-Que mala suerte!
-Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe? –replicó el
granjero, sin dejar el azadón.
Al día siguiente apareció el pelotón del muchacho,
marchando por la ruta. De la noche a la mañana había estallado una
guerra y era preciso presentar la batalla. Como el hijo no pudo
incorporarse a la unidad, el vecino, asomado por encima de la cerca,
comentó que el granjero no corría así peligro de perder a su hijo en
la guerra.
-¡Que buena suerte! –exclamó.
-Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe? –replicó el
granjero y siguió arando.
Esa noche el granjero y su hijo se sentaron a cenar;
después de algunos bocados, el hijo se ahogó con un hueso de pollo y
murió. En el funeral, el vecino puso una mano en el hombro del
granjero y dijo con tristeza:
-¡Que mala suerte!
-Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe? –replicó el
granjero. Y depositó una brazada de flores junto al ataúd.
Esa misma semana el vecino pasó para informar al
granjero que todo el pelotón de su hijo había sido masacrado.
-Cuanto menos tu hijo murió estando contigo. Que buena
suerte –comentó el vecino.
-Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe? – replicó el
granjero.
Y partió hacia el mercado.
Y así sucesivamente.
Casi todos somos como el vecino de este pequeño cuento.
Reaccionamos y opinamos según lo que ocurre en un momento dado de la
historia en desarrollo. Un hecho aislado ¿es una bendición o una
desgracia? Dejamos que lo decidan nuestras emociones. Pero si
pudiéramos, de algún modo, liberarnos mágicamente de las emociones
(sobre todo del miedo, cuando nos acosa la adversidad) no la
llamaríamos adversidad, sino “cambio”, porque eso es lo que todo
acontecimiento o situación imprevista exige de nosotros: que
cambiemos hasta cierto punto.
LA ADVERSIDAD
DEFINIDA COMO MIEDO AL CAMBIO
Los dos conceptos, adversidad y cambio, están tan
inextricablemente ligados que tendemos a medir la gravedad de una
dificultad dada por el grado de cambio que exige. Nos definimos
según las situaciones y circunstancias que experimentamos a diario y
nos resistimos a toda alteración, por el miedo muy básico a perder
nuestra identidad. ¿Quién seremos si ya no podemos hacer lo que
estamos habituados a hacer de la manera acostumbrada? ¿Podremos
arreglarnos, enfrentar el desafío? Sabemos por instinto que el
exceso de cambio y de tensión, por sobre nuestra capacidad de
adaptación, debilita nuestra salud, tanto física como mental. Nos
desvitaliza.
Sin embargo el cambio es necesario para la vida; en
verdad, es la esencia misma de la vitalidad. Cuando está bloqueado
se produce una disminución en el flujo de la energía vital, que
provoca la torpeza del estancamiento o la rigidez petrificada de la
cristalización. La adversidad, que nos obliga a cambiar, nos incita,
nos arranca de los hábitos viejos, nos estira y exige que
despertemos y desarrollemos las partes no utilizadas. Nos
revitaliza.
Por lo tanto, ¿qué es? ¿Revitalizante o desvitalizante?
¿Da energías o debilita? El cambio puede ser cualquiera de las dos
cosas. Y puede ser ambas cosas a la vez.
En el tarot existe una carta llamada la Torre, que
representa la súbita fuerza explosiva de la catástrofe. Representa
una torre partida en dos por un rayo y dos indefensas siluetas
humanas que caen de cabeza hacia la tierra. Obviamente, esta carta
representa una súbita calamidad, el desastre, una emergencia: todas
las eventualidades que más tememos. Nadie se alegra cuando aparece
la torre en un abanico de tarot. Pero la Torre suele ser necesaria,
pues también indica la ruptura de las situaciones difíciles, el fin
del estancamiento, un hecho súbito que libera la energía congelada.
Cualquier emergencia pide y hasta exige de nosotros las cualidades y
habilidades humanas más elevadas y heroicas. Requiere que emerja lo
mejor. Quienes se han enfrentado a la necesidad de acción en una
emergencia suelen decir que, en esa ocasión, se sintieron más vivos
que nunca, más en contacto con el poder innato, más conectados con
la totalidad de la vida. Se vieron arrebatados por encima de su
identidad cotidiana, esa misma identidad a la que, normalmente, nos
adherimos con tenacidad. Frente a un gran peligro se deja caer la
eterna fachada, se abandona la cautela y, de inmediato, emergen
desconocidas habilidades para el liderazgo y la acción decisiva, en
un heroico momento de integración, honestidad y verdad. Cuando el
cine o el teatro representan bien estas ocasiones, , nos sentimos
impulsados a aplaudir o a llorar, porque reconocemos que el
personaje involucrado queda alterado para siempre, inefable y
misteriosamente expandido, más fiel a sí mismo que nunca.
Los grandes acontecimientos que provocan cambios en la
vida rara vez duran un momento, pero aunque sean breves y
cataclismáticos, sus efectos se prolongan durante semanas, meses,
años, décadas. Y a diferencia del estoico granjero del cuento, uno
cambia. Se adapta altera su definición de uno mismo.
LA ADVERSIDAD
DEFINIDA COMO MIEDO AL CAMBIO
Los dos conceptos, adversidad y cambio, están tan
inextricablemente ligados que tendemos a medir la gravedad de una
dificultad dada por el grado de cambio que exige. Nos definimos
según las situaciones y circunstancias que experimentamos a diario y
nos resistimos a toda alteración, por el miedo muy básico a perder
nuestra identidad. ¿Quién seremos si ya no podemos hacer lo que
estamos habituados a hacer de la manera acostumbrada? ¿Podremos
arreglarnos, enfrentar el desafío? Sabemos por instinto que el
exceso de cambio y de tensión, por sobre nuestra capacidad de
adaptación, debilita nuestra salud, tanto física como mental. Nos
desvitaliza.
Sin embargo el cambio es necesario para la vida; en
verdad, es la esencia misma de la vitalidad. Cuando está bloqueado
se produce una disminución en el flujo de la energía vital, que
provoca la torpeza del estancamiento o la rigidez petrificada de la
cristalización. La adversidad, que nos obliga a cambiar, nos incita,
nos arranca de los hábitos viejos, nos estira y exige que
despertemos y desarrollemos las partes no utilizadas. Nos
revitaliza.
Por lo tanto, ¿qué es? ¿Revitalizante o desvitalizante?
¿Da energías o debilita? El cambio puede ser cualquiera de las dos
cosas. Y puede ser ambas cosas a la vez.
En el tarot existe una carta llamada la Torre, que
representa la súbita fuerza explosiva de la catástrofe. Representa
una torre partida en dos por un rayo y dos indefensas siluetas
humanas que caen de cabeza hacia la tierra. Obviamente, esta carta
representa una súbita calamidad, el desastre, una emergencia: todas
las eventualidades que más tememos. Nadie se alegra cuando aparece
la torre en un abanico de tarot. Pero la Torre suele ser necesaria,
pues también indica la ruptura de las situaciones difíciles, el fin
del estancamiento, un hecho súbito que libera la energía congelada.
