EL MITO DE LA
PREVENCIÓN
Prevención: que concepto seductor. Muchos creemos en el
mito de la prevención, contra toda lógica. Creemos que si utilizamos
debidamente los recursos financieros, legales, educativos, médicos y
psicológicos, podremos evitar las dificultades de la vida. Se trata
de un pensamiento mágico peligroso, pues si nos reconfortamos así
cuando las cosas marchan bien, cuando la rueda de la fortuna vuelva
a girar y todo se estropee tendremos que reprocharnos el no haber
tomado las medidas necesarias.
No es mi intención decir que debemos vivir la vida sin
autodominio, disciplina ni consideraciones para con el prójimo. Por
lo contrario, quiero señalar que, cuando los problemas se presentan
(y siempre ocurre, tarde o temprano), no debemos culparnos
automáticamente por no haber sabido prevenirlos. En verdad, esos
problemas suelen ser indicadores de un cambio en la dirección de
nuestro camino, tal como ocurrió en la familia de mi amiga.
En una reciente conversación telefónica, me dijo que en
la actualidad cada uno de ellos aprecia lo que aprendió, como
individuo y como familia, en ese doloroso período. El jovencito pasó
varios meses en un hogar adoptivo y, por fin, decidió que prefería
vivir dentro de los límites de sus padres. Regresó a su hogar y,
pocos meses después, emergió de ese dificultoso año de estudios, el
último del ciclo básico secundario, habiendo descartado el sueño de
dedicarse al atletismo; en cambio seguiría una carrera universitaria
que le permitiera dedicarse a asesor de adolescentes. Sus propias
dificultades le habían despertado el interés por ayudar a otros con
problemas similares.
Durante las sesiones de terapia familiar de las que
participaron los cuatro, los espantados padres descubrieron que la
hija tenía graves problemas con el alcohol, cosa que el hermano
menor sabía desde hacía años, aunque lo callaba por lealtad hacia
ella. Una vez que el problema surgió a la superficie fue posible
tratarlo. La muchacha ingresó en un programa de internación para
adolescentes con problemas de alcohol y drogas, que requería la
participación de la familia. Allí el padre, en sesiones grupales
familiares, comenzó a reconocer y curar algunas dolorosas
experiencias de su niñez, relacionadas con su padre alcohólico. Y la
madre aprendió a refrenar el entusiasmo con que trataba al esposo y
a los hijos, pues el terapeuta familiar lo calificó de “autoritario
y dominante”. En la actualidad mi amiga es más capaz de permitir que
sus seres tan amados busquen su propio camino y sigan su propio
ritmo.
De ese modo, la rebelión de este adolescente, aunque
sumamente difícil mientras duró, originó un proceso de auto
descubrimiento en cada miembro de la familia, proceso que se
prolongará por toda la vida.
LA LUCHA ES LO
NATURAL PARA CRECER
Hace muchos años, cuando yo vivía en una ciudad pequeña,
un instructor de la escuela secundaria solía pedir a sus alumnos, el
primer día de clase, que escribieran anónimamente su respuesta a la
pregunta “¿En qué momento de tu vida, hasta ahora, crees haber
cambiado y madurado más?´”
Las respuestas de los alumnos rara vez citaban momentos
gratos y fáciles, como un campamento de verano, una temporada de
esquí, una tarde estupenda dedicada al surf o el día en que les
regalaron un auto al cumplir los dieciséis años. Por el contrario,
cada clase daba respuestas reflexivas, como las siguientes:
“Cuando mis padres si divorciaron.”
“Después de que papá sufrió el ataque cardíaco.”
“Cuando nació mi hermana, que es retardada.”
“El año en que murió mi hermano.”
“Cuando se incendió mi casa y lo perdimos todo.”
“Al enterarme de que tenía diabetes.”
En una discusión ulterior, muchos de los estudiantes
hablaban francamente de esos períodos difíciles, que les habían
enseñado a ser responsables, pacientes y comprensivos, a sentir
compasión y agradecer sus ventajas.
Mi hijo estaba en esa clase y me sorprendió al hablarme
de la sabiduría que demostraban esos jóvenes. Casi todos los hechos
a los que atribuían una mayor madurez eran experiencias que sus
padres habrían tratado de ahorrarles, si hubiera sido posible.
¿Significa esto que esos padres, con tan buenas intenciones, habrían
impedido que sus hijos maduraran? Es posible, al menos por un
tiempo. Pero si las cosas eran demasiado fáciles y cómodas, esos
jovencitos habrían buscado o creado otro tipo de dificultades contra
las cuales luchar. Ponerse a prueba, demostrar el vigor y forzar el
propio crecimiento es, para los adolescentes, un proceso de
desarrollo tan habitual como aprender a caminar y hablar para los
bebés, y tan natural como para el alma diseñar una existencia llena
de desafíos.
