Me
aseguró que yo tenía un sentido natural del ritmo, que era un
bailarín nato. El sentido común me dice que he sido siempre y
siempre seré un bailarín de cuarta categoría; pero en lo hondo del
corazón me gusta pensar que quizá la profesora tenía razón. Es
claro que yo le pagaba para que me lo dijera, pero ¿a qué recordar
eso?
"De
todos modos, sé que soy mejor bailarín de lo
que habría sido si no me hubiese
dicho que tengo un sentido natural del ritmo. Eso me alentó. Me dio
esperanza. Me hizo desear el progreso."
Digamos a un niño, a un esposo, o a un empleado, que es estúpido o
tonto en ciertas cosas, que no tiene dotes para hacerlas, que las
hace mal, y habremos destruido todo incentivo para que trate de
mejorar. Pero si empleamos la técnica opuesta; si somos liberales en
la forma de alentar; si hacemos que las cosas parezcan fáciles de
hacer; si damos a entender a la otra persona que tenemos fe en su
capacidad para hacerlas, la veremos practicar hasta que asome la
madrugada, a fin de superarse.
Esta
es la técnica que emplea Lowell Thomas, y a fe mía que este hombre
es un artista supremo en cuanto atañe a las relaciones humanas. Da
coraje a los demás. Da confianza. Inspira valor y fe. Por ejemplo,
pasé el fin de semana con él y su esposa, y el sábado por la noche
se me pidió que participara de un amistoso juego de la canasta.
¿Canasta? ¿Yo? ¡Ah, no! ¡No, no! Yo no. Yo no sabía nada de este
juego. Siempre había sido un misterio para mí. ¡No, no! ¡Imposible!
-Pero
Dale -dijo Lowell-, si no es un misterio. No se necesita más que
buena memoria y buen juicio. Tú escribiste una vez un capítulo sobre
la memoria. La canasta será cosa facilísima para ti. Tienes todas
las condiciones para juzgarlo.
Y sin
tardanza, casi antes de saber lo que hacía, me encontré por primera
vez ante una mesa de canasta. Todo porque se me decía que tenía
dotes naturales para el juego, y así se me hizo considerar que me
sería fácil.
Al
hablar de canasta recuerdo a Ely Culbertson. Ahora, en todas partes
donde se juega canasta, el nombre de Culbertson es cosa conocida; y
sus libros sobre el tema han sido traducidos en una docena de
idiomas, y vendidos a millones de lectores. Pero él mismo me ha
dicho que nunca habría pensado en convertir el juego en una
profesión si una joven no le hubiese asegurado que estaba
especialmente dotado para ello.
Cuando llegó a los Estados Unidos, en 1922, trató de conseguir
empleo como profesor de psicología y sociología, pero no pudo.
Después trató de vender carbón, y fracasó. Después trató de vender
café, y fracasó.
Jamás
pensó, en esos días, en enseñar canasta. No solamente era un mal
jugador sino también muy terco. Hacía tantas preguntas y efectuaba
tantos estudios de cada partido después de hecho, que nadie quería
jugar con él.
Pero
conoció a una bella jugadora, Josephine Dillon, se enamoró y se casó
con ella. Josephine notó con cuánto cuidado analizaba Culbertson
sus cartas, y lo persuadió de que era un genio en potencia. Este
aliento, me ha dicho Culbertson, fue lo que lo llevó a hacer de la
canasta una profesión.
Clarence M. Jones, uno de los instructores de nuestro curso en
Cincinnati, Ohio, contó cómo el elogio, y el hacer que los defectos
fueran fáciles de corregir, cambiaron completamente la vida de su
hijo David.
-En
1970 mi hijo David, que tenía quince años, vino a vivir conmigo a
Cincinnati. Su vida no había sido fácil. En 1958 se rompió la cabeza
en un accidente automovilístico, y quedó con una fea cicatriz en
la frente.
En 1960 su madre y yo nos divorciamos, y ella lo llevó a Dallas,
Texas. Hasta los quince años había pasado la mayor parte de su vida
escolar en clases especiales para aprendizaje lento. Posiblemente en
razón de su cicatriz, los directores escolares habían decidido que
tenía una lesión cerebral y no podía funcionar a nivel normal.
Estaba dos años por debajo del nivel de su grupo de edad, por
lo que sólo había alcanzado el séptimo grado. Pero no sabía las
tablas de multiplicar, sumaba con los dedos, y apenas si podía leer.
"Había un punto positivo: le gustaba trabajar con aparatos de radio
y televisión. Quería llegar a ser técnico de televisión. Lo alenté
en este punto, y le recordé que necesitaría saber bastante de
matemáticas para ese tipo de estudios. Decidí ayudarlo a mejorar en
esa materia. Compramos cuatro series de tarjetas de ejercicios:
multiplicación, división, suma y resta. Cuando íbamos sacando las
tarjetas, yo ponía las respuestas correctas en una pila a un
costado. Cuando David se equivocaba, le explicaba cuál era la
respuesta acertada y volvía a poner la tarjeta en el montón a sacar,
y así seguíamos hasta que no quedaba ninguna. Yo celebraba
ruidosamente cada tarjeta que acertaba, sobre todo si se había
equivocado en una antes. Todas las noches hacíamos de esa manera
con todas las tarjetas. Yo siempre controlaba el tiempo con un
cronómetro. Le prometí que cuando hiciera todas las tarjetas en
ocho minutos, sin respuestas incorrectas, dejaríamos de hacerlo
todas las noches. A David le pareció un objetivo imposible. La
primera noche le llevó 52 minutos, la segunda 48, después 45, 44,
41, después bajó de los 40 minutos. Celebrábamos cada reducción. Yo
llamaba a mi esposa, y lo abrazábamos y nos reíamos. A fines del
mes, estaba haciendo todas las tarjetas perfectamente en menos de
ocho minutos. Cuando hacía un pequeño adelanto, pedía hacerlo otra
vez. Había hecho el descubrimiento fantástico de que aprender era
fácil y divertido.
"Naturalmente, sus notas en aritmética dieron un salto. Es
increíble cuánto más fácil resulta la aritmética cuando uno puede
multiplicar bien. Se asombró él
mismo
de traer una buena nota en matemáticas. Nunca antes había llegado a
un nivel tan bueno. Y eso arrastró otros cambios, a una velocidad
casi increíble. Su lectura mejoró rápidamente, y empezó a usar su
talento natural para el dibujo. Ese mismo año, el maestro de ciencia
le asignó la tarea de dar una clase. El quiso desarrollar una serie
de modelos, altamente complejos, para demostrar el efecto de las
palancas. Ese trabajo no sólo exigía habilidad en el dibujo y la
fabricación de modelos, sino también en matemáticas aplicadas. Su
clase ganó el primer premio en la feria científica de la escuela, y
fue enviada a la competencia interescolar y ganó el tercer premio de
toda la ciudad de Cincinnati.
"Con
eso bastó. Aquí estaba el chico que había repetido dos grados, que
había sido diagnosticado con `lesión cerebral', al que sus
compañeros de clase habían llamado `Frankenstein' y le habían dicho
que los sesos se le habían salido por la herida. De pronto descubría
que realmente podía aprender y lograr cosas. ¿El resultado?