Cualquier emergencia pide y hasta exige de nosotros las cualidades y
habilidades humanas más elevadas y heroicas. Requiere que emerja lo
mejor. Quienes se han enfrentado a la necesidad de acción en una
emergencia suelen decir que, en esa ocasión, se sintieron más vivos
que nunca, más en contacto con el poder innato, más conectados con
la totalidad de la vida. Se vieron arrebatados por encima de su
identidad cotidiana, esa misma identidad a la que, normalmente, nos
adherimos con tenacidad. Frente a un gran peligro se deja caer la
eterna fachada, se abandona la cautela y, de inmediato, emergen
desconocidas habilidades para el liderazgo y la acción decisiva, en
un heroico momento de integración, honestidad y verdad. Cuando el
cine o el teatro representan bien estas ocasiones, , nos sentimos
impulsados a aplaudir o a llorar, porque reconocemos que el
personaje involucrado queda alterado para siempre, inefable y
misteriosamente expandido, más fiel a sí mismo que nunca.
Los grandes acontecimientos que provocan cambios en la
vida rara vez duran un momento, pero aunque sean breves y
cataclismáticos, sus efectos se prolongan durante semanas, meses,
años, décadas. Y a diferencia del estoico granjero del cuento, uno
cambia. Se adapta altera su definición de uno mismo.
CAMBIO CATASTRÓFICO Y
CURACIÓN
En una encarnación dada podemos encontrarnos a punto de
curar una condición que ha existido por muchas vidas. Como lo
demuestra el relato siguiente, las experiencias traumáticas y los
cambios catastróficos pueden proporcionar el catalizador necesario
para una curación profunda.
Bárbara, que tiene alrededor de treinta y cinco años,
irradia una serena fuerza, pese a su marcada cojera y su brazo
marchito. Suaves líneas de risa le rodean los ojos, junto con otras
grabadas por los constantes dolores físicos que soporta. Y hay
también líneas más sutiles, que insinúan un conocimiento personal
del rayo que hace volar la torre. He aquí la historia de Bárbara, en
sus propias palabras:
Mi
hermana Paige y yo no nos parecemos en nada, pero como apenas hay
entro nosotros siete meses de diferencia, cuando éramos pequeñas la
gente preguntaba siempre si éramos mellizas. Yo solía hacer una
mueca de dolor cada vez que oía la respuesta de mis padres: “Bueno,
es que Bárbara es adoptada”. Pero fue peor aun cuando tuve edad
suficiente para responder por mí misma. Al decir: “Es que soy
adoptada” me sentía como si hubiera nacido en la luna, sobre todo
cuando el que preguntaba observaba a mis padres y mi hermana, rubios
y de ojos azules, y los comparaba con mis ojos de avellana, mi piel
olivácea y mi pelo castaño oscuro. “ah, claro –decían siempre-. Eso
lo explica todo.”
A mi modo de ver, el hecho de que yo fuera adoptada
explicaba muchas cosas, por cierto. Cuando Paige nació mis padres
consiguieron, por fin, exactamente lo que deseaban. Y de algún modo
yo fui el amuleto (eso también lo oí incontables veces) que permitió
su nacimiento. También se me atribuía el nacimiento de Perry,
nuestro hermanito menor, que llegó dos años después de Paige. Para
decirlo de alguna manera, me sentía mezcla de pata de conejo, perro
mestizo recogido de la calle y visitante del espacio exterior, pero
nunca parte real de la familia.
Muchas veces me he preguntado si ese acento constante en
mi condición de adoptada, junto con mi aspecto tan diferente, tuvo
algo que ver con lo que ocurrió entre el abuelo y yo. A partir del
momento en que Paige y yo cumplimos los ocho años y Perry los seis,
dos veces por semana nuestro abuelo iba a buscarnos a la escuela y
nos llevaba a tomar lecciones de equitación. Como yo era alérgica a
los caballos, él dejaba a mis hermanos en el granero y me llevaba a
su casa por un par de horas, hasta que llegaba el momento de ir por
ellos y llevarnos a casa a los tres.
Mientras estaba en su casa jugábamos juntos. Como el abuelo era
viudo, estábamos siempre solos. Los juegos se hicieron algo
complicados y fueron cobrando gradualmente un carácter sexual, pero
yo era demasiado pequeña para comprender de verdad lo que me hacía.
Básicamente, fui vejada en cada una de esas tardes, a lo largo de
casi tres años.
Descubrí que podía aplicar una triquiñuela. Podía abandonar el
cuerpo y llevar mi conciencia a otro lado, mientras mi abuelo hacía
lo suyo. Me iba al techo, salía por la ventana y, a veces, a lugares
bastante ultraterrenos. Ahora comprendo que no tenía otro modo de
protegerme. Aunque él hiciera esas cosas con mi cuerpo, en realidad
no me las hacía a mí. Yo estaba en otro lugar.
Nunca
pude decir a nadie lo que estaba pasando. Creo que no me sentía con
derecho a ser protegida. Aquello sólo terminó cuando, ya en la
escuela secundaria, me dediqué a los deportes después de clases y
comencé a volver a casa en autobús. Coincidentemente, mi abuelo tomó
por costumbre dedicar la tarde a jugar a las cartas y le dijo a mamá
que ya no podía llevar y traer a Paige y a Perry.
De
cualquier manera, como casi todos los que han pasado por algo
similar, puse todos esos recuerdos en un sitio hondo y oscuro, los
tapé sin dejar huella y continué por m vida, que no era muy fácil,
por otros motivos. Aunque era buena alumna, en lo social no
encontraba mi sitio. Vivíamos en una pequeña ciudad costera de
California central, y en la década de 1050 aún quedaban allá muchas
granjas y huertos. Los propietarios blancos empleaban a trabajadores
mexicanos; las clases económicas y sociales se dividían,
básicamente, por lo racial. Debido a mi familia adoptiva, yo era
demasiado anglosajona y de clase media como para tratar con los
hispanos; sin embargo, resultaba demasiado latina para armonizar
bien con los amigos de mis hermanos, en su mayoría rubios de ojos
azules. Me destacaba en el tenis. Eso me mantenía ocupada y me deba
cierta identidad propia.
Por
fin dejé el hogar para ir a la universidad. Una vez que me encontré
sola comencé a trabajar para mantenerme y nunca más miré hacia
atrás. Me diplomé en educación física y conseguí un estupendo
empleo: enseñaba tenis en una escuela secundaria. El trabajo me
gustaba mucho, quizá porque sólo como atleta me sentía persona de
verdad.
Pero
toda esa vida llegó a su fin en un lluvioso atardecer de domingo.
Volvía en auto a i casa, con mis provisiones, cuando otro coche me
chocó de costado, a setenta kilómetros por hora.
Cuando la ambulancia llegó al hospital yo estaba prácticamente
muerta. Más adelante los médicos me dijeron que me creyeron perdida.
Pasé algunos minutos sin signos vitales, pero ellos no cejaron y,
por fin, reaccioné.
O tal
vez sería más correcto decir que regresé, porque sin duda había
estado en un sitio muy diferente.
Pasé
mucho tiempo en el hospital; una interna, que se interesaba por las
experiencias de cuasi muerte, vino varias veces a hablar conmigo.
