Esta falta de perspectiva, de distancia con respecto a
los hechos de nuestra vida, nos obliga a conjeturar sobre la marcha,
el valor y el significado que puedan tener. Por lo general basamos
nuestra evaluación de lo que ocurre en lo que sentimos mientras
sucede, según estemos cómodos o a disgusto, contentos o
insatisfechos, felices o deprimidos. Cuando la vida que llevamos se
despliega tal como esperábamos, suponemos que estamos haciendo bien
las cosas. Si se presentan acontecimientos perturbadores o
sensaciones que no esperábamos, pensamos: “No, esto no marcha bien.
Se supone que no debo vivir así. Tiene que haber un error”. A veces,
cuando reflexionamos sobre problemas pasados, logramos entender de
qué modo nos ayudaron a desarrollar nuestro actual plano de
entendimiento y autoconciencia. Puede que su significado aún
permanezca oculto a nuestra vista, en un conjunto más grande que
hasta puede abarcar otras existencias
UN CASO DE ADICCIÓN
SEXUAL
Jerry, que tenía treinta y dos años y ya se había
divorciado dos veces, estaba en el apartamento donde vivía solo,
batallando con una gripe virulenta. Mientras tanto, la compañía para
la cual trabajaba estaba en proceso de absorción por parte de una
gran empresa. Cuando la fiebre no lo abrumaba, Jerry se preguntaba
si no lo dejarían a un lado durante la reorganización que se
producía en su ausencia. Día y noche mantenía el televisor
encendido, para que lo distrajera de sus preocupaciones por el
trabajo y las mujeres.
Su nuevo romance había terminado en un desastre: la
última de una larga serie de amantes, ninguna de las cuales llegaba
a los veinte años, se negaba a verlo porque él había fallado varias
veces al hacer el amor. Aunque no era, por cierto, la primera vez
que le sucedía algo así, nunca le había ocurrido tan al comienzo de
una relación. Jerry empezaba a asustarse. Hasta entonces siempre
había podido culpar del fracaso a su compañera. Lo achacaba a algo
que ella hubiera dicho o hecho, a que la chica no lo atraía, a fin
de cuentas. Pero esas racionalizaciones ya no daban resultado.
Descubrió que sólo podía hacer el amor a fuerza de fantasías. No
toleraba que su compañera hablase ni que lo distrajera de ningún
modo durante el acto sexual. Las muchachas que imaginaba en sus
fantasías no tenían rostro y eran cada vez más jóvenes.
A promediar la tarde, un locutor de la televisión
anunció un programa sobare hombres víctimas de incesto. Fastidiado,
Jerry buscó el control remoto para cambiar de canal, olvidando que
lo había olvidado en la cocina por descuido. Se estremeció por un
ataque de escalofríos, abandonó la búsqueda y se enterró entre las
mantas, mientras un psicoterapeuta, en el televisor, describía la
frecuencia con que los niños varones sufren abusos sexuales por
parte de sus propios familiares. El terapeuta relacionaba estas
experiencias con posteriores problemas para establecer relaciones
íntimas y sexuales. Jerry, demasiado débil para levantarse, se
irritaba cada vez más con el programa.
Mientras tanto, en la pantalla apareció la silueta de un
hombre que describió su propia violación, a la edad de diez años,
por parte de un hermano mayor alcoholizado; luego comentó que, a lo
largo de toda su vida, había sido incapaz de asociar el acto sexual
con sentimientos de amor. Habló de su adicción a la pornografía y
sus varios fracasos matrimoniales. Por fin Jerry se arrastró por la
habitación, pasando junto a la cómoda llena de revistas con desnudos
y videos sobre sexo, para apagar manualmente el televisor. Volvió a
la cama; el cuarto estaba silencioso por primera vez en todos los
días que llevaba enfermo. Cuando por fin se quedó dormido, soñó con
un niño vejado tal y como el hombre lo había descrito; pero el niño
era Jerry en su infancia y el violador, el hombre presentado a
contraluz.
Al terminar la semana Jerry volvió al trabajo; aunque
todavía no estaba plenamente recuperado, temía perder el empleo si
prolongaba su ausencia. Aún tenía el estómago tan revuelto que no se
atrevió a entrar en un bar a la salida del trabajo, como solía
hacerlo. Los efectos entumecedores del alcohol le hacían más falta
que nunca, porque el sueño del niño y el hombre a contraluz lo
acosaba, surgiendo en su conciencia varias veces al día. En cada
oportunidad volvía a provocarle escalofríos y náuseas.
El sábado, en el lavadero de autos, conoció a una
muchacha y la convenció de que lo siguiera con su coche hasta el
apartamento. Cuando trató de hacerle el amor, la visión apareció
súbitamente de nuevo y lo echó todo a perder. La jovencita se vistió
en silencio, pero al salir del apartamento comentó, no sin
amabilidad, que quizá le conviniera buscar ayuda profesional. Lo que
hizo Jerry, que aún no podía beber, fue calmar su malestar con una
visita a una librería pornográfica, en las afueras de la ciudad.
Esa noche Jerry volvió a tener el mismo sueño; de
pronto, sin que la cara del niño dejara de ser la suya a esa edad,
el rostro del violador se convirtió también en el suyo, en versión
adulta. Despertó y se sirvió una copa, a pesar de las náuseas.
Mientras tanto, la visión persistía, acompañada por fuertes
sensaciones sexuales. Se descubrió fantaseando que copulaba con una
criatura, una criatura silenciosa y dócil, que no podía saber si él
era impotente o no. Por fin, cuando todas las sensaciones sexuales
se agotaron, Jerry se encontró en el baño, vomitando una y otra vez.
Después de eso no se atrevió a dormir, temeroso del
rumbo que podían tomar sus sueños. Lo aterrorizaba no poder calmarse
con sexo ni alcohol. Cuando por fin amaneció, largas y penosas horas
después, Jerry estaba dispuesto a buscar ayuda. Después del último
divorcio, un compañero de trabajo comprensivo le había recomendado
un terapeuta; Jerry lo llamó por teléfono, casi deseando que, por
ser domingo, no hubiera nadie para atenderlo. Cuando el servicio de
contestador le dio una cita para la tarde siguiente, se consoló al
pensar que, si la terapia no le servía, siempre podía matarse. La
idea no era nueva, por cierto.
