Llama Violeta

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POR QUÉ A MI, POR QUÉ ESTO, POR QUÉ AHORA

Capitulo 6

¿CÓMO VINE A PARAR A ESTA FAMILIA?

ROBIN NORWOOD

 

Capitulo 6

¿CÓMO VINE A PARAR A ESTA FAMILIA?

            Hace dos años, mientras hacía algunas compras, tropecé con una amiga a la que no veía desde hacía algún tiempo. Desde que nos conocimos, veinte años atrás, es una de mis personas favoritas: bulle de humor y entusiasmo y forma con su esposo una pareja feliz. A mi modo de ver, son el matrimonio casi perfecto. La mutua pasión por las ciencias naturales los ha llevado a recorrer el mundo con sus hijos, en fascinantes vacaciones: nadan con tortugas marinas, cuentan nidos de frailecillo, juegan con marsopas y observan iguanas.

 
   

            Cuando nos sentamos a tomar un café, yo esperaba enterarme del último viaje exótico o de los recientes logros de sus hijos, pero al preguntarle por sus últimas andanzas me sorprendió ver su rostro sombrío. Me habló del año infernal que ella y su esposo habían pasado por culpa del hijo de dieciséis años.

Ahora resultaba casi imposible convivir con ese muchachito, hasta entonces alegre, cooperativo y estudiante modelo. Tuvo problemas en la escuela y numerosos roces con la policía; las erupciones volcánicas en el hogar eran tema diario. Mi amiga y su esposo habían comenzado a reñir por primera vez desde que se casaran. Toda la familia estaba en tratamiento con un asesor, que sugería la posibilidad de poner temporalmente al muchacho en un hogar adoptivo.

            -Una se pregunta –comentó mi amiga, entristecida- en qué fallé como madre. ¿Qué pudimos haber hecho para evitar esto?

 

EL MITO DE LA PREVENCIÓN

            Prevención: que concepto seductor. Muchos creemos en el mito de la prevención, contra toda lógica. Creemos que si utilizamos debidamente los recursos financieros, legales, educativos, médicos y psicológicos, podremos evitar las dificultades de la vida. Se trata de un pensamiento mágico peligroso, pues si nos reconfortamos así cuando las cosas marchan bien, cuando la rueda de la fortuna vuelva a girar y todo se estropee tendremos que reprocharnos el no haber tomado las medidas necesarias.

            No es mi intención decir que debemos vivir la vida sin autodominio, disciplina ni consideraciones para con el prójimo. Por lo contrario, quiero señalar que, cuando los problemas se presentan (y siempre ocurre, tarde o temprano), no debemos culparnos automáticamente por no haber sabido prevenirlos. En verdad, esos problemas suelen ser indicadores de un cambio en la dirección de nuestro camino, tal como ocurrió en la familia de mi amiga.

            En una reciente conversación telefónica, me dijo que en la actualidad cada uno de ellos aprecia lo que aprendió, como individuo y como familia, en ese doloroso período. El jovencito pasó varios meses en un hogar adoptivo y, por fin, decidió que prefería  vivir dentro de los límites de sus padres. Regresó a su hogar y, pocos meses después, emergió de ese dificultoso año de estudios, el último del ciclo básico secundario, habiendo descartado el sueño de dedicarse al atletismo; en cambio seguiría una carrera universitaria que le permitiera dedicarse a asesor de adolescentes. Sus propias dificultades le habían despertado el interés por ayudar a otros con problemas similares.

            Durante las sesiones de terapia familiar de las que participaron los cuatro, los espantados padres descubrieron que la hija tenía graves problemas con el alcohol, cosa que el hermano menor sabía desde hacía años, aunque lo callaba por lealtad hacia ella. Una vez que el problema surgió a la superficie fue posible tratarlo. La muchacha ingresó en un programa de internación para adolescentes con problemas de alcohol y drogas, que requería la participación de la familia. Allí el padre, en sesiones grupales familiares, comenzó a reconocer y curar algunas dolorosas experiencias de su niñez, relacionadas con su padre alcohólico. Y la madre aprendió a refrenar el entusiasmo con que trataba al esposo y a los hijos, pues el terapeuta familiar lo calificó de “autoritario y dominante”. En la actualidad mi amiga es más capaz de permitir que sus seres tan amados busquen su propio camino y sigan su propio ritmo.

            De ese modo, la rebelión de este adolescente, aunque sumamente difícil mientras duró, originó un proceso de auto descubrimiento en cada miembro de la familia, proceso que se prolongará por toda la vida.

LA LUCHA ES LO NATURAL PARA CRECER

            Hace muchos años, cuando yo vivía en una ciudad pequeña, un instructor de la escuela secundaria solía pedir a sus alumnos, el primer día de clase, que escribieran anónimamente su respuesta a la pregunta “¿En qué momento de tu vida, hasta ahora, crees haber cambiado y madurado más?´”

            Las respuestas de los alumnos rara vez citaban momentos gratos y fáciles, como un campamento de verano, una temporada de esquí, una tarde estupenda dedicada al surf o el día en que les regalaron un auto al cumplir los dieciséis años. Por el contrario, cada clase daba respuestas reflexivas, como las siguientes:

            “Cuando mis padres si divorciaron.”

