Llama Violeta

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POR QUÉ A MI, POR QUÉ ESTO, POR QUÉ AHORA

Capitulo 8

¿CÓMO PUEDO AYUDAR A MI PROPIA CURACIÓN Y A LA DE OTROS?

ROBIN NORWOOD

 

Capitulo 8

¿CÓMO PUEDO AYUDAR A MI PROPIA CURACIÓN Y A LA DE OTROS?

             Tal vez conozcas la historia de cierto granjero, habitante de un caserío alejado, cuya vaca desapareció de la dehesa. Al iniciar la búsqueda se encontró con su vecino, quien le preguntó a dónde iba. Al enterarse de que el granjero había perdido la vaca, el vecino meneó la cabeza y comentó:

 
   

            -¡Qué mala suerte!

            -Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe? –replicó el granjero y continuó su camino.

            En las colinas, más allá de las tierras cultivadas, halló a su vaca pastando junto a un hermoso caballo; cuando condujo a la vaca hacia su casa, el caballo la siguió.

            A la mañana siguiente el vecino vino a preguntar por la vaca. Al verla pastar junto a un hermoso caballo, preguntó al granjero qué había ocurrido y, al enterarse de que el caballo había seguido a la vaca hacia la casa, exclamó:

            -¡Que buena suerte!

            -Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe? –replicó el granjero. Y continuó con sus tareas.

Al día siguiente llegó su hijo, a quien el ejército había dado licencia. Inmediatamente trató de montar al hermoso caballo, pero fue arrojado a tierra y se fracturó una pierna. Cuando el vecino pasó rumbo al mercado, vio al joven sentado en el porche, con la pierna entablillada y vendada, mientras el padre trabajaba en la huerta. Entonces preguntó qué había ocurrido y, al enterarse, meneó la cabeza, diciendo:  

            -Que mala suerte!

            -Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe? –replicó el granjero, sin dejar el azadón.

            Al día siguiente apareció el pelotón del muchacho, marchando por la ruta. De la noche a la mañana había estallado una guerra y era preciso presentar la batalla. Como el hijo no pudo incorporarse a la unidad, el vecino, asomado por encima de la cerca, comentó que el granjero no corría así peligro de perder a su hijo en la guerra.

            -¡Que buena suerte! –exclamó.

            -Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe? –replicó el granjero y siguió arando.

            Esa noche el granjero y su hijo se sentaron a cenar; después de algunos bocados, el hijo se ahogó con un hueso de pollo y murió. En el funeral, el vecino puso una mano en el hombro del granjero y dijo con tristeza:

            -¡Que mala suerte!

            -Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe? –replicó el granjero. Y depositó una brazada de flores junto al ataúd.

            Esa misma semana el vecino pasó para informar al granjero que todo el pelotón de su hijo había sido masacrado.

            -Cuanto menos tu hijo murió estando contigo. Que buena suerte –comentó el vecino.

            -Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe? – replicó el granjero.

            Y partió hacia el mercado.

            Y así sucesivamente.

            Casi todos somos como el vecino de este pequeño cuento. Reaccionamos y opinamos según lo que ocurre en un momento dado de la historia en desarrollo. Un hecho aislado ¿es una bendición o una desgracia? Dejamos que lo decidan nuestras emociones. Pero si pudiéramos, de algún modo, liberarnos mágicamente de las emociones (sobre todo del miedo, cuando nos acosa la adversidad) no la llamaríamos adversidad, sino “cambio”, porque eso es lo que todo acontecimiento o situación imprevista exige de nosotros: que cambiemos hasta cierto punto.

LA ADVERSIDAD DEFINIDA COMO MIEDO AL CAMBIO

            Los dos conceptos, adversidad y cambio, están tan inextricablemente ligados que tendemos a medir la gravedad de una dificultad dada por el grado de cambio que exige. Nos definimos según las situaciones y circunstancias que experimentamos a diario y nos resistimos a toda alteración, por el miedo muy básico a perder nuestra identidad. ¿Quién seremos si ya no podemos hacer lo que estamos habituados a hacer de la manera acostumbrada? ¿Podremos arreglarnos, enfrentar el desafío? Sabemos por instinto que el exceso de cambio y de tensión, por sobre nuestra capacidad de adaptación, debilita nuestra salud, tanto física como mental. Nos desvitaliza.

            Sin embargo el cambio es necesario para la vida; en verdad, es la esencia misma de la vitalidad. Cuando está bloqueado se produce una disminución en el flujo de la energía vital, que provoca la torpeza del estancamiento o la rigidez petrificada de la cristalización. La adversidad, que nos obliga a cambiar, nos incita, nos arranca de los hábitos viejos, nos estira y exige que despertemos y desarrollemos las partes no utilizadas. Nos revitaliza.

            Por lo tanto, ¿qué es? ¿Revitalizante o desvitalizante? ¿Da energías o debilita? El cambio puede ser cualquiera de las dos cosas. Y puede ser ambas cosas a la vez.

            En el tarot existe una carta llamada la Torre, que representa la súbita fuerza explosiva de la catástrofe. Representa una torre partida en dos por un rayo y dos indefensas siluetas humanas que caen de cabeza hacia la tierra. Obviamente, esta carta representa una súbita calamidad, el desastre, una emergencia: todas las eventualidades que más tememos. Nadie se alegra cuando aparece la torre en un abanico de tarot. Pero la Torre suele ser necesaria, pues también indica la ruptura de las situaciones difíciles, el fin del estancamiento, un hecho súbito que libera la energía congelada. Cualquier emergencia pide y hasta exige de nosotros las cualidades y habilidades humanas más elevadas y heroicas. Requiere que emerja lo mejor. Quienes se han enfrentado a la necesidad de acción en una emergencia suelen decir que, en esa ocasión, se sintieron más vivos que nunca, más en contacto con el poder innato, más conectados con la totalidad de la vida. Se vieron arrebatados por encima de su identidad cotidiana, esa misma identidad a la que, normalmente, nos adherimos con tenacidad. Frente a un gran peligro se deja caer la eterna fachada, se abandona la cautela y, de inmediato, emergen desconocidas habilidades para el liderazgo y la acción decisiva, en un heroico momento de integración, honestidad y verdad. Cuando el cine o el teatro representan bien estas ocasiones, , nos sentimos impulsados a aplaudir o a llorar, porque reconocemos que el personaje involucrado queda alterado para siempre, inefable y misteriosamente expandido, más fiel a sí mismo que nunca.

            Los grandes acontecimientos que provocan cambios en la vida rara vez duran un momento, pero aunque sean breves y cataclismáticos, sus efectos se prolongan durante semanas, meses, años, décadas. Y a diferencia del estoico granjero del cuento, uno cambia. Se adapta altera su definición de uno mismo.

LA ADVERSIDAD DEFINIDA COMO MIEDO AL CAMBIO

            Los dos conceptos, adversidad y cambio, están tan inextricablemente ligados que tendemos a medir la gravedad de una dificultad dada por el grado de cambio que exige. Nos definimos según las situaciones y circunstancias que experimentamos a diario y nos resistimos a toda alteración, por el miedo muy básico a perder nuestra identidad. ¿Quién seremos si ya no podemos hacer lo que estamos habituados a hacer de la manera acostumbrada? ¿Podremos arreglarnos, enfrentar el desafío? Sabemos por instinto que el exceso de cambio y de tensión, por sobre nuestra capacidad de adaptación, debilita nuestra salud, tanto física como mental. Nos desvitaliza.