Durante la primera entrevista el terapeuta averiguó,
mediante un cuidadoso interrogatorio, que Jerry tenía dificultades
con el alcohol y le impuso la abstinencia como condición para la
terapia. Jerry accedió, sorprendido por su propia reacción de
alivio.
En la segunda sesión, como ya confiaba en el terapeuta,
pudo describirle la visión que lo acosaba. En poco tiempo admitió su
obsesión con las fantasías sexuales y su necesidad de compañeras
cada vez más jóvenes y más anónimas. Por sugerencia del terapeuta,
inició un programa grupal de doce pasos para adictos al sexo. Allí
encontró la ayuda necesaria para no ceder a su adicción sexual.
En la terapia, mientras tanto, iba reconstruyendo su
propia historia de abuso sexual, suprimida y negada. Había ocurrido
a lo largo de un período de muchos meses, a manos de un tío paterno
que, tras volver de Vietnam, vivía en la casa familiar. Ese tío, que
jamás se recobró emocionalmente después de participar en la guerra,
se mudó más adelante a una casa de pensión, donde pocos meses
después se mató de un disparo. Una parte significativa del trauma de
Jerry se vinculaba con la muerte violenta de su tío, muerte que, en
su infancia, estaba seguro de haber provocado por desearla con tanto
ardor.
Recordar y revivir las experiencias de ese dificilísimo
período requirió todo el coraje y la perseverancia de Jerry. Por fin
sacaba del exilio las partes eslabonadas de sus cuerpos físico,
emocional y mental, destrozadas tantos años antes por los ataques
del tío, enérgicamente congeladas y anestesiadas desde entonces.
Jerry necesitaba “remembrar” y “reincorporar” estas partes
congeladas y rechazadas de sí mismo y de su experiencia.
Es interesante apuntar que las raíces de “remembrar” y
“reincorporar” se refieren a los miembros y al cuerpo mismo.
“Re-membrar” es poner nuevamente una parte del cuerpo perdida o
separada; “re-incorporar”, reponer en el cuerpo una parte que ha
sido dejada afuera o rechazada. El uso común de estas palabras
indica que el proceso de olvidar o negar nos afecta de una manera
física. Se pierde o distorsiona algo vital para el funcionamiento
del cuerpo físico. Yo sugeriría que este efecto se precipita por el
daño producido en los cuerpos mental y emocional, más sutiles, donde
se presentan los bloqueos y las disonancias de energía. Es preciso
atender las lesiones de estos cuerpos sutiles a fin de restaurar el
funcionamiento físico saludable. Cuando Jerry pudo permitir que
estas partes negadas de sí mismo –sus experiencias, las emociones y
pensamientos relacionados- volvieran a la conciencia, estas
empezaron a perder su capacidad de inutilizar y corromper.
LAS RAÍCES DE LA
VICTIMACIÓN EN EL PASADO
Pensemos por un momento en Jerry, el adulto que, antes
de someterse a terapia, dependía cada vez más de experiencias
sexuales impersonales, necesitaba el estímulo de la fantasía o
revistas y videos explícitos, requería de compañeras cada vez más
jóvenes para encuentros cada vez más anónimos y estaba cayendo en un
patrón de compulsiones y perversiones.
Pensemos ahora en el pequeño Jerry, sexualmente sometido
a los cuatro años por un tío profundamente perturbado.
Puede parecer que estamos hablando de dos personas por
completo distintas: un niño inocente que despierta nuestra simpatía
y un adulto responsable por el cual sentimos aversión. Y Jerry, en
vías de recuperación, es una tercera persona que lucha valerosamente
para aceptar su explotación sexual cuando niño y admitir su conducta
sexual explotadora cuando adulto.
Ya podemos ver que han existido varios Jerry en una
misma vida, cada uno de los cuales contribuyó al desarrollo del
siguiente. Reconocido esto, ¿podemos imaginar la existencia de Jerry
en otros períodos históricos y oros cuerpos físicos? Pongamos el ser
esencial que conforma el Jerry actual en un continuo que abarque
numerosas vidas, como hombre y como mujer, y que incluya, entre
muchos otros, los papeles de víctima y victimario, así como el de
quien aprende mediante la incorporación de ambas experiencias: la de
víctima y la de victimario, así como el de quien aprende mediante la
incorporación de ambas experiencias: la de víctima y la de
victimario. Al hacer esto, las emociones que nos inspiran los
diversos Jerry se van neutralizando en forma gradual. La reacción
crítica contra el adulto y la actitud compasiva hacia el niño ceden
paso a una apreciación del cuadro más amplio. Desde esta perspectiva
aparada es posible comenzar a entender por qué Jerry, niño inocente,
tuvo que sufrir ese trauma sexual.
LA EVOLUCIÓN DE LA
CONCIENCIA HUMANA
Encarnamos en el plano terrestre a fin de expandir
nuestra conciencia. Esto se produce mediante muchas experiencias a
lo largo de muchas vidas. Lo cierto es que todos sufrimos maltrato,
sexual y de cualquier otra clase, en algún punto de nuestro propio
desarrollo evolutivo… y cada uno, a su vez, inflige esos mismos
maltratos. En último término, para cada uno es necesario, en el
desarrollo de su propia conciencia, experimentarlo todo. Nuestra
larga serie de encarnaciones físicas no se inicia con una conciencia
desarrollada, dedicada a los principios humanos más elevados.
Debemos forjarnos el camino a lo largo de muchas encarnaciones,
antes de que el cuerpo y la personalidad se conviertan, por fin, en
las herramientas disciplinadas y bien dispuestas de la mente
superior o alma, antes de que podamos emplearlos a conciencia para
ayudar al prójimo.
El viaje es largo. Al principio, los instintos animales,
los impulsos y apetitos gobiernan nuestra existencia. Aunque en esta
primera etapa podemos infligir un gran daño, aún no somos realmente
capaces de malignidad, no más que el león cuando acecha a su presa.
Como el león, nos limitamos a seguir nuestra naturaleza animal. Pero
al reunir una experiencia mayor aprendemos, crecemos, se desarrolla
nuestra conciencia y lo mismo ocurre con nuestra posibilidad de
elegir.
En un sentido espiritual, la principal diferencia entre
el reino animal y el nuestro es nuestra capacidad, mucho mayor y en
constante desarrollo, de elegir en forma consciente. Sin embargo,
esta capacidad no evoluciona ni se desarrolla por igual entre todos
los miembros de la especie humana al mismo tiempo. Iniciamos nuestro
ciclo evolutivo en diferentes tiempos y progresamos a diferente
velocidad. Pero mientras cada uno de nosotros no esté lo
suficientemente avanzado, los instintos y los impulsos de nuestro
cuerpo, actuando como los de cualquier animal, efectuarán muchas de
estas elecciones en nuestro nombre.
