Todas
las tardes a las cuatro y media se sentaba frente a mi casa, mirando
fijamente al camino con sus hermosos ojos, y tan pronto como oía mi
voz o me veía venir agitando mi lata de comida entre los árboles,
salía disparando como una bala, corría sin aliento colina arriba
para recibirme con brincos de júbilo y ladridos de puro éxtasis.
Tippy
fue mi constante compañero durante cinco años. Por fin, una noche
trágica -jamás la olvidaré-, murió a tres metros de mi cabeza, murió
alcanzado por un rayo. La muerte de Tippy fue la tragedia de mi
niñez.
Tippy
nunca leyó un libro de psicología. No lo necesitaba. Sabía, por
algún instinto divino, que usted puede ganar más amigos en dos
meses interesándose de verdad en los demás, que los que se pueden
ganar en dos años cuando se trata de interesar a los demás en uno
mismo. Permítaseme repetir la idea.
Se
pueden ganar más amigos en dos meses si se interesa uno en los
demás, que los que se ganarían en dos años si se hace que los demás
se interesen por uno.
Pero
usted y yo conocemos personas que van a los tumbos por la vida
porque tratan de forzar a los demás a que se interesen por ellas.
Es
claro que eso no rinde resultado. Los demás no se interesan en
usted. No se interesan en mí. Se interesan en sí mismas, mañana,
tarde y noche.
La
Compañía Telefónica de Nueva York realizó un detallado estudio de
las conversaciones por teléfono y comprobó cuál es la palabra que se
usa con mayor frecuencia en ellas. Sí, ya ha adivinado usted: es el
pronombre personal "yo". Fue empleado 3.990 veces en quinientas
conversaciones telefónicas. Yo. Yo. Yo. Yo. Yo.
Cuando usted mira la fotografía de un grupo en que está usted, ¿a
quién mira primero?
Si
nos limitamos a tratar de impresionar a la gente y de hacer que se
interese por nosotros, no tendremos jamás amigos verdaderos,
sinceros. Los amigos, los amigos leales, no se logran de esa manera.
Napoleón lo intentó, y en su último encuentro con Josefina dijo:
"Josefina, he tenido tanta fortuna como cualquiera en este mundo; y
sin embargo, en esta hora, eres tú la única persona de la tierra en
quien puedo confiar". Y los historiadores dudan que pudiera confiar
aun en ella.
Alfred Adler, el famoso psicólogo vienés, escribió un libro
titulado: Qué
debe
significar la vida para usted.
En
ese libro dice así: "El individuo que no se interesa por sus
semejantes es quien tiene las mayores dificultades en la vida y
causa las mayores heridas a
los
demás. De esos individuos surgen
todos los fracasos humanos".
Es
posible leer veintenas de eruditos tomos sobre psicología sin
llegar a una declaración más significativa, para usted o para mí. No
me agradan las repeticiones, pero esta afirmación de Adler está tan
rica de significado que voy a repetirla en bastardilla:
El
individuo que no se interesa por sus semejantes es quien tiene las
mayores dificultades en la vida y causa las mayores heridas a los
demás. De esos individuos surgen todos los fracasos humanos.
Yo
seguí cierta vez en la Universidad de Nueva York un curso sobre
redacción de cuentos cortos, y durante ese curso el director de una
importante revista habló ante nuestra clase. Dijo que era capaz de
tomar cualquiera de las docenas de cuentos que cruzaban por su
escritorio todos los días y, después de leer unos párrafos, decir
si su autor gustaba o no de la gente. "Si el autor gusta de la gente
-añadió-, la gente gustará de sus cuentos."
Este
director, acostumbrado a tratar con la vida, se detuvo dos veces en
el curso de su conferencia sobre la forma de escribir, y pidió
excusas por predicarnos un
sermón. "Les estoy diciendo -expresó- las mismas cosas que diría un
predicador. Pero recuerden que deben tener interés por la gente si
quieren atraer interés como cuentistas."
Si
así ocurre con los cuentistas, puede tenerse la seguridad de que lo
mismo es triplemente cierto en cuanto a las relaciones con la gente.