Ningún bebé aprende a caminar sin caídas, ni a hablar
sin algunas dificultades para hacerse entender. Si pudiéramos evitar
todos los porrazos que conducen a un niño al dominio final del
movimiento, o todos los errores que pronunciación por los que llega
finalmente a manejar el lenguaje, estaríamos inhibiendo el
desarrollo de esas habilidades. Los niños pueden aceptar mejor la
frustración que les producen sus propias limitaciones que la
frustración experimentada cuando no se les permite enfrentar esos
límites y superarlos.
Sin embargo, observar los esfuerzos de un bebé resulta
soportable y hasta grato porque sabemos que el niño está
aprendiendo. En cambio no sabemos nada de eso cuando se trata de la
lucha de un adolescente con el sexo, las drogas o la violencia.
Tampoco hay un resultado previsible para la mayoría de las batallas
que nos impone la vida. Abundan las historias de horror; tememos por
nosotros y por nuestros seres amados. Por eso hacemos lo posible por
controlar y proteger, por evitar algunas de las experiencias que un
alma encarnada puede buscar o crear en forma deliberada.
LA ADICCIÓN COMO
CAMINO HACIA LA TRANSFORMACIÓN
Durante los muchos años que pasé trabajando para
diversas agencias que ofrecían servicios gratuitos en el campo de
las adicciones, descubrí que la idea de la prevención tenía un gran
atractivo, tanto para el público en general como para quienes
proveían nuestros fondos. Pero cuanto más trabajaba en ese terreno,
menos posible me parecía prevenir la adicción. Para esa prevención
se requería siempre educar y enfocar el tema como proceso racional,
que pudiera manejarse de un modo racional. Sin embargo noté que,
entre las personas mejor informadas sobre un tema, algunas
manifestaban adicciones al objeto mismo de su especialidad. Médicos,
enfermeras y farmacéuticos son, con demasiada frecuencia, adictos a
las drogas; hay nutricionistas y dietistas que comen
compulsivamente; profesionales que han hecho carrera como bancarios,
contadores o administradores financieros gastan compulsivamente y
acumulan deudas abrumadoras; otros, como yo misma, dedicada a
aconsejar a otros sobre sus relaciones, éramos adictos a alguna
relación. Una y otra vez, la especialidad coincidía con la adicción,
reflejando perfectamente una situación interior que era, de hecho,
un tema. Entonces comprendí que todos nosotros, con nuestra mezcla
de carreras y adicciones, estábamos en verdad dedicados a explorar
ese tema en sus múltiples dimensiones, aunque no tuviéramos
conciencia del hecho. En esencia, esas exploraciones eran nuestro
proyecto de vida.
Finalmente, al observar el profundo Despertar, los
cambios y la curación causados por los diversos programas de
recuperación, empecé a poner en tela de juicio que fuera deseable
prevenir la adicción. Aunque lo que estaba en juego era mucho y muy
elevado el costo del fracaso, por cierto, la adicción venía a crear
la presión que posibilitaba la transformación personal. Esta
conclusión coincide con lo que cierta vez me dijo un hombre dotado
de poderes psíquicos y curativos, cuyo padre había muerto de
alcoholismo: “Creo que la adicción ofrece a una persona la
oportunidad de limpiar una gran porción de karma en una sola vida.
Pero es siempre una apuesta, pues la recuperación requiere una
rendición total y constante de la voluntad personal a un Poder
Superior. Es una vía rápida hacia el desarrollo del alma, pero muy
arriesgada. Con frecuencia se pierde la apuesta, como le ocurrió a
mi padre.”
Todo lo que he observado sobre los adictos, el proceso
adictivo (incluidas experiencias con mi propia adicción a las
relaciones) y sobre la recuperación me lleva a creer que ese hombre
tenía razón: a veces el alma elige apostar con la adicción porque es
el medio más veloz y eficiente para alcanzar un fin; ese fin es la
rendición, el despertar y la transformación. Cuando la voluntad no
puede rendirse y el adicto no se recupera, hay ciclos de curación
más prolongados, incrementales y menos drásticos por los que optar
en otras vidas. O quizás el alma insista en jugar con la adicción
una y otra vez, aumentando la apuesta en cada existencia
subsiguiente e incrementando la presión hasta que se alcance la
rendición. Quizá por eso algunos de los alcohólicos y adictos más
santos en su recuperación son los que más bajo cayeron mientras
consumían licor o drogas. En presencia de algunos, una tiene la
sensación de que en ellos se ha producido una “resurrección en la
Luz” tras años y hasta vidas enteras de oscuridad. Y para revertir
completamente la vida sólo hizo falta la completa rendición de la
voluntad a un Poder Superior.