Cierta vez tuve un paciente cuya conducta impulsiva y
agresiva le había causado problemas con la policía. Ahora le
esperaba la cárcel: mientras bebía en un bar empujó a un hombre que,
al caer, se golpeó la cabeza y murió. Mi joven paciente tenía mucha
más fuerza bruta que la que podían manejar sin peligro sus emociones
primitivas y su poco desarrollado intelecto. Libre de malicia, pero
completamente sometido al vaivén de los apetitos físicos y los
impulsos emocionales, era obviamente lo que se denomina “alma
joven”, y luchaba por aprender los principios más básicos del
autodominio. Aun cuando sus actos provocaran la muerte de una
persona, como el Jenny de Steinbeck en Of Mice and Men, no
irradiaba maldad, sino una especie de desventurada inocencia
infantil.
Todos nos iniciamos como “almas jóvenes”; al frente se
extiende el largo viaje hacia una plena conciencia humana.
Esotéricamente se nos conoce, en esta temprana etapa, como
“humanidad infantil”. Al igual que los niños, estamos en las
primeras etapas del desarrollo físico, emocional y mental. También
como ellos, nuestras primeras exploraciones del mundo físico se ven
limitadas, en gran medida, por el grado de dolor que podamos tolerar
en nuestro propio cuerpo. Nuestra capacidad de empatía se va
desarrollando, a lo largo de milenios de sufrir e infligir
sufrimiento, por turnos. Hasta que se desarrolla esa capacidad, lo
único que nos impide hacer daño a otros es la posibilidad del
castigo. Como los niños que van madurando, debemos evolucionar en
conciencia hasta que las restricciones de nuestra conducta sean más
internas que externas.
Los niños suelen ser crueles entre sí y para con
animales e insectos, a menos que sean sometidos a restricciones o
reciban una cuidadosa enseñanza; pero el motivo real es que están
progresando por una temprana etapa de desarrollo en su propia
evolución de conciencia. Lo que parece expresión de crueldad a la
conciencia madura de un adulto es, en muchos niños, simple
curiosidad no entibiada por la compasión. Es interesante apuntar que
John Muir y Joseph Word Krutch, dos grandes naturalistas, citan en
sus autobiografías que en su niñez solían tratar con crueldad a los
animales.
Hacia los veintiún años, en general, somos lo bastante
maduros como para expresar el nivel de conciencia que nos han
impartido las experiencias de vidas previas, cualquiera sea. Este
nivel de conciencia varía mucho entre un individuo y oro, según lo
que haya sido alcanzado durante las encarnaciones previas. Por
ejemplo: la consideración de un individuo por la soberanía física,
emocional y mental de otro ser humano no se puede inculcar,
simplemente, mediante una educación que ponga énfasis en los
conceptos humanitarios. La misma palabra “educación”deriva de
educere, traer a la superficie algo que ya está allí. A menos
que la persona haya alcanzado ya esa capacidad de respeto, a través
de las experiencias de otras vidas, la educación no puede
despertarla.
CÓMO DISEÑAMOS UNA
ENCARNACIÓN
Toda encarnación tiene raíces en lo que ha sucedido en
el pasado, pero sobre todo en el episodio inmediatamente anterior en
la vida terrestre. A través de nuestras incontables encarnaciones
tempranas, el principal propósito de nuestra existencia aquí es
acumular experiencia del plano físico. Más adelante asumimos
encarnaciones a fin de comprender y, en caso necesario, curar lo que
se ha experimentado,
Cada vez que, al morir, abandonamos el cuerpo físico, se
produce una revisión de la vida recién terminada. Aquellos que han
sufrido experiencias de muerte momentánea describen esta revisión de
la vida como un repaso objetivo, libre de los dictados de la
personalidad. De esta manera, podemos identificar con la ayuda de
nuestros Guías, que generalmente son nuestras propias encarnaciones
terminadas actuando bajo la dirección de nuestra alma, aquello q lo
que más deberemos dedicarnos a continuación. Se nos ayuda a aislar
los tres factores condicionantes principales que definirán la
esencia de nuestra encarnación siguiente. Establecemos las
circunstancias necesarias para la próxima misión y concebimos el
diseño del vehículo físico, astral y mental con el cual la
ejecutaremos. Esto es como decidir, al terminar un año lectivo, qué
cursos elegiremos cuando volvamos a los estudios y a asegurarnos de
disponer el equipo necesario.
El primero de estos factores condicionantes es la
naturaleza del ambiente físico en el cual encarnaremos a
continuación. Todos reconoce os que la cultura general, el medio
social y la posición, las aficiones y las actividades de la familia
en la que nacemos ejercen una poderosa influencia sobre nuestro
desarrollo. También, si entendemos que este campo de experiencia se
eligen antes de la encarnación, porque proporciona el fundamente
requerido para las tareas que nos hemos fijado, comprenderemos que
no hemos sido víctimas ni favoritos del Destino. Por lo contrario,
estamos en el medio requerido para dirigirnos hacia las metas de
esta encarnación.
El segundo factor determinante es el grado de
refinamiento y los puntos fuertes y débiles del cuerpo físico.
Esotéricamente se enseña que el factor más kármico de toda
encarnación es el cuerpo físico y la parte más kármica del cuerpo
físico, su sistema nervioso. Elegimos el cuerpo que se adecue mejor
al trabajo de cada vida. El sistema nervioso de cada uno, que nos
hace interpretar el mundo de un modo propio y característico,
estructura profundamente cada una de nuestras experiencias y, por lo
tanto, nuestra visión general de la vida. Las habilidades naturales
determinan nuestra línea de menor resistencia, llevándonos a
acentuar las actividades y aficiones que nos resultan fáciles,
mientras que nuestros puntos débiles impiden otras empresas.
El tercer factor es la composición del cuerpo astral o
emocional, que determina qué y quién va a atraernos y, al mismo
tiempo, a qué y a quién atraeremos. Este cuerpo emocional se vincula
con nuestras percepciones del mundo que nos rodea mediante el
sistema nervioso. Los sentidos físicos del tacto, el gusto, el
olfato, el oído y la vista interpretan el medio de un modo
condicionado y teñido por el cuerpo emocional.