Yo
pasé una noche en el camarín de Howard Thurston la última vez que
se presentó en Broadway: Thurston, el decano de los magos;
Thurston, el rey de la prestidigitación. Durante cuarenta años viajó
por el mundo entero una y otra vez, creando ilusiones, engañando
con sus tretas al público, y haciendo que la gente quedara
boquiabierta de asombro. Más de sesenta millones de personas
pagaron entrada por verlo actuar, y así consiguió ganar casi dos
millones de dólares.
En
esa ocasión pedí al Sr. Thurston que me confiara el secreto de sus
triunfos. Su instrucción no tenía nada que ver con ellos, porque
huyó de su casa siendo niño, fue vagabundo por los caminos, viajó en
trenes de carga, durmió en pajares, pidió comida de puerta en
puerta, y aprendió a leer gracias a los carteles que desde un vagón
de carga veía junto al ferrocarril.
¿Tenía extraordinarios conocimientos como prestidigitador? No: me
dijo que se han escrito centenares de libros sobre pruebas de magia,
y que muchísimas personas saben tanto como él. Pero Thurston tenía
dos cosas de que carecían los demás. Primero, la capacidad
necesaria para que su personalidad llegara al otro lado de las
candilejas. Conocía la naturaleza humana. Todo lo que hacía, cada
gesto, cada entonación de la voz, cada elevación de una ceja había
sido cuidadosamente ensayado con anterioridad, y sus actos
respondían a una perfecta noción del tiempo. Pero, además, Thurston
tenía verdadero interés por el público. Me refirió que muchos
prestidigitadores miraban al público y decían para sus adentros:
"Bien, ya tenemos otro montón de tontos: qué bien los engañaré".
Pero el método de Thurston era del todo diferente. Confesóme que
cada vez que entraba al escenario se decía: "Estoy agradecido a toda
esta gente que ha venido a verme. Son ellos quienes me permiten
ganarme la vida en forma tan agradable. Por ellos haré esta noche
todo lo mejor que pueda".
Declaró que jamás se acercaba a las candilejas sin decirse primero,
una vez tras otra: "Adoro a mi público. Adoro a mi público".
¿Ridículo? ¿Absurdo? Tiene usted derecho a pensar lo que quiera. Yo
no hago más que repetir, sin comentarios, una receta utilizada por
uno de los magos más famosos de todos los tiempos.
George Dyke, de North Warren, Pennsylvania, se vio obligado a
retirarse de su negocio de estación de servicio, después de
trabajar en él durante treinta años, cuando se construyó una nueva
autopista por el sitio que ocupaba su establecimiento. Al poco
tiempo, los días ociosos de un jubilado empezaron a aburrirlo, por
lo que trató de ocupar el tiempo tocando en su viejo violín. Pronto
empezó a viajar por toda su área, asistiendo a conciertos y
visitando a consumados violinistas. En su estilo humilde y
amistoso, se interesó por conocer el pasado y las ideas de todos los
músicos que conocía. Aunque él mismo no era un gran violinista, hizo
muchos amigos en el mundo de la música. Asistió a toda clase de
eventos musicales, y los aficionados a la música country de todo el
este de los Estados Unidos llegaron a conocerlo como "el Tío
George, el Rascador de Violín del Condado Kinzua". Cuando conocimos
al Tío George, tenía 72 años y disfrutaba de cada minuto de su vida.
Gracias a su interés en otras personas, logró crearse una nueva
vida en un momento en que la mayoría de la gente considera
terminados sus años productivos.
Ese
mismo era uno de los secretos de la asombrosa popularidad de
Theodore Roosevelt. Hasta sus sirvientes lo adoraban. Su valet James
E. Amos, escribió acerca de él un libro titulado
Theodore Roosevelt, héroe de su valet.
En
ese libro narra Amos este ilustrativo incidente:
Mi
mujer preguntó una vez al presidente qué era una codorniz. Jamás
había visto una, y el presidente se la describió detalladamente.
