Una persona con la presión sanguínea baja (hipotenso) no desafía en
absoluto estas fronteras. No trata de cruzarlas sino que rehuye toda
resistencia: nunca va hasta el límite. Si tropieza con un conflicto,
se retira rápidamente, y así se retira también la sangre, hasta que
la persona se desmaya.«Por lo tanto, este individuo renuncia a todo
poder (¡aparentemente!); él y su sangre se retiran y dimiten de su
responsabilidad. Por el desmayo, el individuo pierde el
conocimiento, se retira hacia lo desconocido y se desentiende de los
problemas: se ausenta. La clásica escena de opereta: una señora es
sorprendida por su esposo en una situación comprometida, ella se
desmaya y todos los presentes se afanan por hacerle recobrar el
conocimiento, salpicándola de agua, dándole aire y haciéndole oler
sales, porque, ¿qué objeto puede tener el más bello de los
conflictos si el protagonista se retira a otro plano renunciando
bruscamente a cualquier responsabilidad?
El hipotenso,
literalmente, se evade, por falta de ánimo y de valor. Se desentiende de
todo desafío, y los que están a su alrededor le sostienen las piernas en
alto, para que la sangre afluya a la cabeza, centro de poder, y él
recupere el conocimiento y pueda asumir su responsabilidad. La
sexualidad es uno de los temas que el hipotenso rehuye, pues la
sexualidad depende en gran medida de la presión sanguínea.
En el hipotenso solemos
encontrar también el cuadro de la anemia cuya forma más frecuente
consiste en falta de hierro en la sangre. Ello perturba la
transformación de la energía cósmica (prana) que absorbemos con cada
aspiración en energía corporal (sangre). La anemia indica la negativa a
absorber la parte de energía vital que a uno le corresponde y
convertirla en poder de acción. También en este caso se utiliza la
enfermedad como pretexto por la propia pasividad. Falta la presión
necesaria.
Todas las medidas
terapéuticas indicadas para el aumento de la presión están relacionadas
con el desarrollo de energía, lo cual es en sí bastante revelador, y
sólo actúan mientras son aplicadas: fricciones, hidromasaje, movimiento,
gimnasia y curas de Kneipp. Aumentan la presión sanguínea porque uno
hace algo y con ello transforma energía en fuerza. Su utilidad acaba en
el momento en que uno interrumpe los ejercicios. El éxito permanente
sólo puede conseguirse mediante la modificación de la actitud interior.
El polo opuesto es la
presión muy alta (hipertensión). Por experimentos realizados, se sabe
que la aceleración del pulso y el aumento de la presión sanguínea no se
producen únicamente como resultado de un incremento del esfuerzo
corporal sino ya con la sola idea. La presión sanguínea de una persona
también aumenta cuando, por ejemplo, en una conversación se plantea un
conflicto que le afecta, pero vuelve a bajar cuando la persona habla del
problema, es decir, lo traslada al terreno verbal. Este conocimiento,
obtenido experimentalmente, es una buena base para comprender los
resortes de la hipertensión. Cuando, por la constante imaginación de una
acción, la circulación se acelera sin que esta acción llegue a
transformarse en actividad, es decir, se descargue, se produce una
«presión permanente». En este caso, el individuo es sometido por la
imaginación a una excitación constante, y el sistema circulatorio
mantiene esta excitación, con la esperanza de poder transformarla en
acción. Si esto no se produce, el individuo permanece sometido a
presión. Pero, y para nosotros esto es aún más importante, lo mismo
ocurre en el plano de la acción en sí. Puesto que sabemos que el solo
tema del conflicto produce un aumento de la presión y que, cuando hemos
hablado de él, la presión vuelve a bajar, es evidente que el hipertenso
se mantiene constantemente al borde del conflicto, pero sin aportar una
solución. Tiene un conflicto, pero no lo afronta. El aumento de la
presión sanguínea es una reacción fisiológica justificada: el organismo
suministra más energía, a fin de que podamos acometer con vigor las
tareas necesarias para resolver conflictos inminentes. Si esto se
realiza, el exceso de energía es consumido y la presión vuelve a
situarse al nivel normal. Pero el hipertenso no resuelve sus conflictos,
por lo que no consume la sobrepresión. Por el contrario, se refugia en
la actuación externa y, con un derroche de actividad en el mundo
exterior, trata de distraerse a sí mismo y a los demás de la invitación
a afrontar el conflicto.
