¿Cuándo aprenderé lo suficiente sobre las relaciones como para que las
mías vayan sobre ruedas? ¿Hay alguna manera de ser feliz en las
relaciones? ¿Acaso deben suponer constantemente una prueba?
No tienes nada que aprender sobre las relaciones. Únicamente has de
manifestar lo que ya sabes.
Hay
una manera de ser feliz en las relaciones y: consiste en utilizarlas
para el fin que les es propio, y no para el que tu les has designado.
Las relaciones son una prueba constante; constantemente invitan a crear,
expresar y experimentar las más elevadas facetas de ti mismo, las
mayores visiones de ti mismo, las más magnificas versiones de ti
mismo. En ninguna otra parte puedes realizar esto de un modo más
inmediato, efectivo e inmaculado que en las relaciones. En realidad, si
no fuera por las relaciones no podrías realizarlo en absoluto.
Sólo a través de tus relaciones con otras personas, lugares y
acontecimientos puedes existir (como una cantidad cognoscible, como algo
identificable) en el universo. Recuérdalo: en ausencia de algo
distinto, tú no eres. Eres únicamente lo que eres en relación
a otra cosa que no es. Así es en el mundo de lo relativo, a diferencia
del mundo de lo absoluto, en el que Yo habito.
Cuando entiendes esto con claridad, cuando lo comprendes en profundidad,
entonces bendices intuitivamente todas y cada una de tus experiencias,
todo encuentro humano, y especialmente las relaciones personales
humanas, pues las ves como algo constructivo en su más alto sentido. Ves
que pueden utilizarse, que deben utilizarse, que se utilizan (lo
quieras o no), para construir Quién Realmente Eres.
Esta construcción puede ser una magnífica creación de tu propio designio
consciente, o una estricta configuración de los acontecimientos. Puedes
elegir ser una persona que sea producto simplemente de lo que haya
acontecido, o de lo que hayas elegido ser y hacer en
función de lo que haya acontecido. Es en esta última forma en la que la
creación del Yo se realiza.
Bendice, por tanto, toda relación, y considera cada una de ellas
como especial y constitutiva de Quién Realmente Eres y ahora eliges ser.
Ahora bien, tu pregunta alude a las relaciones humanas individuales de
tipo romántico, cosa que entiendo. De modo que permíteme referirme,
específicamente y por extenso, a las relaciones amorosas humanas, ¡ese
asunto que sigue dándote tantas preocupaciones!
Cuando las relaciones amorosas humanas fracasan (en realidad, las
relaciones nunca fracasan, excepto en el sentido estrictamente humano de
que no producen el resultado que quieres), es porque se habían iniciado
por una razón equivocada.
(Por supuesto, “equivocado” es un término relativo, que significa algo
opuesto a lo que es “correcto”, sea lo que sea. Resultaría más
exacto, en vuestro lenguaje, decir “las relaciones fracasan - cambian -
más a menudo cuando se han iniciado por razones no totalmente
beneficiosas o que conduzcan a su supervivencia”.)
La mayoría de la gente inicia las relaciones con las miras puestas en lo
que puede sacar de ellas.
El
objetivo de una relación es decidir qué parte de ti mismo quisieras ver
“descubierta”; no qué parte de la otra persona puedes capturar y
conservar.
Sólo puede haber un objetivo para las relaciones, y para toda la vida:
ser y decidir Quien Realmente Sois.
Resulta muy romántico decir que tú no eras “nada” hasta que llego esa
otra persona tan especial; pero no es cierto. Y, lo que es peor, supone
una increíble presión sobre esa persona, forzándole a ser toda una serie
de cosas que no es.
Al no querer “desengañarte”, trata con gran esfuerzo de ser y hacer esas
cosas, hasta que ya no puede más. Ya no puede completar el retrato que
te has forjado de él o de ella. Ya no puede desempeñar el papel que se
le ha asignado. Surge el resentimiento. Y después la cólera.
Finalmente, para salvarse a sí misma (y la relación), esa otra persona
especial empieza a recuperar su auténtico yo, actuando más de acuerdo
con Quien Realmente Es. Y en ese momento es cuando dices que “realmente,
ha cambiado”.
Resulta muy romántico decir que, ahora que esa otra persona especial ha
entrado en tu vida, te sientes completo. Pero el objetivo de la
relación no es tener a otra persona que te complete, sino tener a otra
persona con la que compartir tu completitud.
He aquí la paradoja de todas las relaciones humanas: no necesitáis a una
determinada persona para experimentar plenamente Quienes Sois, y... sin
otro, no sois nada.
Aquí radica a la vez el misterio y el prodigio, la frustración y la
alegría de la experiencia humana. Requiere un conocimiento profundo y
una total voluntad vivir en esta paradoja de un modo que tenga sentido.
Y observo que muy pocas personas lo hacen.
La mayoría de vosotros iniciáis vuestras relaciones en los primeros años
de madurez, con esperanza, plenos de energía sexual, el corazón abierto
de par en par y el alma alegre e ilusionada.
En algún momento entre los cuarenta y los sesenta años (y para la
mayoría más pronto que tarde), renunciáis a vuestro más magnífico sueño,
abandonáis vuestra más alta esperanza, y os conformáis con vuestras
menores expectativas; o con nada en absoluto.
El problema es sumamente básico, sumamente sencillo; y, sin embargo,
trágicamente mal interpretado: vuestro más magnífico sueño, vuestra más
alta idea y vuestra más acariciada esperanza se había referido a vuestro
amado otro, en lugar de a vuestro amado Yo. La prueba de
vuestras relaciones se había referido al hecho de hasta qué punto el
otro se ajustaba a vuestras ideas, y en qué medida considerabais
que vosotros os ajustabais a las suyas. Sin embargo, la única
prueba auténtica se refería al hecho de hasta qué punto vosotros os
ajustabais a las vuestras.
Las relaciones son sagradas porque proporcionan la más grandiosa
oportunidad en la vida - en realidad, la única oportunidad - de crear y
producir la experiencia de tu más elevado concepto de ti mismo.
Las relaciones fracasan cuando las consideras la más grandiosa
oportunidad de crear y producir la experiencia de tú más elevado
concepto de otro.
Si dejas que, en una relación con otra persona, cada uno se preocupe de
Sí mismo: de lo que Uno mismo es, hace y tiene; de lo que
Uno mismo quiere, pide, obtiene; de lo que Uno mismo
busca, crea, experimenta... todas las relaciones servirán magníficamente
a este propósito, y a quienes participen en ellas.