            “Después de que papá sufrió el ataque cardíaco.”

            “Cuando nació mi hermana, que es retardada.”

            “El año en que murió mi hermano.”

            “Cuando se incendió mi casa y lo perdimos todo.”

            “Al enterarme de que tenía diabetes.”

            En una discusión ulterior, muchos de los estudiantes hablaban francamente de esos períodos difíciles, que les habían enseñado a ser responsables, pacientes y comprensivos, a sentir compasión y agradecer sus ventajas.

            Mi hijo estaba en esa clase y me sorprendió al hablarme de la sabiduría que demostraban esos jóvenes. Casi todos los hechos a los que atribuían una mayor madurez eran experiencias que sus padres habrían tratado de ahorrarles, si hubiera sido posible. ¿Significa esto que esos padres, con tan buenas intenciones, habrían impedido que sus hijos maduraran? Es posible, al menos por un tiempo. Pero si las cosas eran demasiado fáciles y cómodas, esos jovencitos habrían buscado o creado otro tipo de dificultades contra las cuales luchar. Ponerse a prueba, demostrar el vigor y forzar el propio crecimiento es, para los adolescentes, un proceso de desarrollo tan habitual como aprender a caminar y hablar para los bebés, y tan natural como para el alma diseñar una existencia llena de desafíos.

            Ningún bebé aprende a caminar sin caídas, ni a hablar sin algunas dificultades para hacerse entender. Si pudiéramos evitar todos los porrazos que conducen a un niño al dominio final del movimiento, o todos los errores que pronunciación por los que llega finalmente a manejar el lenguaje, estaríamos inhibiendo el desarrollo de esas habilidades. Los niños pueden aceptar mejor la frustración que les producen sus propias limitaciones que la frustración experimentada cuando no se les permite enfrentar esos límites y superarlos.

            Sin embargo, observar los esfuerzos de un bebé resulta soportable y hasta grato porque sabemos que el niño está aprendiendo. En cambio no sabemos nada de eso cuando se trata de la lucha de un adolescente con el sexo, las drogas o la violencia. Tampoco hay un resultado previsible para la mayoría de las batallas que nos impone la vida. Abundan las historias de horror; tememos por nosotros y por nuestros seres amados. Por eso hacemos lo posible por controlar y proteger, por evitar algunas de las experiencias que un alma encarnada puede buscar o crear en forma deliberada.

LA ADICCIÓN COMO CAMINO HACIA LA TRANSFORMACIÓN

            Durante los muchos años que pasé trabajando para diversas agencias que ofrecían servicios gratuitos en el campo de las adicciones, descubrí que la idea de la prevención tenía un gran atractivo, tanto para el público en general como para quienes proveían nuestros fondos. Pero cuanto más trabajaba en ese terreno, menos posible me parecía prevenir la adicción. Para esa prevención se requería siempre educar y enfocar el tema como proceso racional, que pudiera manejarse de un modo racional. Sin embargo noté que, entre las personas mejor informadas sobre un tema, algunas manifestaban adicciones al objeto mismo de su especialidad. Médicos, enfermeras y farmacéuticos son, con demasiada frecuencia, adictos a las drogas; hay nutricionistas y dietistas que comen compulsivamente; profesionales que han hecho carrera como bancarios, contadores o administradores financieros gastan compulsivamente y acumulan deudas abrumadoras; otros, como yo misma, dedicada a aconsejar a otros sobre sus relaciones, éramos adictos a alguna relación. Una y otra vez, la especialidad coincidía con la adicción, reflejando perfectamente una situación interior que era, de hecho, un tema. Entonces comprendí que todos nosotros, con nuestra mezcla de carreras y adicciones, estábamos en verdad dedicados a explorar ese tema en sus múltiples dimensiones, aunque no tuviéramos conciencia del hecho. En esencia, esas exploraciones eran nuestro proyecto de vida.

            Finalmente, al observar el profundo Despertar, los cambios y la curación causados por los diversos programas de recuperación, empecé a poner en tela de juicio que fuera deseable prevenir la adicción. Aunque lo que estaba en juego era mucho y muy elevado el costo del fracaso, por cierto, la adicción venía a crear la presión que posibilitaba la transformación personal. Esta conclusión coincide con lo que cierta vez me dijo un hombre dotado de poderes psíquicos y curativos, cuyo padre había muerto de alcoholismo: “Creo que la adicción ofrece a una persona la oportunidad de limpiar una gran porción de karma en una sola vida. Pero es siempre una apuesta, pues la recuperación requiere una rendición total y constante de la voluntad personal a un Poder Superior. Es una vía rápida hacia el desarrollo del alma, pero muy arriesgada. Con frecuencia se pierde la apuesta, como le ocurrió a mi padre.”