Hemos visto que tanto el
que tiene la tensión muy baja como el que la tiene muy alta rehuyen los
conflictos, aunque con tácticas diferentes: mientras el primero se
retira al inconsciente, el segundo se aturde a sí mismo y al entorno con
un derroche de actividad y dinamismo. Por consiguiente, lo normal es que
la tensión baja se dé con más frecuencia en las mujeres y la tensión
alta en los hombres. Además, la hipertensión es indicio de agresividad
reprimida. La hostilidad permanece encallada en la idea, y la energía
aportada no es descargada mediante la acción. El individuo llama a esta
actitud autodominio. El impulso agresivo provoca un aumento de presión y
de autodominio, la contracción de los vasos. Así el individuo puede
mantener la presión controlada. La presión de la sangre y la
contrapresión de las paredes de los vasos provocan la sobrepresión.
Después veremos cómo esta actitud de agresividad reprimida conduce
directamente al infarto.
Existe también la
hipertensión de la vejez, provocada por la calcificación de los vasos.
El sistema vascular tiene por objeto la conducción y la comunicación.
Con la edad, se pierde flexibilidad y elasticidad, la comunicación se
entorpece y la presión aumenta.
El corazón
El palpitar del corazón
es un proceso relativamente autónomo que, sin una técnica determinada
(por ejemplo, biofeedback), se sustrae a la voluntad. Este ritmo
sinusal es expresión de una rigurosa norma del cuerpo. El ritmo cardíaco
imita el ritmo respiratorio, el cual sí es susceptible de alteración
voluntaria. El palpitar del corazón lleva un ritmo rigurosamente
ordenado y armónico. Cuando, por las llamadas arritmias, el corazón se
encalla momentáneamente o se desboca, ello manifiesta una perturbación
del orden y el desfase respecto al esquema normal.
Si repasamos algunas de
las muchas frases hechas en las que se habla del corazón, veremos que
siempre se refieren a situaciones emotivas. Una emoción es algo que el
individuo saca de sí, un movimiento de dentro afuera (latín emovere =
mover hacia fuera). Decimos: El corazón me salta de alegría = del susto,
me ha dado un vuelco el corazón = se me sale del pecho = lo noto en la
garganta = se me oprime el corazón. Si una persona carece de esta parte
emotiva, independiente del entendimiento, nos parece que no tiene
corazón. Si dos personas están bien compenetradas decimos que sus
corazones laten al unísono. En todas estas imágenes, el corazón es
símbolo de un centro del individuo que no está regido ni por el
intelecto ni por la voluntad.
Pero el
corazón no es sólo un centro, sino el centro del cuerpo; está
aproximadamente en el centro, ligeramente ladeado hacia la izquierda, el
lado de los sentimientos (correspondiente al hemisferio cerebral
derecho). Está exactamente en el lugar que uno toca cuando se señala a
sí mismo. El sentimiento y, más aún, el amor están íntimamente unidos al
corazón, como nos indican ya las frases hechas. El que lleva a los niños
en el corazón es que los quiere. Cuando se encierra a una persona en el
corazón es que uno se abre a ella. Tiene gran corazón la persona que es
abierta y expansiva, todo lo contrario del individuo de corazón
mezquino, que no conoce sentimientos cordiales, que tiene el corazón
duro. Ése nunca dejaría que nadie le robara el corazón y por eso en nada
pone el corazón. El blando de corazón, por el contrario, se arriesga a
amar con todo el corazón, infinitamente. Estos sentimientos apuntan a la
superación de la polaridad que para todo necesita unos límites y un fin.