            Sin embargo el cambio es necesario para la vida; en verdad, es la esencia misma de la vitalidad. Cuando está bloqueado se produce una disminución en el flujo de la energía vital, que provoca la torpeza del estancamiento o la rigidez petrificada de la cristalización. La adversidad, que nos obliga a cambiar, nos incita, nos arranca de los hábitos viejos, nos estira y exige que despertemos y desarrollemos las partes no utilizadas. Nos revitaliza.

            Por lo tanto, ¿qué es? ¿Revitalizante o desvitalizante? ¿Da energías o debilita? El cambio puede ser cualquiera de las dos cosas. Y puede ser ambas cosas a la vez.

            En el tarot existe una carta llamada la Torre, que representa la súbita fuerza explosiva de la catástrofe. Representa una torre partida en dos por un rayo y dos indefensas siluetas humanas que caen de cabeza hacia la tierra. Obviamente, esta carta representa una súbita calamidad, el desastre, una emergencia: todas las eventualidades que más tememos. Nadie se alegra cuando aparece la torre en un abanico de tarot. Pero la Torre suele ser necesaria, pues también indica la ruptura de las situaciones difíciles, el fin del estancamiento, un hecho súbito que libera la energía congelada. Cualquier emergencia pide y hasta exige de nosotros las cualidades y habilidades humanas más elevadas y heroicas. Requiere que emerja lo mejor. Quienes se han enfrentado a la necesidad de acción en una emergencia suelen decir que, en esa ocasión, se sintieron más vivos que nunca, más en contacto con el poder innato, más conectados con la totalidad de la vida. Se vieron arrebatados por encima de su identidad cotidiana, esa misma identidad a la que, normalmente, nos adherimos con tenacidad. Frente a un gran peligro se deja caer la eterna fachada, se abandona la cautela y, de inmediato, emergen desconocidas habilidades para el liderazgo y la acción decisiva, en un heroico momento de integración, honestidad y verdad. Cuando el cine o el teatro representan bien estas ocasiones, , nos sentimos impulsados a aplaudir o a llorar, porque reconocemos que el personaje involucrado queda alterado para siempre, inefable y misteriosamente expandido, más fiel a sí mismo que nunca.

            Los grandes acontecimientos que provocan cambios en la vida rara vez duran un momento, pero aunque sean breves y cataclismáticos, sus efectos se prolongan durante semanas, meses, años, décadas. Y a diferencia del estoico granjero del cuento, uno cambia. Se adapta altera su definición de uno mismo.

CAMBIO CATASTRÓFICO Y CURACIÓN

            En una encarnación dada podemos encontrarnos a punto de curar una condición que ha existido por muchas vidas. Como lo demuestra el relato siguiente, las experiencias traumáticas y los cambios catastróficos pueden proporcionar el catalizador necesario para una curación profunda.

            Bárbara, que tiene alrededor de treinta y cinco años, irradia una serena fuerza, pese a su marcada cojera y su brazo marchito. Suaves líneas de risa le rodean los ojos, junto con otras grabadas por los constantes dolores físicos que soporta. Y hay también líneas más sutiles, que insinúan un conocimiento personal del rayo que hace volar la torre. He aquí la historia de Bárbara, en sus propias palabras:

Mi hermana Paige y yo no nos parecemos en nada, pero como apenas hay entro nosotros siete meses de diferencia, cuando éramos pequeñas la gente preguntaba siempre si éramos mellizas. Yo solía hacer una mueca de dolor cada vez que oía la respuesta de mis padres: “Bueno, es que Bárbara es adoptada”. Pero fue peor aun cuando tuve edad suficiente para responder por mí misma. Al decir: “Es que soy adoptada” me sentía como si hubiera nacido en la luna, sobre todo cuando el que preguntaba observaba a mis padres y mi hermana, rubios y de ojos azules, y los comparaba con mis ojos de avellana, mi piel olivácea y mi pelo castaño oscuro.  “ah, claro –decían siempre-. Eso lo explica todo.”

            A mi modo de ver, el hecho de que yo fuera adoptada explicaba muchas cosas, por cierto. Cuando Paige nació  mis padres consiguieron, por fin, exactamente lo que deseaban. Y de algún modo yo fui el amuleto (eso también lo oí incontables veces) que permitió su nacimiento. También se me atribuía el nacimiento de Perry, nuestro hermanito menor, que llegó dos años después de Paige. Para decirlo de alguna manera, me sentía mezcla de pata de conejo, perro mestizo recogido de la calle y visitante del espacio exterior, pero nunca parte real de la familia.

            Muchas veces me he preguntado si ese acento constante en mi condición de adoptada, junto con mi aspecto tan diferente, tuvo algo que ver con lo que ocurrió entre el abuelo y yo. A partir del momento en que Paige y yo cumplimos los ocho años y Perry los seis, dos veces por semana nuestro abuelo iba a buscarnos a la escuela y nos llevaba a tomar lecciones de equitación. Como yo era alérgica a los caballos, él dejaba a mis hermanos en el granero y me llevaba a su casa por un par de horas, hasta que llegaba el momento de ir por ellos y llevarnos a casa a los tres.

Mientras estaba en su casa jugábamos juntos. Como el abuelo era viudo, estábamos siempre solos. Los juegos se hicieron algo complicados y fueron cobrando gradualmente un carácter sexual, pero yo era demasiado pequeña para comprender de verdad lo que me hacía. Básicamente, fui vejada en cada una de esas tardes, a lo largo de casi tres años.

Descubrí que podía aplicar una triquiñuela. Podía abandonar el cuerpo y llevar mi conciencia a otro lado, mientras mi abuelo hacía lo suyo. Me iba al techo, salía por la ventana y, a veces, a lugares bastante ultraterrenos. Ahora comprendo que no tenía otro modo de protegerme. Aunque él hiciera esas cosas con mi cuerpo, en realidad no me las hacía a mí. Yo estaba en otro lugar.

Nunca pude decir a nadie lo que estaba pasando. Creo que no me sentía con derecho a ser protegida. Aquello sólo terminó cuando, ya en la escuela secundaria, me dediqué a los deportes después de clases y comencé a volver a casa en autobús. Coincidentemente, mi abuelo tomó por costumbre dedicar la tarde a jugar a las cartas y le dijo a mamá que ya no podía llevar y traer a Paige y a Perry.

De cualquier manera, como casi todos los que han pasado por algo similar, puse todos esos recuerdos en un sitio hondo y oscuro, los tapé sin dejar huella y continué por m vida, que no era muy fácil, por otros motivos. Aunque era buena alumna, en lo social no encontraba mi sitio. Vivíamos en una pequeña ciudad costera de California central, y en la década de 1050 aún quedaban allá muchas granjas y huertos. Los propietarios blancos empleaban a trabajadores mexicanos; las clases económicas y sociales se dividían, básicamente, por lo racial. Debido a mi familia adoptiva, yo era demasiado anglosajona y de clase media como para tratar con los hispanos; sin embargo, resultaba demasiado latina para armonizar bien con los amigos de mis hermanos, en su mayoría rubios de ojos azules. Me destacaba en el tenis. Eso me mantenía ocupada y me deba cierta identidad propia.