            Todo lo que he observado sobre los adictos, el proceso adictivo (incluidas experiencias con mi propia adicción a las relaciones) y sobre la recuperación me lleva a creer que ese hombre tenía razón: a veces el alma elige apostar con la adicción porque es el medio más veloz y eficiente para alcanzar un fin; ese fin es la rendición, el despertar y la transformación. Cuando la voluntad no puede rendirse y el adicto no se recupera, hay ciclos de curación más prolongados, incrementales y menos drásticos por los que optar en otras vidas. O quizás el alma insista en jugar con la adicción una y otra vez, aumentando la apuesta en cada existencia subsiguiente e incrementando la presión hasta que se alcance la rendición. Quizá por eso algunos de los alcohólicos y adictos más santos en su recuperación son los que más bajo cayeron mientras consumían licor o drogas. En presencia de algunos, una tiene la sensación de que en ellos se ha producido una “resurrección en la Luz” tras años y hasta vidas enteras de oscuridad. Y para revertir completamente la vida sólo hizo falta la completa rendición de la voluntad a un Poder Superior.

            No es de extrañar, por lo tanto, que cónyuges, hijos, padres, consejeros, sacerdotes, asistentes sociales o amigos bien intencionados no puedan dominar en el adicto la práctica de la adicción, pese a sus mayores esfuerzos. Nadie puede rendir la voluntad ajena; por ende, nadie puede provocar la recuperación de otra persona. Sin duda, los que deseamos intentarlo necesitamos, a nuestra vez, efectuar una rendición propia.

            Por cada alcohólico, drogadicto, glotón, gastador o apostador compulsivo hay, cuanto menos, otras cuatro personas cuya vida es completamente ingobernable debido a su respuesta a la conducta del adicto, sus infinitos intentos de dominar la conducta de esa otra persona. Por lo tanto, la adicción constituye uno de los medios más potentes y de mayor alcance, si se trata de lograr una transformación amplia, pues involucra a toda la familia; todos sus miembros necesitan recobrarse y cada uno de ellos puede así resultar transformado. Para los familiares, la recuperación significa reconocer la propia impotencia con respecto a otros, incluido el adicto. El simple reconocimiento de la impotencia constituye una transformación por sí sola.

            Permítaseme un ejemplo. Cuando yo dictaba clases sobre el tema de la adicción a relaciones, siempre había entre el público una madre que me preguntaba:

            -¿Cómo puedo evitar que mi hija haga esto? Por años enteros ella me vio sufrir por ser adicta a una relación, pero está comenzando a hacer muchas de las cosas que yo hacía. Ahora que comprendo lo enferma que he estado, quiero salvarla de cometer los mismos errores.

            Mi respuesta invariable era preguntarle, sencillamente:

            -¿Quién habría podido salvarla a usted? Entonces, la madre preocupada y muchos otros de los presentes comprendían que nadie hubiera podido impedirles hacer su voluntad, que cualquier cambio positivo había sido logrado gracias a la experiencia y al sufrimiento. Quien hubiera impedido sus sufrimientos los habría privado al mismo tiempo del despertar.

            Con frecuencia, los asistentes a esas clases llegaban a reconocer que, en sus familias, había distintos casos de diversas adicciones entretejidas que se prolongaban de generación en generación. Al entender sus propias adicciones recibían la clave para comprender generaciones enteras de dinámica familiar, hasta entonces incomprensible. Además, estaban aprendiendo a honrar el proceso transformativo que se desplegaba en los seres amados y a no entrometerse en él.

TEMAS, CÍRCULOS Y KARMA FAMILIAR

            Los especialistas en adicciones reconocen desde hace ya un tiempo que, dondequiera haya un adicto, suele existir una historia familiar de diversas adicciones entretejidas en las generaciones anteriores. Saben también que esta “enfermedad familiar” de la adicción continuará desarrollándose en sucesivas generaciones, a menos que se la atienda. La explicación clínica es que ciertos factores genéticos hereditarios predisponen a os miembros a una dependencia, así como sus progenitores estuvieron predispuestos a dependencias semejantes. Este factor genético, unido al condicionamiento emocional y de conducta que opera en toda familia donde la adicción es tema, asegura virtualmente que se presente alguna forma de adicción en las generaciones sucesivas.

            Aunque comprendemos que el alma pueda elegir a padres que nos presenten dificultades, cabe preguntarse lo mismo que yo me pregunté durante mis años de trabajo con quienes abusaban de diversas drogas: “¿Qué fuerza maligna hace que un niño nazca de padres adictos, dado que los casos de castigo físico y abuso sexual se producen con más frecuencia en las familias de adictos?”

            Frente a semejante indiferencia para con el bienestar del ser encarnado, casi se podría deducir que no hay Dios alguno ni Poder de amor en el Universo… a menos que tales condiciones y circunstancias hayan sido libremente elegidas por el ser encarnado con el propósito de

EXPRESION • EXPERIENCIA • EXPANSION

            Así y sólo así parecería existir un mundo justo, con sentido, orden y esperanza de lograr un verdadero progreso.