No es de extrañar, por lo tanto, que cónyuges, hijos,
padres, consejeros, sacerdotes, asistentes sociales o amigos bien
intencionados no puedan dominar en el adicto la práctica de la
adicción, pese a sus mayores esfuerzos. Nadie puede rendir la
voluntad ajena; por ende, nadie puede provocar la recuperación de
otra persona. Sin duda, los que deseamos intentarlo necesitamos, a
nuestra vez, efectuar una rendición propia.
Por cada alcohólico, drogadicto, glotón, gastador o
apostador compulsivo hay, cuanto menos, otras cuatro personas cuya
vida es completamente ingobernable debido a su respuesta a la
conducta del adicto, sus infinitos intentos de dominar la conducta
de esa otra persona. Por lo tanto, la adicción constituye uno de los
medios más potentes y de mayor alcance, si se trata de lograr una
transformación amplia, pues involucra a toda la familia; todos sus
miembros necesitan recobrarse y cada uno de ellos puede así resultar
transformado. Para los familiares, la recuperación significa
reconocer la propia impotencia con respecto a otros, incluido el
adicto. El simple reconocimiento de la impotencia constituye una
transformación por sí sola.
Permítaseme un ejemplo. Cuando yo dictaba clases sobre
el tema de la adicción a relaciones, siempre había entre el público
una madre que me preguntaba:
-¿Cómo puedo evitar que mi hija haga esto? Por años
enteros ella me vio sufrir por ser adicta a una relación, pero está
comenzando a hacer muchas de las cosas que yo hacía. Ahora que
comprendo lo enferma que he estado, quiero salvarla de cometer los
mismos errores.
Mi respuesta invariable era preguntarle, sencillamente:
-¿Quién habría podido salvarla a usted? Entonces, la
madre preocupada y muchos otros de los presentes comprendían que
nadie hubiera podido impedirles hacer su voluntad, que cualquier
cambio positivo había sido logrado gracias a la experiencia y al
sufrimiento. Quien hubiera impedido sus sufrimientos los habría
privado al mismo tiempo del despertar.
Con frecuencia, los asistentes a esas clases llegaban a
reconocer que, en sus familias, había distintos casos de diversas
adicciones entretejidas que se prolongaban de generación en
generación. Al entender sus propias adicciones recibían la clave
para comprender generaciones enteras de dinámica familiar, hasta
entonces incomprensible. Además, estaban aprendiendo a honrar el
proceso transformativo que se desplegaba en los seres amados y a no
entrometerse en él.
TEMAS, CÍRCULOS Y
KARMA FAMILIAR
Los especialistas en adicciones reconocen desde hace ya
un tiempo que, dondequiera haya un adicto, suele existir una
historia familiar de diversas adicciones entretejidas en las
generaciones anteriores. Saben también que esta “enfermedad
familiar” de la adicción continuará desarrollándose en sucesivas
generaciones, a menos que se la atienda. La explicación clínica es
que ciertos factores genéticos hereditarios predisponen a os
miembros a una dependencia, así como sus progenitores estuvieron
predispuestos a dependencias semejantes. Este factor genético, unido
al condicionamiento emocional y de conducta que opera en toda
familia donde la adicción es tema, asegura virtualmente que se
presente alguna forma de adicción en las generaciones sucesivas.
Aunque comprendemos que el alma pueda elegir a padres
que nos presenten dificultades, cabe preguntarse lo mismo que yo me
pregunté durante mis años de trabajo con quienes abusaban de
diversas drogas: “¿Qué fuerza maligna hace que un niño nazca de
padres adictos, dado que los casos de castigo físico y abuso sexual
se producen con más frecuencia en las familias de adictos?”
Frente a semejante indiferencia para con el bienestar
del ser encarnado, casi se podría deducir que no hay Dios alguno ni
Poder de amor en el Universo… a menos que tales condiciones y
circunstancias hayan sido libremente elegidas por el ser encarnado
con el propósito de
EXPRESION • EXPERIENCIA • EXPANSION
Así y sólo así parecería existir un mundo justo, con
sentido, orden y esperanza de lograr un verdadero progreso.
¿Y si la hija de una adicta a las relaciones, por
ejemplo, hubiera elegido nacer en una familia donde la adicción a
las relaciones fuera uno de los temas? ¿Y si, en verdad, la
presencia de ese tema fuera uno de los factores clave en la decisión
de la hija atraída por esa madre en especial y por el campo en el
que podría explorar la adicción a las relaciones y las de otro
tipo? Llevando este concepto a su siguiente nivel lógico: ¿y si esa
madre, su hija y otras personas con las que están vinculadas por
lazos de matrimonio, familia y amistad han mantenido, en otras
vidas, muchas relaciones diferentes entre sí, siendo siempre la
adicción el tema central condicionante de todas sus interacciones?
Las personas que realizan juntas esas exploraciones, a lo largo de
muchas vidas, constituyen un círculo. Cada uno de esos círculos es
una expresión de karmas familiares y grupales en operación;
corporizan los procesos evolutivos de expresión, experiencia y
expansión, organizados en torno de un tema específico compartido.