Ambas posibilidades las
encontramos simbolizadas en el corazón. Nuestro corazón anatómico está
dividido interiormente, y el «latido» es bitonal. Con el
nacimiento del individuo y su entrada en la polaridad, consumada con la
primera inspiración de aire, se cierra la divisoria del corazón con un
movimiento reflejo y lo que era una gran cámara y un sistema
circulatorio se convierte súbitamente en dos, lo cual el recién nacido
suele acusar con llanto. Por otra parte, la representación esquemática
del símbolo del corazón —tal como lo pintaría espontáneamente un niño—
se compone de dos cámaras redondas que terminan en un vértice. De la
dualidad surge la unidad. A esto nos referimos al decir que la madre
lleva al niño debajo del corazón. Anatómicamente, la expresión no tiene
sentido: aquí el corazón se considera símbolo del amor, y no importa que
la anatomía lo sitúe en la parte superior del cuerpo cuando el niño se
está formando más abajo.
También podría decirse
que el ser humano tiene dos centros, uno arriba y otro abajo: cabeza y
corazón, entendimiento y sentimiento. De una persona completa esperamos
que disponga de ambas funciones y que las tenga en armónico equilibrio.
El individuo puramente cerebral resulta incompleto y frío. El que sólo
se rige por un sentimiento resulta con frecuencia imprevisible y
atolondrado. Sólo cuando ambas funciones se complementan y enriquecen
mutuamente, el individuo se nos aparece redondo.
Las múltiples expresiones
en las que se invoca el corazón indican que lo que hace perder al
corazón su ritmo habitual y mesurado es siempre una emoción, que tanto
puede ser el miedo que dispara el corazón o lo paraliza, como alegría o
amor, las cuales aceleran de tal modo los latidos que uno los siente en
la garganta. Lo mismo ocurre con las perturbaciones patológicas del
ritmo cardíaco. Sólo que aquí la emoción que las provoca no se advierte.
Y éste es el problema: las perturbaciones afectan a las personas que no
se dejan desviar de su camino por «simples emociones». Y el corazón se
altera porque el ser humano no se atreve a dejarse alterar por las
emociones. El individuo se aferra a la razón y a la norma y no está
dispuesto a dejarse gobernar por los sentimientos. No quiere romper la
rutina de la vida por las acometidas de la emoción. Pues bien, en estos
casos la emoción pasa al terreno somático y uno empieza a padecer
trastornos cardíacos y tiene que auscultar su corazón literalmente.
Normalmente, no
percibimos los latidos del corazón: sólo una emoción o una enfermedad
nos hacen sentirlos. No percibimos los latidos del corazón más que
cuando algo nos excita o cuando algo se altera. Aquí tenemos la clave
para la comprensión de todos los síntomas cardíacos: son síntomas que
obligan al individuo a escuchar su corazón. Los enfermos cardíacos son
personas que sólo quieren escuchar a la cabeza y dejan en su vida muy
poco espacio al corazón. Esto se aprecia especialmente en el cardiófobo.
Se llama cardiofobia (o neurosis cardíaca) a una angustia, sin
fundamento físico, por el funcionamiento del propio corazón, que induce
a una observación enfermiza del corazón. El miedo al ataque al corazón
es tan fuerte en el cardioneurótico que éste no tiene inconveniente en
cambiar totalmente de vida.
Si buscamos el simbolismo
de este comportamiento, apreciaremos una vez más la sabiduría y la
ironía con las que actúa la enfermedad: el que sólo quería regirse por
el cerebro, es obligado a vigilar constantemente su corazón y supeditar
su vida a las necesidades del corazón. Tiene tanto miedo de que su
corazón un día se pare —miedo, por otra parte, totalmente justificado—
que vive pendiente de él y lo sitúa en el centro de su mente. ¿No tiene
gracia?
Lo que en el
neurocardíaco se opera en el plano mental, en la angina de pecho ya ha
pasado al cuerpo. Los vasos que llevan la sangre al corazón se han
endurecido y estrechado y el corazón no recibe suficiente alimento. Aquí
no hay mucho que explicar, pues todo el mundo sabe lo que significa un
corazón duro o un corazón de piedra. Angina equivale a angostura, y
angina de pecho, por lo tanto, es estrechez de corazón. Mientras que el
cardioneurótico experimenta esta estrechez en forma de ansiedad, en el
enfermo de angina pectoris esta estrechez se ha concretado. La terapia
aplicada por la medicina académica en estos casos tiene un simbolismo
original. Se administra al enfermo cápsulas de nitroglicerina (por
ejemplo, «Cafinitrina»), es decir, material explosivo. De este
modo se dilatan las estrecheces, a fin de volver a hacer sitio para el
corazón en la vida del enfermo. Los enfermos cardíacos temen por su
corazón, ¡y con razón!