            ¿Y si la hija de una adicta a las relaciones, por ejemplo, hubiera elegido nacer en una familia donde la adicción a las relaciones fuera uno de los temas? ¿Y si, en verdad, la presencia de ese tema fuera uno de los factores clave en la decisión de la hija atraída por esa madre en especial y por el campo en el que podría explorar la adicción a las relaciones y las de otro tipo?  Llevando este concepto a su siguiente nivel lógico: ¿y si esa madre, su hija y otras personas con las que están vinculadas por lazos de matrimonio, familia y amistad han mantenido, en otras vidas, muchas relaciones diferentes entre sí, siendo siempre la adicción el tema central condicionante de todas sus interacciones? Las personas que realizan juntas esas exploraciones, a lo largo de muchas vidas, constituyen un círculo. Cada uno de esos círculos es una expresión de karmas familiares y grupales en operación; corporizan los procesos evolutivos de expresión, experiencia y expansión, organizados en torno de un tema específico compartido. Cuando encarnamos dentro de esos círculos es para explorar las diferentes facetas de un tema y alcanzar a su debido tiempo el equilibrio en nuestra comprensión de ese tema.

            Estas exploraciones dentro de círculos se producen más o menos de igual manera, ya analicemos cómo encaran varias generaciones de familiares sus tareas entremezcladas, ya cómo lo hace un solo individuo en varias encarnaciones. Esto puede quedar más claro tonel ejemplo siguiente.

TRES GENERACIONES DE KARMA FAMILIAR

            En el siguiente relato, Christa, su madre y su hija Lindsey forman un círculo familiar en los que se entretejen los temas de alcoholismo, coalcoholismo y suicidio. Christa, en especial ilustra el modo en que una misma persona puede representar distintos papeles y experimentar diferentes aspectos del tema explorando, en diferentes etapas de una misma vida. Mediante sus interacciones con la madre en la infancia y, más adelante, como progenitora de su hija, desarrolla una mayor comprensión de algunas de las múltiples facetas de adicción, depresión y suicidio. Es la necesaria repetición de estos temas, generación tras generación, lo que lleva a la comprensión.

Cuando yo tenía catorce años, mamá se mató con píldoras y alcohol. Ese día, al llegar de la escuela, la encontré en la cama, pero eso no era novedad. Cuando mi padre salía en viaje de negocios, mamá bebía sola en su cuarto, mientras yo caminaba en puntillas por la casa tratando de no despertarla ni alterarla. Ya muy pasada la hora de cenar, decidí entrar para asegurarme de que estuviera bien, pero no encendí la luz para no hacerle daño a los ojos. La llamé una y otra vez: “Mamá… mamá…”; temía molestarle, pero también temía que algo estuviera mal. Por fin la toqué; así fue como supe, completamente sola en la oscuridad, que mi madre había muerto.

Al encender la luz vi la nota que había dejado. Sólo decía: “Perdonadme, por favor”. Bueno, no pude. No puede entonces ni por muchísimo tiempo. Creo que jamás habría podido, a no ser porque yo misma terminé como ella.

Después de su muerte todo cambió con mucha celeridad. Primero papá y yo nos mudamos e ingresé en una escuela nueva, donde nadie sabía lo que mi madre había hecho. Papá volvió a casarse, pasados unos pocos meses, con una mujer que tenía dos hijas, algunos años menores que yo. Ninguno de ellos mencionaba nunca lo que había ocurrido antes. Era como si todos quisieran fingir que mi madre no había existido; a cambio sólo tenía esa familia instantánea y horrible, y se suponía que todos debíamos ser muy felices. Bueno, yo los odiaba a todos y a mi padre más que a nadie, porque se pasaba el tiempo susurrándome lo afortunada que era y lo agradecida que debía estar. Si con mi madre la situación había sido mala, eso era peor. Yo estaba bien segura de que ese era mi castigo por dejarla morir. Aun hoy, cuando algo sale realmente mal y duele mucho, vuelvo a pensar así.

Comencé a beber subrepticiamente y agregaba agua para reemplazar lo que consumía. Me gustaba engañarlos así, como si de algún modo lo hiciera por mi madre, para vengarme de todos ellos por actuar como si ella nunca hubiera existido ni muerto.

A los dieciséis años era bastante alocada. A los diecinueve estaba casada con un doble cinematográfico que me doblaba en edad. Hacia los veintiuno tenía un buen empleo de peluquera en un estudio de televisión. Mi esposo y yo bebíamos mucho e íbamos de fiesta en fiesta. De año en año él trabajaba menos y yo más, para compensar. Hacia los treinta y dos, la frecuencia de mis pérdidas de conciencia me llevaron a buscar ayuda en AA, pero cuando llevaba seis meses de sobriedad mi esposo me dijo que quería el divorcio: estaba enamorado de otra. Hacía tiempo que no teníamos mucho en común, salvo la bebida, y tampoco eso desde que yo no bebía. En cierto modo, no podía reprocharle que me dejara.

