mediante el perdón somos perdonados.

            Esa frase del Padrenuestro que dice: “…perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, adquiere un nuevo significado si uno amplía su perspectiva para incluir las muchas dimensiones de sí mismo, expresadas a lo largo de muchas vidas. Recordemos a Jerry, el niñito que fue la víctima, y a Jerry ya hombre, camino a convertirse en el violador. Sin duda ambos papeles, el de víctima y perpetrador, existen también dentro de nosotros, cuando analizamos nuestra evolución a lo largo de muchísimas vidas. A fin de curar por completo debemos reconocer, por fin, que no somos tan diferentes de nuestro enemigo, después de todo. Y entonces, como nuestro enemigo representa es parte hasta allí inadmisible de nosotros mismos, la parte que hemos venido a curar, debemos aceptar o amar a ese enemigo, que nos ha ayudado a reconciliarnos con nuestro ser o alma.

            George Stevens, el reverenciado director cinematográfico, dijo que, mientras se preparaba para hacer la película El diario de Ana Frank, debió primero reconocer planamente al nazi que llevaba adentro. Así debemos todos, diariamente, reconocer en nosotros al nazi, el asesino, el adúltero, el mentiroso, el falsario y el ladrón. Mientras no lo hagamos nos encontraremos con ellos afuera, una y otra vez.

            Nuestro propio resentimiento, la amargura, el odio que sentimos hacia el que percibimos como enemigo y los males que deseamos a esa persona, todo eso constituye configuraciones del mal más potentes que cuanto ocurre en el plano físico. Para que se nos perdone el daño que hemos causado debemos perdonar todo el daño que nos han hecho. Es decir: debemos devolver bien por mal. En el acto mismo de perdonar se purifica nuestra aura y se eleva nuestra vibración.

            En el Nuevo Testamento se nos dice que debemos perdonar, no una ni varias veces, sino “setenta veces siete”. En otras palabras, debemos perdonar interminablemente y sin reservas. Tal vez aún no comprendamos conscientemente en qué deuda hemos incurrido que haga necesario nuestro perdón, pero la resonancia morfogenética (el karma en acción) garantiza que atraeremos, no sólo nuestras lecciones, sino nuestras deudas y la oportunidad de pagarlas. Y  cuando aparezca, el que podamos saldarlas de modo rápido e indoloro depende mucho de nuestra actitud.

            Hace años sucedió algo que no comprendí en ese momento; ahora comprendo que demuestra la operación de la resonancia morfogenética, los ciclos de curación y de perdón. Me dirigía a un público, predominantemente femenino, sobre el tema de la adicción a las relaciones. Cuando hice una pausa para permitir preguntas, una joven atractiva, alta y rubia, levantó ansiosamente la mano desde la primera fila. Ante mi gesto afirmativo se levantó para dirigir sus preguntas a todos los presentes.

            -Lo que quiero saber- manifestó, con un tono suave y melodioso- es por qué siempre atraigo a los huérfanos.

            Por el público corrió una pequeña agitación divertida. Ella frunció el entrecejo.

            -¡Pero es cierto!  ¿Hay alguien aquí a quien le pase lo mismo? ¿Alguien que atraiga a los huérfanos?  ¡Apenas hace un par de días que estoy en esta ciudad y ya conocí a dos: uno en el aeropuerto y el otro en el vestíbulo de mi hotel. De veras, es como si los atrajera con un imán! ¿Cómo lo hago?

            La pregunta era desconcertante. Yo, por cierto, no conocía la respuesta. Aún no sabía nada sobre la resonancia morfogenética, pero sí que, desde los primeros años de mi adolescencia, atraía siempre a muchachos y después hombres con serios problemas de alcoholismo y drogadicción, y ellos me atraían a su vez. Tras pasar años trabajando como terapeuta, reconocí que muchas otras mujeres atraían invariablemente a cierto tipo de hombres con problemas: violentos, adictos a las drogas, sexualmente compulsivos o maniáticos del trabajo. Hasta conocí a una mujer 1ue, sin darse cuenta, se las compuso para casarse con dos travestis. Por eso tenía conciencia de que muchos seguíamos ciertos patrones de relación, dando y recibiendo señas sutiles que nos hacían elegir y ser elegidos por cierto tipo de personas. ¡Pero huérfanos…!