Por fin dejé el hogar para ir a la universidad. Una vez que me encontré sola comencé a trabajar para mantenerme y nunca más miré hacia atrás. Me diplomé en educación física y conseguí un estupendo empleo: enseñaba tenis en una escuela secundaria. El trabajo me gustaba mucho, quizá porque sólo como atleta me sentía persona de verdad.

Pero toda esa vida llegó a su fin en un lluvioso atardecer de domingo. Volvía en auto a i casa, con mis provisiones, cuando otro coche me chocó de costado, a setenta kilómetros por hora.

Cuando la ambulancia llegó al hospital yo estaba prácticamente muerta. Más adelante los médicos me dijeron que me creyeron perdida. Pasé algunos minutos sin signos vitales, pero ellos no cejaron y, por fin, reaccioné.

O tal vez sería más correcto decir que regresé, porque sin duda había estado en un sitio muy diferente.

Pasé mucho tiempo en el hospital; una interna, que se interesaba por las experiencias de cuasi muerte, vino varias veces a hablar conmigo. Sabía que yo había estado clínicamente muerta por varios minutos y trataba de hacerme decir qué recordaba de ese momento. En realidad, yo lo recordaba todo, pero por mucho tiempo no estuve dispuesta a hablar de eso. Era algo demasiado especial, demasiado personal y grande para contárselo a alguien. El mero intento de expresarlo en palabras lo desvirtuaba, de algún modo, y yo quería retenerlo exactamente como había sido.

Aun hoy no hallo palabras adecuadas para describirlo con exactitud. Aunque lo intento, suena tan insípido…  Primero oí un ruido atronador y me encontré recorriendo un túnel a toda velocidad, como atraída por una enorme aspiradora. Luego todo se abrió en una luz increíblemente bella, que no sólo estaba a mí alrededor sino también dentro de mí, impregnándome de calor y paz. Era muy suave, consoladora y curativa.

Me encontré en presencia de un Ser, en quien percibí la aceptación y el amor más completos que yo haya conocido; con él revisé todos los hechos previos de mi vida, que se desarrollaban como si estuviera viendo una película. Vi con tremenda claridad todos los detalles de mi vida y lo necesario que había sido todo, hasta las partes peores. Y luego ese Ser, que me conocía tan a fondo y me aceptaba por entero, me convenció con amor de que regresara aquí.

Toda la experiencia fue de una objetividad increíble. Sé que no parece concordar con nuestro modo habitual de ver el amor, pero eso era. Vi todo lo que me había pasado en la vida con un amor y una comprensión profundísimos.

Cuando volví a la vida en este cuerpo nada parecía muy importante, salvo traer conmigo, tanto como fuera posible, ese amor, esa luz, ese saber.

            Decir que la experiencia me cambió la vida sería quedarme muy corta. Para empezar, mi carrera y mi identidad como atleta fueron borradas por completo en cuanto el otro auto me chocó. No voy a demorarme en mi recuperación física. Fue larga, difícil y dolorosa. Pero tal vez todos esos meses de convalecencia me obligaron a mantener quieta durante el tiempo suficiente para apreciar lo que me había ocurrido, en un plano fuera de lo físico. Era como si mi antiguo yo, con toda su negatividad y sus miedos, la pena, la vergüenza, las amarguras y la autocompasión, recibieran una flamante perspectiva de su pasado. Y esta nueva perspectiva incluía un nivel de amor y comprensión que aniquilaba toda esa negatividad. No los recuerdos, pero sí los rencores relacionados con ellos, hasta curarlos. En realidad, todo lo que antes habría considerado trágico me parecía ahora perfecto. Sé que resulta increíble, pero es lo que ocurrió.

            Esa interna del hospital me trajo un libro de Kenneth Ring, Heading toward Omega, que describe sus estudios de las experiencias de cuasi muerte. Me alegré de tenerlo. Me consolaba saber que no estaba loca, que esa experiencia, la más profunda de mi vida, no era imaginaria.

No mucho después de terminar mi rehabilitación, el doctor Ring vino a la ciudad para dar una conferencia. Fui a escucharlo, por supuesto. El estaba haciendo nuevas investigaciones para determinar cuáles eran las personas, entre todas las que habían estado clínicamente muertas por un tiempo, que recordaban la experiencia. Al parecer, quienes la recuerdan suelen haber sufrido algún tipo de maltrato durante el crecimiento. Al escuchar al doctor Ring comprendí que la peor parte de mi niñez era la que me había posibilitado traer conmigo parte de la indescriptible paz y belleza de ese otro lugar. Los que fuimos maltratados aprendimos, por necesidad, a abandonar nuestro cuerpo a conciencia y regresar otra vez, como si estuviéramos practicando para poder recordar más adelante, después de nuestra experiencia de muerte clínica, cómo era el otro lado.

Hoy en día utilizo en mi nuevo trabajo lo que experimenté durante mi cuasi muerte. Soy asesora de un hospital y trabajo con enfermos terminales; cuando es adecuado comparto con ellos lo que sé del otro lado: el amor curativo que nos espera cuando llega el momento de abandonar el cuerpo físico. Soy parte de un equipo que educa a miembros de la profesión médica, a los enfermos terminales y a sus familiares, y a cualquier otra persona que se interese en el tema de la muerte y el morir.

A veces me preguntan si no estoy “malgastando la vida” por pasar tanto tiempo alrededor de la muerte. Muchos piensan que es deprimente. Pero a mí no me deprime en absoluto. Oh, suele ser muy difícil observar cómo lucha alguien para liberarse del cuerpo físico y llegar a ese otro lado. Pero cuando han hecho lo que vinieron a hacer, cuando han cumplido con su finalidad y quemado el karma que los retiene aquí, es más apropiado considerar la partida, no como una tragedia, sino como vacaciones escolares. Aunque esto suene descarado, así es como lo veo, desde mi experiencia.

Por eso, cuando les llega el momento de irse les hablo; a veces, estando despiertos; a veces cuando duermen, porque es más fácil. Les digo lo que vi, lo que sentí y aprendí al otro lado, lo que sé del cruce. Estoy muy segura de que eso los ayuda. Hoy creo que por eso tuve que volver, después de haberme ido. Creo que este es el trabajo que me estaba destinado: ayudar a la gente a comprender que morir no es el fin de la vida. Es como graduarse.

CURACIÓN EN EL PLANO MENTAL

            Este relato ejemplifica muchos de los puntos delineados en este libro. Bárbara eligió encarnar en una familia y un ambiente social en los que se sintiera fuera de lugar y sutilmente deficiente. La explotación sexual que soportó de su abuelo adoptivo acentuó su sensación de aislamiento e incrementó su defecto de carácter: la autocompasión. Bárbara disimulaba su vulnerabilidad dentro de la personalidad disciplinada de la atleta responsable, papel que estructuraba cómodamente sus interacciones con el prójimo. En la edad adulta agregó, al papel de competidora, el de instructora. Sólo dentro de estos estrechos confines podía sentirse digna y a salvo.

