Este ejemplo nos indica claramente que nuestra percepción se basa en
la frecuencia de la oscilación de las partículas. Las partículas
llegan a unos receptores especiales de nuestros órganos de
percepción, donde provocan un estímulo que, por medio de impulsos
químico–eléctricos, es conducido al cerebro a través del sistema
nervioso y allí suscita una imagen compleja que nosotros catalogamos
de «roja», «caliente», «olorosa», etc. Entran
las partículas y sale una percepción compleja: entre lo uno y lo
otro está la elaboración. ¡Y nosotros creemos que las imágenes
complejas que nuestra mente elabora con las informaciones de las
partículas existen realmente fuera de nosotros! Ahí reside nuestro
error. Fuera no hay más que partículas, pero precisamente las
partículas no las hemos percibido nunca. Desde luego, nuestra
percepción depende de las partículas, pero nosotros no podemos
percibirlas. En realidad, nosotros estamos rodeados de imágenes
subjetivas. Desde luego, estamos convencidos de que los demás
(¿existen los demás?) perciben lo mismo, en el caso de que ellos
utilicen para la percepción las mismas palabras que nosotros; sin
embargo, dos personas nunca pueden comprobar si ven lo mismo cuando
dicen «verde». Estamos solos en la esfera de nuestras propias
imágenes, pero cerramos los ojos a esta verdad.
Las imágenes parecen tan reales —tan reales como en los sueños—,
pero sólo mientras dura el sueño. Un día uno se despierta de este
sueño de cada día y se asombra de que este mundo que considerábamos
tan real se diluya en la nada: maja, ilusión, velo que nos
oculta la verdadera realidad. Quien haya seguido nuestra
argumentación puede replicar que aunque el mundo exterior no exista
con la forma que nosotros percibimos, existe un mundo exterior
formado de partículas. Pues también esto es una ilusión. Porque en
el plano de las partículas no se aprecia la divisoria entre el Yo y
Los Demás, entre Dentro y Fuera. Mirando una partícula no se aprecia
si me pertenece a mí o al entorno. Aquí no hay fronteras. Aquí todo
es uno.
Precisamente éste es el significado del viejo principio esotérico
«microcosmos = macrocosmos». Este «igual» tiene aquí
exactitud matemática. El Yo (Ego) es la ilusión, la frontera
artificial que sólo existe en la mente hasta que el ser humano
aprende a ofrecer en sacrificio este Yo y averigua, con asombro, que
la temida «soledad» no es sino «ser uno con todo».
Pero el camino de esta unión, la iniciación a la unidad, es largo y
arduo. Sólo estamos unidos a este mundo aparente de la materia por
nuestros cinco sentidos, como las cinco llagas que quedaron en Jesús
después de que fuera clavado a la cruz del mundo material. Esta cruz
sólo puede superarse convirtiéndola en vehículo del «renacimiento
espiritual».
Al
principio de este capítulo decimos que los órganos de los sentidos
son las ventanas de nuestra alma por la que nos contemplamos a
nosotros mismos. Lo que llamamos entorno o mundo exterior no son
sino reflejo de nuestra alma. Un espejo nos permite mirarnos y
reconocernos, porque nos muestra las zonas que sin el reflejo no
podríamos ver. Es decir, que nuestro «entorno» es un medio
grandioso que debe ayudarnos a conocernos a nosotros mismos. Dado
que la imagen que aparece en el espejo no es siempre halagüeña
—porque también nuestra sombra se refleja en él—, nos empeñamos en
hacer distinciones entre nosotros y el mundo exterior y protestar
que nosotros «no tenemos nada que ver con eso». Sólo ahí reside el
peligro. Nosotros proyectamos al exterior nuestra forma de ser y
creemos en la independencia de nuestra proyección. Luego, omitimos
interiorizar la proyección y aquí empieza la Era de la asistencia
social en la que todos se ayudan mutuamente y nadie se ayuda a sí
mismo. Para nuestra toma de conciencia, necesitamos el reflejo que
viene de fuera. Pero, si queremos estar sanos y enteros, no debemos
dejar de admitir dentro de nosotros mismos esa proyección. La
mitología judaica nos expone el tema con la imagen de la creación de
la mujer. A Adán, criatura perfecta y andrógina, se le quita un
costado (Lutero traduce «costilla») al que se da forma
independiente. Ahora falta a Adán una mitad que él ve como oponente
en la proyección. Ha quedado incompleto y sólo podrá estar otra vez
entero uniéndose a lo que le falta. Pero esto sólo puede realizarse
por medio de lo externo. Si el ser humano deja de reintegrar
gradualmente a lo largo de su vida aquello que percibe del exterior,
cediendo a la tentadora ilusión de creer que el exterior no tiene
nada que ver con él, entonces el destino empieza poco a poco a
impedir la percepción.