Cuando él se fue, las cosas resultaron difíciles, pero no imposibles. Para seguir adelante contaba con mi trabajo, con Lindsey, mi hija de doce años, mis reuniones de AA y mi madrina dentro del grupo. Pero después de dos años de abstinencia comencé a pelear contra una depresión que no me abandonaba. Tuve que pedir licencia para guardar cama, porque no podía trabajar. Mi mente andaba a mil kilómetros por hora, diciéndome que yo era una persona horrible, un fracaso; sin embargo, apenas podía hablar o moverme. Era como tratar de nadar en cemento húmedo. Todo costaba demasiado esfuerzo.

Cuando Lindsey llegaba de la escuela me encontraba así, en la cama y pidiendo que se me dejara en paz. Aunque no bebía, estaba actuando igual que mi madre. Y Lindsey respondía exactamente como yo a su edad. Trataba de no alterarme, asumía muchas de mis tareas y, aunque de vez en cuando reñía conmigo, en general intentaba mejorar la situación. Yo sentía una culpa terrible por lo que ocurría, por lo que le estaba haciendo, pero no me era posible cambiar las cosas. Empecé a pensar en el suicidio como única salida. Hasta el horror de que Lindsey pasara por lo mismo que yo había sufrido a su edad no hacía sino alimentar mi sensación de ser despreciable, la convicción de que el mundo, mi hija y todos estarían mejor sin mí.

Era mi madrina de AA la que me ayudaba a continuar. Siempre estaba dispuesta a atender mis llamadas, a cualquier hora del día o de la noche; muchísimas veces me bastaba con saber que podía llamarla. Oraba. Seguía los pasos del programa. Aceptaba el amor y el apoyo de otros miembros de AA, aunque estaba segura de no merecerlos. Finalmente, pasado casi un año y medio, la depresión empezó a disiparse. Primero tuve una hora de sentirme bien; luego, un día. Después, un par de días buenos seguidos. Más adelante, toda una semana. Era como ir dejando lentamente que entrara la luz donde sólo había oscuridad.

Por mucho tiempo esperé que la depresión volviera a dominarme, pero aún no ha regresado. Claro que tengo días malos, pero nunca una semana entera, y ya llevo cuatro años así.

He pensado mucho ene. Alcoholismo y el suicidio de mi madre y en mi manera de seguirle los pasos, en lo que hice sufrir a mi hija, aunque habría dado cualquier cosa por no hacerle eso. Lindsey y yo hemos conversado mucho sobre el tema y he hecho lo posible por compensarla. Pero hoy sé que estaba tan indefensa frente a esa depresión como frente a mi alcoholismo. Sin la ayuda del programa no habría salido a flote.

Mi madre nunca tuvo esa ayuda. Por eso, ¿cómo voy a juzgarla?

            Si la adicción, el suicidio o cualquier otro asunto importante es algo que experimentamos en una vida sin resolverlo, es probable que nos incorporemos a un círculo donde ese tema sea explorado en otras encarnaciones. Me parece muy posible que, en el caso de Christa, el suicidio fuera un problema no resuelto durante una vida anterior, cuanto menos. A fin de comprender mejor ese acto y perdonarlo durante su encarnación, tenía que enfrentarse otra vez a la situación. Eligió una madre cuyo alcoholismo y potencial de suicidio la prepararan para eso. Después, aproximadamente a la misma edad que tenía su madre cuando se quitó la vida, con una hija de la misma edad que tenía ella al ocurrir eso, Christa se vio bajo la poderosa influencia del aniversario más poderoso en toda su vida. Más aun: estaba atrapada en una triple identificación; en cierto modo, reaccionaba ante ese aniversario como tres personas distintas.

            En primer lugar, era como si se hubiera convertido en su propia madre, tan llena de desesperación que no podía anteponer el bienestar de su hija a sus deseos de terminar con tanta angustia. Segundo: se identificaba fuertemente con Lindsey, reviviendo la angustia que ella también había conocido a esa edad, obligada a lidiar sola con una madre enferma y suicida. Tercero: era ella misma, una adulta abrumada por la depresión y el impulso de acabar con su vida. Christa, en efecto, sobrellevaba al mismo tiempo tres crisis, todas relacionadas con el suicidio. Fue una época terrible; cuando por fin pasó, su comprensión le permitió perdonar a su madre. Al hacerlo, sin duda, se perdonó también a sí misma por el mismo acto cometido en otra vida.

            La exposición de Lindsey a la adicción materna a la posibilidad del suicidio fue muy atemperada por la recuperación de su madre, tanto de su alcoholismo como de su depresión. Gracias al ejemplo de Christa, al menos Lindsey tiene conciencia de que existen herramientas con las cuales atender esos temas, cualquiera sea la forma que tomen en su propia vida.

