Llama Violeta

Llama Violeta


 

 
 
 
 
 

CÓMO GANAR AMIGOS E INFLUIR SOBRE  LAS PERSONAS

Tercera Parte

Logre que los demás piensen como usted

Capitulo 9

LO QUE TODOS QUIEREN

DALE CARNEGIE

 

Capitulo 9

LO QUE TODOS QUIEREN

¿No le gustaría tener una frase mágica que sirva para detener las discusiones, para eliminar malos sentimien­tos, crear buena voluntad y hacer que se lo escuche aten­tamente?

 
   

¿Sí? Pues bien, aquí está. Comience diciendo: "Yo no lo puedo culpar por sentirse como se siente. Si yo estuviera en su lugar, no hay duda de que me sentiría de la misma manera".

Una frase como esa suavizará a la persona más penden­ciera del mundo. Y usted puede pronunciarla con toda sinceridad, porque si estuviera usted en el lugar del otro es evidente que pensaría como él. Un ejemplo. Tome­mos a Al Capone. Supongamos que usted hubiera here­dado el mismo cuerpo y el temperamento y el cerebro que heredó Al Capone. Supongamos que hubiese tenido usted su misma educación, sus experiencias y ambiente. Sería usted precisamente lo que él era, y estaría donde estuvo él. Porque esas cosas -y solamente esas cosas- ­son las que lo han hecho como es.  

La única razón, por ejemplo, de que no sea usted una víbora de cascabel, es que sus padres no eran víboras de cascabel.

Muy poco crédito merece usted por ser lo que es, y recuerde también que muy poco descrédito merece por ser como es la persona que se le acerca irritada, llena de prejuicios, irrazonable. Tenga compasión del pobre dia­blo.

Apiádese de él. Simpatice con él. Dígase: "Ese, si no fuera por la gracia de Dios, podría ser yo".

Las tres cuartas partes de las personas con quienes se encontrará usted mañana tienen sed de simpatía. Déles esa simpatía, y le tendrán cariño.

Yo pronuncié cierta vez una conferencia radiotelefó­nica acerca de la autora de “Mujercitas”, Louisa May Alcott. Naturalmente, yo sabía que había vivido y escri­to sus libros inmortales en Concord, Massachusetts. Pero, sin pensar en lo que decía, hablé de una visita he­cha por mí a su viejo hogar en Concord, Nueva Hamp­shire. Si hubiese dicho Nueva Hampshire sólo una vez, se me podría haber perdonado. Pero, desgraciadamente, lo dije dos veces. Me vi asediado por cartas y telegramas, agrios mensajes que giraban en torno a mi indefensa ca­beza como un enjambre de avispas. Muchos de ellos mostraban indignación. Unos pocos eran insultantes. Una dama colonial, criada en Concord, Massachusetts, y residente por entonces en Filadelfia, volcó en mí su ira más ardiente. No podría haberse mostrado más pun­zante si yo hubiese dicho que la Srta. Alcott pertenecía a una tribu de caníbales. Al leer la carta, reflexioné: "Gracias a Dios que no me he casado con esta señora". Tuve impulsos de escribirle manifestándole que, si bien yo había cometido un error geográfico, ella lo había cometido en cuanto a cortesía. Esa iba a ser mi frase inicial. Después, ya vería lo que pensaba de ella. Pero no lo hice. Me dominé. Comprendí que cualquier tonto aca­lorado haría lo mismo.

Yo quería estar por encima de los tontos. Por eso de­cidí tratar de convertir esa hostilidad en amistad. Sería una especie de desafío, una especie de juego para mí. Me dije: "Después de todo, si yo estuviera en su lugar, pen­saría probablemente lo mismo que ella". Así, pues, deci­dí simpatizar con su punto de vista. Tuve que ir a Filadelfia, y no tardé en llamarla por teléfono. La conversa­ción fue algo así:

YO: Señora Fulana de Tal, usted me escribió una carta hace pocas semanas, y quiero darle las gracias.