Deja que, en la relación con otra persona, cada uno se preocupe, no del
otro, sino sólo y únicamente de Sí mismo.
Parece una enseñanza extraña, ya que os han dicho que en la forma más
elevada de relación uno se preocupa únicamente del otro. Pero Yo
te digo esto: es el hecho de centrarte en el otro - de obsesionarte
con el otro - lo que hace que las relaciones fracasen.
¿Qué es el otro? ¿Qué hace? ¿Qué tiene? ¿Qué dice, quiere o pide? ¿Qué
piensa, espera o planea?
El Maestro entiende que no importa lo que el otro sea haga,
tenga, diga, quiera o pida. No importa lo que el otro piense,
espere o planee. Sólo importa lo que tú hagas en relación
con ello.
La persona que más ama es la persona que está más centrada en Sí misma.
Esa es una enseñanza radical...
No si la observas con atención. Si no te amas a ti mismo, no puedes amar
a otro. Mucha gente comete el error de tratar de amarse a Sí mismo
a través de amar a otro. Por supuesto, no se dan cuenta de lo que hacen.
No se trata de un esfuerzo consciente, sino de algo que se da en la
mente, a un nivel muy profundo, en lo que llamáis el subconsciente.
Piensan: “Si puedo amar a otros, ellos me amarán a mí. Entonces seré
alguien digno de ser amado, y, por lo tanto, Yo me amaré a mí
mismo”.
El reverso de esto es que muchas persona se odian a sí mismas porque
piensan que no hay nadie que las quiera. Se trata de una enfermedad; es
el verdadero “mal de amores”, pues lo cierto es que sí hay otras
personas que les quieren, pero no importa. No importa cuánta gente
manifieste su amor hacia ellos; nunca es suficiente.
En primer lugar, no creen en ti. Piensan que tratas de manipularles, que
tratas de sacar algo de ellos. (¿Cómo podrías quererlos por lo que
realmente son? No. Debe haber un error. ¡Seguro que quieres algo!
Entonces ¿qué es lo que quieres?)
Se cruzan de brazos, tratando de comprender cómo alguien puede realmente
quererles. Así, no te creen, y emprenden una campaña para hacer que se
lo demuestres. Tienes que demostrarles que les quieres. Y, para
hacerlo, pueden pedirte que empieces a cambiar tu conducta.
En segundo lugar, si finalmente aceptan que pueden creer que les
quieres, inmediatamente empiezan a preocuparse acerca de cuánto tiempo
lograrán mantener tu amor. Así, con el fin de conservarlo,
empiezan a cambiar su conducta.
De este modo, dos personas se pierden a sí mismas - literalmente - en
la relación. Inician la relación esperando encontrarse a sí mismas, y,
en lugar de ello, se pierden a sí mismas.
Esta pérdida de Uno mismo en una relación es lo que provoca la mayor
parte de la amargura en estas parejas.
Dos personas se unen para compartir su vida, esperando que el todo será
más que la suma de las partes, y se encuentran con que es menos. Se
sienten menos que cuando estaban solos. Menos capaces, menos
hábiles, menos apasionantes, menos atractivos, menos alegres, menos
contentos...
Y ello es así porque son menos. Han renunciado a la mayor parte
de lo que son con el fin de tener - y conservar - la relación.
Las relaciones nunca han tenido por qué ser así. Pero así es como las
han experimentado la mayoría de las personas que conoces.
¿Por qué? ¿Por qué?
Porque la gente ha perdido el contacto (si es que alguna vez lo tuvo)
con el propósito de las relaciones.
Cuando
has dejado de ver a los otros como almas sagradas en un viaje sagrado,
no puedes ver el propósito, la razón, que se oculta tras toda relación.
El alma ha venido al cuerpo, y el cuerpo ha venido a la vida, con el
propósito de evolucionar. Estáis en evolución; estáis en
devenir. Y utilizáis vuestras relaciones con cualquier cosa
para decidir aquello que queréis devenir.
Esa es la tarea que habéis venido a realizar aquí. Esa es la alegría de
crearse a Sí mismo. O de conocerse a Sí mismo. O de llegar a ser,
conscientemente, lo que uno quiere ser. Eso es lo que significa ser
consciente de Uno mismo.
Habéis traído a vuestro Yo al mundo relativo para poder disponer de las
herramientas con las que conocer y experimentar Quienes Realmente Sois.
Y sois quienes os creáis en relación con todo lo demás.
Vuestras relaciones personales constituyen el elemento más importante en
este proceso. Por lo tanto, vuestras relaciones personales son “tierra
santa”. Prácticamente no tienen nada que ver con el otro, pero, puesto
que implican a otro, tienen todo que ver con el otro.
Esta es la divina dicotomía. Este es el círculo perfecto. Así, no
constituye una enseñanza tan radical afirmar: “Bienaventurados los que
se centran en Sí mismos, porque ellos conocerán a Dios”. Puede que no
sea un mal objetivo en tu vida conocer la parte más elevada de Ti mismo,
y permanecer centrado en ella.
Tu primera relación, pues, debe ser contigo mismo. Debes aprender
primero a honrarte, cuidarte y amarte a Ti mismo.
Debes
verte primero a Ti mismo como estimable para poder ver al otro como tal.
Debes verte primero a Ti mismo como bienaventurado para poder ver al
otro como tal. Debes verte primero a Ti mismo como santo para poder
reconocer la santidad en el otro.
Si colocas el carro delante del caballo - como muchas religiones te
piden que hagas -, y reconoces al otro como santo antes de reconocerte a
ti mismo como tal, un día te resentirás de ello. Si hay algo que ninguno
de vosotros puede tolerar es que alguien sea más santo que uno.
Sin embargo, vuestras religiones os enseñan a considerar a los otros más
santos que vosotros. Y eso es lo que hacéis, aunque sólo durante algún
tiempo: luego los crucificáis.
Habéis crucificado (de una manera u otra) a todos mis Maestros, no sólo
a Uno. Y lo habéis hecho no porque fueran más santos que vosotros, sino
porque creíais que lo eran.
Todos mis Maestros han traído el mismo mensaje. No “yo soy más santo que
tú”, sino “tú eres tan santo como yo”.
Este es el mensaje que no habéis sido capaces de escuchar; esta es la
verdad que no habéis sido capaces de aceptar. Y esta es la razón por la
que nunca os enamoráis realmente, auténticamente, de otra persona.