Sabía que yo había estado clínicamente muerta por varios minutos y
trataba de hacerme decir qué recordaba de ese momento. En realidad,
yo lo recordaba todo, pero por mucho tiempo no estuve dispuesta a
hablar de eso. Era algo demasiado especial, demasiado personal y
grande para contárselo a alguien. El mero intento de expresarlo en
palabras lo desvirtuaba, de algún modo, y yo quería retenerlo
exactamente como había sido.
Aun
hoy no hallo palabras adecuadas para describirlo con exactitud.
Aunque lo intento, suena tan insípido… Primero oí un ruido
atronador y me encontré recorriendo un túnel a toda velocidad, como
atraída por una enorme aspiradora. Luego todo se abrió en una luz
increíblemente bella, que no sólo estaba a mí alrededor sino también
dentro de mí, impregnándome de calor y paz. Era muy suave,
consoladora y curativa.
Me
encontré en presencia de un Ser, en quien percibí la aceptación y el
amor más completos que yo haya conocido; con él revisé todos los
hechos previos de mi vida, que se desarrollaban como si estuviera
viendo una película. Vi con tremenda claridad todos los detalles de
mi vida y lo necesario que había sido todo, hasta las partes peores.
Y luego ese Ser, que me conocía tan a fondo y me aceptaba por
entero, me convenció con amor de que regresara aquí.
Toda
la experiencia fue de una objetividad increíble. Sé que no parece
concordar con nuestro modo habitual de ver el amor, pero eso era. Vi
todo lo que me había pasado en la vida con un amor y una comprensión
profundísimos.
Cuando volví a la vida en este cuerpo nada parecía muy importante,
salvo traer conmigo, tanto como fuera posible, ese amor, esa luz,
ese saber.
Decir que la experiencia me cambió la vida sería
quedarme muy corta. Para empezar, mi carrera y mi identidad como
atleta fueron borradas por completo en cuanto el otro auto me chocó.
No voy a demorarme en mi recuperación física. Fue larga, difícil y
dolorosa. Pero tal vez todos esos meses de convalecencia me
obligaron a mantener quieta durante el tiempo suficiente para
apreciar lo que me había ocurrido, en un plano fuera de lo físico.
Era como si mi antiguo yo, con toda su negatividad y sus miedos, la
pena, la vergüenza, las amarguras y la autocompasión, recibieran una
flamante perspectiva de su pasado. Y esta nueva perspectiva incluía
un nivel de amor y comprensión que aniquilaba toda esa negatividad.
No los recuerdos, pero sí los rencores relacionados con ellos, hasta
curarlos. En realidad, todo lo que antes habría considerado trágico
me parecía ahora perfecto. Sé que resulta increíble, pero es lo que
ocurrió.
Esa interna del hospital me trajo un libro de Kenneth
Ring, Heading toward Omega, que describe sus estudios de las
experiencias de cuasi muerte. Me alegré de tenerlo. Me consolaba
saber que no estaba loca, que esa experiencia, la más profunda de mi
vida, no era imaginaria.
No
mucho después de terminar mi rehabilitación, el doctor Ring vino a
la ciudad para dar una conferencia. Fui a escucharlo, por supuesto.
El estaba haciendo nuevas investigaciones para determinar cuáles
eran las personas, entre todas las que habían estado clínicamente
muertas por un tiempo, que recordaban la experiencia. Al parecer,
quienes la recuerdan suelen haber sufrido algún tipo de maltrato
durante el crecimiento. Al escuchar al doctor Ring comprendí que la
peor parte de mi niñez era la que me había posibilitado traer
conmigo parte de la indescriptible paz y belleza de ese otro lugar.
Los que fuimos maltratados aprendimos, por necesidad, a abandonar
nuestro cuerpo a conciencia y regresar otra vez, como si
estuviéramos practicando para poder recordar más adelante, después
de nuestra experiencia de muerte clínica, cómo era el otro lado.
Hoy
en día utilizo en mi nuevo trabajo lo que experimenté durante mi
cuasi muerte. Soy asesora de un hospital y trabajo con enfermos
terminales; cuando es adecuado comparto con ellos lo que sé del otro
lado: el amor curativo que nos espera cuando llega el momento de
abandonar el cuerpo físico. Soy parte de un equipo que educa a
miembros de la profesión médica, a los enfermos terminales y a sus
familiares, y a cualquier otra persona que se interese en el tema de
la muerte y el morir.
A
veces me preguntan si no estoy “malgastando la vida” por pasar tanto
tiempo alrededor de la muerte. Muchos piensan que es deprimente.
Pero a mí no me deprime en absoluto. Oh, suele ser muy difícil
observar cómo lucha alguien para liberarse del cuerpo físico y
llegar a ese otro lado. Pero cuando han hecho lo que vinieron a
hacer, cuando han cumplido con su finalidad y quemado el karma que
los retiene aquí, es más apropiado considerar la partida, no como
una tragedia, sino como vacaciones escolares. Aunque esto suene
descarado, así es como lo veo, desde mi experiencia.
Por
eso, cuando les llega el momento de irse les hablo; a veces, estando
despiertos; a veces cuando duermen, porque es más fácil. Les digo lo
que vi, lo que sentí y aprendí al otro lado, lo que sé del cruce.
Estoy muy segura de que eso los ayuda. Hoy creo que por eso tuve que
volver, después de haberme ido. Creo que este es el trabajo que me
estaba destinado: ayudar a la gente a comprender que morir no es el
fin de la vida. Es como graduarse.
CURACIÓN EN EL PLANO
MENTAL
Este relato ejemplifica muchos de los puntos delineados
en este libro. Bárbara eligió encarnar en una familia y un ambiente
social en los que se sintiera fuera de lugar y sutilmente
deficiente. La explotación sexual que soportó de su abuelo adoptivo
acentuó su sensación de aislamiento e incrementó su defecto de
carácter: la autocompasión. Bárbara disimulaba su vulnerabilidad
dentro de la personalidad disciplinada de la atleta responsable,
papel que estructuraba cómodamente sus interacciones con el prójimo.
En la edad adulta agregó, al papel de competidora, el de
instructora. Sólo dentro de estos estrechos confines podía sentirse
digna y a salvo.
La curación de bárbara, durante su experiencia de cuasi
muerte, se produjo principalmente en el plano mental inferior de su
campo de energía, el plano de los pensamientos teñidos de emoción y
deseo. En este plano existen las visiones distorsionadas que uno
tiene de quien es, así como la falta de sinceridad que tiene contra
sí mismo y que lo aparta del alma. La autocompasión de Bárbara y la
imagen de víctima que de sí misma tenía eran sus principales
distorsiones, generadas sin duda en otras encarnaciones, que atraían
una y otra vez nuevos incidentes de victimación y combustible para
la autocompasión, vida tras vida. La clave para curar estas
distorsiones era su logro de la comprensión objetiva, producida por
el contacto con su alma durante la muerte clínica.
La comprensión objetiva, el plano de pensamiento libre
de emociones o deseos, es del nivel mental más elevado, aquel donde
mora el alma. Es nuestra propia alma lo que encontramos al abandonar
el cuerpo físico y experimentar el repaso postmortem. El contacto de
Bárbara con su alma curó sus creencias distorsionadas, provocando
también una curación del campo emocional. Cualquier corrección en
los planos elevados del campo energético humano promueve, mediante
la inducción, las correspondientes correcciones en los planos
inferiores del campo. Fue por orden de su alma que ella volvió al
plano terrestre y continuó su obra aquí, en esta vida.