            Si Lindsey también desarrolla problemas similares a los de su madre y su abuela, si sus hijos y sus nietos también lo hacen se podría preguntar: ¿dónde termina todo esto? Al reconocer que hay varios karmas en operación será más fácil responder a esa pregunta. Primero existe el karma de cada individuo. La probable historia de Christa, que puede haber elegido el suicidio como respuesta a los problemas en otra encarnación, requería que se enfrentara de nuevo a esa decisión y resolviera otra cosa. También existe el karma familiar, compuesto de relaciones condicionadas por esos recurrentes temas de alcoholismo, depresión y suicidio. La tarea kármica compartida consistía en elevar esas reacciones de un plano de crítica y condenación a un mejor entendimiento y al perdón.

            La historia de la familia ilustra de qué modo, en el contexto temático de la familia o de un grupo más amplio, encarnamos para acumular experiencia; luego, conocimiento; finalmente, sabiduría. El amor que proviene de la comprensión profunda completa nuestro karma. Hemos experimentado una situación, aprendimos de ella y la curamos. Ahora estamos en libertad de pasar a otras lecciones. Aun así, quizá continuemos encarnando alrededor de los mismos temas y con otros del mismo círculo, a fin de enseñarles, ayudarlos a curar y aportarles la luz y el amor que necesitan para soportar su situación. Esas encarnaciones son la demostración de la ley del sacrificio y sirven para curar a la familia o al grupo más amplio. En toda existencia existen karmas más y más amplios que es preciso atender y curar, como los karmas individuales.

NUESTRA CONTRIBUCIÓN AL CUERPO DE LA HUMANIDAD

            No es mi intención tratar aquí los temas del karma racial, nacional o planetario. Sin embargo debemos reconocer cuanto menos su existencia, aparte de los karmas personal, familiar y grupal, porque cada uno de nosotros, como miembro de estos grupos más amplios, está sujeto a vastas fuerzas impersonales que afectan profundamente su vida individual. No obstante, para comprender los conceptos de karma familiar y grupal debemos aceptar que, además de ser individuos independientes, también estamos unidos con otros, con quienes componemos unidades contribuyentes dentro del gran cuerpo de la humanidad, que es un ser viviente por derecho propio.

            El mismo cuerpo físico proporciona una analogía. Sabemos que las diversas células individuales, en combinación con otras similares, forman órganos con tareas propias, pero interdependientes, todas vitales para el desarrollo y mantenimiento general del cuerpo físico. De modo muy parecido los individuos, en combinación con otros genéticamente similares (su familia) y con intereses compartidos (su grupo), componen unidades o círculos con tareas propias, pero interdependientes, todas vitales y necesarias para el desarrollo de la humanidad.

            Aquello que logramos como individuos, en bien de la humanidad como un todo, se consigue por lo general, ya mediante la cooperación estrecha y armoniosa con otros de nuestro círculo que comparten nuestro karma familiar o grupal, ya mediante reacciones más o menos violentas contra esas mismas personas. Gran parte de nuestros problemas con el prójimo en una existencia dada surgen porque, ligados como estamos, nos obligamos mutuamente a experimentar dimensiones distintas y hasta opuestas de asuntos relacionados.

            Junto con los desafíos situacionales que nos presentamos unos a otros, también hay siempre desafíos espirituales. Una madre fría e indiferente puede obligarnos a abandonar nuestra dependencia y necesidad de aprobación para aprender a bastarnos solos, lo cual puede ser un requisito importante para alguna otra tarea que debamos asumir en esta vida. Por ende, esa madre nada afectuosa se convierte, en realidad, en uno de los medios por los cuales podemos alcanzar nuestra meta. O quizás, al buscar la aprobación de un progenitor que nos desaprueba, aceptemos desafíos que de otro modo rehuiríamos, hasta caer un día en la cuenta de que hemos logrado cosas increíbles. Tal vez tuvimos un padre o una madre sutilmente cruel, que ayudó a crear en nosotros una sensible conciencia de la facilidad con que se puede infligir dolor con unas pocas palabras, una mirada o un gesto. Como en el caso de George, un progenitor así puede crear en nosotros la aversión por la crueldad, ayudándonos a superar conscient4mente la misma tendencia en uno mismo. Muchos pasamos por la experiencia de decidir que seremos muy distintos de un progenitor, en ciertos aspectos, sólo para descubrir que, pese a nuestra decisión, estamos desarrollando esos mismos rasgos y debemos superarlos. Así es como nuestro progenitor nos ha ayudado a despertar a nuestra tarea.

            Por cierto, hay padres que nos dan el bienvenido presente del amor, pero de otros nos llegan dones menos gratos: los de odio, debilidad, adicción, pobreza, traición y envilecimiento, que nos proporcionan la oportunidad de redimir nuestros propios defectos de carácter. Para el desarrollo espiritual se necesita de enemigos y aflicciones, como floretes contra los cuales probarnos, a fin de convertirnos en todo aquello que somos capaces de ser.