Porque nunca os habéis enamorado realmente, auténticamente, de Vosotros
mismos.
Así, deja que te diga algo: céntrate ahora y siempre en Ti mismo.
Preocúpate de observar lo que tú eres, haces y tienes en un
momento dado, y no cómo les va a los demás.
No debes buscar tu salvación en la acción del otro, sino en tu
re-acción.
Así lo haré; pero, de alguna manera, eso suena como si no debiéramos
preocuparnos de lo que los otros nos hacen en la relación con nosotros.
Pueden hacer cualquier cosa, y, mientras conservemos nuestro equilibrio,
nos mantengamos centrados en Nosotros mismos y todas esas cosas, nada
nos afectará. Pero lo que hacen los demás si nos afecta. A veces, sus
actos sí nos hacen daño. Y cuando el dolor aparece en las relaciones con
otra persona es cuando yo no sé qué hacer. Está muy bien decir:
“manténte al margen; haz que no te afecte en absoluto”, pero eso resulta
más fácil de decir que de hacer. A mí me hacen daño las palabras y las
acciones de las personas con quienes tengo relaciones.
Llegará el día en que no te lo harán. Y será el día en que realices - y
actualices - el auténtico significado de las relaciones con los demás;
su auténtica razón.
Sí reaccionas del modo en que lo haces, es porque has olvidado esto.
Pero eso está bien. Forma parte del proceso de crecimiento; forma parte
de la evolución. Es la Obra del Alma la que construyes en la relación
con los demás; se trata de un grandioso conocimiento, de un grandioso
recuerdo. Hasta que recuerdes eso - y recuerdes también cómo utilizar
la relación como una herramienta en la creación de Ti mismo -, debes
trabajar en el nivel en el que estás. El nivel del conocimiento, el
nivel de la voluntad, el nivel de la remembranza.
Así, hay una serie de cosas que puedes hacer cuando reaccionas con dolor
ante lo que la otra persona es, dice o hace. La primera es admitir con
franqueza lo que sientes exactamente, tanto a ti mismo como a la otra
persona. Muchos de vosotros tenéis miedo de hacer esto, pues pensáis que
vais a “quedar mal”. En alguna parte, en lo más profundo de vosotros, os
dais cuenta de que probablemente es ridículo que “penséis así”.
Probablemente resulta mezquino; sois “mejores que eso”. Pero no
es culpa vuestra: seguís pensando así.
Sólo hay una cosa que puedes hacer al respecto. Debes honrar tus
sentimientos, puesto que honrar tus sentimientos significa honrarte a Ti
mismo. Y debes amar a tu prójimo como a ti mismo. ¿Cómo puedes aspirar a
entender y honrar los sentimientos de otra persona si no puedes honrar
los que albergas en tu interior?
La primera pregunta en cualquier proceso de interacción con otra persona
es: ¿Quién Soy, y Quién Quiero Ser, en relación con ello?
A menudo no recordáis Quiénes Sois, y no sabéis Quiénes Queréis Ser,
hasta que probáis algunos modos de ser. He aquí por qué resulta
tan importante honrar vuestros sentimientos más auténticos.
Si vuestro primer sentimiento es negativo, el hecho de tener dicho
sentimiento a menudo es suficiente para desecharlo. Es cuando
estáis coléricos, estáis molestos, estáis disgustados,
estáis furiosos, tenéis el sentimiento de querer “hacer
daño”, cuando podéis rechazar estos sentimientos primarios en tanto “no
forman parte de Quienes Queréis Ser”.
El Maestro es aquel que ha vivido las suficientes de tales experiencias
como para saber por adelantado cuál es su elección definitiva. No
necesita “probar” nada. Ya ha llevado antes esa ropa, y sabe que no le
sienta bien; no es “la suya”. Y, puesto que la vida de un Maestro
está dedicada a la realización constante del Yo tal como uno mismo
sabe que es, nunca albergará esos sentimientos “que no le sientan
bien”.
He aquí por que los Maestros se muestran imperturbables frente a lo que
los demás llamarían calamidades. Un Maestro bendice la calamidad, pues
sabe que a partir de la semilla del desastre (y de toda experiencia)
crece el Yo. Y el segundo objetivo de la vida de un Maestro es crecer
siempre, ya que, una vez se ha realizado plenamente a Sí mismo,
no tiene otra cosa que hacer excepto ser más que eso.
Es en esta etapa cuando uno pasa de la obra del alma a la obra de Dios,
pues eso es lo que me corresponde a Mí.
Supondré, a efectos de nuestro análisis, que de momento estás en la obra
del alma. Estás todavía tratando de realizar (de hacer “real”) Quien
Realmente Eres. La vida (Yo) te dará abundantes oportunidades para
crearlo (recuerda que la vida no es un proceso de descubrimiento, sino
un proceso de creación).
Puedes crear a Quién Realmente Eres una y otra vez. En realidad, lo
estás haciendo; cada día. Sin embargo, actualmente no siempre
responderás de la misma manera. Frente a una experiencia externa
idéntica, puede que un día decidas ser paciente, amable y cariñoso en
relación a ella; y otro día puede que decidas enfadarte, ser
desagradable y estar triste.
El Maestro es aquel que siempre responde de la misma manera; y
esa manera es siempre la opción más elevada.
En esto, el Maestro es inmediatamente previsible; por el contrario, el
discípulo es totalmente imprevisible. Se puede afirmar si alguien se
halla en camino de ser Maestro simplemente observando con qué grado de
previsibilidad escoge la opción más elevada en respuesta o como reacción
a una determinada situación.
Por supuesto, eso plantea una pregunta: ¿cuál es la opción más
elevada?
Se trata de una pregunta sobre la que han girado las filosofías y las
teologías del hombre desde el principio de los tiempos. Si la pregunta
te interesa realmente, es que estás ya en camino de ser Maestro,
ya que lo cierto es que a la mayoría de las personas les interesa otra
pregunta totalmente distinta.. No cuál es la opción más elevada, sino
cuál es la opción más beneficiosa; o bien cómo puedo reducir mis
pérdidas al mínimo.
Cuando se vive la vida desde el punto de vista del control de las
pérdidas y la optimización de los beneficios, se pierde el auténtico
beneficio de la vida. Se pierde la oportunidad. Se pierde la
posibilidad. Y ello porque una vida vivida de ese modo es una vida
vivida con temor; y esa vida afirma una mentira sobre vosotros.