Algún tiempo después sonó el teléfono de nuestra casita. (Amos y su
esposa vivían en una casita alejada del edificio principal, en la
finca que Roosevelt tenía en Oyster Bay.) Mi mujer respondió al
llamado. Era el Sr. Roosevelt. Dijo que había llamado para decirle
que frente a la ventana había una codorniz, y que si mi mujer se
asomaba podría verla. Estas cositas eran características de él. Cada
vez que pasaba frente a nuestra casita, aunque no nos viera, le
oíamos llamar: "iUhú, Annie!" o " iUhú, James!"
¿Cómo
es posible que los empleados no gustaran de un hombre así? ¿Cómo
podría dejar de gustar a nadie? Roosevelt fue a la Casa Blanca un
día en que su sucesor, el presidente Taft y su esposa no estaban.
Su auténtica simpatía por la gente humilde quedó demostrada por el
hecho de que saludó uno por uno a todos los sirvientes de la Casa
Blanca, hasta los peones de la cocina. "Cuando vio a Alice, ayudante
de cocina -escribe Archie Butt-, le preguntó si todavía hacía pan
de maíz.
Alice
le respondió que a veces lo hacía para el personal de servicio, pero
que nadie lo comía entre los amos. "-Muestran muy mal gusto -repuso
Roosevelt-, y ya se lo diré al presidente cuando lo vea.
"Alice le llevó un trozo de pan de maíz, y Roosevelt fue hasta el
despacho principal comiendo y saludando a jardineros y criados al
pasar...
"Hablaba con cada uno como lo había hecho en el pasado. lke Hoover,
que había sido ujier en la Casa Blanca durante cuarenta años, me
dijo con los ojos llenos de lágrimas:
"-Es
el único día feliz que hemos tenido en casi dos años, y ninguno de
nosotros lo cambiaría por un billete de cien dólares."
El
mismo interés por la gente
al
parecer sin importancia,
ayudó
al representante de ventas Edward M. Sykes, hijo, de Chatham, Nueva
jersey, a conservar una cuenta.
-Hace
muchos años -nos dijo-, visité a clientes de la empresa Johnson y
Johnson en el área de Massachusetts. Una cuenta era la de una
farmacia en Hinghain. Cada vez que iba a este negocio, siempre
hablaba con el empleado de refrescos y el del mostrador unos
minutos, antes de hablar con el dueño para recibir la orden. Un día
el dueño me dijo que no tenía interés en comprar productos de
Johnson y Johnson porque consideraba que esta firma estaba
concentrando sus actividades en los supermercados, en detrimento de
las farmacias chicas como la suya. Salí muy decaído y di vueltas por
el pueblo varias horas. Al fin decidí volver a la farmacia y tratar
de explicarle nuestra posición al dueño.
"Cuando volví a entrar, como siempre saludé a los empleados. Al
verme el dueño, me sonrió y me dio la bienvenida. Me dio una orden
de compras que superaba
las
suyas habituales. Lo miré, sorprendido, y le pregunté qué había
sucedido para hacerle cambiar de opinión, desde mi visita anterior
apenas unas horas antes. Me señaló al muchacho que atendía el
mostrador de refrescos y dijo que cuando yo había salido antes,
este joven había venido a decirle que yo era uno de los pocos
vendedores que venían a la farmacia que se molestaba en saludarlo,
a él y a los otros empleados. Le dijo al dueño que si había un
vendedor que se merecía hacer buenos negocios, era yo. El dueño
estuvo de acuerdo, y siguió siendo un buen cliente. Nunca olvidé que
un genuino interés en la otra persona es la cualidad más importante
que pueda tener un vendedor, o, en realidad, cualquier persona.
Por
experiencia personal he descubierto que se puede lograr la atención
y la cooperación hasta de las personas más ocupadas de los Estados
Unidos, si uno se interesa debidamente en ellas. Un ejemplo:
Hace
años yo dirigía un curso de literatura en el Instituto de Artes y
Ciencias de Brooklyn, y quisimos que escritores tan importantes y
ocupados como Kathleen Norris, Fanny Hurst, Ida Tarbell, Albert
Payson Terhune y Rupert Hughes fueran al Instituto y nos hicieran
conocer sus experiencias. Les escribimos, pues, diciendo que
admirábamos sus obras y que nos interesaba profundamente obtener
sus consejos y conocer los secretos de sus triunfos.