Y tal como supone su capacidad de abandonar el cuerpo,
desarrollada a fin de soportar los repetidos vejámenes que sufría
cuando niña, fue la clave para retener el recuerdo de su curación.
¿Qué habría pasado si Bárbara se hubiera salvado de esos
tempranos abusos sexuales? ¿Habría debido renunciar también al
recuerdo consciente de la trascendente belleza de su muerte clínica,
con toda su influencia transformadora?
Ante problemas de gran carga emocional como el abuso
sexual, nos cuesta recordar que dentro de cada tragedia, de cada
trauma y cada adversidad, habita la preciosa semilla de la curación
no sólo para ese suceso o condición, sino la curación de muchas
cosas que no podemos ver, ni siquiera intuir. Quizá no sea exagerado
decir que salvar a Bárbara de su horrible martirio infantil habría
impedido su preciosa transfiguración en la edad adulta.
Entonces, ¿Qué es curar?
LA NATURALEZA DE LA
CURACIÓN
La verdadera curación ocurre en planos muchos más
sutiles que el físico e involucra configuraciones energéticas que
han persistido a lo largo de muchas vidas. Liberar el cuerpo
emocional de las distorsiones y los engaños que hay en él ejerce un
efecto sumamente beneficioso en el funcionamiento físico, pero la
curación más profunda posible es la del cuerpo mental.
Todo lo que somos durante una encarnación emana de los
planos mentales, pues en verdad “así como el hombre piensa, así es
él”. Según avanzamos en el Camino hacia Afuera, desde la inocencia a
la madurez, nuestros traumas nos llevan a desarrollar creencias
definidas sobre uno mismo y la naturaleza de la vida. Cuando
empezamos a recorrer el Camino de Retorno, la vida se encamina hacia
el desprendimiento de esas distorsiones. Imaginemos que el Yo
superior de Bárbara, antes de esta vida, aceptó participar en una
encarnación que presentara un poderoso desafío a sus arraigadas
convicciones con respecto a su aislamiento y su victimación.
Naturalmente, debía atraer una vez más, por el principio de
resonancia morfogenética, a personas y hechos que concordaran con su
sistema de creencias. Pero en esta oportunidad provocó el hecho
catalítico y cataclísmico que hizo posible el gran progreso: pidió
que se le entregara la carta de la Torre.
Recordemos lo que sufrió Bárbara a fin de recordar su
cuasi muerte y dejarse transformar por ella. En primer lugar, se
atenuó el velo entre la conciencia en el estado físico y la
conciencia en lo no físico, a medida que ella aprendía a abandonar
el cuerpo durante los vejámenes. Luego recibió un daño tan grave que
fue expulsada de su cuerpo físico. Por fin, aunque acabó por
recobrarse, retuvo algunos de los efectos discapacitantes de su
trauma físico. Ese fue el precio, aceptado antes de su encarnación
actual, de la iluminación que alcanzó y la profunda curación a la
que fue sometida.
SUGERENCIAS PARA
CURARSE A SÍ MISMO
Incluso aquellos que estamos profundamente entregados a
la evolución espiritual nos debatimos contra la adversidad.
Necesitamos la ayuda de algunas sugerencias que nos recuerden cómo
colaborar en el proceso de transformación.
He aquí una lista de tales sugerencias.
• Busca siempre el don de toda adversidad
• No te permitas la autocompasión
• Nunca culpes a otro de tus problemas
• Cultiva una actitud agradecida
• No evalúes tu situación ni las ajenas
• Evita el sentimentalismo
• Reconoce que una enfermedad no es castigo
• Busca oportunidades para servir
• Aprende a considerar la muerte como una curación
BUSCA SIEMPRE EL DON DE TODA ADVERSIDAD
Todo problema es una tarea encomendada por tu alma. Por
lo tanto, debes reconocer que hay un propósito en tu problema, tu
herida, tu dolencia, tu incapacidad, tu enfermedad terminal; trata
de alinearte con esa adversidad, es decir: busca lo que trata de
enseñarte. Recuerda que, desde la perspectiva del alma, un cambio de
conciencia tiene mucho más valor que una “cura”. Por lo tanto,
sigue el sabio consejo del rey Salomón: “Con todas tus ganancias,
gana entendimiento”. Haz de ese entendimiento el objetivo de tu
búsqueda y ten fe en que serás recompensado.
Existe un delicioso cuento sobre dos niñitos, uno
optimista, pesimista el segundo. Alguien lleva al pesimista a una
habitación colmada de maravillosos juguetes de todo tipo, pero en
cuanto está adentro el niño se sienta junto a la puerta, haciendo
pucheros. Rato más tarde lo sacan de la habitación y le preguntan
por qué se sentía tan desdichado.
-Estaba seguro de que, en cuanto eligiera un juguete que
me gustara mucho, se me rompería –responde, angustiado.
Mientras tanto, el pequeño optimista ha sido llevado a
una habitación llena de estiércol y allí está, cantando una canción
de vaqueros, mientras excava alegremente. Cuando se lo invita a
salir sacude la cabeza y continúa cavando.
-Estoy seguro de que, con tanto estiércol –anuncia,
entusiasta- , ¡por aquí tiene que haber un pony.
Cree en el pony. Cree en el don escondido en toda
la …… bueno, tú me entiendes.
NO
TE PERMITAS LA AUTOCOMPASION
Puedes pensar
que un poco de autocompasión es natural y permisible, con tanto como
estás sufriendo. Sin embargo, es una indulgencia odiosa que se
vuelve habitual con facilidad. Una vez que se instala, el hábito de
la autocompasión actúa sobre nuestra conciencia como una droga a la
que somos adictos, proporcionando una seductora excusa para
permitirnos más… y permitirnos la autocompasión es, como consumir
habitualmente drogas, una barrera muy efectiva contra el desarrollo
espiritual.
NUNCA CULPES A OTROS DE TUS PROBLEMAS
Culpar a otros es, como la autocompasión, una práctica
permisiva que nos impide hacernos responsables de nuestra propia
vida. Ninguna parte de la ley espiritual establece que otra persona
tenga la culpa de nuestros problemas, ni en esta vida ni en las
anteriores. Si recordamos que todas nuestras dificultades, aun
aquellas vinculadas con el prójimo, cumplen en nuestra evolución una
finalidad importante, reconoceremos en nuestros enemigos a los
agentes de la iluminación. No obstante, esto no significa que
debamos disfrutar de todos nuestros tratos con estos agentes del
karma.
Un sabio refrán antiguo nos aconseja:
Cuando te enfrentes a un enemigo
Alábalo,
Bendícelo,
Déjalo ir.
Bendecir a nuestros enemigos, desearles todo el bien que
desearíamos para nosotros mismos, es un modo excelente de alcanzar
la propia liberación.