Puesto que no sois temor, sois amor. El amor que no necesita protección
no puede perderse. Pero nunca lo sabréis por propia experiencia
si seguís respondiendo a la segunda pregunta, y no a la primera; ya que
sólo una persona que piensa que hay algo que ganar o que perder
responde a la segunda pregunta; y sólo una persona que contempla la vida
de un modo distinto, que se ve a Sí misma como un ser superior, que
entiende que lo importante no es ganar o perder, sino únicamente amar o
dejar de amar, sólo esa persona responde a la primera.
Quien responde a la primera pregunta afirma: “yo soy mi cuerpo”; quien
responde a la segunda, “yo soy mi alma”.
Quién
tenga oídos para oír, que oiga; pues te aseguro que en el momento
crítico de toda relación humana, sólo hay una pregunta:
¿QUÉ HARÍA EL AMOR?
Ninguna
otra pregunta es importante; ninguna otra pregunta es significativa;
ninguna otra pregunta tiene la menor importancia para vuestra alma.
Topamos aquí con un punto de muy delicada interpretación, ya que este
principio de la acción basada en el amor ha sido muy mal interpretado, y
esta mala interpretación ha dado origen a resentimientos y enfados, lo
cual, a su vez, ha hecho que muchos se apartaran del camino.
Durante siglos, os han enseñado que la acción basada en el amor se
deriva de la decisión de ser, hacer y tener cualquier cosa que produzca
el mayor bien a otro.
Pero deja que te diga algo: la opción más elevada es la que te produce
el mayor bien a ti mismo.
Al igual que toda verdad espiritual profunda, esta afirmación se presta
inmediatamente a una mala interpretación. El misterio se aclara un poco
en el momento en que uno decide cuál es el mayor “bien” que puede
hacerse a sí mismo. Y cuando se ha tomado la opción absolutamente más
elevada, el misterio desaparece, el círculo se completa, y el mayor bien
para uno mismo se convierte en el mayor bien para el otro.
Puede que se necesiten varias vidas para entender esto, e incluso varias
más para ponerlo en práctica, ya que esta verdad gira en torno a otra
aún mayor: lo que te haces a Ti mismo, se lo haces al otro; lo que haces
al otro, te lo haces a Ti mismo.
Y ello, porque tú y el otro sois uno.
Y ello,
porque...
...no hay nada más que tú.
Todos los Maestros que han transitado por vuestro planeta lo han
enseñado (“en verdad, en verdad, os digo que lo que hacéis a uno de mis
hermanos más pequeños, me lo hacéis a Mí”). Sin embargo, para la mayoría
de las personas se ha quedado simplemente en una gran verdad esotérica
con escasa aplicación práctica. En realidad se trata de la verdad
“esotérica” con mayor aplicación práctica de todos los tiempos.
En las relaciones con los demás es importante recordar esta verdad; sin
ella, dichas relaciones resultarán más difíciles.
Volvamos a las aplicaciones prácticas de este saber, y dejemos, por el
momento, su aspecto puramente espiritual y esotérico.
Muy a menudo, con la anterior interpretación, la gente - con buena
intención y, en muchos casos, auténtico sentimiento religioso - hacía lo
que consideraba que sería lo mejor para la otra persona.
Lamentablemente, todo esto hacía que en muchos casos (en la mayoría
de los casos) se continuara abusando del otro; que continuaran los malos
tratos y las disfunciones en las relaciones.
Finalmente, la persona que trataba de “hacer lo correcto” para con el
otro - perdonar en seguida, mostrar compasión, hacer continuamente la
vista gorda ante determinados problemas y comportamientos - se convertía
en una persona resentida, colérica y desconfiada, incluso ante Dios,
pues ¿cómo puede un Dios justo pedir ese sufrimiento, esa tristeza y ese
sacrificio interminables, aunque sea en nombre del amor?
La respuesta es que Dios no pide eso. Dios pide únicamente que te
incluyas a ti mismo entre aquellos a quienes amas.
Pero Dios aún va más lejos. Dios propone - y aconseja - que te
incluyas el primero.
Y lo hago con plena consciencia de que algunos de vosotros llamarán a
esto blasfemia, y, en consecuencia, no lo considerarán Mi palabra, y que
otros harán algo que quizás sea peor: aceptar que es mi palabra,
y mal interpretarla o distorsionarla para sus propios fines, para
justificar actos impíos.
Te lo aseguro: ponerte a ti mismo en primer lugar, en su más elevado
sentido, nunca lleva a realizar un acto impío.
Por lo tanto, si te has sorprendido a ti mismo cometiendo un acto impío
como resultado de haber hecho lo que es mejor para ti, la confusión
radica no en haberte puesto a ti mismo en primer lugar, sino en no haber
entendido bien qué es lo mejor para ti.
Por supuesto, determinar qué es lo mejor para ti requerirá que
determines también que es lo que pretendes hacer. Se trata de un paso
importante, que mucha gente ignora. ¿Cuál es tu “plan”? ¿Cuál es tu
propósito en la vida? Sin responder previamente a esta pregunta, la
cuestión de qué es lo “mejor” para ti en unas circunstancias dadas
seguirá siendo un misterio.
Desde un punto de vista practico - prescindiendo de nuevo de lo
esotérico -, si buscas que es lo mejor para ti en aquellas situaciones
en las que eres maltratado, como mínimo lograrás que cese el mal trato.
Y eso será bueno para ti y para la persona que te maltrata, ya que
también la persona que maltrata es maltratada en tanto se le permite
continuar con su mal trato.
Ello no favorece, sino que perjudica, a la persona que maltrata; ya que,
si ve que se acepta su mal trato, ¿qué habrá aprendido? Pero si ve que
su mal trato deja de ser aceptado ¿no se le habrá permitido descubrir
algo?
Por lo tanto, tratar a los demás con amor no significa necesariamente
permitirles que hagan lo que quieran.
Los padres lo aprenden muy pronto con respecto a sus hijos. Pero los
adultos no lo aprenden con la misma rapidez con respecto a los otros
adultos. Ni las naciones con respecto a las otras naciones.
No se debe permitir que proliferen los déspotas, sino que hay que poner
fin a su despotismo. El amor hacia Uno mismo, y el amor hacia el
déspota lo exigen así.