Cada
una de estas cartas estaba firmada por unos ciento cincuenta
estudiantes. Decíamos comprender que los destinatarios estaban
ocupados, demasiado ocupados para preparar una conferencia. Por ese
motivo acompañábamos una lista de preguntas para que las
respondieran con referencias acerca de ellos y de sus métodos de
trabajo. A todos les gustó la carta. Aquellos escritores famosos
dejaron sus tareas y fueron hasta Brooklyn a ayudarnos.
Con
el mismo método persuadí a Leslie M. Shaw, secretario del Tesoro en
el gabinete de Theodore Roosevelt, a George W. Wickersham,
procurador general en el gabinete de Taft, a William Jennings Bryan,
a Franklin D. Roosevelt y a muchos otros hombres prominentes de que
acudieran a hablar ante los estudiantes de uno de mis cursos de
oratoria.
Todos
nosotros, seamos obreros en una fábrica, empleados en una oficina,
o incluso reyes, gustamos de la gente que nos admira. Recordemos al
Káiser Guillermo II, por ejemplo. Al terminar la guerra mundial era
quizás el hombre más universal y brutalmente despreciado de la
Tierra. Hasta su misma nación se volvió contra él cuando huyó a
Holanda para salvar la cabeza. Era tan intenso el odio contra él,
que millones de personas habrían querido despedazarlo o quemarlo en
la hoguera. En medio de esta furia general, un niño escribió al
Káiser una carta sencilla y sincera, que mostraba gran bondad y
admiración. Este niño decía que, cualquiera fuese la idea de los
demás, él siempre amaría a su Emperador Guillermo. El Káiser se
sintió conmovido e invitó al niño a que fuera a visitarlo. Así lo
hizo el pequeño, acompañado de su madre, y con ella contrajo enlace
el Káiser. Aquel niño no necesitaba leer un libro como éste. Ya
sabía instintivamente cómo hacerlo.
Si
queremos obtener amigos, dediquémonos a hacer cosas para los demás,
cosas que requieren tiempo, energía, altruismo. Cuando el Duque de
Windsor era Príncipe de Gales tuvo que hacer una gira por la
América del Sur, y antes de emprenderla pasó varios meses estudiando
español, para poder hablar en el idioma de los países que visitaba;
y los habitantes de América del Sur lo tuvieron en gran estima por
eso.
Durante años me he preocupado por conocer los cumpleaños de mis
amigos. ¿Cómo? Aunque no tengo el menor asomo de fe en la
astrología., empiezo por preguntar a un amigo si cree que la fecha
de nacimiento tiene algo que ver con el carácter y la disposición de
cada uno. Luego le pido que me diga el día y el mes de su
nacimiento. Si me dice 24 de noviembre, por ejemplo, no hago más
que repetir para mis adentros "24 de noviembre, 24 de noviembre".
En cuanto mi amigo vuelve la espalda escribo su nombre y su
cumpleaños, y después, en casa, paso el dato a un libro especial. Al
comienzo de cada año escribo estas fechas y nombres en las hojas de
mi calendario, de modo que les presto atención automáticamente.
Cuando llega el día, envío una carta o telegrama. ¡Qué buena
impresión causa! A veces soy la única persona del mundo que ha
recordado un cumpleaños de esos.
Si
queremos hacer amigos, saludemos a los demás con animación y
entusiasmo. Cuando llama alguien por teléfono, empleemos la misma
psicología. Digamos: "Hola" con un tono que revele cuán complacidos
estamos por escuchar a quien llama. Muchas compañías dan
instrucciones a sus operadores telefónicos de saludar a todos los
llamados en un tono de voz que irradie interés y entusiasmo. El que
llama siente así que la compañía se interesa en él. Recordémoslo
cuando respondamos mañana al teléfono.
Mostrar un interés genuino en los demás no sólo le reportará amigos,
sino que también puede crear lealtad a la compañía por parte de los
clientes.