            La curación de bárbara, durante su experiencia de cuasi muerte, se produjo principalmente en el plano mental inferior de su campo de energía, el plano de los pensamientos teñidos de emoción y deseo. En este plano existen las visiones distorsionadas que uno tiene de quien es, así como la falta de sinceridad que tiene contra sí mismo y que lo aparta del alma. La autocompasión de Bárbara y la imagen de víctima que de sí misma tenía eran sus principales distorsiones, generadas sin duda en otras encarnaciones, que atraían una y otra vez nuevos incidentes de victimación y combustible para la autocompasión, vida tras vida. La clave para curar estas distorsiones era su logro de la comprensión objetiva, producida por el contacto con su alma durante la muerte clínica.

            La comprensión objetiva, el plano de pensamiento libre de emociones o deseos, es del nivel mental más elevado, aquel donde mora el alma. Es nuestra propia alma lo que encontramos al abandonar el cuerpo físico y experimentar el repaso postmortem. El contacto de Bárbara con su alma curó sus creencias distorsionadas, provocando también una curación del campo emocional. Cualquier corrección en los planos elevados del campo energético humano promueve, mediante la inducción, las correspondientes correcciones en los planos inferiores del campo. Fue por orden de su alma que ella volvió al plano terrestre y continuó su obra aquí, en esta vida.

            Y tal como supone su capacidad de abandonar el cuerpo, desarrollada a fin de soportar los repetidos vejámenes que sufría cuando niña, fue la clave para retener el recuerdo de su curación.

            ¿Qué habría pasado si Bárbara se hubiera salvado de esos tempranos abusos sexuales? ¿Habría debido renunciar también al recuerdo consciente de la trascendente belleza de su muerte clínica, con toda su influencia transformadora?

            Ante problemas de gran carga emocional como el abuso sexual, nos cuesta recordar que dentro de cada tragedia, de cada trauma y cada adversidad, habita la preciosa semilla de la curación no sólo para ese suceso o condición, sino la curación de muchas cosas que no podemos ver, ni siquiera intuir. Quizá no sea exagerado decir que salvar a Bárbara de su horrible martirio infantil habría impedido su preciosa transfiguración en la edad adulta.

            Entonces, ¿Qué es curar?

LA NATURALEZA DE LA CURACIÓN

            La verdadera curación ocurre en planos muchos más sutiles que el físico e involucra configuraciones energéticas que han persistido a lo largo de muchas vidas. Liberar el cuerpo emocional de las distorsiones y los engaños que hay en él ejerce un efecto sumamente beneficioso en el funcionamiento físico, pero la curación más profunda posible es la del cuerpo mental.

            Todo lo que somos durante una encarnación emana de los planos mentales, pues en verdad “así como el hombre piensa, así es él”. Según avanzamos en el Camino hacia Afuera, desde la inocencia a la madurez, nuestros traumas nos llevan a desarrollar creencias definidas sobre uno mismo y la naturaleza de la vida. Cuando empezamos a recorrer el Camino de Retorno, la vida se encamina hacia el desprendimiento de esas distorsiones. Imaginemos que el Yo superior de Bárbara, antes de esta vida, aceptó participar en una encarnación que presentara un poderoso desafío a sus arraigadas convicciones con respecto a su aislamiento y su victimación. Naturalmente, debía atraer una vez más, por el principio de resonancia morfogenética, a personas y hechos que concordaran con su sistema de creencias. Pero en esta oportunidad provocó el hecho catalítico y cataclísmico que hizo posible el gran progreso: pidió que se le entregara la carta de la Torre.

            Recordemos lo que sufrió Bárbara a fin de recordar su cuasi muerte y dejarse transformar por ella. En primer lugar, se atenuó el velo entre la conciencia en el estado físico y la conciencia en lo no físico, a medida que ella aprendía a abandonar el cuerpo durante los vejámenes. Luego recibió un daño tan grave que fue expulsada de su cuerpo físico. Por fin, aunque acabó por recobrarse, retuvo algunos de los efectos discapacitantes de su trauma físico. Ese fue el precio, aceptado antes de su encarnación actual, de la iluminación que alcanzó y la profunda curación a la que fue sometida.

SUGERENCIAS PARA CURARSE A SÍ MISMO

            Incluso aquellos que estamos profundamente entregados a la evolución espiritual nos debatimos contra la adversidad. Necesitamos la ayuda de algunas sugerencias que nos recuerden cómo colaborar en el proceso de transformación.

            He aquí una lista de tales sugerencias.

 

            • Busca siempre el don de toda adversidad

            • No te permitas la autocompasión

            • Nunca culpes a otro de tus problemas

            • Cultiva una actitud agradecida

            • No evalúes tu situación ni las ajenas

            • Evita el sentimentalismo

            • Reconoce que una enfermedad no es castigo

            • Busca oportunidades para servir

            • Aprende a considerar la muerte como una curación

BUSCA SIEMPRE EL DON DE TODA ADVERSIDAD

            Todo problema es una tarea encomendada por tu alma. Por lo tanto, debes reconocer que hay un propósito en tu problema, tu herida, tu dolencia, tu incapacidad, tu enfermedad terminal; trata de alinearte con esa adversidad, es decir: busca lo que trata de enseñarte. Recuerda que, desde la perspectiva del alma, un cambio de conciencia tiene mucho más valor que una “cura”.  Por lo tanto, sigue el sabio consejo del rey Salomón: “Con todas tus ganancias, gana entendimiento”. Haz de ese entendimiento el objetivo de tu búsqueda y ten fe en que serás recompensado.

            Existe un delicioso cuento sobre dos niñitos, uno optimista, pesimista el segundo. Alguien lleva al pesimista a una habitación colmada de maravillosos juguetes de todo tipo, pero en cuanto está adentro el niño se sienta junto a la puerta, haciendo pucheros. Rato más tarde lo sacan de la habitación y le preguntan por qué se sentía tan desdichado.

            -Estaba seguro de que, en cuanto eligiera un juguete que me gustara mucho, se me rompería –responde, angustiado.

            Mientras tanto, el pequeño optimista ha sido llevado a una habitación llena de estiércol y allí está, cantando una canción de vaqueros, mientras excava alegremente. Cuando se lo invita a salir sacude la cabeza y continúa cavando.

            -Estoy seguro de que, con tanto estiércol –anuncia, entusiasta- , ¡por aquí tiene que haber un pony.

            Cree en el pony. Cree en el don escondido en toda la …… bueno, tú me entiendes. 

NO TE PERMITAS LA AUTOCOMPASION

            Puedes pensar que un poco de autocompasión es natural y permisible, con tanto como estás sufriendo. Sin embargo, es una indulgencia odiosa que se vuelve habitual con facilidad. Una vez que se instala, el hábito de la autocompasión actúa sobre nuestra conciencia como una droga a la que somos adictos, proporcionando una seductora excusa para permitirnos más… y permitirnos la autocompasión es, como consumir habitualmente drogas, una barrera muy efectiva contra el desarrollo espiritual.

NUNCA CULPES A OTROS DE TUS PROBLEMAS

            Culpar a otros es, como la autocompasión, una práctica permisiva que nos impide hacernos responsables de nuestra propia vida. Ninguna parte de la ley espiritual establece que otra persona tenga la culpa de nuestros problemas, ni en esta vida ni en las anteriores. Si recordamos que todas nuestras dificultades, aun aquellas vinculadas con el prójimo, cumplen en nuestra evolución una finalidad importante, reconoceremos en nuestros enemigos a los agentes de la iluminación. No obstante, esto no significa que debamos disfrutar de todos nuestros tratos con estos agentes del karma.