TAREAS KÁRMICAS COMPARTIDAS

            Por supuesto, mientras luchamos con la abrumadora responsabilidad de cargar con una madre alcohólica, el bochorno social de tener un hermano retardado, las fantasías de venganza hacia un padre violento, la ira indefensa provocada por un jefe sexista o nuestros esfuerzos, cada vez más obsesivos, por controlar los devaneos del cónyuge, olvidamos que estas dificultades son las áreas de aprendizaje que decidimos atender en esta encarnación, los campos de estudio que atrajeron al alma para la nueva estancia en la escuela de la vida. La hija que encarna con la misión de progresar en la comprensión de la violencia y su dinámica puede necesitar de un padre brutal que le proporcione la experiencia requerida. Tampoco sería esta su misión si no buscara aumentar su propia expresión, experiencia y expansión en el tema de la violencia. En realidad, puede existir entre ella y su padre una antigua deuda kármica que terminará si ella emplea ese maltrato como trampolín, a fin de alcanzar una comprensión más profunda y la curación. Y si llegara a utilizar esa curación para ayudar a otros maltratados como ella, tanto mejor. ¿Comprendes ahora de qué modo, si ocurriera esto, tanto ella como su padre se habrían convertido juntos en instrumentos de curación? Las dos contribuciones contrastantes son necesarias para completar la tarea que, en el plano del alma, aceptaron atender juntos.

            A veces los individuos comparten una tarea kármica que pueden realizar justamente porque no se llevan de acuerdo. Con frecuencia esa tarea consiste en servir al prójimo, revelar una verdad, fundar una institución o movimiento necesarios o hacer algo que afecte a otras personas, aparte de las que están involucradas en forma más directa. Lo interesante es que, con frecuencia, esas dinámicas de encarnación se pueden discernir o verificar por los horóscopos de las personas participantes, interpretados y comparados por un astrólogo hábil y sensible. Muchas veces, en el caso de relaciones muy dificultosas entre miembros de una misma familia, las dos cartas natales parecen componer un cuadro completo e indican que comparten ese tipo de tarea kármica conjunta. Tal es el caso de las mujeres cuya historia voy a contar.

Helen y Lydia se han pasado la vida en guerra. Helen, la hermana mayor, es alta, morena y voluptuosa, afecta a usar ropas vistosas y a conducir autos llamativos. Dice lo que piensa, es exigente y casi siempre se sale con la suya. Lydia, dos años mejor, también es alta y morena pero tiene ojos de gacela y un aire etéreo, como de otro mundo. Pero a su modo, silencioso y humilde, Lydia es tan de idita como su hermana Helen.

            Cuando las infidelidades del padre bebedor y el fiero temperamento de la madre provocaron el divorcio, las niñas tenían siete y nueve años. Helen pasaba todo el tiempo posible con el padre, gastador, alcohólico y juerguista, mientras Lydia se mantenía leal a su madre, una griega exótica, emotiva, supersticiosa y astuta para las finanzas. Al morir la madre, que tenía entonces cerca de cincuenta años, las dos hijas se encontraron atadas la una a la otra por la herencia conjunta de las propiedades maternas.

            A los dieciséis años, Helen se había fugado con un hombre mayor que la dejó cuando estaba por nacer su hijo, para reconciliarse con su esposa anterior. Al nacer Michael, la madre de Helen estaba furiosa con ella y el padre, como de costumbre, borracho. Sólo Lydia, que tenía catorce años, fue al hospital para visitar a su hermana y al sobrino recién nacido.

            Como no tenía adónde ir, Helen volvió con el bebé a casa de su madre, que pasó meses enteros sin hablarle. La muchacha trabajaba de noche para pagar sus gastos y los del bebé. Aunque ambas lo adoraban, desde el principio tuvieron puntos de vista muy diferentes con respecto a sus necesidades y su bienestar; cada una de ellas estaba convencida de que la otra lo estaba haciendo todo mal. Helen, en parte por motivos prácticos, insistía en alimentar a Michael según un horario estricto, aunque debiera despertarlo al llegar la hora. Lydia, en cambio, lo alimentaba sin horarios, cuando el bebé lo pedía, situación que solía echar a perder los intentos de Helen de dormir un poco durante el día, para llegar a tiempo a su trabajo nocturno.

Pasaron los años. Helen volvió a casarse, pero no tuvo más hijos. Lydia nunca se casó; hasta la muerte de su madre vivió calladamente con ella; siempre estuvo tan cerca de Michael como lo permitía su difícil relación con Helen. Alrededor de los veinticinco años, a Michael se le diagnosticó una leucemia mielocítica, cáncer fatal que suele matar a sus víctimas  en el término de tres o cuatro años.