Percibir equivale a tomar conciencia de la verdad. Esto sólo es
posible si el ser humano se reconoce a sí mismo en todo lo que
percibe. Si se le olvida, entonces las ventanas del alma, los
órganos de los sentidos, poco a poco se empañan, pierden la
transparencia y obligan al ser humano a volver su percepción hacia
dentro. En la medida en que los órganos de los sentidos dejan de
funcionar, el hombre aprende a mirar hacia dentro y a escuchar en su
interior. El hombre es obligado a recogerse en sí mismo.
Existen técnicas de meditación por las que el ser humano se recoge
voluntariamente: se cierran las puertas de los sentidos con los
dedos de las dos manos: oídos, ojos y boca, y se medita sobre las
percepciones sensoriales internas que, al que llega a adquirir
cierta práctica, se le ofrecen como gusto, color y sonido.
Los ojos
Los
ojos no sólo recogen impresiones del exterior sino que también dejan
pasar algo de dentro afuera: en ellos se ven los sentimientos y
estados de ánimo de la persona. Por ello, el individuo indaga en los
ojos del otro y trata de leer en su mirada. Los ojos son espejo del
alma. También los ojos derraman lágrimas y con ello revelan al
exterior una situación psíquica interna. Hasta hoy, el diagnóstico
por el iris utiliza el ojo únicamente como espejo del cuerpo, pero
también es posible ver en el ojo el carácter y la idiosincrasia de
una persona. También el mal de ojo y el mirar con malos ojos nos dan
a entender que el ojo es un órgano que no sólo recibe sino que
también proyecta. Los ojos actúan cuando se le echa un ojo a
alguien. En el lenguaje popular se dice que el amor es ciego, frase
que indica que los enamorados no ven claramente la realidad.
Las afecciones más frecuentes de los ojos son la miopía y la
presbicia, la primera se manifiesta principalmente en la juventud,
mientras que la última es un trastorno de la edad. Esta distinción
es justa, ya que los jóvenes sólo acostumbran a ver lo inmediato y
les falta la visión de conjunto o de alcance. La vejez se distancia
de las cosas. Análogamente, la memoria de los viejos es incapaz de
retener hechos recientes pero conserva un recuerdo exacto de sucesos
lejanos.
La miopía denota una subjetividad exagerada. El miope lo ve todo
desde su óptica y se siente personalmente afectado por cualquier
tema. Hay gente que no ve más allá de sus narices, pero no por
alargar menos esta limitada visión les permite conocerse mejor a sí
mismos. Ahí radica el problema, porque el individuo debería
aplicarse a sí mismo aquello que ve, para aprender a verse. Pero el
proceso toma el signo contrario cuando la persona se queda encallada
en la subjetividad. Esto, en definitiva, quiere decir que, si bien
el individuo lo relaciona todo consigo mismo, se niega a verse y
reconocerse a sí mismo en todo. Entonces la subjetividad desemboca
en una susceptibilidad irritable u otras reacciones defensivas sin
que la proyección llegue a resolverse.
La miopía compensa esta mala interpretación. Obliga al individuo a
mirar de cerca su propio entorno. Acerca el enfoque a los ojos, a la
punta de la nariz. Por lo tanto, la miopía denota, en el plano
corporal, una gran subjetividad y, al mismo tiempo, desconocimiento
de sí mismo. El conocimiento de nosotros mismos nos hace salir de la
subjetividad. Cuando una persona no ve claro, la pregunta clave
será: «¿Qué es lo que no quiere ver?» La respuesta siempre es
la misma: «A sí mismo».