Cuando encarnamos dentro de esos círculos es para explorar las
diferentes facetas de un tema y alcanzar a su debido tiempo el
equilibrio en nuestra comprensión de ese tema.
Estas exploraciones dentro de círculos se producen más o
menos de igual manera, ya analicemos cómo encaran varias
generaciones de familiares sus tareas entremezcladas, ya cómo lo
hace un solo individuo en varias encarnaciones. Esto puede quedar
más claro tonel ejemplo siguiente.
TRES GENERACIONES DE
KARMA FAMILIAR
En el siguiente relato, Christa, su madre y su hija
Lindsey forman un círculo familiar en los que se entretejen los
temas de alcoholismo, coalcoholismo y suicidio. Christa, en especial
ilustra el modo en que una misma persona puede representar distintos
papeles y experimentar diferentes aspectos del tema explorando, en
diferentes etapas de una misma vida. Mediante sus interacciones con
la madre en la infancia y, más adelante, como progenitora de su
hija, desarrolla una mayor comprensión de algunas de las múltiples
facetas de adicción, depresión y suicidio. Es la necesaria
repetición de estos temas, generación tras generación, lo que lleva
a la comprensión.
Cuando yo tenía catorce años, mamá se mató con píldoras y alcohol.
Ese día, al llegar de la escuela, la encontré en la cama, pero eso
no era novedad. Cuando mi padre salía en viaje de negocios, mamá
bebía sola en su cuarto, mientras yo caminaba en puntillas por la
casa tratando de no despertarla ni alterarla. Ya muy pasada la hora
de cenar, decidí entrar para asegurarme de que estuviera bien, pero
no encendí la luz para no hacerle daño a los ojos. La llamé una y
otra vez: “Mamá… mamá…”; temía molestarle, pero también temía que
algo estuviera mal. Por fin la toqué; así fue como supe,
completamente sola en la oscuridad, que mi madre había muerto.
Al
encender la luz vi la nota que había dejado. Sólo decía:
“Perdonadme, por favor”. Bueno, no pude. No puede entonces ni por
muchísimo tiempo. Creo que jamás habría podido, a no ser porque yo
misma terminé como ella.
Después de su muerte todo cambió con mucha celeridad. Primero papá y
yo nos mudamos e ingresé en una escuela nueva, donde nadie sabía lo
que mi madre había hecho. Papá volvió a casarse, pasados unos pocos
meses, con una mujer que tenía dos hijas, algunos años menores que
yo. Ninguno de ellos mencionaba nunca lo que había ocurrido antes.
Era como si todos quisieran fingir que mi madre no había existido; a
cambio sólo tenía esa familia instantánea y horrible, y se suponía
que todos debíamos ser muy felices. Bueno, yo los odiaba a todos y a
mi padre más que a nadie, porque se pasaba el tiempo susurrándome lo
afortunada que era y lo agradecida que debía estar. Si con mi madre
la situación había sido mala, eso era peor. Yo estaba bien segura de
que ese era mi castigo por dejarla morir. Aun hoy, cuando algo sale
realmente mal y duele mucho, vuelvo a pensar así.
Comencé a beber subrepticiamente y agregaba agua para reemplazar lo
que consumía. Me gustaba engañarlos así, como si de algún modo lo
hiciera por mi madre, para vengarme de todos ellos por actuar como
si ella nunca hubiera existido ni muerto.
A los
dieciséis años era bastante alocada. A los diecinueve estaba casada
con un doble cinematográfico que me doblaba en edad. Hacia los
veintiuno tenía un buen empleo de peluquera en un estudio de
televisión. Mi esposo y yo bebíamos mucho e íbamos de fiesta en
fiesta. De año en año él trabajaba menos y yo más, para compensar.
Hacia los treinta y dos, la frecuencia de mis pérdidas de conciencia
me llevaron a buscar ayuda en AA, pero cuando llevaba seis meses de
sobriedad mi esposo me dijo que quería el divorcio: estaba enamorado
de otra. Hacía tiempo que no teníamos mucho en común, salvo la
bebida, y tampoco eso desde que yo no bebía. En cierto modo, no
podía reprocharle que me dejara.
Cuando él se fue, las cosas resultaron difíciles, pero no
imposibles. Para seguir adelante contaba con mi trabajo, con Lindsey,
mi hija de doce años, mis reuniones de AA y mi madrina dentro del
grupo. Pero después de dos años de abstinencia comencé a pelear
contra una depresión que no me abandonaba. Tuve que pedir licencia
para guardar cama, porque no podía trabajar. Mi mente andaba a mil
kilómetros por hora, diciéndome que yo era una persona horrible, un
fracaso; sin embargo, apenas podía hablar o moverme. Era como tratar
de nadar en cemento húmedo. Todo costaba demasiado esfuerzo.