Esta es la respuesta a tu pregunta: “Si el amor es todo lo que hay,
¿cómo podría el hombre justificar nunca la guerra?”
A veces el hombre debe ir a la guerra para realizar la más grandiosa
afirmación de quién es realmente: aquel que abomina la guerra.
Algunas veces debes renunciar a Quien Realmente Eres con el fin
de ser Quien Realmente Eres.
Hay Maestros que lo han enseñado así: no puedes tenerlo todo hasta que
no estás dispuesto a renunciar a todo.
De este modo, para poder “tenerte” a ti mismo como un hombre de paz,
puede que tengas que renunciar a la idea de ti mismo como un hombre que
nunca va a la guerra. La Historia a requerido de los hombres decisiones
de este tipo.
Lo mismo vale para la mayoría de los individuos y la mayoría de las
relaciones personales. Más de una vez, la vida puede requerir que
demuestres Quien Eres manifestando un aspecto de Quien No Eres.
Esto no resulta tan difícil de entender si has vivido unos cuántos años;
pero para la juventud idealista puede parecer el colmo de la
contradicción. En un examen más maduro se aproxima más a la dicotomía
divina.
Ello no significa, en el contexto de las relaciones humanas, que si te
hacen daño tú tengas que hacer daño “a cambio” (ni tampoco en el
contexto de las relaciones entre naciones). Significa sencillamente que
permitir al otro que continuamente te haga daño puede que no sea el
mejor acto de amor por tu parte; ni hacia ti mismo ni hacia el otro.
Esto debería acabar con determinadas teorías pacifistas según las cuales
el amor más elevado impide cualquier respuesta enérgica a lo que uno
considera malo.
Una vez más, el discurso adquiere un cariz esotérico, puesto que ningún
análisis serio de tal información puede ignorar la palabra “malo”, y los
juicios de valor que invita a formular. En realidad, no hay nada malo;
únicamente fenómenos y experiencias objetivos. Sin embargo, vuestro
propio objetivo en la vida requiere que seleccionéis, de entre la
creciente serie de interminables fenómenos, unos cuantos dispersos a los
que llamáis malos; ya que, si no lo hicierais, no podríais llamaros a
vosotros mismos buenos, ni a ninguna otra cosa, y - por lo tanto - no
podríais conoceros, o crearos, a Vosotros mismos.
Por eso a lo que llamáis malo os definís a vosotros mismos; y por eso a
lo que llamáis bueno.
El
mayor mal consistiría, pues, en no declarar malo nada en absoluto.
En esta vida, existís en el mundo de lo relativo, donde una cosa puede
existir únicamente en relación con otra. Esta es al mismo tiempo la
función y el objetivo de la relación: proporcionar un ámbito de
experiencia en el que podáis encontraros a vosotros mismos, definiros a
vosotros mismos y - si lo decidís - recrear constantemente Quienes Sois.
Decidir ser como Dios no significa que decidas ser un mártir. Y, desde
luego, no significa que decidas ser una víctima.
Una de las maneras de llegar a ser un Maestro - una vez eliminada toda
posibilidad de dolor, perjuicio o daño - podría consistir muy bien en
reconocer el dolor, el perjuicio o el daño como parte de tu experiencia,
y decidir Quien Eres en relación con ello.
Sí, es cierto que lo que los demás piensen, digan o hagan a veces te
hará daño; hasta que deje de hacértelo. Con ello conseguirás más
rápidamente una total honradez, si estas dispuesto a afirmar, reconocer
y declarar exactamente lo que piensas acerca de cualquier cosa. Di tu
verdad, con amabilidad pero completa. Vive tu verdad, gentilmente pero
de modo pleno y consecuente. Cambia tu verdad, con facilidad y con
rapidez, cuando tu experiencia te aporte una nueva luz.
Nadie en su sano juicio - y Dios menos que nadie - te diría, cuando
experimentas dolor en una relación: “aléjate de ella, haz que no
signifique nada”. Si estás experimentando dolor, es demasiado
tarde para hacer que no signifique nada. Tu tarea en este momento
consiste en decidir que significa, y manifestarlo; puesto que, al
hacerlo así, eliges y te haces Aquel que Pretendes Ser.
Así, no tengo que ser una sufrida esposa o un despreciado marido, o la
víctima de mis relaciones, para que estas sean santas, o para hacerme
grato a los ojos de Dios...
¡Santo Cielo! ¡Pues claro que no!
Y no tengo que aguantar agresiones a mi dignidad, asaltos a mi orgullo,
perjuicios a mi psique ni heridas a mi corazón para poder decir que “doy
lo mejor de mí” en una relación, o que “cumplí con mi deber” o “con mi
obligación” a los ojos de Dios y de los hombres...
Ni por un momento.
Entonces, te ruego que me digas: ¿qué promesas debo hacer en una
relación?, ¿qué acuerdos debo cumplir? ¿Qué obligaciones comporta una
relación? ¿Qué pautas debo buscar?
La respuesta a esto es la respuesta que no puedes oír, puesto que te
deja sin ninguna pauta y vuelve nulo y sin efecto cualquier acuerdo en
el momento mismo de tomarlo. La respuesta es: no tienes ninguna
obligación. Ni respecto a las relaciones, ni respecto a nada en la vida.
¿Ninguna obligación?
Ninguna
obligación. Ni tampoco ninguna restricción o limitación, ninguna pauta
ni ninguna regla. Ni estás obligado por ninguna circunstancia ni
situación, ni por ningún código de leyes. Ni eres merecedor de castigo
por ninguna ofensa, ni eres capaz de cometerla, puesto que no hay
nada “ofensivo” a los ojos de Dios.
Ya he oído esto antes, esa especie de religión de “no hay ninguna
regla”. Eso es la anarquía espiritual. No veo cómo podría funcionar.
No hay ningún camino que no pueda funcionar si estas dedicado a la tarea
de crear tu Yo. Si, por el contrario, te imaginas que estás dedicado a
la tarea de tratar de ser lo que algún otro quiere que seas, la
ausencia de reglas o pautas pondrá ciertamente las cosas más difíciles.
Pero la mente pensante se ve obligada a preguntar: “Si Dios quiere que
Yo sea de una determinada manera, ¿por qué no me creó desde el
primer momento de esa manera? ¿Por qué esta lucha por mi parte para
“superar” quien soy con el fin de convertirme en lo que Dios quiere que
sea? Esto es lo que exige saber la mente meticulosa; y con razón, pues
se trata de una pregunta oportuna.