La magnitud de la resistencia a verse uno mismo tal como es se
manifiesta en el número de dioptrías de sus lentes. Los lentes son
una prótesis y, por lo tanto, un engaño. Con ellos se rectifica
artificialmente el destino y uno hace como si todo estuviera en
orden. Este engaño se intensifica con las lentes de contacto, porque
en este caso se pretende disimular incluso que uno no ve claro.
Imaginemos que de la noche a la mañana se le quitan a la gente sus
gafas y lentes de contacto. ¿Qué ocurriría? Pues que aumentaría la
sinceridad. Entonces enseguida sabríamos cómo cada cual ve lo mismo
y se ve a sí mismo y —lo que es más importante— los afectados
asumirían su incapacidad para ver las cosas tal como son. Una
incapacidad sólo es útil al que la vive. Entonces más de uno se
daría cuenta de lo «poco clara» que es su imagen del mundo,
cuán «borroso» lo ve y cuán pequeña es su perspectiva. Quizás
entonces a más de uno se le cayera la venda de los ojos y empezara a
ver claro.
El viejo, con la experiencia de los años, adquiere sabiduría y
visión de conjunto. Lástima que muchos sólo experimenten esta buena
visión a distancia cuando la presbicia les impide ver de cerca. El
daltonismo indica ceguera para la diversidad y el colorido de la
vida: es algo que afecta a las personas que todo lo ven pardo y
tienden a arrasar diferencias. En suma, un ser gris.
La conjuntivitis, como todas las inflamaciones, denota conflicto.
Produce un dolor que sólo se calma cuando uno cierra los ojos. Así
cerramos los ojos ante un conflicto que no queremos afrontar.
Estrabismo:
Para poder ver algo en toda su dimensión, necesitamos dos imágenes.
¿Quién no reconoce en esta frase la ley de la polaridad? Nosotros,
para captar la unidad completa, necesitamos siempre dos visiones.
Pero si los ejes visuales no están bien alineados, los ojos se
desvían, el individuo bizquea, porque en la retina de uno y otro ojo
se forman dos imágenes no coincidentes (visión doble). Pero, antes
que presentarnos dos imágenes divergentes, el cerebro opta por
prescindir de una de ellas (la del ojo desviado). En realidad,
entonces se ve con un solo ojo, ya que la imagen del otro ojo no nos
es transmitida. Todo se ve plano, sin relieve.
Algo parecido ocurre con la polaridad. El ser humano debería poder
ver los dos polos como una sola imagen (por ejemplo, onda y
corpúsculo, libertad y autoritarismo, bien y mal). Si no lo
consigue, si la visión se desdobla, él elimina una de las imágenes
(la reprime) y, en lugar de visión completa, tiene visión de tuerto.
En realidad, el bizco es tuerto, ya que la imagen del ojo desviado
es desechada por el cerebro, lo cual provoca pérdida de relieve de
la imagen y da una visión unilateral del mundo.
Cataratas:
La «catarata gris» empaña el cristalino y, por lo tanto, enturbia la
visión. No se ve con nitidez. Las cosas que se ven con nitidez
poseen un perfil afilado, es decir, son cortantes. Pero, si se
difumina el contorno, el mundo se hace más romo, menos hiriente. La
visión borrosa proporciona un tranquilizador distanciamiento del
entorno, y de uno mismo. La «catarata gris» es como una
persiana que se baja para no tener que ver lo que uno no quiere ver.
La catarata gris es como un velo que puede llegar a cegar.
En la «catarata verde» (glaucoma), el aumento de la presión interna
del ojo provoca una progresiva contracción del campo visual, hasta
llegar a la visión tubular. Se pierde la visión de conjunto: sólo se
percibe la zona que se enfoca. Detrás de esta afección se halla la
presión psíquica de las lágrimas no vertidas (presión interna del
ojo).
La
forma extrema del no querer ver es la ceguera. La ceguera está
considerada por la mayoría de las personas como la pérdida más grave
que pueda sufrir una persona en el aspecto físico. La expresión:
Está ciego se emplea también en sentido figurado. Al ciego se le
arrebata definitivamente la superficie de proyección externa y se le
obliga a mirar hacia dentro. La ceguera corporal es sólo la última
manifestación de la verdadera ceguera: la ceguera de la mente.