            Un sabio refrán antiguo nos aconseja:

            Cuando te enfrentes a un enemigo

            Alábalo,

            Bendícelo,

            Déjalo ir.

            Bendecir a nuestros enemigos, desearles todo el bien que desearíamos para nosotros mismos, es un modo excelente de alcanzar la propia liberación.

            En cierta ocasión tuve que trabajar en un centro asistencial con otro terapeuta que me acosaba constantemente, y me despreciaba y socavaba mi obra con nuestros pacientes. Debido a sus maniobras aprendí a ser más directa y empecinada, por lo cual trataba de estar agradecida, pero esa constante lucha con él me desgastaba. Comencé a afirmar en silencio: “Este hombre va a obtener su bien más elevado, cualquiera sea”. Un día, luego de haber estado repitiendo esta afirmación por algunas semanas, él anunció súbitamente que se iba, pues le habían ofrecido un cargo mucho mejor.

            Tales afirmaciones, hechas con tanto amor como sea posible, ponen en movimiento el mandato bíblico: “No has de resistir al mal, sino superarlo con el bien”.

            La verdad superior oculta tras nuestras dificultades con otros es que, en realidad, estamos aquí para ayudarnos mutuamente a avanzar por el Camino. Sin negar que los problemas existen, podemos atemperar mucho las dificultades interpersonales enviando bendiciones.

CULTIVA UNA ACTITUD AGRADECIDA

            A veces, cuando las cosas están muy mal, una revisión de nuestras bendiciones puede servir de excelente antídoto contra la depresión insidiosa y la autocompasión. Cuanto más nos concentramos en nuestras bendiciones, más liviana se nos hace la carta. Y si también podemos apreciar los progresos que ya hemos hecho (las lecciones aprendidas y la comprensión que hemos logrado al enfrentar los desafíos previos) esto nos ayuda a tener fe en que nuestras dificultades actuales también rendirán su fruto, a su debido tiempo.

            Esta “actitud agradecida” no es, simplemente, un intento de restar importancia o negar una adversidad muy real, al estilo de Pollyanna. Más bien, es una disciplina espiritual que consiste en apartar el foco de la conciencia de los aspectos negativos de nuestra situación y elevarlo hacia los positivos. Al apartar los pensamientos de lo negativo, con suave firmeza, lo positivo se convierte en una parte mayor de la realidad experimentada.

            Un paciente drogadicto en recuperación me dijo en cierta ocasión: “¡La actitud es la mejor de todas las drogas!” Estoy de acuerdo. Y ya que podemos elegir cuál será nuestra actitud, ¿por qué no elegir una que nos eleve en vez de aplastarnos?

NO EVALUES TU SITUACION NI LAS AJENAS

            Es virtualmente imposible, durante una encarnación, evaluar en qué parte del Camino estás; tampoco suele ser posible, antes de completar la misión kármica, identificar siquiera qué se ha estado aprendiendo. Aunque es importante buscar la comprensión abriéndose a ella, una actitud crítica con respecto al propio avance es a un tiempo inadecuada y perjudicial. Confía en que, cualesquiera sean las condiciones exteriores de tu vida, estás avanzando.

            Evita las comparaciones con otros. En el programa de salud mental llamado Recovery, Incorporated, se dice: “Las comparaciones son odiosas”. Cuando evaluamos nuestra situación frente a la de otro, estamos siempre comparando lo incomparable, pues no nos es posible ver con claridad todo el cuadro propio, mucho menos el ajeno.

            Respeta los temas que conciernen a tu familia y a tu grupo, así como la parte que cada uno de vosotros desempeña, sin olvidar que en este plano se necesita del contraste para aprender. A veces ese contraste se produce por medio del conflicto y, por lo tanto, alguien debe proporcionarlo.

            Otorga al viaje de cada uno la dignidad que merece y recuerda hacer lo mismo con el tuyo. Esotéricamente, los que encarnamos en la Tierra recibimos el nombre de “Señores de la Incesante Devoción”,  apelativo que reconoce el valor y la resistencia requeridas para recorrer el camino aquí, en el plano terrestre. Confía en que, por el solo hecho de estar aquí, todos somos nobles.

EVITA EL SENTIMENTALISMO

            Según evolucionamos espiritualmente, aprendemos a disciplinar nuestras emociones, cultivar el desapego y ampliar nuestra perspectiva más allá de lo que es obvio, inmediato y personal. El sentimentalismo es una emotividad no esclarecida; dificulta este tipo de evolución y nos atrapa en las reacciones estereotipadas de nuestra cultura ante diversos acontecimientos. Ganar la lotería, por ejemplo. La actitud sentimental es que un sueño se hace realidad, prometiendo felicidad y libertad sin límites. Pero con la mayor libertad conferida por esos millones instantáneos viene una mayor responsabilidad por cada elección, cada acto. El ganador pierde de pronto todas las excusas financieras para no vivir feliz y satisfecho. La dulce esperanza de ser feliz algún día queda reemplazada por la exigencia de ser ahora mismo dichoso hasta el delirio. La proporción de ganadores que sufren colapsos nerviosos o cometen suicidio indica que, pese a la creencia popular, la riqueza instantánea dista de ser una garantía de felicidad.

            Si logramos entender que la súbita oportunidad de tener todas las cosas materiales que deseaste siempre es una prueba espiritual tan grande como la de perder todo lo que has amado, sin duda tu punto de vista está evolucionando.

RECONOCE QUE LA ENFERMEDAD NO ES CASTIGO

            La enfermedad no es prueba de que tengamos defectos; tampoco indica que no estamos pensando de manera suficientemente positiva. Aunque a veces los problemas físicos indican que una zona emocional de la vida requiere nuestra atención, no siempre es así, en absoluto. A veces padecemos físicamente porque, de alguna manera misteriosa, estamos cumpliendo con el karma. Según los escritos de Edgar Cayce, muchos entre quienes lo consultaban tenían estados físicos que parecían caer en esa categoría: enfermedades o defectos físicos que les habían sido destinados para esa vida en especial elegidos por el Yo Superior para disminuir el karma generado en una vida anterior.

            Algunas enfermedades son, simplemente, resultado de estar en manifestación física. Literalmente, estamos hechos de material reciclado, y en el plano terrestre hay mucha energía contaminada. El Tibetano, que dictó los múltiples volúmenes escritos por Alice Bailey, afirma que la finalidad de todo sufrimiento es limpiarnos y purificarnos. Por lo tanto, cualquiera sea la causa primordial de nuestra dolencia (problemas personales a los que no prestamos atención, deudas kármicas a pagar o contaminaciones planetarias que llevamos en nuestro vehículo físico), en cierta forma nos elevamos al soportar cualquier enfermedad que padezcamos.

BUSCA OPORTUNIDADES DE SERVIR

            Varios de los relatos de este libro se refieren a personas que, tras haber sufrido, se dedicaron a ayudar a otros que padecían de modo similar. Ese compromiso suele ser resultado de una mayor conciencia. Pero no todos podemos servir al prójimo con asesoramiento, terapia, asistencia social, etcétera; tampoco debemos hacerlo. Hay muchas otras maneras de servir. Una de ellas es, simplemente, continuar con las actividades que realizamos normalmente, pero llevarlas a cabo con una conciencia más altamente desarrollada. El mundo necesita mucho de gente esclarecida en todas las esferas de la vida.