En cierta ocasión tuve que trabajar en un centro
asistencial con otro terapeuta que me acosaba constantemente, y me
despreciaba y socavaba mi obra con nuestros pacientes. Debido a sus
maniobras aprendí a ser más directa y empecinada, por lo cual
trataba de estar agradecida, pero esa constante lucha con él me
desgastaba. Comencé a afirmar en silencio: “Este hombre va a obtener
su bien más elevado, cualquiera sea”. Un día, luego de haber estado
repitiendo esta afirmación por algunas semanas, él anunció
súbitamente que se iba, pues le habían ofrecido un cargo mucho
mejor.
Tales afirmaciones, hechas con tanto amor como sea
posible, ponen en movimiento el mandato bíblico: “No has de resistir
al mal, sino superarlo con el bien”.
La verdad superior oculta tras nuestras dificultades con
otros es que, en realidad, estamos aquí para ayudarnos mutuamente a
avanzar por el Camino. Sin negar que los problemas existen, podemos
atemperar mucho las dificultades interpersonales enviando
bendiciones.
CULTIVA UNA ACTITUD AGRADECIDA
A veces, cuando las cosas están muy mal, una revisión de
nuestras bendiciones puede servir de excelente antídoto contra la
depresión insidiosa y la autocompasión. Cuanto más nos concentramos
en nuestras bendiciones, más liviana se nos hace la carta. Y si
también podemos apreciar los progresos que ya hemos hecho (las
lecciones aprendidas y la comprensión que hemos logrado al enfrentar
los desafíos previos) esto nos ayuda a tener fe en que nuestras
dificultades actuales también rendirán su fruto, a su debido tiempo.
Esta “actitud agradecida” no es, simplemente, un intento
de restar importancia o negar una adversidad muy real, al estilo de
Pollyanna. Más bien, es una disciplina espiritual que consiste en
apartar el foco de la conciencia de los aspectos negativos de
nuestra situación y elevarlo hacia los positivos. Al apartar los
pensamientos de lo negativo, con suave firmeza, lo positivo se
convierte en una parte mayor de la realidad experimentada.
Un paciente drogadicto en recuperación me dijo en cierta
ocasión: “¡La actitud es la mejor de todas las drogas!” Estoy de
acuerdo. Y ya que podemos elegir cuál será nuestra actitud, ¿por qué
no elegir una que nos eleve en vez de aplastarnos?
NO
EVALUES TU SITUACION NI LAS AJENAS
Es virtualmente imposible, durante una encarnación,
evaluar en qué parte del Camino estás; tampoco suele ser posible,
antes de completar la misión kármica, identificar siquiera qué se ha
estado aprendiendo. Aunque es importante buscar la comprensión
abriéndose a ella, una actitud crítica con respecto al propio avance
es a un tiempo inadecuada y perjudicial. Confía en que, cualesquiera
sean las condiciones exteriores de tu vida, estás avanzando.
Evita las comparaciones con otros. En el programa de
salud mental llamado Recovery, Incorporated, se dice: “Las
comparaciones son odiosas”. Cuando evaluamos nuestra situación
frente a la de otro, estamos siempre comparando lo incomparable,
pues no nos es posible ver con claridad todo el cuadro propio, mucho
menos el ajeno.
Respeta los temas que conciernen a tu familia y a tu
grupo, así como la parte que cada uno de vosotros desempeña, sin
olvidar que en este plano se necesita del contraste para aprender. A
veces ese contraste se produce por medio del conflicto y, por lo
tanto, alguien debe proporcionarlo.
Otorga al viaje de cada uno la dignidad que merece y
recuerda hacer lo mismo con el tuyo. Esotéricamente, los que
encarnamos en la Tierra recibimos el nombre de “Señores de la
Incesante Devoción”, apelativo que reconoce el valor y la
resistencia requeridas para recorrer el camino aquí, en el plano
terrestre. Confía en que, por el solo hecho de estar aquí, todos
somos nobles.
EVITA EL SENTIMENTALISMO
Según evolucionamos espiritualmente, aprendemos a
disciplinar nuestras emociones, cultivar el desapego y ampliar
nuestra perspectiva más allá de lo que es obvio, inmediato y
personal. El sentimentalismo es una emotividad no esclarecida;
dificulta este tipo de evolución y nos atrapa en las reacciones
estereotipadas de nuestra cultura ante diversos acontecimientos.
Ganar la lotería, por ejemplo. La actitud sentimental es que un
sueño se hace realidad, prometiendo felicidad y libertad sin
límites. Pero con la mayor libertad conferida por esos millones
instantáneos viene una mayor responsabilidad por cada elección, cada
acto. El ganador pierde de pronto todas las excusas financieras para
no vivir feliz y satisfecho. La dulce esperanza de ser feliz algún
día queda reemplazada por la exigencia de ser ahora mismo dichoso
hasta el delirio. La proporción de ganadores que sufren colapsos
nerviosos o cometen suicidio indica que, pese a la creencia popular,
la riqueza instantánea dista de ser una garantía de felicidad.
Si logramos entender que la súbita oportunidad de tener
todas las cosas materiales que deseaste siempre es una prueba
espiritual tan grande como la de perder todo lo que has amado, sin
duda tu punto de vista está evolucionando.
RECONOCE QUE LA ENFERMEDAD NO ES CASTIGO
La enfermedad no es prueba de que tengamos defectos;
tampoco indica que no estamos pensando de manera suficientemente
positiva. Aunque a veces los problemas físicos indican que una zona
emocional de la vida requiere nuestra atención, no siempre es así,
en absoluto. A veces padecemos físicamente porque, de alguna manera
misteriosa, estamos cumpliendo con el karma. Según los escritos de
Edgar Cayce, muchos entre quienes lo consultaban tenían estados
físicos que parecían caer en esa categoría: enfermedades o defectos
físicos que les habían sido destinados para esa vida en especial
elegidos por el Yo Superior para disminuir el karma generado en una
vida anterior.
Algunas enfermedades son, simplemente, resultado de
estar en manifestación física. Literalmente, estamos hechos de
material reciclado, y en el plano terrestre hay mucha energía
contaminada. El Tibetano, que dictó los múltiples volúmenes escritos
por Alice Bailey, afirma que la finalidad de todo sufrimiento es
limpiarnos y purificarnos. Por lo tanto, cualquiera sea la causa
primordial de nuestra dolencia (problemas personales a los que no
prestamos atención, deudas kármicas a pagar o contaminaciones
planetarias que llevamos en nuestro vehículo físico), en cierta
forma nos elevamos al soportar cualquier enfermedad que padezcamos.
BUSCA OPORTUNIDADES DE SERVIR
Varios de los relatos de este libro se refieren a
personas que, tras haber sufrido, se dedicaron a ayudar a otros que
padecían de modo similar. Ese compromiso suele ser resultado de una
mayor conciencia. Pero no todos podemos servir al prójimo con
asesoramiento, terapia, asistencia social, etcétera; tampoco debemos
hacerlo. Hay muchas otras maneras de servir. Una de ellas es,
simplemente, continuar con las actividades que realizamos
normalmente, pero llevarlas a cabo con una conciencia más altamente
desarrollada. El mundo necesita mucho de gente esclarecida en todas
las esferas de la vida.