-          ¿Usted es hija adoptiva? – le pregunté.

-          No, nada de eso, una familia muy común –respondió.

-          Bueno, ¿y qué piensa de los huérfanos?

-          Oh, siempre me dan mucha pena. –El tono melodioso se acentuó. –Siento que debo ayudarlos, ¿no?

Asentí.

-          Aun así –continuó-, ¿cómo saben ellos que yo soy así? –Volvió a mirar al público. - ¿A alguno de ustedes se le presentan constantemente hombres huérfanos?

Todos los presentes sacudieron la cabeza; algunos, divertidos; otros, perplejos. Luego comenzaron a bombardearla con preguntas.

-          ¿Parecen necesitar ayuda? –preguntó alguien, a poca distancia.

Ella caviló.

-          Generalmente, no. Algunos visten mucho mejor que yo –confesó,

sonriente.

-          ¿Se lo dicen de inmediato? –preguntó una voz desde atrás.

-          No. Antes tardaban más, pero he acabado por preguntar desde un comienzo.

El público estaba entusiasmado.

-          ¿Y sus amigas? –preguntó alguien más.

-          Una de mis dos mejores amigas es huérfana –dijo ella, en voz tan baja que debió repetirlo para que la oyeran.

-          ¿Y por qué cree usted que le ocurre esto? –la desafió un hombre, tras ella.

-          Tal vez sea algo en mi aspecto. ¿Ustedes lo notan?

Giró con lentitud, invitando al análisis. La gente la estudió con atención pero nadie logró captar qué señales reveladoras transmitía a esos hombres que, de un modo u otro, habían perdido a sus padres. Ella volvió a mirarme, interrogante.

-          No sé, No veo nada –le dije. Es que yo no soy huérfana.

Hubo otro murmullo divertido. Formulé la pregunta siguiente:

-          ¿Qué suele ocurrir en esas relaciones?

-          Oh, somos amigos por un tiempo y después nos vamos alejando –respondió.

-          ¿Sin rencores? ¿Malas experiencias?

-          ¡Oh, nooo! –Prolongó la palabra para darle énfasis. -¡Nunca! Bueno, a veces les presto dinero, los ayudo a conseguir trabajo, a independizarse o a comenzar los estudios. Lo que sea. Les doy aliento, ¿no? Así que, por algún tiempo, les sirvo de apoyo. –Miró alrededor. –Pero ¿acaso no hacemos todos lo mismo? ¿Tratar de ayudar?

Entre ese público, compuesto en su mayoría por mujeres que se esforzaban demasiado en sus relaciones con hombres, una mujer gorjeó:

- Sí, ¡Por eso estamos aquí!

La rubia agachó la cabeza, algo azorada.

-          Bueno, de cualquier modo no es más que amistad. Y después –movió graciosamente la mano por el aire- se esfuman hasta desaparecer de mi vida.

Me miró, reafirmando su complicada pregunta y, como yo volví a encogerme de hombros por falta de respuesta, se sentó otra vez.

Hoy diría que esta mujer estaba resolviendo alguna deuda kármica con todas esas personas sin padres que aparecían en forma misteriosa en su vida. Lo sugiere así, sobre todo, el hecho de que ella los ayudara de tan buena voluntad, sin esperar recompensa emocional ni financiera. Cualquiera fuese el motivo de estas relaciones, su historia subraya el hecho de que las relaciones humanas significativas se deben a cualquier cosa, menos al azar. Cuando nos encontramos y establecemos lazos mutuos, no es sin una causa asignable. Aun cuando esta causa no sea reconocida y comprendida, allí está, operando como la equilibrante Ley del Karma.

            El único “atajo” que he descubierto a través del karma es el perdón. Mediante el sencillo deseo de perdonar, toda nuestra situación se eleva a un plano superior que ese en el que opera la Ley del Karma. Ingresamos en un nivel donde ya no atraemos más dificultades y traumas similares mediante la resonancia. Entramos en el reino de la Gracia.

Y así, según realizamos las tareas grandes y pequeñas de cada encarnación, llenando meticulosamente cada espacio en el vasto mapa de nuestro viaje evolutivo, es el amor y el perdón los que, en definitiva, impregnan nuestra tela, cada vez más colorida, de una luz blanca y pura.