Cuando Lindsey llegaba de la escuela me encontraba así, en la cama y
pidiendo que se me dejara en paz. Aunque no bebía, estaba actuando
igual que mi madre. Y Lindsey respondía exactamente como yo a su
edad. Trataba de no alterarme, asumía muchas de mis tareas y, aunque
de vez en cuando reñía conmigo, en general intentaba mejorar la
situación. Yo sentía una culpa terrible por lo que ocurría, por lo
que le estaba haciendo, pero no me era posible cambiar las cosas.
Empecé a pensar en el suicidio como única salida. Hasta el horror de
que Lindsey pasara por lo mismo que yo había sufrido a su edad no
hacía sino alimentar mi sensación de ser despreciable, la convicción
de que el mundo, mi hija y todos estarían mejor sin mí.
Era
mi madrina de AA la que me ayudaba a continuar. Siempre estaba
dispuesta a atender mis llamadas, a cualquier hora del día o de la
noche; muchísimas veces me bastaba con saber que podía llamarla.
Oraba. Seguía los pasos del programa. Aceptaba el amor y el apoyo de
otros miembros de AA, aunque estaba segura de no merecerlos.
Finalmente, pasado casi un año y medio, la depresión empezó a
disiparse. Primero tuve una hora de sentirme bien; luego, un día.
Después, un par de días buenos seguidos. Más adelante, toda una
semana. Era como ir dejando lentamente que entrara la luz donde sólo
había oscuridad.
Por
mucho tiempo esperé que la depresión volviera a dominarme, pero aún
no ha regresado. Claro que tengo días malos, pero nunca una semana
entera, y ya llevo cuatro años así.
He
pensado mucho ene. Alcoholismo y el suicidio de mi madre y en mi
manera de seguirle los pasos, en lo que hice sufrir a mi hija,
aunque habría dado cualquier cosa por no hacerle eso. Lindsey y yo
hemos conversado mucho sobre el tema y he hecho lo posible por
compensarla. Pero hoy sé que estaba tan indefensa frente a esa
depresión como frente a mi alcoholismo. Sin la ayuda del programa no
habría salido a flote.
Mi
madre nunca tuvo esa ayuda. Por eso, ¿cómo voy a juzgarla?
Si la adicción, el suicidio o cualquier otro asunto
importante es algo que experimentamos en una vida sin resolverlo, es
probable que nos incorporemos a un círculo donde ese tema sea
explorado en otras encarnaciones. Me parece muy posible que, en el
caso de Christa, el suicidio fuera un problema no resuelto durante
una vida anterior, cuanto menos. A fin de comprender mejor ese acto
y perdonarlo durante su encarnación, tenía que enfrentarse otra vez
a la situación. Eligió una madre cuyo alcoholismo y potencial de
suicidio la prepararan para eso. Después, aproximadamente a la misma
edad que tenía su madre cuando se quitó la vida, con una hija de la
misma edad que tenía ella al ocurrir eso, Christa se vio bajo la
poderosa influencia del aniversario más poderoso en toda su vida.
Más aun: estaba atrapada en una triple identificación; en cierto
modo, reaccionaba ante ese aniversario como tres personas distintas.
En primer lugar, era como si se hubiera convertido en su
propia madre, tan llena de desesperación que no podía anteponer el
bienestar de su hija a sus deseos de terminar con tanta angustia.
Segundo: se identificaba fuertemente con Lindsey, reviviendo la
angustia que ella también había conocido a esa edad, obligada a
lidiar sola con una madre enferma y suicida. Tercero: era ella
misma, una adulta abrumada por la depresión y el impulso de acabar
con su vida. Christa, en efecto, sobrellevaba al mismo tiempo tres
crisis, todas relacionadas con el suicidio. Fue una época terrible;
cuando por fin pasó, su comprensión le permitió perdonar a su madre.
Al hacerlo, sin duda, se perdonó también a sí misma por el mismo
acto cometido en otra vida.
La exposición de Lindsey a la adicción materna a la
posibilidad del suicidio fue muy atemperada por la recuperación de
su madre, tanto de su alcoholismo como de su depresión. Gracias al
ejemplo de Christa, al menos Lindsey tiene conciencia de que existen
herramientas con las cuales atender esos temas, cualquiera sea la
forma que tomen en su propia vida.
Si Lindsey también desarrolla problemas similares a los
de su madre y su abuela, si sus hijos y sus nietos también lo hacen
se podría preguntar: ¿dónde termina todo esto? Al reconocer que hay
varios karmas en operación será más fácil responder a esa pregunta.