En un núrnero de la publicación del National
Bank of North América de Nueva York se publicó la siguiente carta de
Madeline Rosedale, una depositante:
"Quiero que sepan cuánto aprecio a su personal. Todos son tan
corteses, tan amables y serviciales. Es un placer que, después de
hacer una larga cola, el cajero la salude
a una
con
una sonrisa.
"El
año pasado mi madre estuvo hospitalizada durante cinco meses. Cada
vez que visité el banco, Marie Petrucello, una cajera, se interesó
por la salud de mi madre, y se alegró de su recuperación."
¿Puede haber alguna duda de que la señora Rosedale seguirá usando
los servicios de este banco?
Charles R. Walters, empleado en uno de los grandes bancos de Nueva
York, fue encargado de preparar un informe confidencial sobre cierta
empresa. Sólo sabía de un hombre dueño de los hechos que necesitaba
con tanta urgencia. El Sr. Walters fue a ver a ese hombre,
presidente de una gran empresa industrial. Cuando el Sr. Walters era
acompañado al despacho del presidente, una secretaria asomó la
cabeza por una puerta y dijo al presidente que no podía darle ese
día ningún sello de correos.
-Colecciono estampillas para mi hijo, que tiene doce años -explicó
el presidente al Sr. Walters.
"El
Sr. Walters expuso su misión y comenzó a hacer preguntas. El
presidente se mostró vago, general, nebuloso.
No
quería hablar, y aparentemente nada podía persuadirle de que
hablara. La entrevista fue muy breve e inútil.
"Francamente, no sabía qué hacer -dijo la Sra. Walters al relatar
este episodio ante nuestra clase-. Pero entonces recordé a la
secretaria, las estampillas, y el hijo... Y también recordé que el
departamento extranjero de nuestro banco coleccionaba estampillas
llegadas con las cartas que se reciben de todos los países del
mundo.
"A la
tarde siguiente visité a este hombre y le hice decir que llevaba
algunas estampillas para su hijo. ¿Me recibió con entusiasmo? Pues,
señor, no me habría estrechado la mano con más fruición si hubiese
sido candidato a legislador. Era todo sonrisas y buena voluntad.
"-A
mi George le encantará ésta -decía mientras examinaba las
estampillas--. iY mire ésta! Esta es un tesoro.
"Pasamos media hora hablando de estampillas y mirando retratos de
su hijo, y después dedicó más de una hora de su valioso tiempo a
darme todos los informes que yo quería, y sin que tuviese yo que
pedírselo siquiera. Me confió todo lo que sabía, y después llamó a
sus empleados y los interrogó en mi presencia. Telefoneó a algunos
de sus socios. Me abrumó con hechos, cifras, informes y
correspondencia. Como dirían los periodistas, tenía yo una
primicia.
Veamos otro ejemplo:
C. M.
Knaphle, Jr., de Filadelfia, había tratado durante años de vender
combustible a una gran cadena de tiendas. Pero la compañía seguía
comprando el combustible a un comerciante lejano, y lo hacía pasar,
en tránsito, frente a la oficina del Sr. Knaphle. Este pronunció
una noche ante una de mis clases un discurso en el que volcó toda su
ira contra las cadenas de tiendas, a las que calificó de maldición
del país.
Y
todavía se preguntaba por qué no podía vender su carbón.
Le
sugerí que intentara otra táctica. En resumen, lo que sucedió fue
esto. Organizamos entre los miembros del curso un debate sobre:
"Está decidido que la propagación de las cadenas de tiendas hace al
país más mal que bien".
Por
indicación mía, Knaphle asumió el bando negativo: convino en
defender a las cadenas de tiendas, y fue a ver derechamente a un
director de la misma organización que él despreciara.
-No
he venido -le dijo- a tratar de venderle combustible. He venido a
pedirle un favor. - Le informó luego sobre el debate y agregó: -He
venido a pedirle ayuda porque no conozco otra persona que sea tan
capaz de hacerme conocer los hechos que quiero. Deseo ganar este
debate, y le agradeceré sobremanera que me ayude.
