A los
funcionarios públicos se los suele criticar por no mostrarse
accesibles a sus votantes. Son gente ocupada, y el defecto suele
estar en empleados sobreprotectores que no quieren recargar a sus
jefes con un exceso de visitantes. Carl Langford, que fue alcalde
de Orlando, Florida, donde se encuentra Disney World, durante
muchos años insistió en que su personal permitiera que la gente que
fuera a verlo pudiera hacerlo. Decía tener una política de "puertas
abiertas", y aun así los ciudadanos de su comunidad se veían
bloqueados por secretarias y empleados cada vez que querían verlo.
Al
fin el alcalde encontró una solución. ¡Sacó la puerta de su
oficina! Sus ayudantes comprendieron el mensaje, y el alcalde tuvo
una administración realmente abierta al público desde que derribó
simbólicamente la puerta.
El
mero cambio de una pequeña palabra puede representar la diferencia
entre el triunfo y el fracaso en cambiar a una persona sin ofenderla
o crear resentimientos.
Muchos creen eficaz iniciar cualquier crítica con un sincero elogio
seguido de la palabra "pero" y a continuación la crítica. Por
ejemplo, si se desea cambiar la actitud descuidada de un niño
respecto de sus estudios, podemos decir: "Estamos realmente
orgullosos de ti, Johnnie, por haber mejorado tus notas este mes.
Pero si te hubieras esforzado más en álgebra, los resultados habrían
sido mejores todavía".
Johnnie se sentirá feliz hasta el momento de oír la palabra "pero".
En
ese momento cuestionará la sinceridad del elogio, que le parecerá un
truco para poder pasar de contrabando la crítica. La credibilidad
sufrirá, y probablemente no lograremos nuestro objetivo de cambiar
la actitud de Johnnie hacia sus estudios.
Esto
podría evitarse cambiando la palabra pero por y: "Estamos realmente
orgullosos de ti, Johnnie, por haber mejorado tus notas este mes, y
si sigues esforzándote podrás subir las notas de álgebra al nivel de
las demás".
Ahora
sí Johnnie podrá aceptar el elogio porque no hubo un seguimiento con
crítica. Le hemos llamado indirectamente la atención sobre la
conducta que queríamos cambiar, y lo más seguro es que se adecuará
a nuestras expectativas.
Llamar la atención indirectamente sobre los errores obra maravillas
sobre personas sensibles que pueden resentirse ante una crítica
directa. Marge Jacob, de Woonsocket, Rhode Island, contó en una de
nuestras clases cómo convenció a unos desprolijos obreros de la
construcción de que hicieran la limpieza al terminar el trabajo
mientras construían una adición en su casa.
Durante los primeros días de trabajo, cuando la señora Jacob volvía
de su oficina, notaba que el patio estaba cubierto de fragmentos de
madera. No quería ganarse la enemistad de los obreros, que por lo
demás hacían un trabajo excelente. De modo que cuando se marcharon,
ella y sus hijos recogieron y apilaron todos los restos de madera en
un rincón. A la mañana siguiente llamó aparte al capataz y le dijo:
-Estoy realmente contenta por el modo en que dejaron el patio
anoche; así de limpio y ordenado, no molestará a los vecinos.
Desde
ese día, los obreros recogieron y apilaron los restos de madera, y
el capataz se acercaba todos los días a la dueña de casa buscando
aprobación por el orden que habían hecho el día anterior.
Una
de las áreas de controversia más áspera entre los miembros de la
Reserva de las Fuerzas Armadas y los oficiales regulares, es el
corte de pelo. Los reservistas se consideran civiles (cosa que son
la mayor parte del tiempo), y no les agrada tener que hacerse
un corte militar.
El
Sargento Harley Kaiser, de la Escuela Militar 542, se vio ante este
problema al trabajar con un grupo de oficiales de la reserva sin
destinos. Como veterano sargento, lo normal en él habría sido
aullarle a las tropas, y amenazarlas. En lugar de eso, prefirió
utilizar un enfoque indirecto.
-Caballeros -comenzó-: ustedes son líderes. Y el modo más eficaz de
practicar el liderazgo, es hacerlo mediante el ejemplo. Ustedes
deben ser un ejemplo que sus hombres quieran seguir. Todos saben lo
que dicen los Reglamentos del Ejército sobre el corte de pelo. Yo me
haré cortar el cabello hoy, aunque lo tengo mucho más corto que
algunos de ustedes. Mírense al espejo, y si sienten que necesitan un
corte para ser un buen ejemplo, nos haremos tiempo para que hagan
una visita al peluquero.
El
resultado fue predecible. Varios de los candidatos se miraron al
espejo y fueron a la peluquería esa tarde y se hicieron un corte "de
reglamento". A la mañana siguiente el Sargento Kaiser comentó que
ya podía ver el desarrollo de las cualidades de liderazgo en algunos
miembros del escuadrón.
El 8
de marzo de 1887 murió el elocuente Henry Ward Beecher. Al domingo
siguiente, Lyman Abbott fue invitado a hablar desde el púlpito
vacante por el deceso de Beecher. Ansioso de causar buena impresión,
Abbott escribió, corrigió y pulió su sermón con el minucioso cuidado
de un Flaubert. Después lo leyó a su esposa. Era pobre, como lo son
casi todos los discursos escritos. La esposa, si hubiera tenido
menos cordura, podría haber dicho: "Lyman, eso es horrible. No sirve
para nada. Harás dormir a los fieles. Parece un artículo de una
enciclopedia. Al cabo de tantos años de predicar, ya deberías saber
de estas cosas. Por Dios, ¿por qué no hablas como un ser humano?
¿Por qué no eres natural? No vayas a leer ese discurso".
Eso
es lo que pudo decirle. Y si así hubiera hecho, ya se sabe lo que
habría ocurrido. Y ella también lo sabía.
Por
eso se limitó a señalar que aquel discurso podría servir como un
excelente artículo para una revista literaria. En otras palabras, lo
ensalzó y al mismo tiempo sugirió sutilmente que como discurso no
servía. Lyman Abbott comprendió la indicación, desgarró el
manuscrito tan cuidadosamente preparado, y predicó sin utilizar
notas siquiera.