Los teóricos de la religión os harían creer que Yo os he creado como
alguien que es menos que Quien Yo Soy para que podáis tener la
oportunidad de llegar a ser como Quien Yo Soy, superando todas
las desventajas, y - añadiría Yo - superando todas las tendencias
naturales que se supone que os he dado.
Entre estas supuestas tendencias naturales está la tendencia al pecado.
Se os ha enseñado que habéis nacido en pecado, que moriréis
en pecado, y que el pecado es vuestra naturaleza.
Incluso una de vuestras religiones enseña que no podéis hacer nada al
respecto. Vuestras acciones resultan irrelevantes y sin sentido. Es
una arrogancia pensar que, debido a alguna acción vuestra, podéis
“ir al cielo” Sólo hay un modo de alcanzar el cielo (la
salvación), y no es a través de vuestra iniciativa, sino por la gracia
concedida por Dios a través de la aceptación de Su Hijo como
intermediario suyo.
Una vez hecho esto, estáis “salvados”. Y mientras no se haga, nada de lo
que podáis hacer - ni la vida que viváis, ni las decisiones que toméis,
ni ninguna iniciativa de vuestra voluntad esforzándose por mejorar o por
ser honestos - tiene ningún efecto ni ejerce ninguna influencia. Sois
incapaces de haceros honestos, puesto que sois intrínsecamente
deshonestos. Fuisteis creados así.
¿Por qué? Solo Dios lo sabe. Quizás cometió un error. Quizás no le salió
bien. Es posible que quisiera poder rehacerlo todo de nuevo. Pero ahí
está. Que le vamos a hacer...
Te estás burlando de mí...
No. Vosotros os burláis de Mí. Decís que Yo, Dios creé seres
intrínsecamente imperfectos, y luego les pedí que fueran perfectos bajo
la amenaza de condenarles.
Decís también que, en algún momento tras varios miles de años de
experiencia del mundo, Me aplaqué, y decís que a partir de entonces ya
no teníais necesariamente que ser buenos, sino que simplemente habíais
de sentiros malos cuando no estabais siendo buenos, y aceptar como
vuestro salvador al Único Ser que siempre podía ser perfecto,
satisfaciendo de este modo mi hambre de perfección. Decís que Mi Hijo -
al que llamáis el Único Perfecto - os ha salvado de vuestra propia
imperfección, la imperfección que Yo os di.
En otras palabras, el Hijo de Dios os ha salvado de lo que hizo su
Padre.
Así es como vosotros - muchos de vosotros - decís que Yo lo he
establecido.
Entonces, ¿quién se burla de quién?
Es la segunda vez en este libro que parece que lances un ataque frontal
al fundamentalismo cristiano. Estoy sorprendido.
Tú has elegido la palabra “ataque”. Yo simplemente he abordado la
cuestión. Y la cuestión, por cierto, no es el “fundamentalismo
cristiano”, como tu dices. Es la naturaleza de Dios, y de la relación de
Dios con el hombre.
La cuestión ha surgido porque estábamos tratando del asunto de las
obligaciones; en las relaciones y en la propia vida.
No puedes creer en una relación libre de obligaciones si no aceptas
quién y qué eres realmente. A una vida de completa libertad tú la llamas
“anarquía espiritual”. Yo la llamo la gran promesa de Dios.
Sólo en el contexto de esta promesa puede completarse el magnífico plan
de Dios.
No tienes ninguna obligación en tus relaciones. Tienes únicamente
oportunidades.
Las
oportunidades, no las obligaciones, constituyen la piedra angular de la
religión, las bases de toda espiritualidad. Si lo ves al revés, entonces
no lo entiendes.
La relación - vuestras relaciones con todas las cosas - se creó como una
herramienta perfecta para el trabajo del alma. He ahí por qué todas las
relaciones humanas son “tierra santa”. He ahí por qué toda relación
personal es sagrada.
En esto muchas iglesias tienen razón. El matrimonio es un sacramento.
Pero no debido a sus obligaciones sagradas, sino más bien porque
constituye una oportunidad inigualable.
En el contexto de las relaciones, no hagas nada porque lo percibas como
una obligación. Hagas lo que hagas, hazlo con la percepción de la
gloriosa oportunidad que las relaciones te proporcionan para decidir, y
ser, Quien Realmente Eres.
Escuche esto y, sin embargo, una y otra vez en mis relaciones me he dado
por vencido cuando las cosas se han puesto difíciles. El resultado es
que he tenido un rosario de relaciones, mientras que cuando era un
chiquillo pensaba que tendría sólo una. Parece que no sepa qué es
mantener una relación. ¿Crees que alguna vez aprenderé? ¿Qué he de hacer
para que eso suceda?
Haces que parezca que mantener una relación significa que esta ha sido
un éxito. Procura no confundir la duración con el trabajo bien hecho.
Recuerda que tu tarea en este planeta no consiste en ver cuánto tiempo
puedes mantener una relación, sino en decidir, y experimentar, Quién
Eres Realmente.
Esto no es un argumento a favor de las relaciones de corta duración;
pero tampoco hay necesidad de que sean de larga duración.
Sin embargo, aunque no hay tal necesidad, se pueden decir muchas cosas
de ellas: las relaciones de larga duración proporcionan notables
oportunidades para el crecimiento mutuo, la expresión mutua
y la mutua satisfacción; y ahí radica su propia recompensa.
¡Lo sé, lo sé! Quiero decir, que siempre lo he sospechado. Entonces,
¿cómo puedo conseguirlo?
En primer lugar, debes estar seguro de que inicias la relación por los
motivos correctos. (utilizo la palabra “correctos” como un término
relativo; serían “correctos” en relación al objetivo - más amplio - que
tengas en tu vida.)
Como ya he señalado antes, la mayoría de la gente inicia las relaciones
por los motivos “equivocados”: poner fin a su soledad, llenar un vacío,
conseguir amor o tener a alguien a quien amar; y estos son los mejores
motivos. Otros lo hacen para tranquilizar su ego, acabar con sus
depresiones, mejorar su vida sexual, recuperarse de una relación
anterior, o - lo creas o no - para aliviar su aburrimiento.
Ninguno de estos motivos funcionará, y a menos que con el tiempo tenga
lugar algún cambio dramático, la relación no saldrá bien.
Yo no he iniciado mis relaciones por ninguno de esos motivos.