Primero existe el karma de cada individuo. La probable historia de
Christa, que puede haber elegido el suicidio como respuesta a los
problemas en otra encarnación, requería que se enfrentara de nuevo a
esa decisión y resolviera otra cosa. También existe el karma
familiar, compuesto de relaciones condicionadas por esos recurrentes
temas de alcoholismo, depresión y suicidio. La tarea kármica
compartida consistía en elevar esas reacciones de un plano de
crítica y condenación a un mejor entendimiento y al perdón.
La historia de la familia ilustra de qué modo, en el
contexto temático de la familia o de un grupo más amplio, encarnamos
para acumular experiencia; luego, conocimiento; finalmente,
sabiduría. El amor que proviene de la comprensión profunda completa
nuestro karma. Hemos experimentado una situación, aprendimos de ella
y la curamos. Ahora estamos en libertad de pasar a otras lecciones.
Aun así, quizá continuemos encarnando alrededor de los mismos temas
y con otros del mismo círculo, a fin de enseñarles, ayudarlos a
curar y aportarles la luz y el amor que necesitan para soportar su
situación. Esas encarnaciones son la demostración de la ley del
sacrificio y sirven para curar a la familia o al grupo más amplio.
En toda existencia existen karmas más y más amplios que es preciso
atender y curar, como los karmas individuales.
NUESTRA CONTRIBUCIÓN
AL CUERPO DE LA HUMANIDAD
No es mi intención tratar aquí los temas del karma
racial, nacional o planetario. Sin embargo debemos reconocer cuanto
menos su existencia, aparte de los karmas personal, familiar y
grupal, porque cada uno de nosotros, como miembro de estos grupos
más amplios, está sujeto a vastas fuerzas impersonales que afectan
profundamente su vida individual. No obstante, para comprender los
conceptos de karma familiar y grupal debemos aceptar que, además de
ser individuos independientes, también estamos unidos con otros, con
quienes componemos unidades contribuyentes dentro del gran cuerpo de
la humanidad, que es un ser viviente por derecho propio.
El mismo cuerpo físico proporciona una analogía. Sabemos
que las diversas células individuales, en combinación con otras
similares, forman órganos con tareas propias, pero
interdependientes, todas vitales para el desarrollo y mantenimiento
general del cuerpo físico. De modo muy parecido los individuos, en
combinación con otros genéticamente similares (su familia) y con
intereses compartidos (su grupo), componen unidades o círculos con
tareas propias, pero interdependientes, todas vitales y necesarias
para el desarrollo de la humanidad.
Aquello que logramos como individuos, en bien de la
humanidad como un todo, se consigue por lo general, ya mediante la
cooperación estrecha y armoniosa con otros de nuestro círculo que
comparten nuestro karma familiar o grupal, ya mediante reacciones
más o menos violentas contra esas mismas personas. Gran parte de
nuestros problemas con el prójimo en una existencia dada surgen
porque, ligados como estamos, nos obligamos mutuamente a
experimentar dimensiones distintas y hasta opuestas de asuntos
relacionados.
Junto con los desafíos situacionales que nos presentamos
unos a otros, también hay siempre desafíos espirituales. Una madre
fría e indiferente puede obligarnos a abandonar nuestra dependencia
y necesidad de aprobación para aprender a bastarnos solos, lo cual
puede ser un requisito importante para alguna otra tarea que debamos
asumir en esta vida. Por ende, esa madre nada afectuosa se
convierte, en realidad, en uno de los medios por los cuales podemos
alcanzar nuestra meta. O quizás, al buscar la aprobación de un
progenitor que nos desaprueba, aceptemos desafíos que de otro modo
rehuiríamos, hasta caer un día en la cuenta de que hemos logrado
cosas increíbles. Tal vez tuvimos un padre o una madre sutilmente
cruel, que ayudó a crear en nosotros una sensible conciencia de la
facilidad con que se puede infligir dolor con unas pocas palabras,
una mirada o un gesto. Como en el caso de George, un progenitor así
puede crear en nosotros la aversión por la crueldad, ayudándonos a
superar conscient4mente la misma tendencia en uno mismo. Muchos
pasamos por la experiencia de decidir que seremos muy distintos de
un progenitor, en ciertos aspectos, sólo para descubrir que, pese a
nuestra decisión, estamos desarrollando esos mismos rasgos y debemos
superarlos. Así es como nuestro progenitor nos ha ayudado a
despertar a nuestra tarea.
Por cierto, hay padres que nos dan el bienvenido
presente del amor, pero de otros nos llegan dones menos gratos: los
de odio, debilidad, adicción, pobreza, traición y envilecimiento,
que nos proporcionan la oportunidad de redimir nuestros propios
defectos de carácter. Para el desarrollo espiritual se necesita de
enemigos y aflicciones, como floretes contra los cuales probarnos, a
fin de convertirnos en todo aquello que somos capaces de ser.