Hay personas que debido a enfermedades, invalidez u
otros factores, no pueden participar activamente en Edmundo
exterior. Si estás en esa situación, aun así puedes ofrecer el más
elevado de todos los servicios. Thomas Merton sostiene que ese
necesario punto quieto del centro de la rueda es el foco del mundo,
donde se puede encontrar a Dios. Si tu estado te obliga a permanecer
inmóvil, centra tu conciencia en dios, sea como fuere para ti, y
ríndete a eso. Conviértete en el punto concentrado de la conciencia
en el centro de la actividad.
No hay nada más efectivo para causar un mayor bien en el
mundo que el pensamiento puro, no contaminado por el deseo. Al
dedicarte a alcanzar el contacto consciente con tu Poder superior,
te conviertes en un canal para esas energías superiores que elevan,
inspiran y nos guían a todos. Como una torre solitaria en la cumbre
de una montaña, que irradiara un mensaje de amor y esperanza, en tu
soledad y en tu silencio llevas a cabo una obra espiritual de enorme
importancia en beneficio de todos nosotros, los que nos afanamos en
el mundo exterior.
APRENDE A CONSIDERAR LA MUERTE COMO CURACION
La muerte es el punto en el que se cosecha todo lo que
se ha ganado en determinada vida. Con frecuencia, quienes consultan
a los astrólogos suponen que el ser amado, al morir, estaba bajo
aspectos difíciles. No suele ser así. Con más frecuencia, los
aspectos difíciles en el momento de la muerte aparecen en la carta
de los sobrevivientes, pues son ellos quienes deben soportar la
pérdida y los cambios que ella les impone. En el momento de morir,
el difunto estaba por lo general bajo aspectos suaves y benignos,
indicativos de que el abandono del cuerpo no es un hecho tan
traumático, sino el pasar fácilmente a otro reino.
Aun la muerte prematura, súbita o brutal, puede ser
considerada como una curación, en cuanto el ser encarnado se ve
libre de algo que, en el mejor de los casos, es una tarea difícil:
vivir en el plano terrestre. Esotéricamente se considera que el
suicidio y el asesinato son erróneos porque interrumpen de manera
prematura el episodio kármico en desarrollo de un individuo, y no
porque extingan una vida. La vida nunca se extingue ni se pierde en
lo que llamamos muerte.
Un sabio amigo mío, que acaba de celebrar su centésimo
cumpleaños, me dijo hace poco, sobre una noticia que acababa de
escuchar: “Dicen que hoy perdieron la vida setenta y tres personas,
en un accidente de aviación. ¿No saben que la vida no se puede
perder? ¡Sólo se puede perder el cuerpo! Deberían decir que hoy
perdieron el cuerpo setenta y tres personas”.
SUGERENCIAS PARA
AYUDAR A OTROS A CURAR
Quizá muchos de los lectores estén buscando la manera de
curarse a sí mismos, pero otros tantos están profundamente dedicados
a ser agentes de curación para el prójimo. Tal vez hayas descubierto
que te resulta mucho más fácil soportar tus propios sufrimientos que
presenciar el tormento de un ser querido. Frente a las dificultades
ajenas todos necesitamos sugerencias que nos ayuden a evitar el
sentimentalismo y a cultivar el desapego. Desapego no significa
indiferencia. Más bien, es estar libre de necesidades con respecto a
la persona y la situación. Cuando podemos dominar nuestra propia
necesidad (egoísta) de aliviar la incomodidad que nos produce la
situación del otro, podemos ofrecer amor a quien está en
dificultades. Y el amor, como lo adivinó Bárbara durante su
experiencia de muerte clínica, no es un sentimiento ni una emoción,
sino un profundo nivel de comprensión y aceptación. Nada favorece
tanto la verdadera curación como una atmósfera de este tipo de amor
tan elevado.
Por eso, para todos los que deseamos alcanzar el
desapego necesario y convertirnos en agentes de curación, he aquí
algunas sugerencias básicas. Para servir más efectivamente como
sanadores debemos:
• Estar libres de necesidad.
• Reconocer que sólo somos agentes de la curación, no su
Fuente.
• Resistirnos a ser glorificados por nuestra obra y
nuestra capacidad de
realizarla.
•
Estar “espiritualmente desnudos” con la persona a la que tratamos de
ayudar.
•
Reconocer que pueden estar operando karmas familiares, grupales,
raciales y planetarios.
•
Aceptar que la gente sabe, inconscientemente, el motivo de su
estado.
•
Respetar el tiempo que requiere la transformación.
Examinemos ahora cada uno de estos puntos en mayor detalle.
ESTAR LIBRES DE NECESIDAD
Es
preciso que no tengamos nada que ganar o perder con la recuperación
del sufriente, nuestra capacidad de aliviar el sufrimiento o nuestra
identidad como sanadores. Estas son sólo necesidades egoístas que
dificultan nuestra capacidad de estar junto al sufriente y hacer,
con el amor que proviene del desapego, todo lo posible en beneficio
de esa persona.
RECONOCER QUE SOMOS SOLO AGENTES DE LA CURACION, NO SU FUENTE
Paradójicamente, cuanto menos pongamos en juego en el hecho de “ser
un sanador”, más efectivos seremos como agentes. Toda curación
proviene de los Divino. No podemos saber qué tipo de curación
necesita realmente una persona: si le hace falta una “cura” o apoyo
para efectuar la transición fuera del cuerpo físico. Cuanto más
abiertos estemos a la guía, más satisfaremos sus verdaderas
necesidades.
RESISTIRNOS A QUE NOS GLORIFIQUEN POR NUESTRA OBRA Y NUESTRA
CAPACIDAD
DE
REALIZARLA
La
ministra y metafísica Catherine Ponder dice: “El trabajo es amor
hecho visible.” Todo tipo de trabajo, realizado con amor, es una
elevada vocación. La persona que se dedica a curar con amor no es
más naturalmente excelsa que quien se dedica a realizar con amor
cualquier otra tarea.
ESTAR “ESPIRITUALMENTE DESNUDOS” CON LA PERSONA A QUIEN TRATAMOS DE
AYUDAR
No te
ocultes tras falsas frases animosas, subterfugios o una actitud
indiferente e impersonal. Ver los sufrimientos de otro pone a prueba
la fe; debemos permitirnos el interés afectuoso sin necesidad de una
respuesta o resultado específico. Es preciso respetar los cambios
que nosotros también experimentamos al participar de los
sufrimientos, la muerte o la recuperación física de otro.
RECONOCER QUE PUEDE HABER EN OPERACIÓN KARMAS FAMILIARES, GRUPALES,
RACIALES Y PLANETARIOS
Hasta
cierto grado, estos karmas están siempre en operación, sumergiendo
el destino personal dentro de un conjunto más amplio, con mayores
implicancias al desempeñar una parte en el despliegue de estos
karmas mayores, toda vida individual sirve para que todo el grupo
progrese.
ACEPTAR QUE LA GENTE SABE INCONSCIENTEMENTE
EL
MOTIVO DE SU ESTADO Y SE RESISTIRA
A
“PERDERLO” MIENTRAS NO HAYA CUMPLIDO
CON SU FINALIDAD TRANSFORMADORA
Cuando tratamos de salvar a otro de una enfermedad o un problema,
tal vez estamos dificultando sin advertirlo el motivo que esa
persona tenía para encarnar: la iluminación que busca bajo la
dirección del alma. Esto resulta un desafío aún mayor cuando la
persona a la que deseamos ayudar es nuestro propio hijo. Respetemos
el sendero del prójimo, el karma ajeno. Si presenciar las
dificultades es demasiado penoso, somos nosotros mismos quienes
necesitamos ayuda, para manejar mejor nuestros propios sufrimientos.