Pero
muchos no entienden la invitación. Cuando el miedo al sentimiento crece
de tal modo que uno sólo se fía de la norma absoluta, la solución es
hacerse colocar un marcapasos. Y así el ritmo vivo se sustituye por un
marcador de compás (¡el compás es al ritmo lo que lo muerto es a lo
vivo!). Lo que antes hacía el sentimiento lo hace ahora un aparato.
Pero, si bien uno pierde la flexibilidad y capacidad de adaptación del
ritmo cardíaco, ya no ha de temer los brincos de un corazón vivo. El que
tiene un corazón «estrecho» es víctima de las fuerzas del Yo y de sus
ansias de poder.
Todo el mundo sabe que la
hipertensión favorece el infarto de miocardio. Ya hemos visto que el
hipertenso es un individuo que tiene agresividad pero la reprime por
medio del autodominio. Esta acumulación de energía se descarga por el
infarto de miocardio: le rompe el corazón. El ataque al corazón es la
suma de todos los ataques no lanzados. En el infarto, el individuo
comprueba la verdad de que la sobrevaloración de las fuerzas del Yo y el
dominio de la voluntad nos aísla de la corriente de la vida. ¡ Sólo un
corazón duro puede quebrarse!
ENFERMEDADES CARDÍACAS
En los trastornos y
afecciones cardíacas debería buscarse la respuesta a las siguientes
preguntas:
1.
¿ Tengo la
cabeza y el corazón, el entendimiento y el sentimiento en un equilibrio
armónico?
2.
¿Dejo a mis
sentimientos espacio suficiente y me atrevo a exteriorizarlos?
3.
¿ Vivo y amo
con todo el corazón o sólo con la mitad?
4.
¿Mi vida es
animada por un ritmo vivo o trato de forzarle un compás rígido?
5.
¿Hay aún en
mi vida combustible y explosivo?
6.
¿Ausculto mi
corazón?
Debilidad de los tejidos
conjuntivos = Varices = Trombosis
El tejido conjuntivo (mesénquima)
une todas las células específicas, las sostiene y une los diferentes
órganos y unidades funcionales para formar un todo mayor que nosotros
conocemos como figura. Un tejido conjuntivo débil indica falta de
firmeza, tendencia a ceder y falta de elasticidad interna. Por regla
general, se trata de personas muy susceptibles y rencorosas. Esta
característica se manifiesta en el cuerpo por los hematomas que producen
en estas personas los más leves golpes.
La debilidad del tejido
conjuntivo favorece la formación de las varices. Éstas se deben a la
acumulación, en las venas superiores de las piernas, de la sangre, que
no retorna debidamente al corazón. Ello da preponderancia a la
circulación en el polo inferior del ser humano y muestra la estrecha
vinculación de una persona a la tierra. También denota cierta apatía y
pesadez. A estas personas les falta elasticidad. En general, todo lo que
hemos dicho en relación con la anemia y la hipotensión puede aplicarse a
este síntoma.
Se llama trombosis a la
obstrucción de una vena por un coágulo. El peligro de la trombosis
consiste en que el coágulo se suelte, pase al pulmón y allí produzca una
embolia. El problema que hay detrás de este síntoma es fácil de
reconocer. La sangre, que debería ser fluida, se espesa, se coagula y no
circula bien.
La fluidez exige siempre
capacidad de transformación. En la misma medida en que deja de
transformarse una persona, se manifiestan en su cuerpo síntomas de
estrangulamiento o bloqueo de la circulación. La movilidad externa exige
movilidad interna. Si el individuo se hace premioso en el orden mental,
si sus opiniones se hacen lema y sentencia inflexible, también en lo
corporal se condensará y solidificará lo que debe ser fluido. Es sabido
que la inmovilización en la cama hace aumentar el peligro de trombosis.
La inmovilización indica claramente que ya no se vive el polo del
movimiento. «Todo fluye», dijo Heráclito.