TAREAS KÁRMICAS
COMPARTIDAS
Por supuesto, mientras luchamos con la abrumadora
responsabilidad de cargar con una madre alcohólica, el bochorno
social de tener un hermano retardado, las fantasías de venganza
hacia un padre violento, la ira indefensa provocada por un jefe
sexista o nuestros esfuerzos, cada vez más obsesivos, por controlar
los devaneos del cónyuge, olvidamos que estas dificultades son las
áreas de aprendizaje que decidimos atender en esta encarnación, los
campos de estudio que atrajeron al alma para la nueva estancia en la
escuela de la vida. La hija que encarna con la misión de progresar
en la comprensión de la violencia y su dinámica puede necesitar de
un padre brutal que le proporcione la experiencia requerida. Tampoco
sería esta su misión si no buscara aumentar su propia expresión,
experiencia y expansión en el tema de la violencia. En realidad,
puede existir entre ella y su padre una antigua deuda kármica que
terminará si ella emplea ese maltrato como trampolín, a fin de
alcanzar una comprensión más profunda y la curación. Y si llegara a
utilizar esa curación para ayudar a otros maltratados como ella,
tanto mejor. ¿Comprendes ahora de qué modo, si ocurriera esto, tanto
ella como su padre se habrían convertido juntos en instrumentos de
curación? Las dos contribuciones contrastantes son necesarias para
completar la tarea que, en el plano del alma, aceptaron atender
juntos.
A veces los individuos comparten una tarea kármica que
pueden realizar justamente porque no se llevan de acuerdo. Con
frecuencia esa tarea consiste en servir al prójimo, revelar una
verdad, fundar una institución o movimiento necesarios o hacer algo
que afecte a otras personas, aparte de las que están involucradas en
forma más directa. Lo interesante es que, con frecuencia, esas
dinámicas de encarnación se pueden discernir o verificar por los
horóscopos de las personas participantes, interpretados y comparados
por un astrólogo hábil y sensible. Muchas veces, en el caso de
relaciones muy dificultosas entre miembros de una misma familia, las
dos cartas natales parecen componer un cuadro completo e indican que
comparten ese tipo de tarea kármica conjunta. Tal es el caso de las
mujeres cuya historia voy a contar.
Helen
y Lydia se han pasado la vida en guerra. Helen, la hermana mayor, es
alta, morena y voluptuosa, afecta a usar ropas vistosas y a conducir
autos llamativos. Dice lo que piensa, es exigente y casi siempre se
sale con la suya. Lydia, dos años mejor, también es alta y morena
pero tiene ojos de gacela y un aire etéreo, como de otro mundo. Pero
a su modo, silencioso y humilde, Lydia es tan de idita como su
hermana Helen.
Cuando las infidelidades del padre bebedor y el fiero
temperamento de la madre provocaron el divorcio, las niñas tenían
siete y nueve años. Helen pasaba todo el tiempo posible con el
padre, gastador, alcohólico y juerguista, mientras Lydia se mantenía
leal a su madre, una griega exótica, emotiva, supersticiosa y astuta
para las finanzas. Al morir la madre, que tenía entonces cerca de
cincuenta años, las dos hijas se encontraron atadas la una a la otra
por la herencia conjunta de las propiedades maternas.
A los dieciséis años, Helen se había fugado con un
hombre mayor que la dejó cuando estaba por nacer su hijo, para
reconciliarse con su esposa anterior. Al nacer Michael, la madre de
Helen estaba furiosa con ella y el padre, como de costumbre,
borracho. Sólo Lydia, que tenía catorce años, fue al hospital para
visitar a su hermana y al sobrino recién nacido.
Como no tenía adónde ir, Helen volvió con el bebé a casa
de su madre, que pasó meses enteros sin hablarle. La muchacha
trabajaba de noche para pagar sus gastos y los del bebé. Aunque
ambas lo adoraban, desde el principio tuvieron puntos de vista muy
diferentes con respecto a sus necesidades y su bienestar; cada una
de ellas estaba convencida de que la otra lo estaba haciendo todo
mal. Helen, en parte por motivos prácticos, insistía en alimentar a
Michael según un horario estricto, aunque debiera despertarlo al
llegar la hora. Lydia, en cambio, lo alimentaba sin horarios, cuando
el bebé lo pedía, situación que solía echar a perder los intentos de
Helen de dormir un poco durante el día, para llegar a tiempo a su
trabajo nocturno.
Pasaron los años. Helen volvió a casarse, pero no tuvo más hijos.
Lydia nunca se casó; hasta la muerte de su madre vivió calladamente
con ella; siempre estuvo tan cerca de Michael como lo permitía su
difícil relación con Helen. Alrededor de los veinticinco años, a
Michael se le diagnosticó una leucemia mielocítica, cáncer fatal que
suele matar a sus víctimas en el término de tres o cuatro años.