De la misma manera que el cuerpo emocional afecta, por
vía del sistema nervioso, el modo en que experimentamos cada
dimensión del medio, a su vez el medio se ve afectado por cada
dimensión de nuestro ser en su totalidad. Aunque no tengamos
conciencia del hecho, los seres humanos nos percibimos mutuamente
como paquetes completos de energía. Cada plano de nuestra aura, cada
uno de nuestros cuerpos sutiles, responde a la correspondiente
dimensión energética de otra persona. Y estas respuestas son
emocionales. Mediante las atracciones gobernadas por el cuerpo
emocional buscamos y somos buscados por aquellos con quienes tenemos
asuntos pendientes de determinada existencia o, tal vez, de vida en
vida: son quienes forman nuestro grupo kármico. Este grupo puede
incluir o no a nuestra familia de origen, pero siempre incluye a las
personas con quienes tenemos vínculos importantes, capaces de
cambiarnos la vida.
EL EJERCICIO DEL
LIBRE ALBEDRÍO
Así llegamos a la existencia en el plano físico con algo
similar a una agenda, para la cual nos hemos preparado mediante
experiencias anteriores en existencias previas. Esta agenda está
expresada en nuestro medio y nuestro equipamiento físico, emocional
y mental. En realidad, es durante el período entre dos encarnaciones
cuando más ejercemos nuestro libre albedrío, pues entonces es cuando
determinamos, con ayuda de nuestros Guías, las condiciones y las
zonas de acentuación para nuestra próxima estancia en la Tierra. A
lo largo de una existencia dada, cada una de nuestras elecciones
disponibles existe dentro de estos parámetros previamente
determinados, que resultan, a su vez, de la historia de nuestras
encarnaciones pasadas. Debemos trabajar siempre con lo que hemos
sido, según evolucionamos hacia lo que ansiamos ser.
RESONANCIA
MORFOGENÉTICA Y CICLOS CURATIVOS
Cuando llega el momento de regresar al plano terrestre,
el alma compone los cuerpos mental y emocional para la próxima
encarnación, a partir de una materia que exprese las gradaciones
vibratorias presentes en esos cuerpos al final de la última
encarnación. Como es muy raro que no aprendamos algo de cada
estancia aquí y como siempre llevamos con nosotros todo lo logrado,
es seguro que evolucionaremos en vez de involucionar. Lo que ha
mejorado tiene sus componentes energéticos en esos cuerpos emocional
y mental, así como todo lo que permanecía bloqueado o distorsionado
en el momento de la muerte. Una vez más, la situación se parece a
una escuela. Todo lo que ya hemos aprendido forma automáticamente
parte de nosotros y debemos concentrarnos en lo que debemos aprender
a continuación. Literalmente, corporizamos nuestras lecciones
siguientes, pues todo lo que debe curar en lo pasado tiene su
equivalente energético en uno u otro de nuestros cuerpos presentes.
Más aun: todo lo que siga distorsionado en nosotros atraerá más
de lo mismo. Esto ocurre porque los campos de energía similares
se atraen entre sí, mediante un principio que Rupert Sheldrake llamó
“resonancia morfogenética”.
Para expresar esto de otro modo: atraemos a nuestro
karma y nuestro karma nos atrae. Automáticamente las personas, los
hechos y las circunstancias que se adecuen o reflejen nuestras
distorsiones, se ven atraídas hacia nuestro campo energético y, de
ese modo, dan forma a nuestra experiencia de vida. Mediante esas
transacciones, llamadas “ciclos de curación”, se nos brinda la
oportunidad de mejorar o, si resistimos, de empeorar.
CÓMO FUNCIONAN LOS
CICLOS DE CURACIÓN
Ya mejoremos, ya empeoremos, cada una de esas
transacciones constituye un ciclo de curación, pues nos impulsa a
través de nuestra distorsión. Y el entrar más profundamente en la
distorsión aumenta la posibilidad de que terminemos por rendirnos y
emerger.
En el caso de Jerry, cada nuevo intento de entablar una
relación física daba origen a otro ciclo de curación, porque cada
fracaso hacía más probable que, tarde o temprano, tuviera que
rendirse e iniciar el proceso de curación En realidad, Jerry no
podía escoger entre curarse o no; sólo podía escoger cuándo hacerlo.
Esto vale para todos nosotros. Durante una encarnación,
la vida es como un tren sobre sus vías. Podemos decidir cuándo
detenernos, dónde y por cuánto tiempo. Hasta podemos optar por
retroceder. Pero el rumbo que tomará nuestro viaje está fijado. La
única cuestión verdadera es con qué celeridad llegaremos a destino.
Resistirnos a la curación es una de las pocas opciones
importantes de libre albedrío que tenemos en una encarnación.
Mientras resistamos, la distorsión o el bloqueo seguirán creciendo,
pues acumula más y más energía ligada con más y más experiencia. Con
el correr del tiempo (esto requiere a veces vidas enteras, pero el
alma cuenta con toda la eternidad) el mismo peso o masa de la
distorsión llega a aplicar presión suficiente para obligar a un
cambio. Por fin quedamos exhaustos y nos derrota nuestra obsesión
por el dinero, los bienes materiales, el poder, la fama, el orgullo,
la vanidad, la pacatería, la victimación o lo que sea. Como Jerry,
al derrumbarnos bajo el peso de la obsesión o el engaño nos vemos
paradójicamente devueltos a la integridad, una vez que nos
reconocemos derrotados.
FALSOS DIOSES Y
CICLOS DE CURACIÓN
La exhortación bíblica “No adorarás a otros dioses más
que a mí”, se refiere a nuestra relación con nuestra propia alma.
Todo lo que se interpone en la marcha de esa relación, todo lo que
adoremos en su lugar, es un falso dios, una imagen que generalmente
arrastramos de vida en vida y que nos ha apartado de nuestra
naturaleza más elevada; por lo tanto, tarde o temprano debe ser
destruida.
Paul
tenía un viñedo, una magnífica parcela de tierra soleada y
protegida, que estaba frente a una apacible ensenada y se elevaba
sobre las suaves colinas erguidas frente al mar. Había allí una
elegante casa de campo, en la que él había pasado los días más
felices de su niñez. Solo allí con su madre y el personal doméstico.
Paul se alegraba de que su padre permaneciera en la ciudad y sólo
fuera a la casa algunos fines de semana, durante esos largos y
dulces veranos.