            Hay personas que debido a enfermedades, invalidez u otros factores, no pueden participar activamente en Edmundo exterior. Si estás en esa situación, aun así puedes ofrecer el más elevado de todos los servicios. Thomas Merton sostiene que ese necesario punto quieto del centro de la rueda es el foco del mundo, donde se puede encontrar a Dios. Si tu estado te obliga a permanecer inmóvil, centra tu conciencia en dios, sea como fuere para ti, y ríndete a eso. Conviértete en el punto concentrado de la conciencia en el centro de la actividad.

            No hay nada más efectivo para causar un mayor bien en el mundo que el pensamiento puro, no contaminado por el deseo. Al dedicarte a alcanzar el contacto consciente con tu Poder superior, te conviertes en un canal para esas energías superiores que elevan, inspiran y nos guían a todos. Como una torre solitaria en la cumbre de una montaña, que irradiara un mensaje de amor y esperanza, en tu soledad y en tu silencio llevas a cabo una obra espiritual de enorme importancia en beneficio de todos nosotros, los que nos afanamos en el mundo exterior.

APRENDE A CONSIDERAR LA MUERTE COMO CURACION

            La muerte es el punto en el que se cosecha todo lo que se ha ganado en determinada vida. Con frecuencia, quienes consultan a los astrólogos suponen que el ser amado, al morir, estaba bajo aspectos difíciles. No suele ser así. Con más frecuencia, los aspectos difíciles en el momento de la muerte aparecen en la carta de los sobrevivientes, pues son ellos quienes deben soportar la pérdida y los cambios que ella les impone. En el momento de morir, el difunto estaba por lo general bajo aspectos suaves y benignos, indicativos de que el abandono del cuerpo no es un hecho tan traumático, sino el pasar fácilmente a otro reino.

            Aun la muerte prematura, súbita o brutal, puede ser considerada como una curación, en cuanto el ser encarnado se ve libre de algo que, en el mejor de los casos, es una tarea difícil: vivir en el plano terrestre. Esotéricamente se considera que el suicidio y el asesinato son erróneos porque interrumpen de manera prematura el episodio kármico en desarrollo de un individuo, y no porque extingan una vida. La vida nunca se extingue ni se pierde en lo que llamamos muerte.

            Un sabio amigo mío, que acaba de celebrar su centésimo cumpleaños, me dijo hace poco, sobre una noticia que acababa de escuchar: “Dicen que hoy perdieron la vida setenta y tres personas, en un accidente de aviación. ¿No saben que la vida no se puede perder? ¡Sólo se puede perder el cuerpo! Deberían decir que hoy perdieron el cuerpo setenta y tres personas”.

SUGERENCIAS PARA AYUDAR A OTROS A CURAR

            Quizá muchos de los lectores estén buscando la manera de curarse a sí mismos, pero otros tantos están profundamente dedicados a ser agentes de curación para el prójimo. Tal vez hayas descubierto que te resulta mucho más fácil soportar tus propios sufrimientos que presenciar el tormento de un ser querido. Frente a las dificultades ajenas todos necesitamos sugerencias que nos ayuden a evitar el sentimentalismo y a cultivar el desapego. Desapego no significa indiferencia. Más bien, es estar libre de necesidades con respecto a la persona y la situación. Cuando podemos dominar nuestra propia necesidad (egoísta) de aliviar la incomodidad que nos produce la situación del otro, podemos ofrecer amor a quien está en dificultades. Y el amor, como lo adivinó Bárbara durante su experiencia de muerte clínica, no es un sentimiento ni una emoción, sino un profundo nivel de comprensión y aceptación. Nada favorece tanto la verdadera curación como una atmósfera de este tipo de amor tan elevado.

            Por eso, para todos los que deseamos alcanzar el desapego necesario y convertirnos en agentes de curación, he aquí algunas sugerencias básicas. Para servir más efectivamente como sanadores debemos:

            • Estar libres de necesidad.

            • Reconocer que sólo somos agentes de la curación, no su Fuente.

            • Resistirnos a ser glorificados por nuestra obra y nuestra capacidad de

   realizarla.

• Estar “espiritualmente desnudos” con la persona a la que tratamos de

   ayudar.

• Reconocer que pueden estar operando karmas familiares, grupales,

   raciales y planetarios.

• Aceptar que la gente sabe, inconscientemente, el motivo de su estado.

• Respetar el tiempo que requiere la transformación.

Examinemos ahora cada uno de estos puntos en mayor detalle.

ESTAR LIBRES DE NECESIDAD

Es preciso que no tengamos nada que ganar o perder con la recuperación del sufriente, nuestra capacidad de aliviar el sufrimiento o nuestra identidad como sanadores. Estas son sólo necesidades egoístas que dificultan nuestra capacidad de estar junto al sufriente y hacer, con el amor que proviene del desapego, todo lo posible en beneficio de esa persona.

RECONOCER QUE SOMOS SOLO AGENTES DE LA CURACION, NO SU FUENTE

Paradójicamente, cuanto menos pongamos en juego en el hecho de “ser un sanador”, más efectivos seremos como agentes. Toda curación proviene de los Divino. No podemos saber qué tipo de curación necesita realmente una persona: si le hace falta una “cura” o apoyo para efectuar la transición fuera del cuerpo físico. Cuanto más abiertos estemos a la guía, más satisfaremos sus verdaderas necesidades.

RESISTIRNOS A QUE NOS GLORIFIQUEN  POR NUESTRA OBRA Y NUESTRA CAPACIDAD

DE REALIZARLA

La ministra y metafísica Catherine Ponder dice: “El trabajo es amor hecho visible.” Todo tipo de trabajo, realizado con amor, es una elevada vocación. La persona que se dedica a curar con amor no es más naturalmente excelsa que quien se dedica a realizar con amor cualquier otra tarea.

ESTAR “ESPIRITUALMENTE DESNUDOS” CON LA PERSONA A QUIEN TRATAMOS DE AYUDAR

No te ocultes tras falsas frases animosas, subterfugios o una actitud indiferente e impersonal. Ver los sufrimientos de otro pone a prueba la fe; debemos permitirnos el interés afectuoso sin necesidad de una respuesta o resultado específico. Es preciso respetar los cambios que nosotros también experimentamos al participar de los sufrimientos, la muerte o la recuperación física de otro.

RECONOCER QUE PUEDE HABER EN OPERACIÓN KARMAS FAMILIARES, GRUPALES, RACIALES Y PLANETARIOS

Hasta cierto grado, estos karmas están siempre en operación, sumergiendo el destino personal dentro de un conjunto más amplio, con mayores implicancias al desempeñar una parte en el despliegue de estos karmas mayores, toda vida individual sirve para que todo el grupo progrese.