Permíteme dudarlo. No creo que sepas por qué has iniciado tus
relaciones. No creo que pensaras en ello. No creo que iniciaras tus
relaciones con un propósito consciente. Creo que las iniciaste porque te
“enamoraste”.
Eso es exacto.
Y no creo que te pararas a examinar por qué estabas “enamorado”. ¿A qué
respondías? ¿Qué necesidad, o conjunto de necesidades, satisfacías?
Para la mayoría de la gente, el amor responde a la satisfacción de una
necesidad.
Cada uno sabe lo que necesita. Tú necesitas una cosa; el otro necesita
otra. Y cada uno ve en el otro una posibilidad de satisfacer esa
necesidad. De modo que se establece un intercambio tácito. Yo te doy
lo que tengo si tú me das lo que tienes.
Se trata de una transacción. Pero no decís la verdad al respecto. No
decís:”¡Cuánto intercambio contigo!”, sino: “¡Cuánto te quiero!”, y
luego viene el desengaño.
Ya habías señalado eso antes.
Sí, y tú has hecho eso antes; y no una, sino varias veces.
A veces parece que este libro se mueva en círculo, tocando los mismos
puntos una y otra vez.
En cierto modo, como la vida misma.
¡Touché!
El método aquí es que tú formulas unas preguntas, y Yo simplemente las
contesto. Si formulas la misma pregunta de tres modos diferentes, me veo
obligado a seguir respondiendo a ella.
Quizás es que tengo la esperanza de que salgas con una respuesta
distinta. Creo que exageras cuando te pregunto acerca de las relaciones.
¿Qué tiene de malo enamorarse perdidamente sin haber pensado en ello?
Nada. Enamórate de tantas personas como quieras, si ese es tu deseo.
Pero si vas ha establecer con ellas unas relaciones para toda la vida,
tal vez quieras pensar un poco en eso.
Por otra parte, si disfrutas pasando de unas relaciones a otras - o, lo
que es peor, manteniéndolas porque crees que”tienes que hacerlo” y, por
tanto, viviendo una vida de callada desesperación -, si disfrutas
repitiendo estas pautas de tu pasado, sigue haciendo lo que has hecho
hasta ahora.
¡De acuerdo, de acuerdo! Mensaje recibido. Chico, eres implacable,
¿sabes?
Ese es el problema de la verdad. La verdad es implacable. No te
dejará tranquilo. Se acercará sigilosamente a ti en cualquier parte,
mostrándote lo que realmente es. Puede llegar a ser fastidiosa.
De acuerdo. Entonces, quiero encontrar las herramientas para lograr una
relación duradera; y dices que iniciar la relación con un objetivo
consciente es una de ellas.
Sí. Debes estar seguro de que tú y tu pareja estáis de acuerdo con el
objetivo.
Si ambos estáis de acuerdo a un nivel consciente de que el objetivo de
vuestra relación consiste en crear una oportunidad, no una obligación;
una oportunidad de crecimiento, de autoexpresión plena, de elevar
vuestras vidas a su más alto potencial, de subsanar cualquier falso
pensamiento o idea que hayáis tenido de vosotros mismos, y de la unión
final con Dios a través de la comunión de vuestras dos almas; si asumes
este compromiso, en lugar de los compromisos que has asumido hasta
ahora, la relación se habrá iniciado con muy buen pie, habrá tenido un
muy buen principio.
Sin embargo, eso no garantiza el éxito.
Si quieres garantías en la vida, entonces no quieres la vida. Quieres
ensayar un guión que ya haya sido escrito.
Por su propia naturaleza, la vida no puede tener garantías; de ser así,
todo su propósito se vería frustrado.
Esta bien de acuerdo. Supongamos que he iniciado mi relación con este
“muy buen principio”. ¿Cómo puedo mantenerla?
Sabiendo y entendiendo que vendrán pruebas y momentos difíciles.
No trates de evitarlos. Dales la bienvenida. Agradécelos. Considéralos
como unos magníficos dones de Dios; oportunidades gloriosas de hacer lo
que has venido a hacer en la relación, y en la vida.
En esos momentos, esfuérzate en no ver a tu pareja como el enemigo, como
la oposición.
En realidad, procura no ver a nadie, ni a nada, como el enemigo, o como
el problema. Cultiva la técnica de contemplar todos los problemas como
oportunidades; oportunidades de...
... lo sé, lo sé: “de ser, y decidir, Quien Realmente Eres”.
¡Exacto! ¡Veo que lo vas entendiendo!
Sin embargo, todo eso me sugiere una vida bastante aburrida.
Entonces es que tienes la mira muy baja. Ensancha tu horizonte. Aumenta
la profundidad de tu visión. Trata de ver más en ti de lo que crees que
se puede ver. Trata también de ver más en tu pareja.
Nunca perjudicará en nada a tus relaciones - ni a nadie - el hecho de
que veas en los otros más de lo que ellos te muestran, puesto que hay
más. Mucho más. Es únicamente su miedo lo que le impide mostrártelo. Si
los demás notan que tú ves más en ellos, no temerán mostrarte lo que tú,
evidentemente, ya veías.
Las personas tienden a cumplir las expectativas que los demás tenemos
acerca de ellas.
Algo parecido. No me gusta usar aquí la palabra “expectativas”. Las
expectativas arruinan la relación. Digamos que las personas
tienden a ver en sí mismas lo que los demás vemos en ellas. Cuando más
grandiosa sea nuestra visión, más grandiosa será su voluntad de
manifestar la parte de ellos que nosotros les hemos mostrado.
¿No es así como funcionan todas las relaciones auténticamente dichosas?
¿No forma esto parte del proceso de curación, el proceso por el cual
permitimos a las personas “desprenderse” de cualquier falso pensamiento
que hayan tenido acerca de sí mismas?
¿No es esto acaso lo que Yo estoy haciendo aquí, en este libro,
contigo?
Sí.
Pues esa es la obra de Dios. La obra del alma consiste en darse cuenta
de quién es ella misma. La obra de Dios consiste en que todos los demás
se den cuenta de quiénes son.
Y lo hacemos en la medida en que vemos a los otros como Quienes Son, en
la medida en que les recordamos Quiénes Son.
Podéis hacerlo de dos maneras: recordándoles Quienes Son (lo que resulta
muy difícil, puesto que no os creerán), y recordando Quiénes Sois
Vosotros (mucho más fácil, puesto que no necesitáis que ellos os
crean; basta que lo creáis vosotros); al manifestar esto último
constantemente, al final recordáis a los demás Quienes Son, pues se ven
a sí mismos en vosotros.