RESPETA EL TIEMPO QUE REQUIERA LA TRANSFORMACION
Como
habitamos en el plano de la materia física densa, los verdaderos
cambios se producen con lentitud. Aun cuando un efecto parece
producirse de súbito, el individuo puede haber pasado vidas enteras
preparándose para ello.
Una
última sugerencia, que se aplica tanto a nuestra propia curación
como a la ajena: confía en que estamos evolucionando.
En
otras palabras: ten fe. Presta menos atención al informativo de la
noche y más a lo mucho que la conciencia global se ha elevado en los
últimos treinta años. Piensa en algunos conceptos que eran
revolucionarios hace tres décadas: los derechos de las minorías, los
derechos de la mujer, la protección del medio ambiente. Hoy son
parte aceptada del sistema de valores que compartimos en nuestra
cultura. Las cosas están cambiando para mejor: en lo global, lo
internacional, lo cultural y lo personal. Si das un paso atrás para
lograr alguna perspectiva, verás los cambios y sentirás cómo obran
sobre todos nosotros.
CURACIÓN E
ILUMINACIÓN
Tal vez a esta altura, tras haber leído tanto sobre los
efectos curativos del sufrimiento, te estés preguntando: “Pero ¿Y la
curación por la alegría?” sin duda, todo el mundo, descontando a los
más masoquistas, preferiría que la iluminación se lograra a través
de alegres expansiones de conciencia en vez de lecciones de la
adversidad. Entonces ¿por qué el balance de nuestra experiencia
parecer verse más influido por los aspectos dolorosos que por los
entusiastas? Esto se debe a que tendemos a recordar nuestros
momentos de desgracia con mayor nitidez y durante más tiempo que los
episodios de éxtasis. Compara esos momentos de dicha pasajera con
los nubarrones del dolor que parecen eternos. En la simbología
astrológica, el planeta Saturno, conocido también como el Mayor
Maléfico, es el maestro que nos fuerza a aprender las duras
lecciones. Saturno se vincula también con Crono, o el Padre Tiempo.
Así como la enseñanza y el aprendizaje requieren tiempo, la
tribulación es mejor maestra que el deleite.
Sin embargo, alegría y sufrimiento no son tan contrarios
como estados que existen en un mutuo contrapunto en espiral. La
angustia lleva a la comprensión, la comprensión conduce al goce, el
goce cura los efectos de la angustia que, a su vez provoca la
comprensión, y así sucesivamente. Si separamos la espiral en
fragmentos, podríamos decir que la iluminación se logra gracias a la
adversidad, mientras que la curación proviene de la alegría. De
hecho, estamos unidos en un proceso general que nos permite a la vez
recuperar el equilibrio y avanzar.
Este libro te ha presentado una redefinición del sanar
que no está necesariamente ligada con el alivio o la cura de las
dolencias físicas o psicológicas. Ahora bien, la curación se
redefine aquí como un amplio proceso que supera los límites de la
vida y la muerte, utilizando todas las experiencias para fomentar la
comprensión y todas las adversidades para restaurar el equilibrio.
Más aun: desde la perspectiva aquí presentada, cada ser humano en
evolución se considera una parte diminuta, pero significativa y
necesaria, del cuerpo entero de la humanidad, que es en sí una
entidad en evolución. Esta evolución más amplia se produce cuando
cada uno de nosotros aporta su creciente capacidad de retener luz.
En los seres humanos, esta capacidad se aumenta por obra
de la mayor comprensión o conciencia: la iluminación. A medida que
alcanzamos una mayor conciencia, cada uno de nuestros cuerpos
energéticos (el físico/etérico, el emocional o astral y los mentales
superiores e inferior) refulgen con más potencia. Esta radiación
incrementada se debe a que los pensamientos más elevados provocan un
refinamiento de todos los grados de materia, ya sean densos o
sutiles, creando más espacio entre las partículas. Este espacio
entre las partículas se llena de luz.
Toda evolución involucra la capacidad de retener luz. La
evolución de materia densa del plano físico es una de las tareas de
los seres humanos encarnados. Efectuamos esta evolución a medida que
nuestra conciencia creciente provoca el refinamiento de la materia
celular, molecular y atómica del vehículo físico denso. Según
logramos un mayor entendimiento con el alma, servimos como parte
cada vez más consciente del puente que forma nuestra alma entre la
materia física densa que habitamos y el Espíritu. Este Espíritu es
nuestra fuente, así como la fuente de toda manifestación.
Esotéricamente se podría decir que todo ser humano
encarnado está curando, en realidad, la restricción o limitación de
la conciencia, impuesta cuando esa conciencia debe expresarse por
medio de materia física densa. Así como hace falta un transformador
eléctrico de mayor capacidad si se quiere tolerar y transmitir una
carga de energía más grande, así debemos expandir la capacidad de la
materia física para retener y transmitir cada vez una mayor cantidad
de la Luz Universal disponible. Uno de nuestros objetivos, aquí en
la Tierra, es llevar más conciencia a la materia física para
redimirla, se podría decir.
Por lo tanto, cada vez que sufras algún trauma,
adversidad o tragedia, cada vez que observes a otro en esos trances,
pregúntate: “¿Servirá esta experiencia, en último término, para
contribuir a una comprensión más profunda y, por lo tanto, a una
mayor iluminación?”
Si te lo preguntas desde una perspectiva lo bastante
amplia y con el suficiente desapego, tu respuesta será siempre sí.
Sí a la Vida.
Sí a esta vida tuya.
Sí a tus luchas, desilusiones y desafíos.
Sí a tus lecciones, oportunidades y victorias.
Sí a tu creciente y radiante fulgor.
Sí.
EPÍLOGO
Salimos del siglo XX para entrar en el XXI, de la Era de
Piscis para entrar en la de Acuario, sobre nosotros operan poderosas
fuerzas de cambio, en lo individual, en la humanidad como un todo y
también en el planeta entero. Cada vez más, durante estas décadas de
transición, vemos que se franquean, derriban o disuelven las
barreras entre individuos, sociedades, razas y naciones. Entre las
muchas fuerzas que trabajan para disolver estas barreras hay tres
realidades globales.
En primer término, la superpoblación, con las
consecuencias que la acompañan, entre ellas: la desaparición de los
bosques y la vida silvestre, la creciente urbanización, la
disminución de los recursos naturales, la contaminación ambiental y
el recalentamiento del planeta. En la actualidad se nos presentan
asuntos críticos que sólo un acuerdo del mundo entero puede atender.
Cualquier entendimiento menor no puede efectuar los cambios
necesarios para salvarnos y salvar a nuestro planeta.
En segundo lugar, las comunicaciones internacionales
instantáneas reducen las distancias, tanto en sentido literal como
figurado, entre nosotros y nuestros hermanos de todo el planeta.