ELLA (en tono culto, bien educado): ¿Con quién tengo el honor de hablar?

YO: Usted no me conoce. Me llamo Dale Carnegie. Hace unos pocos domingos di una conferencia sobre Louisa May Alcott, y cometí el error imperdo­nable de decir que había vivido en Concord, Nue­va Hampshire. Fue un error estúpido y quiero pe­dirle disculpas. Fue usted muy amable al dedicar parte de su tiempo a escribirme.

ELLA: Siento mucho, Sr. Carnegie, haberle escrito como lo hice. Perdí el tino. Quiero que me disculpe.

YO: ¡No, no! No es usted quien debe pedir disculpas, sino yo. Un niño no habría cometido el error que hice yo. Pedí disculpas por radio el domingo siguien­te, pero quiero pedírselas personalmente ahora. ELLA: Es que yo nací en Concord, Massachusetts. Mi familia se ha destacado en ese estado durante dos siglos, y yo estoy muy orgullosa de todo lo que se refiere a Massachusetts. Me afligió mucho, en ver­dad, oírle decir que la Srta. Alcott nació en Nueva Hampshire. Pero estoy avergonzada de esa carta.

YO: Le aseguro que usted no pudo afligirse ni la dé­cima parte de lo que me afligí yo. Mi error no lastimó a Massachusetts, pero a mí sí. Pocas veces las personas de su posición y su cultura tienen tiempo para escribir a quienes hablan por radio, y abrigo la esperanza de que me escribirá otra vez si nota algún error en mis conferencias.

ELLA: Quiero que sepa que me ha gustado mucho la forma en que acepta usted mis críticas. Debe ser usted muy simpático. Me gustaría conocerlo mejor. Así, pidiendo disculpas y simpatizando con su punto de vista, logré que ella se disculpara y simpatizara con el mío. Tuve la satisfacción de dominar mi mal genio, la satisfacción de devolver bondad por un insulto. Y me di­vertí mucho más al conseguir la simpatía de esa mujer que si le hubiera dicho que se arrojara de cabeza al río.

Todo hombre que ocupa la Casa Blanca se ve diariamente ante espinosos problemas de relaciones humanas. El presidente Taft no fue una excepción, y por experien­cia conoció el enorme valor químico de la simpatía para neutralizar el ácido de los resquemores. En su libro “Eti­ca en Servicio”, Taft da un ejemplo bastante divertido sobre la forma en que suavizó la ira de una madre decep­cionada y ambiciosa.

"Una señora de Washington -escribe Taft- cuyo ma­rido tenía cierta influencia política, trató conmigo du­rante seis semanas o más a fin de que designara a su hijo para cierto cargo. Consiguió la ayuda de senadores y re­presentantes en número formidable, y los acompañaba a verme para cuidar que defendieran bien su pedido. El cargo requería una preparación técnica y, según las re­comendaciones del cuerpo administrativo, designé a otra persona. Entonces recibí una carta de la madre, dicién­dome que yo era un desagradecido, por haberme negado a convertirla en una mujer feliz con un trazo de mi plu­ma. Se quejaba, además, de haber trabajado con los le­gisladores de su estado para conseguir todos los votos en favor de un proyecto en que yo estaba especialmente in­teresado, y que esta era la forma en que yo le pagaba.

"Cuando uno recibe una carta así, lo primero que hace es pensar cómo puede mostrar severidad con una persona que ha cometido una impropiedad, o aun cierta impertinencia. Entonces escribe uno la respuesta. Pero, si es prudente, guarda la carta en un cajón y cierra el ca­jón con llave. La saca uno a los dos días -estas comuni­caciones pueden retrasarse siempre dos días- y enton­ces no la envía ya. Ese es el camino que seguí yo. Pasados dos días me senté a escribir otra carta, una carta tan cor­tés como pude, en la cual decía comprender la decep­ción maternal en las circunstancias, pero que en verdad el nombramiento no dependía solamente de mis prefe­rencias personales, que tenía que elegir a una persona con experiencia técnica y, por lo tanto, había tenido que seguir las recomendaciones del cuerpo administra­tivo. Expresaba la esperanza de que su hijo realizara en el cargo que ocupaba, las esperanzas que en él deposita­ba la madre. Esto la calmó, y me escribió para decirme que lamentaba haberme enviado la primera carta.