No
había playa como esa bienamada playa, no había tierra como la que
alimentaba sus vides ni panorama como el que se veía desde las
colinas; no había en el mundo entero una casa tan agradable,
luminosa y aireada, tan llena de dulces recuerdos como aquella, que
mucho tiempo antes había convertido en su domicilio permanente.
Y
ahora iba a perderlo todo. Por naturaleza, se parecía mucho más a su
made, soñadora y tierna, que al exigente y despótico padre; tampoco
tenía cabeza para los negocios. Era más impulsivo que astuto; tras
la muerte de su padre, la considerable fortuna que había heredado
disminuyó hasta desaparecer. Hipotecó el viñedo para compensar las
pérdidas, pero luego descubrió que debía hipotecarlo aun más,
arriesgando lo único que no soportaba perder. Desde hacía un año la
hipoteca estaba vencida; sólo gracias al dinero prestado vivía aún
en el sitio que más amaba en el mundo.
De
sus tres matrimonios sólo tenía un hijo: Phillip, quien toda su vida
había oído decir que algún día el viñedo sería suyo. Paul no parecía
darse cuenta de que Phillip no compartía su interés por la casa ni
por la tierra; las grandes ciudades, atestadas de gente que hablaba
y se movía de prisa, lo atraían mucho más que ese desierto sector de
playa o los surcos de disciplinadas vides, cargadas de uvas magenta.
Era un hábil comerciante, como su abuelo, y había amasado una
considerable fortuna propia. Paul quedó atónito al enterarse de que
su hijo no estaba dispuesto a rescatar la propiedad.
Aunque no podía aceptar este hecho no era el amor por su hijo lo que
provocaba sus ansias de legarle el viñedo. Por el contrario, su amor
por el viñedo redoblaba la importancia de contar con un heredero en
Phillip. Y ahora Paul soportaba, desde hacía años, la amenaza de
perder su bienamada tierra, debido a la indiferencia de su hijo por
la propiedad y, al parecer, también por su padre. Por falta de
dinero para el mantenimiento, la casa iba perdiendo su encanto y el
viñedo se había convertido en una triste maraña de hierbas. Una
semana antes de desocupar el lugar para cederlo a sus nuevos
propietarios, Paul sufrió un ataque cardíaco casi fatal.
Cuando Phillip fue al hospital para verlo, Paul expresó poco interés
por vivir, puesto que había perdido cuanto le importaba. Culpó
amargamente de esa pérdida al egoísta de su hijo, a lo cual Phillip
respondió fríamente: “Amabas demasiado esas tierras, papá; más que a
nada o a nadie”.
Paul
sobrevivió a una indispensable operación quirúrgica, se recuperó
lentamente y, con el correr del tiempo, se casó por cuarta vez.
Rally era una mujer enérgica y alegre; a diferencia de las esposas
anteriores, no tenía que competir con el viñedo por el amor y la
atención de su marido. Se adecuó sin dificultad al carácter poco
práctico de Paul; lo ayudó a ordenar los bienes restantes, lo instó
a ser más emprendedor en sus asuntos financieros y le aconsejó
suavemente que se reconciliara con Phillip.
Paul
tardó muchos años en superar la amargura contra su hijo. Por fin, ya
cerca de los ochenta años, se reunió con él para reconocer la verdad
de aquella acusación.
-Tenías razón –admitió-. Yo amaba demasiado aquella tierra. Sabe
dios que era hermosa, pero yo siempre la antepuse a todo. Habría
sacrificado cualquier cosa, a cualquiera, con tal de retenerla. En
realidad, creo que eso fue exactamente lo que hice… y lo siento.
No es
sorprendente que los dos hijos de Phillip, ya adultos, desconcierten
al padre con una total indiferencia por el mundo de los negocios y
las finanzas. Ambos están dedicados a una empresa de cultivos
orgánicos que, con sus escasos ingresos, apenas les permiten
subsistir. Phillip les da verdaderas conferencias sobre las
utilidades que obtendrían con tantas horas de trabajo en otros tipos
de actividades, pero ellos no le prestan atención. Por algún motivo,
sus visitas a la granja resultan más fáciles cuando va acompañado
por Paul y Sally…
En la ascendencia masculina de Paul, el apego al dinero
alternaba con el apego a los bienes en la preeminencia por sobre las
relaciones humanas. Es interesante notar los cambios incrementales
de esta actitud, en el sucederse de las generaciones, así como la
manera en que cada generación se contraponía a la precedente y a la
que le seguiría. Obviamente, la historia de Paul es un ejemplo del
fuerte factor que representa nuestro campo de experiencia en cuanto
a proporcionarnos la oportunidad de enfrentarnos a nuestras
lecciones.
Muchas veces esas lecciones provienen del trabajo que
efectúa nuestro cuerpo emocional para atraer hacia nosotros, de
entre un vasto mar de desconocidos, a las personas y las situaciones
más adecuadas para ayudarnos a avanzar a través de nuestras
distorsiones.
CÓMO ATRAEMOS LAS
LECCIONES DEL AMBIENTE
La historia de Ardath ilustra el principio de atracción
entre las distorsiones similares y muestra el funcionamiento de los
ciclos de curación. Al igual que Jerry, era una víctima de incesto,
pues había sufrido los abusos de su padrastro a lo largo de diez
años. Pero ella no pudo reprimir el recuero de esos abusos; a
diferencia de Jerry, vivió diariamente con él hasta los treinta y
cinco años, momento en el que decidió someterse a terapia. Eligió a
un sacerdote que se especializaba en tratar a adultos con “problemas
de confianza”.
Este sacerdote-terapeuta solía requerir a sus pacientes
que, mientras relataban incidentes traumáticos de la infancia,
permanecieran tendidos en el suelo con los ojos vendados y se
dejaran tocar y abrazar por él. Aunque esto era, supuestamente, un
ejercicio para fortalecer la confianza, en el caso de Ardath no hizo
más que fortalecer su sensación de intranquilidad. El sacerdote le
aseguraba constantemente que, aunque tomaría tiempo, si perseveraba
habría un avance. El avance se produjo un día en que Ardath, en
ascuas por su desasosiego, se quitó súbitamente la venda y vio al
ministro de pie ante ella, masturbándose. Su espanto y su
repugnancia fueron intensos. Entre las excusas y explicaciones que
el sacerdote balbuceaba, ella huyó del consultorio en medio de una
tormenta emocional. En el curso de pocos días la abrumó una profunda
depresión, acompañada por un irracional sentimiento de culpa por
haber aceptado participar en el ejercicio de ojos vendados, con lo
cual había provocado, quizá, la conducta del hombre.