¿Qué distancia puede haber entre Oriente y Occidente, entre los
hemisferios norte y sur, si todos vemos las mismas transmisiones
televisivas, seguimos las mismas tendencias de la moda y nos
enteramos inmediatamente de las noticias y las crisis de otras
naciones?
El tercer factor importante es la amenaza a la
existencia de vida en este planeta, representada por la tecnología
militar moderna. Aunque los intereses en conflicto continúan
dividiendo a las naciones, el destino compartido como víctimas de
cualquier confrontación global nos une en la esperanza de
supervivencia personal.
Aunque el interés que tenemos en el bienestar del
prójimo es mayormente egoísta, motivado por ideas tales como: “si el
planeta sucumbe, yo también sucumbiré” o “sin ayuda económica ese
país puede amenazar al mío con una extorsión nuclear”, aun así se
está progresando. A medida que las presiones exteriores continúen
fomentando el desarrollo de las cualidades interiores positivas, con
el tiempo se desarrollará una consideración carente de todo egoísmo.
Es mediante esa presión exterior sobre la conciencia interna como
obra la evolución espiritual en todas las Eras.
Una Era es un ciclo de unos dos mil años,
aproximadamente. Durante cada uno de esos ciclos se desarrolla un
gran tema en la conciencia de la humanidad, tema relacionado con el
signo astrológico que gobierna el ciclo y del cual este recibe su
nombre. El tema para la Era de Acuario es la conciencia grupal; la
simple declaración: “Todos estamos juntos en esto” expresa
concisamente la lección que espera a la humanidad, una lección
necesaria para nuestra evolución espiritual y también nuestra
supervivencia física.
Ahora estamos entrando en la Era de Acuario. El signo de
Acuario se relaciona con el orden social, los amigos, los grupos y,
como hemos visto, con la conciencia grupal. En general, tomamos
conciencia de que amanecía la Era de Acuario cuando oímos la letra
de Hair, aquella comedia musical de los años sesenta. Desde
entonces, el término New Age o Nueva Era se ha vuelto común,
aunque aún no se lo comprende bien.
Es difícil determinar con exactitud cuándo se inicia la
Nueva Era o Era de Acuario, porque los signos zodiacales del cielo
no tienen límites precisos. Una Era es determinada por el signo
astrológico en el que aparece la Estrella Polar en el momento del
equinoccio. Por un período de dos mil años, aproximadamente, la
Estrella Polar aparece en un signo dado y actúa como transmisor
hacia la Tierra de las emanaciones energéticas especiales producidas
por ese grupo de estrellas interrelacionadas. Pasamos de una Era a
la siguiente a medida que la Estrella Polar pasa lentamente de un
signo zodiacal hacia otro. Algunos astrólogos aseguran que la Nueva
Era se inició ya en la década de 1850. Otros dicen que no comenzará
hasta bien entrado el siglo XXI. Muchos aceptan el año 2000 como
punto coyuntural aproximado. Y todos están de acuerdo en que,
decididamente, en estos momentos estamos en las convulsiones de la
transición.
La Era de Piscis, también conocida como Era de la Fe,
está llegando a su fin. En gran parte del mundo, durante estos
últimos dos mil años las religiones organizadas han detentado una
posición importante en la vida individual, a un punto que a muchos
nos parece hoy inconcebible. El objetivo de esta Era ha sido la
transformación personal o la salvación mediante la devoción a una
deidad distante: principalmente, buda en Oriente y Jesucristo en
Occidente. Estos dos grandes Seres corporizaron y enseñaron la
lección global de la Era: la compasión. Un Salvador que oró pidiendo
perdón por los mismos que lo crucificaban nos exhorta a amar tanto a
nuestros enemigos como a nuestros amigos. El cínico refrán: “Jesús
nos dio la piedad; los griegos, todo lo demás”, reconoce cuanto
menos que, en verdad, impartió bien esta lección. Compasión, bondad
y paciencia eran las piedras basales que el Buda destacaba en todas
sus enseñanzas sobre el vivir correctamente y hallar la salvación,
librándose de futuras reencarnaciones.
Si estos dos mil años de guerras, barbarie, persecución
religiosa y genocidio, incluidos los horrores recientes del
Holocausto y Vietnam, indican que aún tenemos mucho camino por
recorrer en el aprendizaje de la compasión, recordemos esto: hoy son
muchos los que, natural y automáticamente, expresan el mismo tipo de
compasión que antes era un ideal revolucionario y casi
incomprensible. Hoy en día no nos sorprende la presencia de la
compasión, sino su falta. Casi todos reconocemos, cuanto menos, el
dolor y el sufrimiento ajenos; muchas personas realizan enormes
sacrificios personales a fin de aliviar el sufrimiento de otros, con
quienes poco tienen en común, aparte de la humanidad compartida.
Aunque no todos hayamos aprendido esto de la compasión, muchos la
aprendimos bien. El Tibetano predijo que, hacia fines de la Era de
Piscis, la expresión de la compasión llegaría a ser exagerada.
¿Acaso no es exagerar la compasión (hacer por otros lo que ellos
podrían hacer por sí solos) lo que caracteriza a muchos
coalcohólicos o codependientes, que se encuentran en una importante
relación con un adicto? ¿No es esa una falla muy común entre los
padres de hoy, así como entre muchos miembros de las profesiones
asistenciales? Ahora algunos debeos aprender a atemperar nuestra
compasión exagerada con los rasgos acuarianos, igualmente
espirituales, del desapego y la impersonalidad, aprendiendo a
respetar la responsabilidad que cada individuo tiene sobre su propio
sitio en el Camino.
Así como la Era de Piscis ha sido llamada también la Era
de la Fe, así la Era de Acuario se conoce bajo el nombre de Era del
Hombre, no por el sexo masculino, sino porque este ciclo verá
florecer la capacidad humana de la creación. Según logremos un mayor
dominio de nuestras facultades mentales y emocionales, según
aprendamos a trabajar juntos en concierto espiritual, crearemos a
conciencia los reinos emocional y mental en que habitamos, así como
hoy construimos nuestro ambiente físico.
Todo el énfasis acuariano sobre la conciencia grupal se
equilibra, de algún modo, por la enérgica influencia de Leo, el
signo que ahora adquiere prominencia debido a su oposición con
respecto a Acuario. Leo insta a la independencia y la
individualidad, a la responsabilidad personal por todos los actos.
Estos dos opuestos, Acuario y Leo a la vez, nos guían hacia una
mayor sensibilidad para con el bienestar del grupo, pero exigiendo
que, como individuos, sepamos valernos solos. ¡Que rumbo poderoso y
esperanzado el de la humanidad, en la Era inminente!
En este
planeta que no deja de empequeñecerse, cada uno de nosotros es
ahora, como nunca antes, el guardián de su hermano. Por primera vez,
grandes cantidades de personas en todo el mundo son psicológicamente
astutas; tienen conciencia de los sentimientos, la conducta y las
motivaciones, propios y ajenos. Al mismo tiempo nos afinamos
psíquicamente, nos sintonizamos mutuamente y captamos otras
dimensiones de existencia. Se acerca el momento en que ya no podrá
existir el aislamiento actual de “mi pérdida”, “tu necesidad”, “el
dolor de aquél”, “el hambre de aquélla”.