Desde
el momento en que se identificó su enfermedad, la madre y la tía
discutieron furiosamente sobre el tratamiento adecuado para ese
joven, tan querido para ambas. Helen, luchadora por nacimiento,
consideraba la enfermedad de su hijo como un enconado enemigo que
debía combatir con todos los medios médicos posibles. Cuando Michael
inició un tratamiento de radiación y quimioterapia, que no suelen
tener demasiado éxito con ese tipo de cáncer, Lydia se horrorizó,
pues estaba convencida de que esos tratamientos debilitaban el
sistema inmunológico. Instó a Michael a explorar enfoques
alternativos: un curandero, meditación, hierbas y dieta. Su defensa
de estas técnicas no tradicionales enfureció a Helen, que la acusaba
de socavar la autoridad del médico.
Michael combinó discretamente las recomendaciones de Lydia con las
del médico y se estabilizó por un tiempo. Después de un año y medio,
cuando empezó a declinar con rapidez, cada una de las hermanas culpó
a la otra.
Al
aumentar los sufrimientos del joven, Lydia trató de disuadir a Helen
de continuar probando todos los recursos médicos, muchos de los
cuales eran dolorosos y agotadores. Lydia quería que Michael
abandonara el hospital y volviera a su casa; había pasado por el
proceso de la muerte con dos amigos y sabía lo bello y apacible que
podría ser el pasaje. Dada su fuerte creencia en la vida posterior y
la reencarnación, estaba segura de que la actitud más amante y
bondadosa para con Michael era hacerlo sentir cómodo y ayudarlo a
partir. Para Helen era, simplemente, una traidora; ella insistió en
que su hijo debía permanecer en el hospital, donde se pudieran tomar
todas las medidas de emergencia necesarias para mantenerlo con vida.
Aun cuando Michael entró en coma, Helen continuó luchando y
exhortando al médico a hacer algo, convencida de que dejarlo morir
era una terrible traición.
Así,
mientras Helen guerreaba y Lydia oraba, Michael se iba poco a poco.
Cuando murió ambas mujeres habían aprendido mucho sobre las
múltiples dimensiones del cáncer y estaban profundamente dedicadas,
cada una de un modo muy diferente, a educar a la comunidad y
desarrollar recursos para quienes luchaban contra la enfermedad en
sus distintas formas.
En la
actualidad, esas mujeres prestan una contribución tan vital a la red
local de servicios para cancerosos que a cualquier afiliado a esa
red le costaría imaginar su funcionamiento sin ellas. Helen organiza
colectas para financiar equipos nuevos, se abre paso por entre la
burocracia para asegurar servicios médicos para los pacientes
necesitados y promueve servicios de apoyo para familiares y amigos.
En contraste con las notorias actividades de Helen, Lydia ofrece en
silencio su profunda aceptación del proceso a los pacientes que
están en las últimas etapas de la enfermedad. Siempre presente y
disponible para ellos cuando hacen la transición, honra el derecho
de los enfermos a morir, mientras su hermana batalla por su derecho
a vivir.
Ahora
estas dos hermanas están en proceso de convertir una propiedad,
entre las que heredaron conjuntamente de su madre, en una sede vital
para la atención de cancerosos. Sin duda pelearán en este nuevo
proyecto, tal como lo han hecho siempre en todas las tareas que
compartieron. Lo que les impide separarse es el profundo amor de
ambas por Michael, a cuya memoria se dedicará el nuevo edificio.
Cada una de ellas tiene voluntad de hierro. Ambas son íntegras.
Ninguna de las dos se deja apartar de su camino. Y aunque riñen
entre sí y sufren al sentirse incomprendidas, la obra que realizan
en tándem es equilibrada y completa.
Compartir una tarea kármica como Helen y Lydia rara vez
resulta fácil ni cómodo, porque con mucha frecuencia es la misma
fricción generada entre los involucrados lo que hace posible el
logro. Piensa ahora en los familiares con quienes tienes una
relación más difícil, aquellas personas con quienes compartes lazos
de sangre y, muy posiblemente, también tareas kármicas. Si pudiste
apreciar que Helen y Lydia, con sus temperamentos y perspectivas tan
diferentes, eran igualmente sinceras, trata de aplicar esa misma
objetividad al análisis de aquellos con quienes estás ligado.
Imagina lo que podrías realizar junto con esos parientes
con quienes luchas. Observa de qué modo habéis crecido todos,
expandiéndoos, gracias a las presiones generadas entre vosotros. O
quizá tú, como individuo, te has hecho más firme en tu fidelidad a
ti mismo, como reacción contra el familiar que constituye tu mayor
némesis. Busca las lecciones dirigidas a tu propia alma y los dones
para el grupo más amplio que pueda estar generando este vínculo.
Deja que esta perspectiva expandida de la naturaleza de tus lazos
familiares se demore en tu conciencia y, con el correr del tiempo,
llegarás a apreciar como necesarias esas mismas cualidades y
conductas ajenas que antes tanto te resentían.