Aun más desconfiada que antes, pero casi incapacitada
por la depresión, acabó por buscar nuevamente ayuda; en esa ocasión
recurrió a una terapeuta. Esta profesional, que reconoció la ira
oculta bajo la depresión de Ardath, la instó a presentar una demanda
legal. Con el apoyo de la nueva terapeuta, Ardath pasó dos años
aplicando una presión incesante al fiscal de distrito que estaba a
cargo del caso. Aunque varias mujeres más se habían presentado con
relatos similares, ella era la única testigo dispuesta a prestar
declaración, y el fiscal se mostraba renuente a iniciar la querella.
Pero Ardath no cedió ni permitió que la cuestión se acallara.
Por fin el caso llegó a los tribunales y el sacerdote se
declaró inmediatamente culpable. Así acabó todo. Ella había ganado
la batalla librada a favor de la niñita que fuera, a quien nadie
quiso escuchar, a la que nadie creía y que no tuvo defensor en todos
esos años de maltrato. Ya adulta se convirtió en su propia defensora
y, por lo tanto, efectuó su curación.
Una nota final para esta historia: algunos meses antes
del horrible descubrimiento de Ardath, ya oí la voz de ese hombre en
un contestador telefónico, al responder a una llamada suya por
cuestiones comerciales. Aún no he podido olvidar su voz, siniestra y
seductora al mismo tiempo. No obstante Ardath y otras mujeres
confiaron en él al punto de hacer lo que indicaba, incluso tenderse
en el suelo a sus pies, con los ojos vendados. ¿Por qué? ¿Cómo no
percibieron que era tan obviamente indigno de confianza? Porque
estaban iniciando otro ciclo de curación. Es preciso recordar
que empeoramos antes de mejorar, que nos hundimos más y más en el
problema a fin de rendirnos por fin a la curación, cualquiera sea.
La rendición hizo que Jerry aceptara revelar su secreto
y consultara con un terapeuta; esto, a su vez, lo llevó a reconocer
su historia de abusos y a iniciar una recuperación de doce pasos.
Paul tuvo que perder lo que más amaba (su finca) para poder
reconocer lo que su obsesión le había costado en términos de
relaciones humanas. Y cuando Ardath renunció finalmente a desempeñar
su pasivo papel de víctima, el ciclo de curación la llevó al
indispensable paso siguiente: defender su propia causa y convertirse
en abogada de la niña que fuera. En cada caso, podemos suponer sin
miedo a equivocarnos que los temas tocados por esos ciclos de
curación se prolongaban muy hacia atrás, envidas pasadas.
Los ciclos de curación reintroducen temas no resueltos
en vidas anteriores, una y otra vez, hasta que se produce el
descubrimiento. Cuando la conciencia es completa ya no resulta
necesario continuar con los ciclos de curación en una dirección
dada. (Nuestros Guías son, con frecuencia, las personas que fuimos
en una vida en la cual se logró un ciclo de curación de especial
importancia.)
Otra experiencia inolvidable que tuve algunos años atrás
me aclaró para siempre, en parte, el misterio de cómo preparamos o
iniciamos estos necesarios ciclos de curación.
Cierto día me reuní con dos mujeres, con las que debía
arreglar algunos negocios, para almorzar en un elegante hotel de la
costa marítima. Entramos juntas en el comedor y nos dirigimos a
nuestra mesa, desde la cual se veía el puerto.
Mientras leíamos el menú una de ellas, Darla, se inclinó
hacia nosotras para susurrar:
-
¡Muchachas! Si
queréis saber cuál es el tipo de hombre que me atrae de verdad, es
ese.
E
inclinó la cabeza hacia el camarero que acababa de servirnos el
agua. Hasta entonces yo no había reparado en él, pero en ese momento
sufrí una desagradable sorpresa. La inmediata impresión que me causó
su porte de buldog, los ojos juntos, el mentón saliente y la curva
de los labios era la de un hombre con tendencias violentas, que muy
posiblemente gustaba de humillar a las mujeres. Sólo puede comentar:
- ¿De
veras? ¿Ese? A mí me parece peligroso.
Darla
se limitó a sonreír.
-
Bueno – dijo Lonnie,
en tono confidencia -, ya que tocamos el tema, os voy a decir por
qué me he sentado aquí, de espaldas al panorama. ¿Veis a ese hombre,
el de allí? –Lo señaló con una mirada rápida por sobre el hombro,
que se cruzó por un instante con la de él. –No ha dejado de mirarme
desde que entramos.
Y era
cierto. Ese hombre maduro y grueso, de traje muy fijo, reclinado en
la silla, miraba a Lonnie como quien observa a una potranca
purasangre en subasta antes de hacer una oferta. Al igual que el
camarero de Darla, me resultó por completo invisible hasta que ella
lo señaló. Había un decidido contacto energético que zumbaba entre
ese hombre, obviamente poderoso y acaudalado, y Lonnie, tanto más
joven, que ahora le sostenía abiertamente la mirada. Mientras tanto
el camarero volvió a llenarnos los vasos de agua; era palpable la
textura del intercambio entre él y Darla, callado, pero lleno de
cara sexual.
Durante el almuerzo descubrí unas cuantas
cosas sobre esas mujeres. Ambas se habían criado junto a padres
alcohólicos que abusaron sexualmente de ellas. El de Lonnie heredó
una considerable fortuna, que con el correr del tiempo fue
reduciendo a la nada por su afición a la bebida y al juego. El padre
de Darla, que ejercía violencia física y abusaba sexualmente, era un
carcelero abandonado por su esposa cuando Darla era aún bebé. Volvió
a casarse dos veces, ambas con mujeres muy seductoras en su conducta
y en su modo de vestir, como Darla. Ella, morena y voluptuosa, tenía
una larga historia de amoríos breves, generalmente con hombres mucho
más jóvenes que ella y que solían ser violentos, adictos al sexo o
ambas cosas a la vez. Nunca se casó, Lonnie se había casado dos
veces, ambas con hombres bastante pasivos, adictos a la pornografía
y con dinero heredado.