Muchos Maestros han sido enviados a la Tierra para manifestar la Verdad
Eterna. Otros, como Juan el Bautista, han venido en calidad de
mensajeros, describiendo la Verdad con vivos colores, hablando de Dios
con inconfundible claridad.
Estos mensajeros tan especiales han sido dotados de extraordinaria
perspicacia y de un poder muy especial para ver y acoger la Verdad
Eterna, además de la capacidad de comunicar conceptos complejos de
manera que las masas puedan entenderlos.
Tú eres uno de esos mensajeros.
¿Yo?
Sí. ¿Lo crees?
¡Es algo tan difícil de aceptar! Quiero decir, que todos queremos ser
especiales...
... todos sois especiales...
... y aquí interviene el ego - al menos a mí me sucede -, y trata de
hacernos sentir de algún modo “elegidos” para una tarea extraordinaria.
Constantemente tengo que luchar contra este ego, y tratar de depurar una
y otra vez cada uno de mis pensamientos, palabras y obras, procurando
mantener con ello mi crecimiento personal. De modo que resulta muy
difícil oír lo que dices, puesto que soy consciente de que ello afecta a
mi ego, y he pasado toda mi vida luchando contra él.
Sé que lo has hecho.
Y a veces con no demasiado éxito.
Lamento tener que estar de acuerdo en eso.
Sin embargo, siempre que has acudido a Dios, has dejado a tu ego de
lado. Más de una noche has rogado y suplicado claridad e implorado
inspiración al cielo, y no para poder enriquecerte o verte colmado de
honores, sino desde la profunda pureza de la simple ansia de
conocimiento.
Sí.
Y me has prometido, una y otra vez, que te obligarías a ti mismo a
conocer, que pasarías el resto de tu vida - todos los momentos de
lucidez - compartiendo la Verdad Eterna con los demás... no por la
necesidad de gloria, sino debido al profundo deseo de tu corazón de
poner fin al dolor y al sufrimiento de los demás; de llevarles el júbilo
y la alegría, de ayudarles y sanarles; de despertar de nuevo en ellos el
sentimiento de unión con Dios que tu siempre has experimentado.
Sí, es cierto.
De modo que te he elegido para que seas Mi mensajero. A ti, y a muchos
otros. Por ahora, en el futuro más inmediato, el mundo requerirá muchas
trompetas para que la llamada suene con potencia. El mundo necesitará
muchas voces para declarar la palabra de la verdad y la reconciliación a
tantos millones. El mundo necesitará muchos corazones unidos en la obra
del alma y preparados para realizar la obra de Dios.
¿Puedes afirmar honradamente que no eres consciente de ello?
No.
¿Puedes negar honradamente que es por eso por lo que has venido?
No.
¿Estás dispuesto, pues, a decidir y declarar por medio de este libro tu
propia Verdad Eterna, y a anunciar con claridad la gloria de la Mía?
¿Debo incluir estos últimos cambios en el libro?
No debes hacer nada. Recuerda que en nuestras relaciones
no tienes ninguna obligación. Sólo oportunidades. ¿Acaso no es esta la
oportunidad que habías estado esperando toda tu vida? ¿Acaso no te has
consagrado a esta misión - y a la preparación necesaria para realizarla
- desde los primeros momentos de tu juventud?
Sí.
Entonces, no hagas lo que estés obligado a hacer, sino lo que tengas
oportunidad de hacer.
En cuanto a poner todo esto en nuestro libro, ¿por qué no ibas a
hacerlo? ¿Crees acaso que quiero que seas un mensajero en secreto?
No, supongo que no.
Se necesita mucho valor para declararse uno mismo un hombre de Dios.
¿Entiendes que el mundo te aceptará más fácilmente como cualquier otra
cosa antes que como un hombre de Dios, un auténtico mensajero?
Cada uno de mis mensajeros ha sido humillado. Lejos de alcanzar la
gloria, no han alcanzado sino la congoja en su corazón.
¿Estas dispuesto? ¿Aceptará tu corazón la congoja de proclamar la
verdad sobre Mí? ¿Estas dispuesto a aguantar la burla de los demás seres
humanos? ¿Estas preparado para renunciar a la gloria en la Tierra
a cambio de plena realización de la mayor gloria del alma?
De repente, Dios, haces que todo esto parezca bastante difícil.
¿Quieres que lo tomemos a broma?
Bueno, podríamos quitarle un poco de hierro.
¡Eh, que Yo soy partidario de quitar hierro a las cosas! ¿Por qué
no terminamos este capítulo con un chiste?
¡Buena idea! ¿Sabes alguno?
No; pero tú sí. Explica aquel de la niña que esta dibujando un
retrato...
¡Ah, sí, ese! De acuerdo. Allá va: una madre entra un día en la
cocina, y encuentra a su hija pequeña sentada a la mesa, rodeada de
lápices de colores, profundamente concentrada en un retrato que está
dibujando. “Hija, ¿qué estás dibujando con tanto interés?”, pregunta la
madre. “Es un retrato de Dios, mamá”, responde la niña con ojos
brillantes. “¡Oh, cariño, que encantador! - dice la madre, tratando de
ser útil -; pero, ¿sabes?, nadie sabe realmente como es Dios.”
“Bueno - protesta la pequeña -, ¡pero déjame terminarlo...!”
Es un bonito chiste. ¿Sabes qué es lo más bonito? ¡Que la niña no
tenía ninguna duda de que sabía exactamente cómo dibujarme!
Cierto.
Ahora te explicaré Yo a ti una historia, y con ella podremos dar por
terminado este capítulo.
De acuerdo.
Había una vez un hombre que un buen día se dio cuenta de que estaba
dedicando una serie de horas cada semana a escribir un libro. Día tras
día, corría a coger su lápiz y su cuaderno - a veces en mitad de la
noche - para plasmar cada nueva inspiración. Finalmente, alguien le
pregunto qué tenía entre manos.
“¡Oh, bueno! - respondió -, estoy poniendo por escrito una larga
conversación que estoy manteniendo con Dios.”
“¡Qué encantador! - le respondió su amigo, con indulgencia -; pero,
¿sabes?, nadie sabe realmente con certeza lo que diría Dios.”
“Bueno - sonrió el hombre - ¡pero déjame terminarlo...!”