Desde el momento en que se identificó su enfermedad, la madre y la tía discutieron furiosamente sobre el tratamiento adecuado para ese joven, tan querido para ambas. Helen, luchadora por nacimiento, consideraba la enfermedad de su hijo como un enconado enemigo que debía combatir con todos los medios médicos posibles. Cuando Michael inició un tratamiento de radiación y quimioterapia, que no suelen tener demasiado éxito con ese tipo de cáncer, Lydia se horrorizó, pues estaba convencida de que esos tratamientos debilitaban el sistema inmunológico. Instó a Michael a explorar enfoques alternativos: un curandero, meditación, hierbas y dieta. Su defensa de estas técnicas no tradicionales enfureció a Helen, que la acusaba de socavar la autoridad del médico.

Michael combinó discretamente las recomendaciones de Lydia con las del médico y se estabilizó por un tiempo. Después de un año y medio, cuando empezó a declinar con rapidez, cada una de las hermanas culpó a la otra.

Al aumentar los sufrimientos del joven, Lydia trató de disuadir a Helen de continuar probando todos los recursos médicos, muchos de los cuales eran dolorosos y agotadores. Lydia quería que Michael abandonara el hospital y volviera a su casa; había pasado por el proceso de la muerte con dos amigos y sabía lo bello y apacible que podría ser el pasaje. Dada su fuerte creencia en la vida posterior y la reencarnación, estaba segura de que la actitud más amante y bondadosa para con Michael era hacerlo sentir cómodo y ayudarlo a partir. Para Helen era, simplemente, una traidora; ella insistió en que su hijo debía permanecer en el hospital, donde se pudieran tomar todas las medidas de emergencia necesarias para mantenerlo con vida. Aun cuando Michael entró en coma, Helen continuó luchando y exhortando al médico a hacer algo, convencida de que dejarlo morir era una terrible traición.

Así, mientras Helen guerreaba y Lydia oraba, Michael se iba poco a poco. Cuando murió ambas mujeres habían aprendido mucho sobre las múltiples dimensiones del cáncer y estaban profundamente dedicadas, cada una de un modo muy diferente, a educar a la comunidad y desarrollar recursos para quienes luchaban contra la enfermedad en sus distintas formas.

En la actualidad, esas mujeres prestan una contribución tan vital a la red local de servicios para cancerosos que a cualquier afiliado a esa red le costaría imaginar su funcionamiento sin ellas. Helen organiza colectas para financiar equipos nuevos, se abre paso por entre la burocracia para asegurar servicios médicos para los pacientes necesitados y promueve servicios de apoyo para familiares y amigos. En contraste con las notorias actividades de Helen, Lydia ofrece en silencio su profunda aceptación del proceso a los pacientes que están en las últimas etapas de la enfermedad. Siempre presente y disponible para ellos cuando hacen la transición, honra el derecho de los enfermos a morir, mientras su hermana batalla por su derecho a vivir.

Ahora estas dos hermanas están en proceso de convertir una propiedad, entre las que heredaron conjuntamente de su madre, en una sede vital para la atención de cancerosos. Sin duda pelearán en este nuevo proyecto, tal como lo han hecho siempre en todas las tareas que compartieron. Lo que les impide separarse es el profundo amor de ambas por Michael, a cuya memoria se dedicará el nuevo edificio. Cada una de ellas tiene voluntad de hierro. Ambas son íntegras. Ninguna de las dos se deja apartar de su camino. Y aunque riñen entre sí y sufren al sentirse incomprendidas, la obra que realizan en tándem es equilibrada y completa.

            Compartir una tarea kármica como Helen y Lydia rara vez resulta fácil ni cómodo, porque con mucha frecuencia es la misma fricción generada entre los involucrados lo que hace posible el logro. Piensa ahora en los familiares con quienes tienes una relación más difícil, aquellas personas con quienes compartes lazos de sangre y, muy posiblemente, también tareas kármicas. Si pudiste apreciar que Helen y Lydia, con sus temperamentos y perspectivas tan diferentes, eran igualmente sinceras, trata de aplicar esa misma objetividad al análisis de aquellos con quienes estás ligado.

            Imagina lo que podrías realizar junto con esos parientes con quienes luchas. Observa de qué modo habéis crecido todos, expandiéndoos, gracias a las presiones generadas entre vosotros. O quizá tú, como individuo, te has hecho más firme en tu fidelidad a ti mismo, como reacción contra el familiar que constituye tu mayor némesis. Busca las lecciones dirigidas a tu propia alma y los dones para el grupo más amplio que pueda estar generando este vínculo. Deja que esta perspectiva expandida de la naturaleza de tus lazos familiares se demore en tu conciencia y, con el correr del tiempo, llegarás a apreciar como necesarias esas mismas cualidades y conductas ajenas que antes tanto te resentían.

 ¿Puedes buscar, como el alquimista que se esfuerza por extraer oro de metales comunes, lo que hay de precioso entre los aspectos más horribles y descorazonadores de tu vida?  Si lo haces lo hallarás allí, esperando tu descubrimiento consciente.