ACEPTAR QUE LA GENTE SABE INCONSCIENTEMENTE

EL MOTIVO DE SU ESTADO Y SE RESISTIRA

A “PERDERLO” MIENTRAS NO HAYA CUMPLIDO

CON SU FINALIDAD TRANSFORMADORA

Cuando tratamos de salvar a otro de una enfermedad o un problema, tal vez estamos dificultando sin advertirlo el motivo que esa persona tenía para encarnar: la iluminación que busca bajo la dirección del alma. Esto resulta un desafío aún mayor cuando la persona a la que deseamos ayudar es nuestro propio hijo. Respetemos el sendero del prójimo, el karma ajeno. Si presenciar las dificultades es demasiado penoso, somos nosotros mismos quienes necesitamos ayuda, para manejar mejor nuestros propios sufrimientos.

RESPETA EL TIEMPO QUE REQUIERA LA TRANSFORMACION

Como habitamos en el plano de la materia física densa, los verdaderos cambios se producen con lentitud. Aun cuando un efecto parece producirse de súbito, el individuo puede haber pasado vidas enteras preparándose para ello.

Una última sugerencia, que se aplica tanto a nuestra propia curación como a la ajena: confía en que estamos evolucionando.

En otras palabras: ten fe. Presta menos atención al informativo de la noche y más a lo mucho que la conciencia global se ha elevado en los últimos treinta años. Piensa en algunos conceptos que eran revolucionarios hace tres décadas: los derechos de las minorías, los derechos de la mujer, la protección del medio ambiente. Hoy son parte aceptada del sistema de valores que compartimos en nuestra cultura. Las cosas están cambiando para mejor: en lo global, lo internacional, lo cultural y lo personal. Si das un paso atrás para lograr alguna perspectiva, verás los cambios y sentirás cómo obran sobre todos nosotros.

CURACIÓN E ILUMINACIÓN

            Tal vez a esta altura, tras haber leído tanto sobre los efectos curativos del sufrimiento, te estés preguntando: “Pero ¿Y la curación por la alegría?” sin duda, todo el mundo, descontando a los más masoquistas, preferiría que la iluminación se lograra a través de alegres expansiones de conciencia en vez de lecciones de la adversidad. Entonces ¿por qué el balance de nuestra experiencia parecer verse más influido por los aspectos dolorosos que por los entusiastas? Esto se debe a que tendemos a recordar nuestros momentos de desgracia con mayor nitidez y durante más tiempo que los episodios de éxtasis. Compara esos momentos de dicha pasajera con los nubarrones del dolor que parecen eternos. En la simbología astrológica, el planeta Saturno, conocido también como el Mayor Maléfico, es el maestro que nos fuerza a aprender las duras lecciones. Saturno se vincula también con Crono, o el Padre Tiempo. Así como la enseñanza y el aprendizaje requieren tiempo, la tribulación es mejor maestra que el deleite.

            Sin embargo, alegría y sufrimiento no son tan contrarios como estados que existen en un mutuo contrapunto en espiral. La angustia lleva a la comprensión, la comprensión conduce al goce, el goce cura los efectos de la angustia que, a su vez provoca la comprensión, y así sucesivamente. Si separamos la espiral en fragmentos, podríamos decir que la iluminación se logra gracias a la adversidad, mientras que la curación proviene de la alegría. De hecho, estamos unidos en un proceso general que nos permite a la vez recuperar el equilibrio y avanzar.

            Este libro te ha presentado una redefinición del sanar que no está necesariamente ligada con el alivio o la cura de las dolencias físicas o psicológicas. Ahora bien, la curación se redefine aquí como un amplio proceso que supera los límites de la vida y la muerte, utilizando todas las experiencias para fomentar la comprensión y todas las adversidades para restaurar el equilibrio. Más aun: desde la perspectiva aquí presentada, cada ser humano en evolución se considera una parte diminuta, pero significativa y necesaria, del cuerpo entero de la humanidad, que es en sí una entidad en evolución. Esta evolución más amplia se produce cuando cada uno de nosotros aporta su creciente capacidad de retener luz.

            En los seres humanos, esta capacidad se aumenta por obra de la mayor comprensión o conciencia: la iluminación. A medida que alcanzamos una mayor conciencia, cada uno de nuestros cuerpos energéticos (el físico/etérico, el emocional o astral y los mentales superiores e inferior) refulgen con más potencia. Esta radiación incrementada se debe a que los pensamientos más elevados provocan un refinamiento de todos los grados de materia, ya sean densos o sutiles, creando más espacio entre las partículas. Este espacio entre las partículas se llena de luz.

            Toda evolución involucra la capacidad de retener luz. La evolución de materia densa del plano físico es una de las tareas de los seres humanos encarnados. Efectuamos esta evolución a medida que nuestra conciencia creciente provoca el refinamiento de la materia celular, molecular y atómica del vehículo físico denso. Según logramos un mayor entendimiento con el alma, servimos como parte cada vez más consciente del puente que forma nuestra alma entre la materia física densa que habitamos y el Espíritu. Este Espíritu es nuestra fuente, así como la fuente de toda manifestación.

            Esotéricamente se podría decir que todo ser humano encarnado está curando, en realidad, la restricción o limitación de la conciencia, impuesta cuando esa conciencia debe expresarse por medio de materia física densa. Así como hace falta un transformador eléctrico de mayor capacidad si se quiere tolerar y transmitir una carga de energía más grande, así debemos expandir la capacidad de la materia física para retener y transmitir cada vez una mayor cantidad de la Luz Universal disponible. Uno de nuestros objetivos, aquí en la Tierra, es llevar más conciencia a la materia física para redimirla, se podría decir.

            Por lo tanto, cada vez que sufras algún trauma, adversidad o tragedia, cada vez que observes a otro en esos trances, pregúntate: “¿Servirá esta experiencia, en último término, para contribuir a una comprensión más profunda y, por lo tanto, a una mayor iluminación?”

            Si te lo preguntas desde una perspectiva lo bastante amplia y con el suficiente desapego, tu respuesta será siempre sí.

            Sí a la Vida.

            Sí a esta vida tuya.

            Sí a tus luchas, desilusiones y desafíos.

            Sí a tus lecciones, oportunidades y victorias.

            Sí a tu creciente y radiante fulgor.

            Sí.

EPÍLOGO

            Salimos del siglo XX para entrar en el XXI, de la Era de Piscis para entrar en la de Acuario, sobre nosotros operan poderosas fuerzas de cambio, en lo individual, en la humanidad como un todo y también en el planeta entero. Cada vez más, durante estas décadas de transición, vemos que se franquean, derriban o disuelven las barreras entre individuos, sociedades, razas y naciones. Entre las muchas fuerzas que trabajan para disolver estas barreras hay tres realidades globales.

            En primer término, la superpoblación, con las consecuencias que la acompañan, entre ellas: la desaparición de los bosques y la vida silvestre, la creciente urbanización, la disminución de los recursos naturales, la contaminación ambiental y el recalentamiento del planeta. En la actualidad se nos presentan asuntos críticos que sólo un acuerdo del mundo entero puede atender. Cualquier entendimiento menor no puede efectuar los cambios necesarios para salvarnos y salvar a nuestro planeta.

            En segundo lugar, las comunicaciones internacionales instantáneas reducen las distancias, tanto en sentido literal como figurado, entre nosotros y nuestros hermanos de todo el planeta. ¿Qué distancia puede haber entre Oriente y Occidente, entre los hemisferios norte y sur, si todos vemos las mismas transmisiones televisivas, seguimos las mismas tendencias de la moda y nos enteramos inmediatamente de las noticias y las crisis de otras naciones?