Durante el almuerzo con estas dos mujeres,
mi experiencia fue una de las más iluminadoras en una vida dedicada
a entender los principios de la atracción. Estaba presenciando cómo
actúa la resonancia morfogenética (el principio según el cual las
energías o vibraciones similares se atraen). Cada una de esas
mujeres resonaba con cierta vibración: una, con codicia; la otra,
con violencia; ambas con adicción sexual. Ellas me demostraron de
qué modo cada uno de nosotros abraza inconscientemente su karma y
elige las experiencias de su vida, mediante lo que invoca en su
medio y lo que, a su vez, es evocado en sí mismo. De algún modo
Lonnie comunicaba al magnate del comedor que, en verdad, estaba en
venta al mejor postor, aunque él fuera algo demasiado agresivo para
sus preferencias. Y Darla anunciaba al camarero que era tan
sexualmente agresiva como él.
Resultaba fácil comprender que Lonnie y
Darla repetirían sus patrones con los hombres, hundiéndose en
problemas cada vez perores hasta que los temas subyacentes surgieran
con fuerza a la conciencia. Pero al hundirse cada vez más, ellas
mismas tendrían mucho de que acusarse. En otras palabras, en el
proceso generarían mucho karma. Ese karma, activado por la
resonancia morfogenética, continuaría produciendo ciclos de curación
cada vez más drásticos. Mediante este principio de la atracción
entre similares en el plano energético, tenemos una exposición
básica del karma personal, familiar y grupal en acción
EL KARMA EQUILIBRA
El concepto del karma fue ampliamente introducido en el
pensamiento occidental con el surgimiento de interés por las
religiones orientales que se produjo en la década de 1960. La
palabra sugiera el funcionamiento de un destino para equilibrar la
balanza por actos pasados, incluidos los de otras vidas. Podemos
referirnos al concepto del karma cuando nos enfrentamos a un hecho
por lo demás inexplicable, para dar a entender que, si se supiera
todo, se está cumpliendo una justicia sutil. Con frecuencia se
destaca el aspecto temible y retributivo del karma; en realidad, es
la única definición que muchos conocen. Sin embargo, no es esa la
esencia. El karma no es un principio punitivo ni vengativo, sino
equilibrante.
Al pasar por el necesario asunto de la encarnación, que
consiste en expandirnos a través de diversas dimensiones de
experiencia, creamos todo tipo de efectos, reacciones y
repercusiones. La ley del Karma asegura el equilibrio a lo largo de
toda esta actividad y expansión. Por lo tanto, en su sentido más
amplio es una ley para curar los extremos y restaurar el equilibrio.
Pero desde nuestra perspectiva, necesariamente limitada, su
implacable trabajo puede parecernos muy duro. Y si no hubiera una
clave por la cual se pudiera revertir el infinito proceso por el que
se genera más y más karma, nuestra situación no sería de evolución,
sino de involución. Llegaríamos a empantanarnos tanto en las
reacciones en cadena que no habría esperanza de alivio. Por suerte,
la clave existe. Es el perdón.
EL PERDÓN CURA
Perdonar de verdad requiere comprender de verdad.
Debemos ser capaces de mirar con claridad toda la escena, no
retroceder ante ninguna parte, no negar nada, aceptarlo todo. En
cierto sentido, esto significa que debemos convertirnos en expertos
con respecto a lo que es preciso perdonar, para ver todos los
aspectos, no sólo el propio.
Un ejemplo. Hace muchos años, durante un taller de
trabajo sobre el tratamiento del incesto, uno de los participantes
se identificó como agresor y reconoció que había abusado sexualmente
de su hija. Por un largo instante reinó un silencio de
estupefacción. Luego él pasó a describir su encarcelamiento, la
terapia que él y su familia habían recibido y su recuperación, que
duraba desde hacía muchos años. Ahora se dedicaba a asesorar a los
hombres encarcelados por el mismo delito. Junto con su esposa y su
hija, participaba de discusiones grupales con las familias de estos
hombres. Su franqueza creó un ambiente que permitió a otros
participantes del taller conversar sobre sus propias experiencias de
abuso sexual. Como él era un modelo de valor, dignidad y humildad,
así como de franqueza, hizo posible que algunos de los terapeutas
presentes, a su vez víctimas de incesto, adquirieran una mayor
comprensión de la persona que los había violado. Dejamos de
interactuar como profesionales y nos convertimos, en cambio, en
expertos; recurrimos a nuestra experiencia en la lucha para
comprender este problema humano. Esa comprensión, cuando se logra,
lleva con el tiempo al perdón. Y el perdón es el paso final de
nuestra curación. Mediante el perdón somos perdonados.
Esa frase del Padrenuestro que dice: “…perdónanos
nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”,
adquiere un nuevo significado si uno amplía su perspectiva para
incluir las muchas dimensiones de sí mismo, expresadas a lo largo de
muchas vidas. Recordemos a Jerry, el niñito que fue la víctima, y a
Jerry ya hombre, camino a convertirse en el violador. Sin duda ambos
papeles, el de víctima y perpetrador, existen también dentro de
nosotros, cuando analizamos nuestra evolución a lo largo de
muchísimas vidas. A fin de curar por completo debemos reconocer, por
fin, que no somos tan diferentes de nuestro enemigo, después de
todo. Y entonces, como nuestro enemigo representa es parte hasta
allí inadmisible de nosotros mismos, la parte que hemos venido a
curar, debemos aceptar o amar a ese enemigo, que nos ha ayudado a
reconciliarnos con nuestro ser o alma.
George Stevens, el reverenciado director
cinematográfico, dijo que, mientras se preparaba para hacer la
película El diario de Ana Frank, debió primero reconocer
planamente al nazi que llevaba adentro. Así debemos todos,
diariamente, reconocer en nosotros al nazi, el asesino, el adúltero,
el mentiroso, el falsario y el ladrón. Mientras no lo hagamos nos
encontraremos con ellos afuera, una y otra vez.
Nuestro propio resentimiento, la amargura, el odio que
sentimos hacia el que percibimos como enemigo y los males que
deseamos a esa persona, todo eso constituye configuraciones del mal
más potentes que cuanto ocurre en el plano físico. Para que se nos
perdone el daño que hemos causado debemos perdonar todo el daño que
nos han hecho. Es decir: debemos devolver bien por mal. En el acto
mismo de perdonar se purifica nuestra aura y se eleva nuestra
vibración.