"Pero el nombramiento no fue confirmado en segui­da, y al cabo de un tiempo recibí una carta que figuraba ser del marido de esta mujer, aunque la letra era la mis­ma de antes. Se me informaba en esa carta que, debido a la postración nerviosa sufrida por la decepción de la se­ñora en este caso, había tenido que ponerse en cama y sufría ahora un grave cáncer al estómago. ¿No querría yo devolverle la salud, retirando el primer candidato y reemplazándolo por su hijo? Tuve que escribir otra carta, esta vez al marido, para decirle que esperaba que el diagnóstico no fuera exacto, que lo acompañaba en la pena que debía producirle la enfermedad de su esposa, pero que me era imposible retirar el nombre del candida­to al cargo. El hombre por mí designado fue confirmado, y dos días después de haber recibido esa carta dimos una fiesta en la Casa Blanca. Las primeras dos personas que llegaron a saludar a mi esposa y a mí fueron el ma­rido y la mujer del caso, a pesar de que ella había estado in articulo mortis tan poco tiempo antes."

Jay Mangum representaba a una compañía de mante­nimiento de ascensores y escaleras mecánicas en Tulsa, Oklahoma, que tenía el contrato de mantenimiento de las escaleras mecánicas de uno de los principales hoteles de Tulsa. El director del hotel no quería clausurar las escaleras por más de dos horas seguidas, debido a los inconvenientes que eso causaría a los pasajeros. La re­paración que debía hacerse insumiría por lo menos ocho horas, y la compañía no disponía de un mecánico espe­cializado en todo momento, como habría sido necesario para satisfacer al hotel.

Cuando el señor Mangum logró agendar a un buen mecánico para hacer el trabajo, llamó al gerente del hotel y en lugar de discutir con él para obtener el tiem­po necesario, le dijo:

-Rick, sé que su hotel tiene muchos pasajeros y a us­ted le gustaría que la clausura de las escaleras mecánicas se redujera a un mínimo. Entiendo su preocupación por este punto, y haré todo lo posible por acomodarme. No obstante, después de estudiar la situación hemos llegado a la conclusión de que si no hacemos el trabajo comple­to ahora, la escalera podría sufrir un perjuicio más se­rio, y la clausura a la larga sería más prolongada. Estoy seguro de que usted no querrá causarle ese inconvenien­te a sus pasajeros durante varios días seguidos.

El gerente debió admitir que un cierre de ocho horas seguidas era preferible a uno de varios días Simpatizando con el deseo del gerente de mantener felices a sus pa­sajeros, el señor Mangum pudo hacerlo pensar como él, fácilmente y sin rencores.

Joyce Norris, una profesora de piano de St. Louis, Missouri, contó cómo había manejado un problema que las profesoras de piano suelen tener con chicas adoles­centes. Babette tenía uñas excepcionalmente largas. Lo cual es un inconveniente serio para quienquiera que desee ejecutar el piano con buena y brillante técnica. La señora Norris nos contó:

-Yo sabía que sus uñas largas serían una barrera a su deseo de aprender a tocar bien. Durante nuestras conver­saciones antes de iniciar las lecciones, no le dije nada so­bre las uñas. No quería desalentarla al comenzar el estu­dio, y además sabía que no querría perder esas uñas de las que se enorgullecía y cuidaba tanto.

"Después de la primera lección, cuando sentí que era el momento adecuado, le dije:

"-Babette, tienes manos atractivas y uñas hermosas. Si quieres tocar el piano tan bien como puedes hacerlo, y como te gustaría, te sorprenderá ver cuánto te ayudará tener las uñas algo recortadas. Piénsalo, ¿eh? -Hizo un gesto que representaba una negativa absoluta. Hablé con su madre sobre esta situación, pero sin olvidar hacer mención de lo hermosas que eran sus uñas. Otra reacción negativa. Era evidente que las hermosas uñas manicuradas de Babette eran importantes para ella.