            El tercer factor importante es la amenaza a la existencia de vida en este planeta, representada por la tecnología militar moderna. Aunque los intereses en conflicto continúan dividiendo a las naciones, el destino compartido como víctimas de cualquier confrontación global nos une en la esperanza de supervivencia personal.

            Aunque el interés que tenemos en el bienestar del prójimo es mayormente egoísta, motivado por ideas tales como: “si el planeta sucumbe, yo también sucumbiré” o “sin ayuda económica ese país puede amenazar al mío con una extorsión nuclear”, aun así se está progresando. A medida que las presiones exteriores continúen fomentando el desarrollo de las cualidades interiores positivas, con el tiempo se desarrollará una consideración carente de todo egoísmo. Es mediante esa presión exterior sobre la conciencia interna como obra la evolución espiritual en todas las Eras.

            Una Era es un ciclo de unos dos mil años, aproximadamente. Durante cada uno de esos ciclos se desarrolla un gran tema en la conciencia de la humanidad, tema relacionado con el signo astrológico que gobierna el ciclo y del cual este recibe su nombre. El tema para la Era de Acuario es la conciencia grupal; la simple declaración: “Todos estamos juntos en esto” expresa concisamente la lección que espera a la humanidad, una lección necesaria para nuestra evolución espiritual y también nuestra supervivencia física.

            Ahora estamos entrando en la Era de Acuario. El signo de Acuario se relaciona con el orden social, los amigos, los grupos y, como hemos visto, con la conciencia grupal. En general, tomamos conciencia de que amanecía la Era de Acuario cuando oímos la letra de Hair, aquella comedia musical de los años sesenta. Desde entonces, el término New Age o Nueva Era se ha vuelto común, aunque aún no se lo comprende bien.

            Es difícil determinar con exactitud cuándo se inicia la Nueva Era o Era de Acuario, porque los signos zodiacales del cielo no tienen límites precisos. Una Era es determinada por el signo astrológico en el que aparece la Estrella Polar en el momento del equinoccio. Por un período de dos mil años, aproximadamente, la Estrella Polar aparece en un signo dado y actúa como transmisor hacia la Tierra de las emanaciones energéticas especiales producidas por ese grupo de estrellas interrelacionadas. Pasamos de una Era a la siguiente a medida que la Estrella Polar pasa lentamente de un signo zodiacal hacia otro. Algunos astrólogos aseguran que la Nueva Era se inició ya en la década de 1850. Otros dicen que no comenzará hasta bien entrado el siglo XXI. Muchos aceptan el año 2000 como punto coyuntural aproximado. Y todos están de acuerdo en que, decididamente, en estos momentos estamos en las convulsiones de la transición.

            La Era de Piscis, también conocida como Era de la Fe, está llegando a su fin. En gran parte del mundo, durante estos últimos dos mil años las religiones organizadas han detentado una posición importante en la vida individual, a un punto que a muchos nos parece hoy inconcebible. El objetivo de esta Era ha sido la transformación personal o la salvación mediante la devoción a una deidad distante: principalmente, buda en Oriente y Jesucristo en Occidente. Estos dos grandes Seres corporizaron y enseñaron la lección global de la Era: la compasión. Un Salvador que oró pidiendo perdón por los mismos que lo crucificaban nos exhorta a amar tanto a nuestros enemigos como a nuestros amigos. El cínico refrán: “Jesús nos dio la piedad; los griegos, todo lo demás”, reconoce cuanto menos que, en verdad, impartió bien esta lección. Compasión, bondad y paciencia eran las piedras basales que el Buda destacaba en todas sus enseñanzas sobre el vivir correctamente y hallar la salvación, librándose de futuras reencarnaciones.

            Si estos dos mil años de guerras, barbarie, persecución religiosa y genocidio, incluidos los horrores recientes del Holocausto y Vietnam, indican que aún tenemos mucho camino por recorrer en el aprendizaje de la compasión, recordemos esto: hoy son muchos los que, natural y automáticamente, expresan el mismo tipo de compasión que antes era un ideal revolucionario y casi incomprensible. Hoy en día no nos sorprende la presencia de la compasión, sino su falta. Casi todos reconocemos, cuanto menos, el dolor y el sufrimiento ajenos; muchas personas realizan enormes sacrificios personales a fin de aliviar el sufrimiento de otros, con quienes poco tienen en común, aparte de la humanidad compartida. Aunque no todos hayamos aprendido esto de la compasión, muchos la aprendimos bien. El Tibetano predijo que, hacia fines de la Era de Piscis, la expresión de la compasión llegaría a ser exagerada. ¿Acaso no es exagerar la compasión (hacer por otros lo que ellos podrían hacer por sí solos) lo que caracteriza a muchos coalcohólicos o codependientes, que se encuentran en una importante relación con un adicto? ¿No es esa una falla muy común entre los padres de hoy, así como entre muchos miembros de las profesiones asistenciales? Ahora algunos debeos aprender a atemperar nuestra compasión exagerada con los rasgos acuarianos, igualmente espirituales, del desapego y la impersonalidad, aprendiendo a respetar la responsabilidad que cada individuo tiene sobre su propio sitio en el Camino.

            Así como la Era de Piscis ha sido llamada también la Era de la Fe, así la Era de Acuario se conoce bajo el nombre de Era del Hombre, no por el sexo masculino, sino porque este ciclo verá florecer la capacidad humana de la creación. Según logremos un mayor dominio de nuestras facultades mentales y emocionales, según aprendamos a trabajar juntos en concierto espiritual, crearemos a conciencia los reinos emocional y mental en que habitamos, así como hoy construimos nuestro ambiente físico.

            Todo el énfasis acuariano sobre la conciencia grupal se equilibra, de algún modo, por la enérgica influencia de Leo, el signo que ahora adquiere prominencia debido a su oposición con respecto a Acuario. Leo insta a la independencia y la individualidad, a la responsabilidad personal por todos los actos. Estos dos opuestos, Acuario y Leo a la vez, nos guían hacia una mayor sensibilidad para con el bienestar del grupo, pero exigiendo que, como individuos, sepamos valernos solos. ¡Que rumbo poderoso y esperanzado el de la humanidad, en la Era inminente!

            En este planeta que no deja de empequeñecerse, cada uno de nosotros es ahora, como nunca antes, el guardián de su hermano. Por primera vez, grandes cantidades de personas en todo el mundo son psicológicamente astutas; tienen conciencia de los sentimientos, la conducta y las motivaciones, propios y ajenos. Al mismo tiempo nos afinamos psíquicamente, nos sintonizamos mutuamente y captamos otras dimensiones de existencia. Se acerca el momento en que ya no podrá existir el aislamiento actual de “mi pérdida”, “tu necesidad”, “el dolor de aquél”, “el hambre de aquélla”.

Cada uno sentirá más y más la carga del otro; es de esperar que se muestre dispuesto a ayudar con el peso, reconociendo que es también la propia carga. Las bellas enseñanzas de la Era Pisciana (amor, sensibilidad, compasión y perdón) nos serán muy útiles para aprender a ofrecerlos, no sólo a los hermanos que tenemos cerca, sino a todos los demás, al cuerpo entero de la humanidad, de la que formamos parte.

FIN