Hace varios años, mediante una nueva técnica quirúrgica se dio la
vista a varios jóvenes ciegos. El resultado no fue totalmente
halagüeño ya que la mayoría de los operados no acababan de adaptarse
a su nueva vida. Este caso puede tratar de explicarse y analizarse
desde los más diversos puntos de vista. En nuestra opinión sólo
importa el reconocimiento de que, si bien con medidas funcionales
pueden modificarse los síntomas, no se eliminan los problemas de
fondo que se manifiestan por medio de ellos. Mientras no
rectifiquemos la idea de que todo impedimento físico es una
perturbación molesta que hay que eliminar o subsanar cuanto antes,
no podremos extraer de ella beneficio alguno. Debemos dejarnos
perturbar por la perturbación en nuestra vida habitual, consentir
que el impedimento nos impida seguir viviendo como hasta ahora.
Entonces la enfermedad es la vía que nos conduce a la verdadera
salud. Incluso la ceguera, por ejemplo, puede enseñarnos a ver,
darnos una visión superior.
Los oídos
Repasemos varias frases hechas que se refieren al oído: Tender el
oído = prestar oídos = regalar los oídos = escuchar a alguien.
Todas estas frases nos muestran la clara relación existente entre
los oídos y el tema de captar, de la receptividad (prestar atención)
y de escuchar, también en el sentido de obedecer. Comparada con el
oído, la vista es una forma de percepción mucho más activa. Y
también es más fácil desviar la mirada o cerrar los ojos que taparse
los oídos. La facultad de oír es expresión corporal de obediencia y
humildad. Así, al niño desobediente le preguntamos: ¿No me has oído?
Cuando no se quiere obedecer se hacen oídos sordos. Hay personas
que, sencillamente, no oyen lo que no quieren oír. Denota cierto
egocentrismo no prestar oídos a los demás, no querer enterarse de
nada. Indica falta de humildad y de obediencia. Lo mismo ocurre con
la llamada «sordera del altavoz». No es el altavoz lo que
daña sino la resistencia psíquica al ruido, el «no querer oír»
conduce al «no poder oír». Las otitis y los dolores de oídos
se dan con mayor frecuencia en los niños en la edad en que deben
aprender a obedecer. La mayoría de las personas de edad avanzada
sufren una sordera más o menos acentuada. La dureza de oído, al
igual que la pérdida de visión, la rigidez y pesadez de los
miembros, son los síntomas somáticos de la edad, todos ellos
expresión de la tendencia del ser humano a hacerse más inflexible e
intolerante con la edad. El anciano suele perder la capacidad de
adaptación y la flexibilidad y está menos dispuesto a obedecer. Este
esquema es típico de la vejez, pero, desde luego, no inevitable. La
vejez no hace sino poner de relieve los problemas no resueltos y
hacernos más sinceros, lo mismo que la enfermedad.
A veces, se produce una brusca pérdida de audición, generalmente
unilateral y acusada, del oído interno que puede degenerar en
sordera total (es posible perder el otro oído). Para interpretar el
significado de esta afección es preciso estudiar atentamente las
circunstancias en las que se presenta. La brusca pérdida de audición
es una exhortación a tender el oído hacia dentro y escuchar la voz
interior. Sólo se queda sordo el que ya hace tiempo que lo estaba
para su voz interior.
AFECCIONES DE LA VISTA
Quien tenga problemas visuales lo primero que debería hacer es
prescindir durante un día de las gafas (o lentes de contacto) y
asumir la situación conscientemente. A continuación, hacer por
escrito una descripción de la forma en que durante ese día vieron y
experimentaron el mundo, lo que pudieron hacer y lo que no, cómo se
las ingeniaron. Este informe debería darles material de reflexión y
revelarles su actitud hacia el mundo y hacia sí mismos. Pero ante
todo debería uno responderse las siguientes preguntas:
-
¿Qué es lo que no
quiero ver?
-
¿Obstaculiza la
subjetividad el conocimiento de mi mismo?
-
¿Evito reconocerme a mi
mismo en mis obras?
-
¿ Utilizo la vista para
mejorar mi perspectiva?
-
¿ Tengo miedo de ver
las cosas con nitidez?
-
¿Puedo ver las cosas
tal como son?
-
¿A qué aspecto de mi
personalidad cierro los ojos?