"A la semana siguiente Babette volvió para la segunda lección. Para mi sorpresa, se había cortado las uñas. La felicité y la elogié por haber hecho el sacrificio. Tam­bién le agradecí a la madre por haber ejercido su influen­cia para que Babette se cortara las uñas. La respuesta de la madre fue:

"-Oh, yo no tuve nada que ver con el asunto. Ella de­cidió hacerlo por sí misma, y es la primera vez que se ha cortado las uñas por pedido de alguien."

¿La señora Norris amenazó a Babette? ¿Le dijo que se negaría a darle clases a una estudiante con uñas lar­gas? No, nada de eso. Le informó a Babette que sus uñas eran hermosas, y que sería un sacrificio cortárselas. Fue como si le dijera: "Me pongo en tu lugar: sé que no será fácil, pero la recompensa será un desarrollo musical más rápido".

S. Hurok fue probablemente el primer empresario mu­sical de los Estados Unidos. Durante un quinto de siglo ha dirigido artistas, artistas tan famosos como Chaliapin, Isadora Duncan y la Pavlova. El Sr. Hurok me dijo que una de las primeras lecciones que aprendió al tratar con estas estrellas llenas de temperamento se refería a la necesidad de mostrar simpatía, simpatía y más simpatía por su ri­dícula idiosincrasia.

Durante tres años fue empresario de Feodor Chalia­pin, uno de los más grandes bajos que ha conocido el mundo. Pero Chaliapin era un problema constante. Se comportaba como un niño mal criado. La frase de Hurok es inimitable: "Era un infierno de tipo en todo sentido".

Por ejemplo, Chaliapin llamaba un día al Sr. Hurok, a mediodía, para decirle:

-Me siento muy mal. Tengo la garganta inflamada. Me va a ser imposible cantar esta noche.

¿Discutía con él el Sr. Hurok? Jamás. Ya sabía que un empresario no podía tratar así con los artistas. Corría al hotel de Chaliapin, lleno de compasión.

- ¡Qué lástima! -se lamentaba-. ¡Qué lástima! Po­bre amigo mío. Es claro que no podrá cantar. Ahora mismo voy a cancelar el concierto. No le costará más que una gran cantidad de dinero, pero eso no es nada comparado con su reputación.

Entonces suspiraba Chaliapin, y decía:

-Quizá sea mejor que vuelva usted más tarde. Venga a verme a las cinco y ya veremos cómo me encuentro entonces.

A las cinco volvía Hurok al hotel, siempre lleno de simpatía y compasión. Insistía en que debía cancelar­se el concierto, y otra vez suspiraba Chaliapin y decía:

-Bueno, quizá sea mejor que vuelva más tarde. Qui­zás esté mejor entonces.

A las 7.30 el gran bajo aceptaba cantar pero con la condición de que Hurok apareciera primero en el es­cenario de la Opera Metropolitana para anunciar que Chaliapin sufría un resfriado y no estaba esa noche en plena posesión de su voz. El Sr. Hurok debía mentir, pero dijo que así lo haría, porque sabía que esa era la única manera de conseguir que el gran bajo se presentara en público.

El Dr. Arthur I. Gates dice en su espléndido libro Psicología educacional”: "La  especie humana ansía universalmente la simpatía. El niño muestra a todos unas lastimaduras; o aún llega a infligirse un tajo o un machucón para que se conduelan de él.

Con el mismo fin los adultos muestran sus cicatrices, relatan sus acci­dentes, enfermedades, especialmente los detalles de sus operaciones quirúrgicas. La 'autocondolencia' por los infortunios reales o imaginarios es, en cierto modo, una práctica casi universal".

De manera que si usted quiere que los demás piensen como usted, ponga en práctica la...

REGLA 9

Muestre simpatía por las ideas y deseos de la otra persona.