En el Nuevo Testamento se nos dice que debemos perdonar,
no una ni varias veces, sino “setenta veces siete”. En otras
palabras, debemos perdonar interminablemente y sin reservas. Tal vez
aún no comprendamos conscientemente en qué deuda hemos incurrido que
haga necesario nuestro perdón, pero la resonancia morfogenética (el
karma en acción) garantiza que atraeremos, no sólo nuestras
lecciones, sino nuestras deudas y la oportunidad de pagarlas. Y
cuando aparezca, el que podamos saldarlas de modo rápido e indoloro
depende mucho de nuestra actitud.
Hace años sucedió algo que no comprendí en ese momento;
ahora comprendo que demuestra la operación de la resonancia
morfogenética, los ciclos de curación y de perdón. Me dirigía a un
público, predominantemente femenino, sobre el tema de la adicción a
las relaciones. Cuando hice una pausa para permitir preguntas, una
joven atractiva, alta y rubia, levantó ansiosamente la mano desde la
primera fila. Ante mi gesto afirmativo se levantó para dirigir sus
preguntas a todos los presentes.
-Lo que quiero saber- manifestó, con un tono suave y
melodioso- es por qué siempre atraigo a los huérfanos.
Por el público corrió una pequeña agitación divertida.
Ella frunció el entrecejo.
-¡Pero es cierto! ¿Hay alguien aquí a quien le pase lo
mismo? ¿Alguien que atraiga a los huérfanos? ¡Apenas hace un par de
días que estoy en esta ciudad y ya conocí a dos: uno en el
aeropuerto y el otro en el vestíbulo de mi hotel. De veras, es como
si los atrajera con un imán! ¿Cómo lo hago?
La pregunta era desconcertante. Yo, por cierto, no
conocía la respuesta. Aún no sabía nada sobre la resonancia
morfogenética, pero sí que, desde los primeros años de mi
adolescencia, atraía siempre a muchachos y después hombres con
serios problemas de alcoholismo y drogadicción, y ellos me atraían a
su vez. Tras pasar años trabajando como terapeuta, reconocí que
muchas otras mujeres atraían invariablemente a cierto tipo de
hombres con problemas: violentos, adictos a las drogas, sexualmente
compulsivos o maniáticos del trabajo. Hasta conocí a una mujer 1ue,
sin darse cuenta, se las compuso para casarse con dos travestis. Por
eso tenía conciencia de que muchos seguíamos ciertos patrones de
relación, dando y recibiendo señas sutiles que nos hacían elegir y
ser elegidos por cierto tipo de personas. ¡Pero huérfanos…!
-
¿Usted es hija
adoptiva? – le pregunté.
-
No, nada de eso, una
familia muy común –respondió.
-
Bueno, ¿y qué piensa
de los huérfanos?
-
Oh, siempre me dan
mucha pena. –El tono melodioso se acentuó. –Siento que debo
ayudarlos, ¿no?
Asentí.
-
Aun así –continuó-,
¿cómo saben ellos que yo soy así? –Volvió a mirar al público. - ¿A
alguno de ustedes se le presentan constantemente hombres huérfanos?
Todos
los presentes sacudieron la cabeza; algunos, divertidos; otros,
perplejos. Luego comenzaron a bombardearla con preguntas.
-
¿Parecen necesitar
ayuda? –preguntó alguien, a poca distancia.
Ella
caviló.
-
Generalmente, no.
Algunos visten mucho mejor que yo –confesó,
sonriente.
-
¿Se lo dicen de
inmediato? –preguntó una voz desde atrás.
-
No. Antes tardaban
más, pero he acabado por preguntar desde un comienzo.
El
público estaba entusiasmado.
-
¿Y sus amigas?
–preguntó alguien más.
-
Una de mis dos
mejores amigas es huérfana –dijo ella, en voz tan baja que debió
repetirlo para que la oyeran.
-
¿Y por qué cree
usted que le ocurre esto? –la desafió un hombre, tras ella.
-
Tal vez sea algo en
mi aspecto. ¿Ustedes lo notan?
Giró
con lentitud, invitando al análisis. La gente la estudió con
atención pero nadie logró captar qué señales reveladoras transmitía
a esos hombres que, de un modo u otro, habían perdido a sus padres.
Ella volvió a mirarme, interrogante.
-
No sé, No veo nada
–le dije. Es que yo no soy huérfana.
Hubo
otro murmullo divertido. Formulé la pregunta siguiente:
-
¿Qué suele ocurrir
en esas relaciones?
-
Oh, somos amigos por
un tiempo y después nos vamos alejando –respondió.
-
¿Sin rencores?
¿Malas experiencias?
-
¡Oh, nooo! –Prolongó
la palabra para darle énfasis. -¡Nunca! Bueno, a veces les presto
dinero, los ayudo a conseguir trabajo, a independizarse o a comenzar
los estudios. Lo que sea. Les doy aliento, ¿no? Así que, por algún
tiempo, les sirvo de apoyo. –Miró alrededor. –Pero ¿acaso no hacemos
todos lo mismo? ¿Tratar de ayudar?
Entre
ese público, compuesto en su mayoría por mujeres que se esforzaban
demasiado en sus relaciones con hombres, una mujer gorjeó:
- Sí,
¡Por eso estamos aquí!
La
rubia agachó la cabeza, algo azorada.
-
Bueno, de cualquier
modo no es más que amistad. Y después –movió graciosamente la mano
por el aire- se esfuman hasta desaparecer de mi vida.
Me
miró, reafirmando su complicada pregunta y, como yo volví a
encogerme de hombros por falta de respuesta, se sentó otra vez.
Hoy
diría que esta mujer estaba resolviendo alguna deuda kármica con
todas esas personas sin padres que aparecían en forma misteriosa en
su vida. Lo sugiere así, sobre todo, el hecho de que ella los
ayudara de tan buena voluntad, sin esperar recompensa emocional ni
financiera. Cualquiera fuese el motivo de estas relaciones, su
historia subraya el hecho de que las relaciones humanas
significativas se deben a cualquier cosa, menos al azar. Cuando nos
encontramos y establecemos lazos mutuos, no es sin una causa
asignable. Aun cuando esta causa no sea reconocida y comprendida,
allí está, operando como la equilibrante Ley del Karma.
El único “atajo” que he descubierto a través del karma
es el perdón. Mediante el sencillo deseo de perdonar, toda nuestra
situación se eleva a un plano superior que ese en el que opera la
Ley del Karma. Ingresamos en un nivel donde ya no atraemos más
dificultades y traumas similares mediante la resonancia. Entramos en
el reino de la Gracia.