Oigamos el resto del episodio en las propias palabras del Sr.
Knaphle:
"Había pedido a este hombre exactamente un minuto de tiempo. Con
esa condición consintió en verme. Después de exponer yo mi
situación, me invitó a sentarme y me habló durante una hora y
cuarenta y siete minutos. Llamó a otro director que había escrito
un libro sobre el tema. Escribió a la Asociación Nacional de
Cadenas de Tiendas y me consiguió un ejemplar de un folleto. Este
hombre entiende que las cadenas de tiendas prestan un verdadero
servicio a la humanidad. Está orgulloso de lo que hace en
centenares de comunidades. Le brillaban los ojos al hablar; y he de
confesar que me abrió los ojos sobre cosas que yo jamas había
soñado. Cambió toda mi actitud mental.
"Cuando me marchaba, fue conmigo hasta la puerta,
me puso un brazo alrededor de los hombros, me deseó felicidad en el
debate, y me pidió que fuera a verlo otra vez para hacerle saber
cómo me había ido. Las últimas palabras que me dirigió fueron:
"-Haga el favor de verme dentro de unos días. Me gustaría hacerle
un pedido de combustible.
"Para
mí, aquello era casi un milagro. Ofrecía comprarme el combustible
sin haberlo mencionado yo siquiera. Conseguí más en dos horas,
interesándome honradamente en él y en sus problemas, que en muchos
años de bregar por que se interesara en mí y en mi producto."
No ha
descubierto usted, Sr. Knaphle, una verdad nueva, porque hace mucho
tiempo, cien años antes de que naciera jesucristo, un famoso poeta
romano, Publilio Syro, señaló: "Nos interesan los demás cuando
se interesan por nosotros".
El
interés, lo mismo que todo lo demás en las relaciones humanas, debe
ser sincero. Debe dar dividendos no sólo a la persona que muestra el
interés, sino también a la que recibe la atención. Es una vía de dos
manos: las dos partes se benefician.
Martin Ginsberg, que siguió nuestro curso en Long Island, Nueva
York, nos contó cómo el interés especial que había tomado una
enfermera en él había afectado profundamente su vida.
"Era
el Día de Acción de Gracias, y yo tenía diez años. Estaba en una
sala de beneficencia de un hospital, y al día siguiente se me haría
una importante operación de ortopedia. Sabía que lo único que me
esperaba eran meses de confinamiento, convalecencia y dolor. Mi
padre había muerto; mi madre y yo vivíamos solos en un pequeño
departamento y dependíamos de la asistencia social. Mi madre no
podía visitarme ese día porque no era día de visitas en el hospital.
"A
medida que transcurría el día, me abrumaba cada vez más el
sentimiento de soledad, desesperación y miedo. Sabía que mi madre
estaba sola en casa preocupándose por mí, sin compañía alguna, sin
nadie con quien cenar y sin el dinero siquiera para permitirse una
cena de Día de Acción de Gracias.
"Me
subían las lágrimas, y terminé metiendo la cabeza bajo la almohada y
tapándome todo con las frazadas. Lloré en silencio, pero con tanta
amargura que me dolía el cuerpo entero.
"Una
joven estudiante de enfermería oyó mis sollozos y vino hacia mi
cama. Me hizo asomar la cabeza y comenzó a secarme las lágrimas. Me
contó lo sola que estaba, pues debía trabajar todo el día y no podía
pasarlo con su familia. Me preguntó si quería cenar con ella. Trajo
dos bandejas de comida: pavo, puré de papas, salsa de fresas y
helado de crema de postre. Me habló y trató de calmar mis temores.
Aun cuando su hora de salida eran las cuatro de la tarde, se quedó
conmigo hasta casi las once de la noche. jugó a varios juegos
conmigo, y no se marchó hasta que me quedé dormido.
"Desde entonces, han pasado muchos días de Acción de Gracias, pero
nunca paso uno sin recordar aquél, y mis sentimientos de
frustración, miedo, soledad y la calidez y ternura de la
desconocida que me lo hizo soportable."